La verdadera historia de Juan Evangelista

Biografía de alguien que, por difícil que resulte de creer, vivió más de trescientos años y recorrió el planeta Tierra en casi toda su extensión.

Novela en español

Martes, 2 Marzo 2010 12:54:30 GMT

Juan Evangelista en las Cortes de Cádiz de 1810

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El episodio que hoy añado al blog está en la "Era de las máquinas" , tercer libro de las memorias de Juan Evangelista, y en él se narra su paso, como "diputado suplente", por las Cortes de Cádiz de 1810. Sí, porque nuestro protagonista también estuvo en aquel lance, y haciendo de las suyas, como se podrá ver...

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La comarca de la ciudad de Cádiz era la única zona española libre, y en ella y por encargo del gobierno, al que entonces se conocía como Consejo de Regencia, debían reunirse las Cortes para decidir el futuro de la nación. Sus fines no eran otros que la liberación del pueblo español de la opresión de Bonaparte, y ponerla en lo sucesivo a cubierto de toda clase de tiranías; así se dijo. También debería establecer un gobierno que con su actitud, capacidad y energía respondiera a los deseos de los representados y organizara una resistencia que se adivinaba larga.

A tal efecto habían sido convocados los diputados, pero, debido a las circunstancias que atravesábamos, no era segura su llegada sino en muy escaso número. ¿Qué se hizo para remediarlo? Pues el nombramiento de diputados suplentes, que apoyaran con voz y voto cuanto allí se tratara, y a causa de esta circunstancia fui elegido como tal por quienes a ello se dedicaban.

Habiendo sido preguntado sobre mi naturaleza, contesté,

–Yo nací en Ciudad Rodrigo... –recordando el principio de la canción que tanto éxito había tenido meses atrás entre los defensores de esta ciudad, pero quien me interpelaba no parecía tener tiempo para chácharas.

–¿Ciudad Rodrigo? –dijo al tiempo de consultar unos papeles–. Eso está cerca de Salamanca, ¿verdad? –y añadió–. Pues me parece usted persona suficientemente ilustrada, amén de patriótica, por lo que he oído contar... ¿Le gustaría ejercer como diputado hasta que consigan acceder a estos pagos los designados por el Consejo?

... y fue de esta forma que Juan Evangelista, viejo en el mundo, lobo solitario a lo largo de los siglos, durante unos meses desempeñó el papel, con el que nunca había soñado, de representante de sus paisanos en la más alta asamblea española.

El día 24 de septiembre de 1810, fecha que ha pasado a la historia en letras de molde, se inauguraban aquellas extraordinarias Cortes Españolas. A causa de la epidemia de fiebre amarilla que desde Sevilla amenazaba Cádiz se trasladó la cámara a la Isla de León, población cercana a esta ciudad y que en la actualidad lleva el nombre de San Fernando. Fue en el teatro de dicha localidad, edificio que se titulaba como «Teatro cómico» (lo que quizá diga algo acerca del carácter español, casi siempre a medias entre la tragedia y el esperpento ), en donde tuvieron lugar las sesiones preliminares de tan importante suceso.

En carros y carretas, aunque algunos a lomos de lujosamente enjaezadas caballerías, acompañados de enorme algazara y nutrido público –porque aquello fue una fiesta– fuimos trasladados a la iglesia del lugar que he dicho, en donde se ofició una misa y se nos tomó juramento en una ceremonia que contó con la presidencia de un mitrado rodeado de ujieres, monaguillos y otros personajes solemnemente ataviados.

Luego, tan sólo los diputados, aunque acompañados de considerable tumulto y los inacabables vítores y sones de guitarras que se producían ante su fachada, entramos en el vecino teatro y nos acomodamos en las improvisadas tribunas. Tras las obligadas formalidades, por la puerta del fondo accedieron tres personajes que pertenecían, sin duda, a tiempos pasados, ante cuya presencia se hizo el silencio. Era el Consejo de Regencia, es decir, quienes por designación real personificaban el gobierno de la nación. Su presidente nos dirigió un discurso de compromiso y se retiró a continuación, permitiendo de esta manera que la asamblea comenzara sus deliberaciones sin impedimentos de ninguna clase.

Durante los días iniciales nos dimos a nosotros mismos un reglamento y establecimos, por primera vez en la historia de España, la separación de poderes y otras novedades, y no fueron raros los decretos del siguiente tenor: «No conviniendo queden reunidos el poder legislativo, el ejecutivo y el judiciario, declaran las Cortes Generales y Extraordinarias que se reservan el ejercicio del poder legislativo en toda su extensión».

En tales reuniones coexistieron tres corros: el de los conservadores, el de los liberales y el que finalmente consiguió imponer sus tesis, los innovadores, a los que yo, en la medida de mis fuerzas, apoyaba. Las tres facciones estaban de acuerdo en la necesidad de cambiar la estructura jurídica y política del país, es decir, deshacerse del antiguo sistema de estamentos que yo conocí, nobleza, clero y pueblo llano, y dar paso a lo que, en expresión copiada literalmente de los franceses, llamaban «tercer estado». Sin embargo, cada una iba un poco más allá. Por ejemplo, mientras los conservadores defendían el mantenimiento de la monarquía por encima de otras cuestiones, los liberales patrocinaban la división de poderes al modo de Montesquieu, y los innovadores querían acabar con los símbolos del pasado en su totalidad.

Lumbreras de los tiempos que digo, españoles como Jovellanos, Argüelles, Toreno, Larrazábal y otros, brillaron allí haciendo continua gala de su singular oratoria, en unos casos señorial, en otros ceremoniosa y en otros incluso campanuda, pues ¿no nos acompañaba también el célebre e insigne canónigo Blas de Ostolaza? Era aquel personaje pintoresco donde los haya, y que no debió la fama que le acompañaba tan sólo a su vocabulario, sorprendentemente desahogado y barriobajero para un ministro del Señor, sino también a su irrefrenable tendencia al estupro y la sodomía –como se afirmaba en mentideros y, según he leído recientemente, recogen sentencias de la época–, particularidades de su enorme ser que ya se adivinaban en los exagerados ademanes y continente de que solía hacer gala.

Allí, entre aquellos personajes de toda laya, desde los ranciamente ennoblecidos hasta los procedentes del humilde pueblo, pasando por miembros de la Inquisición, la milicia y el alto clero, se redactaron párrafos que decían, «las personas de los diputados son inviolables, y no se puede intentar por ninguna autoridad ni persona particular cosa alguna contra ellos, sino en los términos que se establezcan en el Reglamento General que va a formarse»; se abolieron los antiguos privilegios señoriales, la Inquisición y la tortura, y se aprobaron decretos proclamando la libertad de imprenta, impensable aspiración hasta entonces de los españoles ilustrados.

Yo también tuve la satisfacción de poner mi granito de arena ante aquellas preclaras mentes, y habiendo presentado una propuesta sobre un asunto determinado, fui invitado, cuando me llegó el turno, a exponerla. Mi desbordante facundia, que ya conocen ustedes de anteriores episodios, me resultó de poca utilidad en tal ocasión, porque ¿de qué hubiera podido hablar a aquellos graves y sesudos padres de la Patria que fuera de su interés?, de forma que, tratando de no perder de vista mis limitaciones, comencé,

–Muchos y muy importantes negocios se han tratado en esta sala, no siendo los menos los que amplían las libertades públicas, lo que constituye una auténtica revolución a la española, de la que, al parecer, tan necesitados estamos. Quizá no todos los españoles comprendamos el alcance de lo que aquí se dilucida, pues las cuestiones que se han tratado, por lo abstracto de su naturaleza y el lenguaje utilizado son complejas e intrincadas, pero confío en que al menos la clase ilustrada sea capaz de asimilar tanto concepto nuevo y llevar hasta sus últimos extremos las medidas que se han propuesto para facilitar la vida de los menos favorecidos, y no lo digo por lo que a mi atañe, pues aunque siempre fui un simple agricultor poco versado en leyes..., no crean ustedes, que ante sí tienen a un agricultor enterado del novedoso sistema de los tres campos, precursor del sistema Norfolk y del método Balfour, de los que Sus Señorías sin duda tienen noticias –y aquí hice una pausa–. Sin embargo, pues veo que los asuntos trascendentes ya han sido discutidos, vaya desde aquí mi modesta proposición, que quizá contribuya a remediar algunos de los desarreglos que, desde el punto de vista de la armonía, padece este país –y ante el estupor de los presentes, añadí–. En España, señores, hay pocas escuelas de música, la más bella de las Bellas Artes...

La moción, quizá por su brevedad, fue atentamente escuchada por quienes me contemplaban, discretamente aplaudida y luego admitida a trámite, lo que quizá suene a poco, pero ¿de qué iba a hablar a aquella asamblea que se regodeaba dando vueltas sin fin a conceptos del tono de la soberanía nacional, y otros tan fundamentales como la música había dejado en el olvido?

Creo que hice lo conveniente, y aunque la nación española, por lo que ahora sé, no me ha hecho mucho caso ni tomado en verdadera consideración mi propuesta, yo me siento feliz por lo conseguido en aquellas históricas jornadas.

