La verdadera historia de Juan Evangelista

Biografía de alguien que, por difícil que resulte de creer, vivió más de trescientos años y recorrió el planeta Tierra en casi toda su extensión.

Sábado, 27 Octubre 2007 11:58:03 GMT

Temprana infancia de Juan Evangelista

Texto perteneciente al libro " EDAD DE LAS TINIEBLAS ". La extensa vida de Juan Evangelista, que se extiende a lo largo de trescientos años, se compone de cuatro libros: "Edad de las tinieblas", "Siglo de las luces", "Era de las máquinas" y... ¿Y?

TIEMPOS FELICES
De mi primera infancia, que viví rodeado de criados en una suntuosa cuna aposentada en una habitación que encaraba el sur, poco podría explicar porque mis comienzos fueron lánguidos y desmayados. Dijeron que tardé en abrir los ojos tanto tiempo que habría que contarlo en semanas, y que los sonidos que salen de la boca de los niños pequeños, llantos y sollozos, se demoraron en la misma proporción, pero luego el chorro de leche rico en sustancias prohibidas llegó hasta mi estómago, con mis manos asiendo no ya los efluvios gaseosos de la jara de la sierra de la Peña de Francia que mencioné sino la carne de la que brotaba, y aunque muchos de sus componentes fueron sin duda aprovechados por mi cuerpo, otros, entre los que cabría destacar el calcio –pero este es un descubrimiento muy reciente–, atacaron tan rudamente mis centros vitales que casi nada quedó dentro. Aquello se repitió una vez y otra, día tras día y semana tras semana, y fueron muchas las leches que ensayaron y abundantes las preces y plegarias que en aquella casa se alzaron durante una larga temporada, época en la que a duras penas fui dificultosa y escasamente alimentado con helados purés de frutas y verduras, vino y aceitunas y ungüentos irreconocibles que nos procuraba Batuta el milagrero, arriscado y converso muslime a quien a espaldas de los poderes establecidos también se recurrió.
Empero, tras muchos e ingratos avatares y mucho probar de esto y aquello, cocimientos, pócimas y bebistrajos que indefectiblemente arrojaba fuera de mí, llegó el día en que callé sorprendido ante lo catado, saboreé los colores del manjar, cerré los ojos, apreté los puños con deleite..., y acabé de comerlo con imprevista satisfacción por mi parte y la de quienes me rodeaban, y lo que obró el milagro fue un puré de la manzana del amor añadido de tenues, abundantes y transparentes tirillas de jamón que la cocinera mayor, muy en su papel y obligación, acertadamente discurrió una buena mañana. La mencionada manzana del amor era tomate de huerta de fines del siglo XVII, virgen de revoltillos y sinsabores, y el jamón, por mínima que fuera su presencia, puro magro añejo de gigantesco cerdo negro como los que en aquellos tiempos hozaban en libertad en los encinares y dehesas de los campos que me vieron nacer, y si bien hasta aquel momento el asunto de mi alimentación había constituido un insondable misterio para las personas que me atendían, y yo, llevado de mis ansias, accesos, espasmos y contracciones, estuviera a un paso de abandonar prematuramente este valle de lágrimas que representa el mundo de los vivos, resultó que la ansiada mezcla apareció en el momento oportuno, lo que constituyó todo un acontecimiento, ¡el niño ha comido!, ¡el niño ha comido...! La noticia –¡el clamor!– nació en el primer piso, se trasladó a los cuartos de la servidumbre y desde allí llegó a la planta baja, a la ingente cocina y sus dependencias, a la huerta, los cobertizos, almacenes y tinglados que había adosados a la altísima pared de piedra que nos separaba del mundo exterior, y como todo ello sucediera un buen día a la hora del Ángelus, fue tomado como un prodigioso signo de la voluntad divina y celebrado con raciones extras para la servidumbre y el ganado.
Mi extraña anatomía, y su singular funcionamiento, deparó innumerables sorpresas a las personas que me cuidaron, aunque contra todos los pronósticos consiguieran hacer de mí una persona, mas ¿qué decir de mis manifestaciones oníricas, las horas de mis sueños? Al contrario que la mayoría de los lozanos infantes que pueblan este planeta, que duermen regular y metódicamente, yo lo llevaba a cabo de forma desordenada, caótica, y provocaba la desesperación de aquellos a cuyo cargo estaba. Yo, por lo que aún creo recordar que llegó a mis oídos, pasé la mayor parte de mis primeros años despierto, con los ojos como platos, la boca vociferante y el ceño fruncido, lo que ocasionaba que quitasoles y umbelas acudieran en mi ayuda, que mis aposentos fueran aireados mil veces al día e impetraciones en todos los idiomas, pronunciadas por hieráticos nigromantes y a veces por graves y lujosamente vestidos eclesiásticos, se repitieran en mis cercanías hasta la saciedad.