Todo lo que cuento ocurría durante las que podríamos llamar «pacíficas reuniones», pues si hacemos salvedad de los gritos y silbidos que continuamente se prodigaban en tan desmesurado foro, la sangre no llegó en ningún momento al río y todo se redujo a las incontables advertencias, bravatas y amenazas que intercambiaban los ocupantes de cada una de las tribunas con los de los grupos que se situaban enfrente. Meses de acalorados debates constituyeron lo que, paralelamente a la francesa, podríamos llamar Revolución Española (como yo había tenido buen cuidado de decir en la Asamblea), y cuyo desarrollo llevamos a cabo en el escenario de un teatro y sin verter una sola gota de sangre, al contrario que nuestros vecinos del norte, de cuyos manejos y excesos tenía noticias de primera mano.

Cuando remitió la epidemia que había confinado a las Cortes en el Teatro Cómico, éstas se trasladaron a la iglesia de San Felipe Neri, en Cádiz, monumental templo mucho más acorde y capaz para aquellas tareas, en donde continuaron su labor, pero poco puedo contar de esta nueva etapa, puesto que, recuperada mi plaza de diputado por su legítimo titular, que un buen día apareció, me despedí de quienes había conocido y me uní al ejército español que se trasladaba al vecino país de Portugal, lugar en el que se estaban agrupando las fuerzas que acabarían por expulsar de suelo español a los soldados de Napoleón.



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Miércoles, 20 Enero 2010 04:33:35 GMT

La música de Juan Evangelista (2)

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Juan Evangelista habla en sus libros de música, puesto que él, educado en ello por sus padres durante la infancia (principios del siglo XVIII), fue un buen flautista. Y cuenta que la pieza que se le quedó grabada para siempre, puesto que la oyó desde muy pequeño, es la celebérrima "Folía de España", anónimo español que algunos remontan hasta el siglo XIV y que luego, con el correr de los tiempos, iba a ser objeto de glosas sin fin, entre las que destacan el concerto grosso que escribió Arcángelo Corelli y el trío sonata de Antonio Vivaldi, el RV 63.

Su padre era un señor que tocaba el violín, y su madre cantaba y tocaba la flauta. Los amigos de sus padres eran también muy aficionados a la más bella de las Bellas Artes, y entre todos componían una orquesta con violas y violones, dulzainas, cítaras, castañuelas y tambores, que él tuvo ocasión de escuchar harto durante la infancia.


Por cierto, su padre se parecía (a juzgar por lo que se dice en el primer libro, " Edad de las tinieblas " ), a quien aparece al principio de este comunicado, que no es otro que el mejor violagambista de este planeta, el archiconocido Jordi Savall.


De esta forma, hoy os traigo el enlace de un sitio de youtube en donde se puede contemplar al grupo del señor que cito (Jordi Savall), tocando precisamente la Folía de España, y tocándola tal y como se debía de tocar en aquellos tiempos, los primeros años del siglo XVIII. Vale la pena verlo, pues la música es maravillosa, y los intérpretes, gente muy seria, maestros donde los haya, y es que el que sabe, sabe, y los demás a Alemania, a aprender, que estamos hartos de aficionados.

Jordi Savall y su grupo tocando la Folía de España


(Lo que puede escucharse no es exactamente la "Folía de España", sino una de las muchísimas versiones que sobre este anónimo se han escrito: las "Diferencias sobre las folías" de Antonio Martín y Coll, fechada hacia 1706 y música como para caerte de espaldas).





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Viernes, 8 Enero 2010 08:07:58 GMT

El niño salvaje

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Juan Evangelista, personaje que nació en la Ciudad Rodrigo de 1680 y murió con la llegada del tercer milenio, y personaje, además, cuya vida constituye el núcleo de este blog, tuvo un encuentro de niño con un fauno. La historia es larga y está en el primero de los libros de sus memorias, Edad de las tinieblas , pero aquí voy a poner sólo un trozo. Lo que se narra podría datarse hacia 1725, cuando con sus padres vivía en una cueva del vecino reino de Portugal.

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Contaré ahora uno más de los episodios de mi vida, pródiga en ellos, que resultó harto instructivo, amén de luctuoso, y ocurrió por las fechas que narro, cual fue mi primer encuentro con un fauno.

Yo, como dije, tuve escasísimos compañeros de juegos y parientes de mi edad, y aunque en el poblado vecino a la cueva había hecho algunas amistades, cuando éste se despobló me quedé sin ellas. Estaba, por tanto, acostumbrado a la soledad, pero una primaveral tarde del cualquier año, cuando efectuaba una más de las correrías que me llevaban a introducirme en los montes y bosques que nos rodeaban, excursiones que tan poco gustaban a mis padres y que procuraba hacer a escondidas, tuve un encuentro propio de ser narrado con mejor estilo.

Sucedió que, al borde de un arroyo que estaba a escasa distancia de nuestra cueva y yo frecuentaba por lo extraordinario del lugar, mientras agachado contemplaba en el agua lo harapiento de mi aspecto y los árboles que me rodeaban, algo se movió fugaz y sigilosamente a mis espaldas. Me di la vuelta alarmado, pero no vi nada. Detrás de mí sólo había inmóvil vegetación en aquella tarde tranquila, y fuera del débil murmullo del viento y las hojas no se percibía ni un ruido, aunque yo estaba seguro de haber visto...

Estaba pensando en ello cuando un bulto surgió de la maleza. En donde sólo parecía haber amarillentas y pajizas zarzas algo se alzó lentamente, algunas de aquellas hierbas se movieron y asomó lo que parecía una cabeza, luego una revuelta y enlodada frente, más tarde unos ojos encendidos..., y me encontré frente a un ser indescriptible. Al pronto creí estar ante algún animal salvaje, tal era su traza, pero las pupilas que me contemplaban, que sólo podía adivinar entre aquella maraña, no me parecieron las de un ser irracional sino que las relacioné con las de las personas. ¿Era aquel ser un extraño y peludo lobo acechante o una criatura nueva para mis escasos conocimientos? ¿Era quizás un fauno, un individuo de la mitológica especie que con anterioridad había oído citar..., o un simple niño, como yo?

La sorpresa me dejó inmóvil y la boca se me abrió de manera involuntaria. Nos contemplamos durante unos instantes, y luego, lo más lentamente que pude, alargué la mano hacia él. Torció la cabeza, como si quisiera observarme mejor, y también abrió la boca, pero cuando di un paso retrocedió alarmado y endureció la expresión. Di un nuevo paso y volvió a retroceder, saliendo de los matojos que hasta entonces le habían ocultado..., y entonces pude verle por entero. Iba desnudo, pero la endurecida capa de barro que le cubría semejaba un astroso traje que protegiera su piel. Además, estaba en cuclillas, que parecía ser su postura natural, y para moverse se apoyaba continuamente en las manos.

A mi vez me agaché, procurando imitar aquella actitud, y tan despacio como pude fui hasta él, que me observaba con desasosiego y recelo. Varias veces estuvo a punto de escapar, aunque su curiosidad se lo impidió, y cuando estuve a su lado, con movimientos cada vez más lentos levanté la mano y le acaricié la cara, mientras él, resoplando leve y desconfiadamente, me observaba presto a salir huyendo. Luego, tras producirse el roce, dejó escapar un suspiro, levantó repentinamente la mirada, hizo una mueca, lanzó un aullido propio de lobo y, dando media vuelta y como un rayo, rompió a correr desenfrenadamente. Yo, cogido por sorpresa, corrí como pude detrás de él y lo llamé con las únicas voces que se me ocurrieron.

–¡Eeehhh, ven...! –gritaba mientras corría–. ¡No corras, ven...!

... pero aquel niño, pues pese a su extraña forma de moverse y esquelético aspecto nunca dudé de que lo fuera, era mucho más rápido que yo. Con muy ágiles movimientos y piruetas pronto se puso fuera de mi alcance, y lo último que alcancé a escuchar fueron los precipitados y lejanos pasos de alguien que aplasta las hojas y se pierde sin remedio en las entrañas de la selva... Luego, nada.

Corrí un poco más tras aquella fantasmal aparición, pero al fin, en un claro, hice alto y me declaré vencido. Mientras miraba a mi alrededor, con las manos como bocina grité,

–¡Eeeh..., vuelve...!

... pero sólo los ecos del bosque y algún pájaro que no pude ver me contestaron.

Más tarde, mientras volvía a casa agitado por el raro suceso, intenté caminar como lo hacía él. ¿Cómo era...? Desplazarse como un animal, apoyando las cuatro extremidades en el suelo, era difícil, y aún más correr a aquella endiablada velocidad a que le había visto hacer..., por lo que tras infructuosos ensayos recobré mi postura original, aunque no sin echar sorprendido de nuevo la vista atrás.

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(Esta historia, como es lógico, continúa durante muchas páginas).



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Jueves, 24 Diciembre 2009 16:10:40 GMT

La ciudad y las estrellas

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Hay quien piensa que el planeta Tierra fue creado por Dios para solaz y entretenimiento de los humanos (de hecho, lo piensa casi todo el mundo), y esta idea no puede ser más equivocada. El planeta Tierra es uno de los trillones de planetas que sin duda tienen que existir por ahí arriba, pues el principio de mediocridad (importante principio en física) dice que en este Universo que podemos observar no existen los fenómenos únicos, sino que lo que sucede en un lugar, sucede en todas partes.

Por supuesto que no serán todos iguales, sino que habrá una infinidad de formas, la mayor parte de las cuales no reconoceríamos (si pudiéramos verlas), pero eso no cambia las cosas. Esos planetas existen y la Tierra es uno de ellos, y, como cualquier otro, su existencia es efímera. En el presente disfrutamos de un amable intervalo en el que es posible la vida –inexplicable fenómeno–, pero esto acabará algún día y entonces todo será olvidado, hasta las Pirámides y las cuevas prehistóricas.

La ciudad está construida bajo las estrellas, y sus luces intentan ocultarlas (y en muchos casos lo consiguen), y aunque a nosotros, hormigas que nos arrastramos sobre la superficie de la Tierra durante un tiempo increíblemente corto, nos parece que la ciudad (y nosotros) es lo importante, en eso estamos también equivocados: son mucho más importante las estrellas.

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Lo que sigue es para los interesados en el asunto:

En el enlace que os pongo a continuación se puede descargar (totalmente gratis y sin compromiso ni tener que apuntarse a nada) un planisferio para el ordenador. Un planisferio es un mapa del cielo en el que puede observarse su aspecto desde cualquier punto de la Tierra y en el momento que se desee (en este programa, entre los años 1750 y 2250). Esto da pie para preguntarse muchas cosas, una de las cuales podría ser la siguiente (por poner un ejemplo): ¿cómo se verá el cielo desde aquel lugar en que estuve de vacaciones hace cinco años...?, o ¿cómo se veía entonces? Y así sucesivamente. El enlace es:

www.hnsky.org

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Viernes, 27 Noviembre 2009 12:29:57 GMT

Hoy, chicas guapísimas

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Esto no tiene mucho que ver con Juan Evangelista y sus mil y mil historias, excepto si tenemos en cuenta lo que pensaba nuestro personaje de las mujeres, por las que debía de tener admiración, puesto que harto habla de ellas en sus libros. ¿Qué hubiera opinado él de lo que se puede ver en el enlace que a continuación os pongo? Algo dice de ello en el último de los libros ("Perpétuum móbile", que se desarrolla durante el siglo XX), e incluso se refiere al cine que (enorme novedad entonces) veía en las salas de la recién construida Gran Vía madrileña, sesiones a las que asistió. ¡Ah!, y al final de ese libro hace ciertas menciones a chicas de su subconsciente, Ingrid Bergman, Lauren Bacall..., y creo recordar que es la negra Rebeca quien un día y con bastante cachondeo, cuando él anda a vueltas con sus elucubraciones, le dice,

-No..., espere... ¡Se le ha olvidado a usted Nastasia Kinski!

Bueno, pues ahora tenéis la oportunidad de contemplar esas caras que dieron vida y forma al gran cine, que él pudo contemplar en directo.

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ACTRICES GUAPÍSIMAS

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Sábado, 7 Noviembre 2009 09:20:08 GMT

Lamentación como del miserere

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¿Qué podría contar de Juan Evangelista, personaje que nació en 1680 y vivió tres siglos, que no haya dicho en estos blogs? Porque semejante fenómeno tiene dedicados a su persona dos de estos engendros informáticos que nadie lee, y si lo hace es por ver si sale algo pornográfico...

(Este es otro de esos blogs: Blog de Juan Evangelista en Wordpress.com)

La verdad es que resulta harto ingrato observar el estado actual de la humanidad, ayuna de estímulos y propósitos y sólo dedicada a desentrañar los secretos del poder, el sexo, el dinero (y el golf)... Codicia, lujuria, soberbia..., pecados capitales todos ellos y que únicamente conducen a la imbecilidad. Comprar objetos que no necesitamos con dinero que no tenemos para agradar a gentes que nos disgustan... Tal es el entretenimiento de la mayor parte de las personas que conforman la sociedad de consumo, eso que los cursis conocen como estado del bienestar ...

Sí, nuestra sociedad es una de las más estúpidas que ha engendrado el planeta Tierra, lo digo sin el menor recato, y cosas peores hubiera dicho nuestro protagonista, que vivió a sus anchas durante los siglos XVIII, XIX y XX y de todo supo sacar partido. Por eso, lo dejo aquí. A lo mejor el mes que viene, o el trimestre que viene, vayan ustedes a saber, se me pasa el malhumor y sigo contando las aventuras que me llevaron a abrir estos blogs, aventuras de alguien muy especial pero que en nada interesan a quienes tienen como único guía el don dinero que todo lo puede. ¡Bueno, no!, que mejor voy a añadir un párrafo del "Siglo de las luces" , segundo libro de las memorias de quien se hace mención, y que, en boca de uno de sus amigos ingleses, quien lee de un libro de la época en una discusión sobre constituciones (no se olvide que esto sucede hacia 1770 y en las costas del Perú español de entonces), dice lo siguiente:

«Hablando de esa confusa ciencia que es la política, hay que decir que las idílicas ideas que el pueblo llano posee sobre las virtudes que se atribuyen a los poderosos, todo cuanto atañe a la justicia, la igualdad, la continencia, la confianza mutua y demás zarandajas con que intentan enredarnos, son falsas. Todo, absolutamente todo, se reduce a la fuerza».

Los impetuosos vientos del otoño, que a tantos desagradan, contribuyen a arrancar de los árboles la hojas secas, y de esta forma consiguen que las plantas (las que sobreviven a la tempestad) se fortalezcan con vistas al próximo ejercicio. ¿Será esto lo que tiene que suceder con las personas? Quizá sea un otoño lo que necesitamos, pero la naturaleza es sabia, y si nos tiene en este intermedia etapa entre dos revoluciones, por algo será.

(Nota final: en la imagen que antecede al texto, don Juan Evangelista cuando tenía alrededor de sesenta años y vivía en los mares del sur, andanzas que se relatan en el tercer libro, o sea, la "Era de las máquinas").



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Sábado, 17 Octubre 2009 15:06:38 GMT

Cuando Juan Evangelista huyó de la casa de la viuda

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Juan Evangelista , nacido en 1680 en el término de Ciudad Rodrigo –hoy en la provincia de Salamanca, aunque siempre frontero al reino de Portugal– corrió mundo durante trescientos años, larguísima vida, y transitó durante ellos a lo largo y ancho del planeta Tierra. Vivió los siglos XVIII, XIX y XX, y, como es lógico, le sucedió de todo.

Hoy traigo una de sus aventuras en la ingente cordillera de los Andes, que tuvo lugar cuando, hacia 1750, por la fuerza de las circunstancias se vio obligado a huir de casa de la viuda que le acogió en las tierras altas peruanas... (El que quiera enterarse en profundidad de sus avatares lo tiene muy fácil; puede leer el Siglo de las luces , novela a que pertenece este fragmento, o la Edad de las tinieblas , primer libro de la serie).

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Mientras sucedía cuanto conté, durante todos aquellos años, había mantenido correspondencia con el convento de origen de Juan Everardo, sito en una lejana provincia española que nunca había visitado y a la que llamaban Rioxa, y de ella me llegaban puntualmente misivas hablándome de cuestiones que en ocasiones no comprendía, pero dada la lejanía de tal lugar hice caso omiso de sus requerimientos y me dediqué a informarles con todo lujo de detalles sobre mis actividades, para lo que hube de inventar un nuevo personaje, el escribiente de aquella casa, al que, imitando el rufianesco estilo que recordaba de nuestras conversaciones y aquellos escritos que guardaba en sus baúles, llamaba amado, ¡mi amado Domingo, licenciado supuesto, escribiente de calidad y auxiliar en mis escabrosos autos de fe, compinche de interrogatorios y camarada en las sesiones de tortura, que no exististe más que en la mente de los Inquisidores...!, pues como mi letra era perfecta dije que había sufrido un accidente en las tortuosas sendas por las que, en el servicio de Dios y la Iglesia, me veía obligado a transitar, y utilizaba un pendolista como auxiliar.

Durante mucho tiempo me pregunté cuánto tardaría en descubrirse la superchería, y viendo ya cerca el término de mis días en aquella casa comencé a pensar en la mejor forma de evadirme cuando llegara el momento, para lo que tracé varios planes. Al fin, tal y como había previsto, nueve años después de mi llegada a aquellas tierras y habiendo cubierto las sucesivas etapas que me llevaron a graduarme como doctor en leyes, al tiempo que llegábamos al ecuador del siglo, el que luego sería conocido como Siglo de las luces, recibí un buen día una confidencial misiva que, por las trazas, no había sido abierta por mano humana ni contemplada por otros ojos que no fueran los míos. «Nuestro Señor Prepósito don Juan Everardo...», que con estos o similares términos comenzaba, a los que seguían toda suerte de clarines y anuncios de futuros acontecimientos, los acontecimientos, precisamente, que yo desde siempre supe que acabarían sucediendo.