Yo, es la verdad y de mayor he conseguido ponerlo hasta cierto punto en claro, no dormía como el común de los mortales porque mis ritmos vitales eran disformes. El común ciclo de veinticuatro horas me resultaba indiferente, y el paso de las estaciones, tan poco acorde con mi particular metabolismo, me hastiaba hasta la extenuación. Primavera, verano, otoño, invierno, ¿quiénes sois...? Yo atendía mejor por sus parejos, hielo y fuego, agua y hierro, madera y cuero, y a mis episodios de catalepsia –que así los llamaron– sucedían larguísimas horas en que las doncellas se turnaban para acunarme y sostenerme, soportarme y resignarse, ¡perra suerte la suya!, noches en blanco sufriendo a Juan Evangelista, el infante que no crece, que no come, que no duerme...
Sin embargo, estaba despierto, y como tal he de mencionar un rumor, aquel tictac que me ha acompañado durante toda la vida. Aquel tictac..., ¿saben ustedes lo que era...? Pero no lo diré. Permítanme que prolongue el enredo durante unos instantes y considérenlo como un divertimento más de los que sin pausa nos promueve el discurrir temporal, pues, ¿no son maravillosos? O mejor, ¿qué sería de nosotros sin ellos? O aun, ¿quién sería capaz de soportar su propia existencia anticipada? Nadie, se lo aseguro. Es una de esas enigmáticas leyes que mi padre quiso atrapar y no pudo. Yo aún he tenido oportunidad de examinarlas, y me asombran, pero él nunca fue capaz de comprenderlas, y ni aun de alcanzarlas mínimamente. Siglo Dieciocho, el Gran Siglo, el Gran Barroco... Yo fui un niño en el siglo Dieciocho y no me quejo. Tengo una cierta perspectiva y eso me regocija..., y a propósito, ¿sabían ustedes que la jara de la sierra de la Peña de Francia de aquel entonces era medicinal donde las hubiera y sumamente terapéutica para los humores del cuerpo humano –y probablemente seguirá siéndolo–, según predican algunos autores anónimos del siglo XX?
Mi primer acto social, es decir, el primero al que hube de asistir en volandas de la multitud y teniendo a mi persona de protagonista, fue mi entrada en el Reino de los sacramentados, a lo que me llevaron embozado en tantos paños y puntillas que dudo de que nadie alcanzara a atisbar ni tan siquiera un ápice de mi mínima figura. Aquel acto, contra todo lo establecido, se celebró en la Catedral, y ello se debió a que mi padre, en su calidad de alto funcionario de la administración regia, tenía multitud de amistades en su ciudad de origen, y la intercesión de algunos personajes, que seguramente pertenecían al canonicato, allanó los caminos y despejó los obstáculos que podían haberlo impedido. Aquello se celebró con todo el fasto y lujo de detalles que la situación de mis progenitores requería y actuando de padrino el obispo –porque yo fui apadrinado por un obispo–, y es casi seguro que tras la función religiosa propiamente dicha, el bautizo, en mi honor se oficiara alguna de las complicadísimas y dilatadas piezas que por aquellos tiempos se componían y que a lo mejor, quién sabe, fue un tedéum o una misa de muertos –¡misa de muertos, qué ironía...!–, aunque nada hubiera sido más apropiado, máxime si se piensa que ya entonces se hablaba en los cenáculos del niño diablo de la casa del Ordenador y todo el pueblo se lanzó a la calle a ver el espectáculo.
Sí, yo vi llegar desde lejos la Era del Iluminismo en la luz de mil velas que lucían en un atardecer de la plaza mayor de Ciudad Rodrigo, y desde allí discurrían por las calles que llevan a la plaza de la Catedral. Aquello debió de suceder una tarde de los meses del otoño de 1680, o los inmediatamente posteriores, y no creo que hoy lo recuerde nadie, y aun sería muy difícil, si no que imposible, certificar su veracidad histórica.