Es hora de partir, me dije, sí, es hora de partir. Gran labor desarrollaste, la propia de los maestros y sabios preceptores aun sin serlo, y de tu vida no te puedes quejar, Juan Evangelista, no Juan Everardo, que pasaste a la historia y tu persona se convertirá en humo y tu recuerdo será grato y ameno para quienes te conocieron y durante un tiempo te recordarán. ¿Juan Everardo...? Sí, excelente persona, y aquí está mi hijo que dará fe de ello si Su Eminencia lo demanda ... Es hora de cambiar de ámbito pues demasiado tentaste al Destino, Juan Evangelista, aunque lo dejaste todo bien dispuesto, tus riquezas amontonadas en casas de crédito y manos de amigos fieles y tu espíritu adornado por nuevas y provechosas sabidurías, ¿n'est-ce pas? Es hora de mudanza, hora de cambio y fin de mi tránsito por el mundo de los místicos y educadores por cuenta ajena. Adiós a todos, señora de la casa que tan bien me trataste, Pedro de Meneses, paisano de mis Españas y fiel amigo, y tu ingente familia que sin duda serán en el futuro personas de provecho para sus semejantes. Adiós, Rolando, que no serás capaz de explicarte mi abrupta desaparición, tú que tantas cosas me enseñaste, pero sobre todo, adiós, Andrés, que a tus quince años ya no tendrás necesidad de mí y deberás desenvolverte solo, como todos hemos tenido que hacer, por los infinitos caminos de la vida. Aprendiste los secretos de la aritmética, de la botánica, de la quebrada geología de estos lares, los tuyos; de la gramática y la horticultura y tantas otras disciplinas en las que pude iniciarte, pero sobre todo aprendiste a cantar, habilidad que sin duda te será de provecho en el futuro. ¡Adiós, Andresilllo, y no me eches en falta, porque quizás un día nos encontremos en donde ni tú ni yo sospechamos!

Por medio de Meneses me informé sobre los preparativos de alguna expedición que me llevara lejos, de las que a menudo se hablaba y cada pocos meses ocupaban lugar en las gacetas, y habiendo tenido noticias de una que parecía convenirme, debí inexcusablemente aprestarme para el inicio de lo que parecía ser una nueva etapa en mi vida, por lo que hice mis preparativos.

Me procuré ropas seculares, ropas de excelente calidad pues eran el disimulado embalaje de mis riquezas, y entre sus costuras, como antaño, oculté varias de aquellas piedras preciosas que la marquesa me diera y creía que podrían serme útiles llegado el caso, y las restantes las encerré, cuidadosamente envueltas, en una caja metálica que sepulté profundamente en un apartado lugar que juzgué a propósito, una llana meseta lejos de los caminos y señalada de inconfundible manera por un cruce de alineaciones de peñas lejanas que creía poder recordar en el futuro, un lugar que me pareció adecuado, alejado de cumbres y peñascales y a cubierto en cierta medida de los aludes, terremotos y otros cataclismos que allí son tan habituales.

–¿Os encontraré cuando algún día vuelva, mundanas riquezas, o habrán sucedido las catástrofes que ahora no puedo prever...? Juan Evangelista, ¿volverás algún día de tu aventura expedicionaria..., o por el contrario los Hados se cruzarán en tu camino y estas preocupaciones presentes resultarán infructuosas, como tantas?

Contemplé durante largo rato mis escarpados y abruptos alrededores mientras el sol se ocultaba tras las montañas, y aún hube de concluir lapidariamente y a modo de sentencia.

–Juan Evangelista..., ¿quién puede saberlo? Lo que importa ahora es tu desaparición sin dejar huella, pero eso no parece difícil de llevar a cabo en tan áspero lugar...

En aquella última etapa solía salir a cazar solo por las tardes, lejos de Rolando, que no era amigo de tal actividad, y del tumulto propio de la casa, y aunque casi nunca conseguía cobrar ninguna pieza, la reiteración de paseos vespertinos me sugirió una inmejorable forma de escapatoria sin dejar rastro alguno.

Una tarde salí como tantas otras, y llegado al punto que me convenía, el borde de un precipicio que discurría sobre un tumultuoso e inaccesible torrente, bajé de la montura, desgarré mi hábito, algunos de cuyos jirones arrojé sobre las zarzas de la empinada ladera, y tiré la carabina y las bolsas de cuero al suelo, pisoteándolas para que se confundieran con el polvo.

Luego, vestido con las duras ropas que bajo el hábito portaba y habiendo observado cómo mi montura, que era sumamente dócil, triscaba las escasas hierbas del borde del estrecho sendero y permanecía en el lugar sin alejarse, inicié aquella andadura que había de llevarme lejos, mucho más lejos de lo que entonces era capaz de imaginar, y cuando sobrepasé la última curva, antes de perder para siempre de vista el lugar, lo pensé una vez más: ¡Juan Everardo, nuestro apreciado capellán, orgullo de esta casa e inestimable preceptor de mi hijo, se accidentó en el torrente y su cuerpo nunca fue encontrado...!

Por cierto, que nunca supe que sucedió con aquellas pistas ni si mi ardid resultó, porque nunca volví a ver a ninguna de las personas que poblaban tan abigarrada mansión.

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Periplo del mundo salvaje

No hacía falta, en realidad, una nueva filiación para transitar por los agrestes paisajes, frondosos bosques y ásperas y múltiples quebradas de la parte sur del Nuevo Continente, así que cuando me preguntaron cómo me llamaba, y yo dudara, con zumba me dijeron, qué, ¿no sabe vuesa merced cómo se llama?, ¿de dónde procede su ilustrísima?, y yo dije, de Salamanca, momento a partir del cual me llamaron Salamanca.

Me enrolé en una suerte de expedición que partía hacia la costa atlántica atravesando lo más duro del continente, la cordillera de los Andes y la selva más virgen e inexplorada, y pretendía reconocer el terreno con vistas a establecer caminos practicables entre nuestro virreinato y las regiones orientales. El tremendo viaje que se avecinaba corría por cuenta de una sociedad sobre la que yo no tenía la menor noticia, una sociedad de españoles radicados en una ciudad que se asentaba en la lejana región del Río de la Plata, y juzgué que la distancia me proporcionaría un mejor disimulo de mi vida anterior. Los jefes de la correría, que prometía ser larga, eran españoles, como dije, o descendientes de españoles, y entre sus nombres descollaban recios y antiguos apellidos de abolengo, como el de un tal Mendoza, de quien se contaban cosas admirables y nos aguardaba en algún lugar de la lejana costa.

El tremendo viaje que se avecinaba, como decía, se iba a prolongar a lo largo de no menos de setecientas leguas, cantidad sobrecogedora, más para aquellos tiempos en que todo se llevaba a cabo con la sola ayuda de las piernas, pues los únicos medios de transporte en regiones tan deshabitadas como las que digo eran las caballerías, mulos y caballos mal preparados para transitar por terrenos que no eran los suyos, y las almadías que pudiéramos construir en los cursos de agua navegable que sin duda íbamos a encontrar, pero la realidad, como pronto iba a comprobar, fue aún mucho más dura de lo que imaginaba.

Allí se dio el primer caso en que precisé del concurso de todas las fuerzas de mi cuerpo. Antes nunca me había resultado necesario, pues mi vida anterior, si no regalada, había resultado cómoda, y durante las primeras semanas lo extrañé en grado sumo, sobre todo si se tiene en cuenta que debí acostumbrarme a seguir a la tropa a su ritmo, y con ello quiero decir que mis erráticos ciclos de vigilia y sueño se trastornaron, viéndome obligado a intentar dormir unas horas todas las noches, pero como semejante viaje fue muy desigual, y jornadas hubo en que no pudimos hacerlo de ninguna manera, entretenidos como estábamos en ímprobos trabajos y huidas sin fin ante las acometidas de las innumerables tribus que en tales territorios se asientan, saqué ventaja de todo ello sobre mis compañeros pues no lo necesitaba, y en no pocas ocasiones me constituí en insustituible vigilante de la caravana, y cuando los demás flaqueaban era yo el que tenía que dar ánimos a los demás y tirar de ellos con garganta y lengua, produciendo innumerables gritos que despertaban ecos sin fin y bandadas de pájaros que nos sobrevolaban alarmados. También sucedió lo contrario, y cuando me llegaban los sopores eran mis compañeros quienes de ninguna manera querían detenerse a esperarme, pero la presencia en aquella caravana de blancos, indios y negros libertos de un ser como Cornejo, personaje de mediana edad y que dirigía la tropa más como una incursión de estudio de la naturaleza que como una simple expedición guerrera, en lo que a la postre se convirtió, me alivió y consiguió que no me quedara atrás sumergido en aquel nuevo y fascinante, aunque peligrosísimo e intransitable, término.

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Sábado, 26 Septiembre 2009 11:07:52 GMT

Fotos de España

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Hoy traigo el enlace de una página que he puesto en la red para los que les gusten las fotos y les guste nuestro país. Es mi punto de vista sobre el asunto, y espero que más de uno (y de una) lo pase bien contemplando esta avalancha.

Hay muchísimas ausencias, pero tampoco se puede abarcar todo. De todas formas, imagino que iré añadiendo cosas según surjan.

Son casi 500 fotos, así que es preciso tomarlo con calma, que ver muchas seguidas suele ser muy agobiante.

Fotos de España

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Lunes, 7 Septiembre 2009 07:20:34 GMT

CÓMO ESCRIBÍ LA HISTORIA DE JUAN EVANGELISTA

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Esta narración, de la que harto se ha hablado en esta página y se llama «La verdadera historia de Juan Evangelista, niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario», se compone de cuatro libros, a saber:

Libro primero: Edad de las tinieblas

Libro segundo: Siglo de las luces

Libro tercero: Era de las máquinas

Libro cuarto: Perpétuum móbile

En sus mil doscientas páginas se cuenta la vida de un personaje, un señor como usted o como yo que, por inexplicables peculiaridades de su metabolismo, creció con un ritmo cuatro veces menor al que es habitual en las personas. Él nació en la Ciudad Rodrigo de 1680, finalizando el siglo XVII, y vivió como una persona normal, es decir, unos ochenta años, pero como 80 multiplicado por 4 son 320, resulta que murió alrededor del año 2000, año más o menos. Ello da pie para contar la historia de los últimos tres siglos, que es larga y variada, sí, y movida, y todo ello aderezado por sus múltiples viajes y aventuras...

Comencé esta historia con muchas dudas en 2004, y en 2005 había conseguido acabar el primero de los libros, la infancia del protagonista. En 2006 escribí el segundo; el tercero, que se refiere al siglo XIX y es el más largo, durante 2007 y parte de 2008, y al fin, para no dejarlo a medias, que es cosa que da mucha rabia, en la segunda mitad de 2008, el cuarto, el siglo XX, que comienza con una narración que parece policíaca y continúa con una novela de amor...

Arduo trabajo (aunque al mismo tiempo he hecho muchas otras cosas, claro es), pero al fin pude con ello, y cuando acabé..., sentí como si me hubiera quitado un descomunal peso de encima. Lo que sucede es que esto de escribir crea mucho hábito (unos se enganchan con el alcohol, otros con el caballo, otros con los coches o con las mujeres..., etc., y todos con el tabaco) y no se puede abandonar tan fácilmente, así que a la docena de novelas que tengo en el disco duro ( y en la estantería, bueno), voy a añadir la decimotercera, que lleva ya buen ritmo y es una fantasía plenomedieval, un asunto que sucede en tierras manchegas, castellanas e incluso portuguesas, durante los últimos años del siglo XII y los primeros del XIII, la época de las legendarias batallas de Alarcos y las Navas de Tolosa. Tiempo habrá para hablar de ella.

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Sábado, 15 Agosto 2009 03:47:46 GMT

Nastasia va con su madre a la playa (1979)

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Hoy, en vez de aventuras de Juan Evangelista, aquel que nació en 1680 (por cierto, en la vieja Miróbriga, o lo que es lo mismo, la Ciudad Rodrigo de la actualidad, provincia de Salamanca) y vivió trescientos años..., etc., etc., etc., voy a poner un trozo de otra de mis novelas; para variar. Como resulta que sucede en agosto (por lo que parece), así cuadra todo.


Este es un trozo de la novela denominada "La efímera vida de Nastasia" , que está algo después de la mitad del libro, más o menos.


Aquel año aprobé todo, aprobé la reválida, hasta con buenas notas, y mi madre me dijo,

–¿Te acuerdas de lo que te prometí? ¿Quieres que nos vayamos tú y yo a ver el mar? –y el corazón me dio un vuelco.

–¿De verdad?

–Pues claro. No podremos ir mucho, pero unos días sí.

Mi madre me miró divertida y añadió,

–Pero no se lo digas a tu padre. Le decimos que nos vamos al pueblo y ya veremos lo que hacemos, ¿vale? –y así fue la cosa.

Primero estuvimos con los abuelos unos cuantos días, y luego, en autobús y en tren, nos fuimos a un pueblo que se llamaba La Antilla. No eran Las Antillas, ¡qué más hubiera querido yo!, que estaba deseosa de emigrar a cualquier sitio que me hubieran propuesto –aunque con mi madre al lado, claro está, de la que no me hubiera separado por nada del mundo–, pero aquel lugar al borde del Atlántico, con su mar azul, su enorme playa de blanca arena –aquella sí, y no la que había visto en mi viaje en vespa–, sus embarcaderos de madera, sus barquitos que iban a pescar todas las tardes y su perenne buen tiempo, me pareció el colmo de las maravillas, y los primeros días los pasé en la playa sin querer moverme de ella.

–Pero, mujer, que tenemos que comer...

... y yo, sin levantarme de la arena, decía,

–Ya, pero es que no tengo gana... ¿No quieres ir tú sola? –y ella se iba y volvía al cabo de un rato con bocadillos y cocacolas.

–¡Jo, mamá, qué buena eres! –y mi madre se reía.

–Pero, niña, ¿eres tonta...? ¡Come, venga, que estás en los huesos!

... y allí comíamos las dos tan contentas, y luego nos pasábamos toda la tarde bañándonos, dándonos crema y aprovechando los rayos de sol hasta el final, y si yo no quería salir de la playa era porque mi madre, al llegar, me compró un bikini, mi primer bikini, y estaba aprovechando para ponerme morena en condiciones, por la tripa y por todas partes, cosa que nunca había hecho.

Nosotras llegamos para pasar diez días, pero algo debió de suceder que yo no sabía, porque al cabo de una semana, un mediodía, ella me dijo,

–Ven conmigo, vamos a ver a un antiguo conocido tuyo –y fuimos a uno de aquellos bares que había en la playa en donde nos encontramos a Juanito, sí, el macizo de Europa, que me dijo,

–Pero, chavala, ¡cómo has crecido...! –porque hacía bastante que no nos veíamos y yo estaba muy grande, casi tanto como de mayor.

Él nos invitó a comer allí mismo, y durante la comida estuvieron hablando de negocios. Lo que Juanito quería era que mi madre se quedara a trabajar allí todo el verano.

–¿Todo el verano? No sé si podré... –y él pareció quedarse muy desilusionado.

–¿No? ¡Pues no sabes la faena que me haces! Bueno, si no puede ser, ya buscaré a alguien... –pero yo, que ya me veía pasando las vacaciones en aquel lugar paradisíaco, intenté animarla.

–Mamá, ¿por qué no te puedes quedar? Así nos quedamos las dos...

–Sí, pero es que no sé qué va a decir tu padre... Esto no estaba previsto... –y al final todo se arregló, o medio arregló, porque mi madre era de lo más hábil y persuasiva.

Estuvo hablando por teléfono con él varias veces y le convenció. Supongo que le diría que allí se ganaba bastante dinero, que para mi padre era un argumento definitivo, pero el caso fue que nos quedamos todo el verano, y yo, algunos días, estuve haciendo de camarera, sirviendo platos de mesa en mesa como uno más, sobre todo los fines de semana, que era cuando iba más gente. Los domingos iba tanta gente que se acababa todo lo que había en el bar, y los que trabajábamos, mi madre, la cocinera, los de la barra y los demás, acabábamos derrengados y a las nueve de la noche echábamos el cierre, poníamos un cartel en la puerta y nos íbamos.

Mi padre, no obstante, llamó varias veces para que volviéramos, y por lo visto llamaba cabreado, claro, pero mi madre le toreó durante una temporada.

–Le he dicho que hay muchísimo trabajo y que ahora no puedo ir, ¡estamos en plena temporada!, y que tú, pudiendo estar aquí, allí no pintas nada. Porque tú no querrás ir, ¿verdad? –y yo, sorprendida, exclamé,

–¿Yo...? ¡Ni hablar!

Luego dijo,

–Ya verás como aparece por aquí. Seguro que viene el fin de semana –y así fue.

Mi padre vino a ver qué sucedía y si era cierto lo que mi madre le había contado, porque se presentó un viernes por la tarde de sopetón y sin avisar, como si nos fuera a coger en alguna mentira. Seguro que él pensaba eso, pero mi madre, cuando llegó, estaba en el bar dando órdenes a diestro y siniestro y organizando todo para el fin de semana, y yo en la playa, aprovechando hasta el último momento, y se tuvo que callar. Vamos, callar tampoco. A mí me dijo,

–Estás demasiado morena. ¿Tú has visto esto...? Esta niña está negra como un tizón. ¿Tú no sabes que eso no es bueno?

... como si le importara algo lo que me sucediera a mí, y a mi madre la intentó convencer para que dejara todo y se volviera a casa, pero ella, muerta de risa y sin hacerle ningún caso –porque mi madre no se enfadaba nunca, ni aun con mi padre, que era muy pesado–, le dijo,

–Bueno, bueno, tranquilo. Ya ves que esto se acaba en septiembre y hasta entonces no puedo volver. ¿No dices que no trabajo nada y que todo lo que hago son tonterías? Pues mira, ahora estoy ganando tanto y cuanto –y como lo que dijo era bastante más de lo que él ganaba, se tuvo que callar.

Le sentó como un tiro y se puso a rutar, según costumbre, pero se calló, y aquella noche me mandaron a dormir a otro lado. Como en donde nos quedábamos no había sitio para los tres, le tuve que dejar la cama a mi padre e irme a casa de una señora. Era la que nos vendía las verduras para el bar, que vivía sola y me dio cobijo aquellas dos noches.