El segundo acto social al que asistí en los albores de mi vida, por el contrario, no fue de índole religiosa sino geográfica, o si se prefiere, urbana. Ello consistió en mi primer recorrido por la cambiante senda que recorre la más alta parte de las murallas de Ciudad Rodrigo (Miróbriga), hoy urbanizado y casi ajardinado camino para ociosos paseantes pero en aquel entonces tortuoso camino que discurría entre escombros, parapetos, fortificaciones en ruinas y otros resguardos, mágico lugar del Universo Mundo –de todas formas– en el que a muy temprana edad fui iniciado por mi padre y luego recorrí en infinidad de ocasiones durante siglos, casi siempre solo aunque a veces acompañado y actuando de cicerone para mis amigos de las diversas partes del mundo.
La primera vez que yo transité por mi paseo preferido –que, como dije, luego había de recorrer un sinfín de veces–, lo hice en andas de un cortejo sin igual. Me acompañaron a ello el aya; mi padre, como impulsor y guía de tal excursión; varios criados, que me transportaron con esmero, y algunos amigos de mi padre que hicieron el camino apuntando curiosos detalles eruditos sobre los lugares por los que se atravesaba y lo que desde ellos podía contemplarse, y bebiendo sin parar del vino que para tales ocasiones se sacaba de la bodega.
La caminata, lenta y pausada por lo difícil del terreno, duró la mayor parte de una primaveral tarde de los años en que nací, y si tal acontecimiento puede ser considerado como una celebración más de las muchas que en aquellos indolentes tiempos tenían lugar entre la gente acomodada –al menos por lo que atañe al constante consumo de vino– también serían de subrayar las ilustradas anotaciones que allí se pronunciaron, destacando entre ellas algo que dijo mi padre, y yo, con los tiempos, iba a comprobar. Lo que mi padre, con la bota en la mano y mirando a los presentes, dijo, fue lo que sigue.
–¡Grandes son los beneficios de la tierra, sin duda, pero más grandes aún los misteriosos efluvios que sin tasa se extienden desde la hermética piedra imán enterrada bajo nuestros pies y cuyo ápice se encuentra en la vertical del centro de nuestra Plaza Mayor!
¿Existía en aquellos tiempos una piedra imán enterrada bajo el suelo de nuestra ciudad?, y lo que es más, ¿sigue estando allí hoy en día, ignorada por sus habitantes? Insondable misterio. Nunca se ha excavado en su busca, y aunque Ciudad Rodrigo ha sufrido constantes catástrofes durante siglos, a algunas de las cuales hube de asistir en persona, y en innumerables ocasiones no quedó piedra sobre piedra y hubiera podido llevarse a cabo semejante exploración, nunca se ha dado un paso en tal sentido ni tenido constancia cierta de su presencia.
–¡... la piedra imán que bajo nuestro pies habita e irradia sus impalpables hálitos hacia lo alto...!
La conversación continuó de este tenor, y tras desenvolver el patrón logarítmico, que como oro en paño portaba uno de los criados, y el instrumento productor del misterioso tictac del que hablé –¿lo recuerdan?–, que era transportado con idéntico fervor, una preclara y docta reunión de cultivadas mentes se dedicó a emitir glosas, elucidaciones y apostillas que podían haberles entretenido toda la tarde y dado al traste con el primordial fin de tal excursión, es decir, el simple acto de pasear, pero, ¡ay!, en ello estaban cuando una de esas enormes gotas con que nos obsequian los cielos primaverales impactó en mi frente, luego otra en mi boca, y a continuación se desató un tormentoso chubasco que hizo ponerse en movimiento a la turba de criados, quienes, comandados por el aya, me devolvieron de inmediato a mi lugar de residencia, mientras que mi padre y sus amigos se quedaron allí, a cubierto de una de las muchas ruinas, con sus instrumentos y la cadencia del familiar tictac midiendo los altibajos de quién sabe qué fantásticas magnitudes...
El tictac, por cierto –lo diré ahora–, era el del metrónomo, el gobernador de todos los conciertos. Sí, era él a quien cité con anterioridad, y quien en los primeros tiempos distrajo mis larguísimos ocios...
Yo, como es lógico, no recuerdo nada de lo que he narrado, pero fueron tantas las veces que oí hablar de ello cuando me hice algo mayor, que siempre lo he tenido por cierto.



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Camargo Rain

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Mi agradecimiento a los lectores que se encuentran interesados en la narración de las aventuras que conformaron mi larguísima vida. En la próxima entrega (que seguramente tendrá lugar la semana que viene) seguiré contando cosas.