–Si no son más que dos noches, no hay inconveniente. Ya sabe usted que yo no hago estas cosas, pero una emergencia es una emergencia. Además..., ¡si el que viene es su marido...!

... y por la noche la señora me dijo,

–¿No quieres salir? Vete a dar una vuelta, mujer, que este es un sitio muy tranquilo –y yo, que no las tenía todas conmigo, salí después de cenar.

Anduve sola un rato por allí, me comí un helado y volví adonde iba a dormir, y la señora, que me estaba esperando, se interesó mucho por mi paseo nocturno. Me preguntó,

–¿Te ha gustado? Este pueblo es muy bonito, ¿verdad? Además, ahora hay mucha gente y está muy animado.

Eso fue el viernes, y el sábado repetí. Como había estado todo el día trabajando como una negra –observada por mi padre desde la barra, de la que no se separó ni un momento, porque la playa ni la pisó–, estaba muy cansada, pero por la noche volví a salir. Di otro paseo por el mismo sitio que la noche anterior y observé que la gente me miraba. Algunos hasta me dijeron cosas, pero no les hice caso porque no me gustaron, y en seguida volví a casa porque al día siguiente tenía que trabajar otra vez y aquello era bastante cansado, y al final mi padre se fue sin despedirse, clara señal de que se había ido cabreado; cogió el coche y desapareció. El domingo por la tarde, que estábamos las dos trabajando en el bar, mi madre, desde su mesa de control, me preguntó,

–¿No ha venido tu padre a despedirse? –y como yo, que pasaba por allí con una pila de platos sucios, negara con la cabeza, añadió–. Pues se ha debido de ir porque mañana por la mañana tenía que trabajar. ¡Paciencia, mujer! –y mi madre, en el fondo, lo decía un si es no es risueña; en realidad no se reía, pero sólo le faltaba hacerlo.

Así estuvimos todo lo que quedaba de verano, hasta septiembre. Cuando el bar se cerró nos fuimos unos días al pueblo, con los abuelos, y a mediados de aquel mes volvimos, las dos con gran pesar en el corazón, a nuestra casa de la gran ciudad, en donde Kraka nos esperaba como agua de mayo y con todo hecho un asco. No había barrido ni una sola vez, y por el baño y la cocina parecía que había pasado un ciclón. Ninguno de los objetos que contenían estaba en su sitio, pues la mayoría se aposentaban en las mesas, las sillas, el suelo y, sobre todo, el fregadero, que rebosaba, y no sólo de platos y toda clase de cacharros sucios, no, sino también de amplios cultivos de las más selectas variedades de hongos.



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Sábado, 1 Agosto 2009 12:37:30 GMT

Referencia externa a Camargo Rain, padre de Juan Evangelista

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Hoy pongo la dirección de un señor que se refiere a uno de mis libros. Me hace gracia el texto que ha elegido, que está en "Las estaciones" , una de mis novelas, y aún más gracia que me haya puesto el primero de la lista, lo que quizá indique que es lo que más le ha gustado, aunque suene un tanto inmodesto. Bueno, pues desde aquí se lo agradezco.

Este señor (Ángel Romero) está en Canarias, creo que en Tenerife, en donde mantiene algo relacionado con la informática, y las direcciones que se refieren a un servidor son

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/index.html

y

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/camargo-rain/index.html



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Lunes, 13 Julio 2009 14:32:46 GMT

Una película veraniega

Pues resulta que el otro día hice una película (una cosa mínima, vamos, que nadie se alarme) para que el personal pueda ver algunas de las fotos que he hecho durante el último año, y para amenizarla la monté sobre una música que, para los no iniciados (porque los enterados la reconocerán al instante) diré que es el tercer movimiento del concierto de don Antonio Vivaldi que se conoce como "El verano"; es decir, una de "Las cuatro estaciones". Este tercer movimiento se llama "La tormenta" (estival, se supone) y está escrito para orquesta de cuerda y bajo continuo. Ahora bien, yo me dije, lo voy a tocar con el teclado (un aparato eléctrico que suena como tú quieras) en plan clavecín, y dicho y hecho... Porque, aunque a alguno le extrañe, el que toca es un servidor (este renombrado Camargo Rain que sale por todas partes), y lo hice en casa, durante un rato libre, aunque la tuve que tocar varias veces, claro es, antes de hacerme a ella... (Y luego dicen que los músicos del barroco eran aburridos y no tenían marcha...; ya quisieran los de ahora).

Bueno, pues tras tan largo preámbulo, ahí va la peli, de la que tengo que decir que en you tube se ve bastante peor que en mi ordenata, pero qué le vamos a hacer, que la cosa no tiene remedio; lo que resta se puede suplir con la imaginación. El enlace es:

FOTOS DE OTROS MUNDOS

(Nota final: Castrojeriz se escribe con jota; perdón, pero ya era mucho lío cambiarlo y volver a subir la peli).



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Martes, 16 Junio 2009 05:04:54 GMT

Influencia del alcohol sobre la escritura

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Trucos diversos sobre el arte literario. Capítulo primero.

Está demostrado que con la ayuda de un litro de cerveza pueden escribirse, cuando menos, doscientas palabras (1). Una novela normal tiene ochenta mil, es decir, cuatrocientas veces doscientas, de donde se deduce que con cuatro hectolitros de semejante bebida, que son una miseria, se puede escribir una novela, y estas son apreciaciones muy por encima de la media; lo más probable es que se pueda hacer con una cantidad mucho menor.

"La poesía y el alcohol caminan juntos bajo las estrellas".

(Proverbio de ignorada procedencia (2) que conocen muy bien la mayor parte de aquellos que se dedican a semejantes labores).

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1 Con un litro de sangre se puede componer una novela entera.

2 En realidad, debido a la pluma de Camargo Rain, al que de súbita forma vino a la mente mientras leía Ben Ammar de Sevilla, de Claudio Sánchez Albornoz (debe de ser que allí se dice algo muy parecido); hay que tener en cuenta que la prosa no es sino un caso particular de la poesía. A este respecto puede leerse lo que en la Gramática de la lengua española de Emilio Alarcos se dice sobre la curva y contorno de entonación, en la página 49 y siguientes, edición de Espasa promovida por la Real Academia Española en la colección Nebrija y Bello. Puede consultarse en internet.



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Sábado, 30 Mayo 2009 02:52:26 GMT

Paisaje en tierra extraña

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Juan Evangelista, que tanto y tan ancho mundo recorrió durante los trescientos años que duró su larguísima vida, ¿no pudo en mil y mil ocasiones contemplar el espectáculo que encima se muestra?
Pues sí, seguramente así sucedió, y aunque la foto está hecha desde una de las dehesas astellanas que tanto le gustaban, lo mismo podía haber sucedido en los Andes, en el archipiélago malayo o en aquella Italia que conoció cuando en compañía de Harriet fue a visitarla... Pero bueno, que para enterarse de todo es mejor leer los libros:
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Edad de las tinieblas
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Siglo de las luces
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Miércoles, 13 Mayo 2009 15:40:12 GMT

Vídeo clip sobre Juan Evangelista y sus aventuras

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He hecho una peliculita (más bien un vídeo clip) en la que se intenta ilustrar cómo es esto de Juan Evangelista, que vivió trescientos años...
Bueno, como es cortísima no se entiende nada, pero imagino que a más de uno le gustará. El enlace es el siguiente:
http://www.youtube.com/watch?v=LiitjbnFVTY
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Miércoles, 15 Abril 2009 05:16:58 GMT

Sobre los comentarios

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Hoy no pongo ningún texto, sino que hago una pregunta a los que siguen este blog. ¿Por qué nadie ha dejado nunca un comentario? Porque gente que se mete (no sé si a leer, aunque imagino que no, pues poca gente lee) hay bastante, al menos a juzgar por lo que dicen esos contadores que hay al pie de las páginas. Esta es una cuestión que me tiene intrigado, aunque imagino que se deberá a que esto no le interesa a nadie, que es lo más fácil de imaginar.
Bueno, de todas formas, agradecido, y si alguien quiere decir algo, ese es su derecho.
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Como también tengo otros blogs, pongo aquí algunas direcciones:
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El cuento del gnomo vestido de rojo

Yo me llamo Cacho Madera

Alubias con langostinos y mejillones

Desenterrando el tesoro

La fortaleza de Calatrava en el siglo XII



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Miércoles, 1 Abril 2009 05:10:00 GMT

ATAQUE A LA CARAVANA

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En la "Era de las máquinas", tercer libro de las memorias de Juan Evangelista –personaje que, como ustedes recordarán, vivió más de trescientos años–, no podía faltar el tránsito por el «lejano oeste», el legendario Far West del más prolífico género del Séptimo Arte y que a todos nos resulta tan familiar.

Sí, Juan Evangelista estuvo allí durante la Primera Guerra India, la guerra de Nube Roja (que tuvo lugar alrededor de 1850), pues como adelantado ingeniero de aquellos tiempos se encontraba contribuyendo a la construcción del Union Pacific, el primer ferrocarril que atravesó el continente norteamericano de costa a costa, y en tales pagos, amén de otras muchas aventuras que en el libro se detallan, le sucedió lo que se dice a continuación.

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ataque a la caravana

En uno de aquellos viajes me fue dado presenciar ese episodio que después tantas veces se ha relatado en las películas, ¡y qué digo presenciar!, sino vivir en mi propia persona el asalto a la larga caravana de carros de transporte que, vigilada de forma permanente por exploradores del país, serpenteaba por la herbosa y amarillenta llanura infinita. Aquellas agrupaciones de carros remolcados por bueyes y en ocasiones por mulas, que me recordaban las antiguas galeras de mi país, se desplazaban lentamente por la llanura en busca del siguiente puesto del ejército, fortificaciones de madera dispersas aquí y allá y que en ocasiones eran asoladas por ejércitos de indígenas. Durante su tránsito por las tierras deshabitadas pasaban por uno y mil peligros, enfermedades como el cólera, frecuentes y terribles tormentas y la constante presencia de indios, pues bandas de salvajes se presentaban continuamente ante los ojos de sus ocupantes y los hostigaban en busca de botín, por lo general, caballos. Las escaramuzas solían saldarse con unos cuantos disparos, pero en ocasiones aparecían desde detrás de cualquier colina grupos muy numerosos, y después de seguir a los carros durante horas desencadenaban uno de sus ataques, que consistían en una carga al galope. Para repelerlos se agrupaban los vehículos formando un círculo en lugares elevados que estuvieran defendidos por árboles y peñas, si se podía llegar hasta ellos, y en uno de aquellos círculos viví yo mi bautismo de fuego en la llanura americana.

Ellos eran trescientos o cuatrocientos, un verdadero ejército, y nosotros sólo cuarenta, y si se lo hubieran propuesto podrían haber pasado con facilidad por encima del lugar que ocupábamos, pero los grupos de jinetes indios se limitaban a dar vueltas alrededor de los carros disparando flechas y viejos fusiles desde sus caballos, y a retirarse tras las descargas. Una oleada seguía a la anterior, y acertarles desde nuestro resguardo era cosa fácil. Aquello era como tirar al blanco sobre seres desarrapados y poco menos que indefensos, y no me gustó hacerlo, pero habida cuenta de las historias que había oído contar, cuando muchedumbres de salvajes pintarrajeados atacaban a sangre y fuego a grupos reducidos –grupos que, por supuesto, eran aniquilados en su totalidad, no importando si entre ellos había mujeres o niños–, olvidaba mis escrúpulos y procuraba disparar con acierto.

Con la caída de la tarde, cuando ya había una cincuentena de cuerpos sobre la pradera, hubimos de enfrentar el ataque de un grupo más numeroso, algunos de cuyos miembros consiguieron introducirse entre los carros. Ante los gritos miré a mi espalda y observé que uno de aquellos atléticos salvajes pintarrajeados, un individuo joven, y no mentiré si digo que bien parecido, con un cuchillo entre los dientes, un hacha en la mano y expresión feroz, venía a la carrera hacia el lugar que ocupaba. Yo tenía en la mano la pistola, el revólver, y cuando el indio, enarbolando el hacha, se abalanzaba congestionado sobre mi persona, pensé, o tú o yo, y levanté el arma y apreté el gatillo. El indio se detuvo en los gritos y la desenfrenada acometida, se llevó las manos al cuello y se desplomó fulminado. Yo me levanté y, lo más rápido que pude, me arrojé bajo las ruedas del carro al tiempo de ver pasar a mi lado los caballos de varios de aquellos energúmenos que vaciaban sus armas sin el menor tino. Luego, tras un último y cerrado intercambio de disparos, no pocos gritos y el acuchillarse de algunos, los indios se retiraron llevándose a sus muertos y algunos caballos y se perdieron lenta y perezosamente en la distancia, y nosotros reanudamos el camino todo lo deprisa que pudimos, pues los indios no atacaban por la noche.

Aquel lance me dio en qué pensar, pues, ¿no era la vez que digo la primera en que mataba a un hombre cara a cara...? Muy distinta había sido mi presencia en anteriores combates, entre los que destacaban los que tuvieron lugar en Ciudad Rodrigo, pero aquella fue una guerra a distancia en la que nunca veías la cara al enemigo y te limitabas a disparar sobre bultos y sombras que no tenían entidad: eran, simplemente, el infiel. Sin embargo, en la ocasión que narro, antes de abandonar precipitadamente el escenario de la batalla me afané en buscar el cadáver de quien había matado, hombre joven que disponía de una larga vida por delante, alguien que sin duda tendría mujer e hijos esperándole..., para encontrarme con un cuerpo desfigurado al que uno de los sargentos que nos acompañaban había arrancado la cabellera, y con ella, la piel de media cara.

–Así no podrá entrar en su Paraíso. ¿No le parece a usted bien? Ellos harían lo mismo con usted. ¿Quiere que le cuente una historia...? –y ante mi indecisión, añadió–. ¿Sabe usted lo que sucedió la pasada primavera en el fuerte Kearney? Pues yo se lo diré: el comandante había llegado con cuatrocientos soldados, pero al cabo de unas semanas sólo le quedaban trescientos... ¿Tampoco oyó hablar de Fetterman? Era un capitán peligroso, uno de esos tipos que creen que lo saben todo. Salió con su compañía a perseguir a un grupo de indios que se pavoneaba en los alrededores del fuerte, y se encontró con una fuerza escondida de varios miles de pieles rojas... La acometida duró escasos minutos y todos fueron masacrados. Luego, durante meses en los que no se les enviaron refuerzos, los que quedaban en el fuerte resistieron como pudieron, faltos de toda comida y la imprescindible agua. Con la llegada de la primavera y la amenaza del ejército de Nube Roja, el comandante, en previsión de un inminente asalto, dio orden de encerrar a las mujeres y los niños en uno de los polvorines, y a un soldado negro el encargo de volar el reducto si los indios se adueñaban del fuerte. Al fin, debido a que los indios se retiraron, no se llevó a cabo semejante estrago, pero todas aquellas personas estuvieron a un paso de la muerte. Otros, sin embargo, no han tenido tanta suerte, y nosotros tampoco la tendremos si no nos vamos pronto de aquí. Apresúrese.



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Lunes, 16 Marzo 2009 11:46:25 GMT

ÚLTIMOS PASEOS EN TRANSATLÁNTICO

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En la canal del Maine, en las Antípodas occidentales, durante el legendario año de 2009, cuando todo hacía presagiar una época de bonanza pero los augures se empeñaron en echar abajo el systema. (Por mucho menos cortaron la cabeza a unos cuantos en Babilonia).

Por la radio se oye:
"Hemos acabado por agotamiento (¡cómprese un BMW y una moto!, y ahora un adosado, y ahora un mármol para la cocina, y ahora un mentiroso plan de pensiones que le sostenga en la vejez...) con esa cacareada era de bienestar, pero qué importa. Una era da siempre paso a otra, y la anterior estaba agotada, para comprobar lo cual no hay más que contemplar la televisión o escuchar (de lejos, con mucho cuidado y sólo durante unos segundos) los cuarenta criminales. Se impone inventar algo nuevo, porque en lo de volver a la edad del mamoneo, que cándidamente prometen los políticos, no hay ni que pensar".

Sí, paseando en transatlántico por la canal del Maine mientras los pardillos de este planeta trabajan... Bajo tenues luces estos ricos toman un té y aquellos bienpensantes un café, ¡qué plano y apagado es todo!, porque el mundo de las personas que creen en el systema está muerto, y sin embargo también aparece el carguero tripulado por chinos y senegaleses que sale de puerto en el momento justo porque es su ruta, y el cielo pintado de rosa y azul..., que no es el verde de la esperanza pero queda más o menos entonado. (Continuará).

(Nota: ¿Qué hubiera pensado Juan Evangelista, que vivió en primera persona trescientos años de devenir humano, de esta nueva e inesperada mutación económica si la vida le hubiera llevado a contemplarla? Suceden cosas muy extrañas últimamente, pero qué vamos a decir, sino que es ley de vida...).


Acopio aquí las últimas entradas en mis blogs, por si a alguien le entra la curiosidad:

El ataque de los demonios

Viaje a Marte

Últimos paseos en transatlántico

Foto de ballet

La negra sale del fondo

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

Patatas a lo pobre

A mí no me desvirgó mi padre...




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Martes, 3 Marzo 2009 09:26:25 GMT

Aventura en la República española

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Traigo hoy a colación un fragmento de " Perpétuum móbile ", el cuarto y último de los libros de memorias de Juan Evangelista, que se desarrolla durante el siglo XX. El texto que va más abajo cuenta una de las muchas aventuras que sucedieron al protagonista en el transcurso de la alborotada Segunda República Española, que él vivió en Madrid como delegado de la Cruz Roja. Por aquellos entonces debía de tener el aspecto de una persona de sesenta años, sobre poco más o menos.

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Como dije, yo tenía amigos en todas partes (en la Cruz Roja, en los sindicatos, en los bancos ingleses...), y durante aquellos años tuve ocasión de conocer y tratar a personajes variopintos. Por ejemplo, el negro Chevique. El negro Chevique, al que luego ahorcaron en un calabozo de la Modelo (quién, no se supo), era el que con suma añoranza decía, aquí los que tendrían que venir son Satalín y Molotouve, porque él, como sólo leía las revistas de los sindicatos, era un admirador de determinados personajes. El negro Chevique quería hacer las cosas bien, mil veces se lo oí decir acodado en la barra de un bar de la calle del Bronce, pero cómo se van a hacer las cosas bien cuando los que nos rodean tienen aficiones de salvajes y se dedican a voltear sillas por encima de su cabeza cogiéndolas con los dientes por la barra superior del respaldo..., porque aquello era lo que hacía el Matamares, que había venido de un pueblo costero de la Andalucía oriental. El matamares era el que decía,

–Dura e incierta es la vida del marinero...

... para concluir con hondo pesar,

–No hay suerte pa'l hombre honrao .

... y sus amigos sindicalistas atracaban bancos y, en los ratos libres, visitaban domicilios de personas pudientes. No pidas; tómalo, era su consigna.

–Vosotros sois muy valientes con quienes están en casa indefensos, porque la burguesía nunca se atrevió a empuñar las armas, pero ya veremos lo que ocurre el día que os saquen a tiros de algún lado, o cuando nos alcance esa batalla que está a punto de alcanzarnos a todos. No sé cómo no os da vergüenza andar de un lado a otro requisando joyas que luego os metéis en el bolsillo.

El que parecía jefe de aquellos muchachos, pues ninguno llegaba a los treinta, lucía en la gorra un emblema rojo y negro a guisa de galón.

–En realidad no lo hemos requisado, don Juan, no piense usted mal de estos pobres proletarios, que estaba abandonado delante de una casa y ya no era de nadie, ¡fíjese que automóvil tan magnífico! Su dueño ha huido al extranjero cuando se ha enterado de que íbamos a hacerle una visita. Alguien le habrá dado el soplo, porque esto está lleno de infiltrados, pero a nosotros nos ha servido para pasear como esos burgueses que usted dice. Ahora pensábamos ir a un establecimiento, y ya que le hemos encontrado..., ¿quiere acompañarnos?

El Río Club era un cabaret que estaba entre los dos Carabancheles, y aquella noche había actuación. Dejamos el coche en la puerta y ellos entraron en tromba, difícilmente refrenados por los porteros. La actuación había comenzado, y en seguida se alzaron voces reclamando silencio. Mis acompañantes, a los que salía el licor por las orejas, no sin gritos e insultos de muchos de los presentes consiguieron acercarse al escenario e instalarse en una de las primeras filas, detrás de lo que me parecieron unos matrimonios jóvenes, todos muy trajeados.

Luego se hizo la calma y la actuación prosiguió. Una muchacha cantaba una canción de moda acompañada por una orquestina, y mis conocidos, quizás impacientes ante el aire angelical de la música, comenzaron a gritar y aplaudir junto a las orejas de quienes estaban delante. Luego, no contentos con ello, se levantaron todos a una y, de la forma más discordante y puño en alto, comenzaron a entonar la Internacional. ¡Nunca lo hicieran!

Al principio hubo voces de protesta, sí, mientras ellos contemplaban insolente y chulescamente al personal que les abucheaba –pues no en vano llevaban pistolas en el cinto–, pero luego, de repente, aquellos que me habían parecido unos matrimonios se levantaron como rayos de sus asientos, cogieron las sillas y se las estrellaron a mis amigos en la cabeza, y eso que sólo eran tres. ¡Allí fue Troya!, que se suele decir, y pocas veces he visto una cosa tan rápida. Un instante después yacían los sindicalistas en el suelo, debatiéndose desesperadamente y chorreando sangre por doquier..., que ni oportunidad tuvieron de sacar las pistolas, mucho menos de hacer uso de ellas, y si a mí no me tocaron ello se debió a que, siguiendo el ejemplo del numeroso público, me aparté apresuradamente hacia la puerta una vez comenzada la refriega. La batalla concluyó en brevísimo y se oyeron unas voces, ¡la policía, la policía...!, todo el mundo salió corriendo y entraron unos cuantos guardias de asalto que, mientras intentaban levantarles del suelo, les dijeron, camaradas, ¿qué habéis hecho...?, no sabéis con quién os habéis metido, ¡el clan de la Veci!, gitanos de Andalucía, suerte habéis tenido de quedar vivos, a veces trabajan para los fascistas, ¿qué van a decir en la Dirección...?, ¿cómo se os ha ocurrido hacer una cosa así?, a ver, ¿quién es el que manda aquí?, y uno de ellos, que parecía ser el que llevaba la voz cantante, señaló en mi dirección.

–Bueno, pues venga –dijo el guardia–, todos al cuartelillo que vamos a poner esto en claro –y allá fui con los damnificados, que a duras penas podían caminar.

Llegamos y nos encerraron en un calabozo, y al cabo aparecieron unos guardias que dijeron,

–Desnudaros todos, que vienen los fumigadores... La ropa ahí, en un montón.

... y aunque la medida no me pareció inadecuada, porque aquellos mozos no probaban el agua ni en las comidas, dábase la circunstancia de que yo portaba entre las ropas un diamante enorme –una de las joyas de la marquesa–, que desde antiguo y en ocasiones solía llevar encima convenientemente escondido por si se presentara alguna contingencia inesperada.

–¿Qué hacer? –me dije, pero al instante lo supe.

Con el mayor de los disimulos la extraje de su escondite... y me la tragué. Luego pensé, aquí me las den todas, y observé que en el montón que se iba formando habían caído varias pistolas, que fueron de inmediato requisadas por los guardias.

–¡Todos contra la pared! –se oyó, y al instante fuimos rociados abudantemente con alguno de aquellos elixires que se utilizaban para matar los ácaros...

De aquel lance salimos bien –yo con el diamante dentro– porque al fin, tras muchas firmas, papeleos y gritos con el puño en alto, nos echaron de la comisaría. Sólo éramos una pandilla de borrachos que habían cogido por la noche, y eso, ¿a quién podía interesarle, dado lo que estaba sucediendo en las calles...?, y mientras montábamos de nuevo en el coche que nos había traído, lo pensé.

–¡La única vez que me han obligado a desnudarme, y ha tenido que suceder en la afamada Segunda República Española...!

... aunque el diamante lo recuperé durante el transcurso de la mañana, claro es.

Al día siguiente, en un periódico, con gruesos caracteres decía, ¡Carnaval en Río!, y continuaba, unos matrimonios han puesto fuera de combate a varios miembros de un sindicato; una de las señoras estaba embarazada, pero parece que no hay riesgo de aborto; los heridos fueron conducidos al hospital, en donde se les practicó una cura de urgencia... (etc.).

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A este respecto, y en lo que se refiere a estos libros, pueden verse los siguientes enlaces:

Edad de las tinieblas

Siglo de las luces

Tetralogía de Juan Evangelista



En: Novela en español
Permaenlace: Aventura en la República española
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Domingo, 15 Febrero 2009 07:18:59 GMT

Desenterrando el tesoro

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Pongo hoy un trozo de la "Era de las máquinas", el tercero de los libros que Juan Evangelista escribió a guisa de memorias durante los años finales de su larga vida. En él habla de algo que le sucedió a finales del siglo XVIII en la región de Champagne, es decir, en plena Revolución francesa, acontecimiento al que también (como a tantos otros) asistió. Él sabía dónde estaba enterrado un tesoro, y como no iba a dejárselo a los franceses, que habían matado a Isabelle, su amada de entonces...

El que quiera enterarse de todo lo que le sucedió..., en fin, que no le va a quedar más remedio que leer el libro entero.

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Mi único acompañante de los meses que cuento fue un viejo asno que hizo la mayor parte del trabajo, pues era él quien a duras penas arrastraba el mugriento carro en que me desplazaba y en cuyo interior se agolpaban baratijas sin fin que, para mayor disimulo, yo vendía en las alhóndigas y plazas de los lugares que atravesaba durante los largos días de camino. La caridad de las gentes del campo me dio cuartel en aquellas tierras extrañas que mediaban entre la ciudad de París y la renombrada región de Champagne, puesto que durante los viajes me permitían guarecerme de las inclemencias y dormir en cuadras y portalones. Con el correr de las mañanas y de pueblo en pueblo me dejaba caer por los lugares de reunión, y luego, una vez finalizado el mercado y cuando los labriegos recogían sus pertenencias, acudía a las tabernas y daba en ellas nuevas muestras de mis habilidades, mientras los parroquianos, ignorantes de lo que acontecía, me arrojaban monedas de cobre que yo recogía dando muestras de agradecimiento... Al fin, llegado con los días a mi meta, los bosques que rodeaban la casa de Champagne, simulando seguir el camino me internaba en lo más profundo de los bosques, y tras una noche de trabajo apartando piedras y volviéndolas a colocar, habiendo provisto mi oculta bolsa daba media vuelta y emprendía el camino de regreso.

El nombre de guerra que adopté para tal lance fue el de Pascual Bailón, como en anterior asiento me conocieron los monjes en el convento de Úbeda, y ocasiones sobradas tuve para demostrarlo, pues uno de mis fuertes eran los embustes, las leyendas medievales y los cuentos chinos, los pretendidos malabarismos, los trampantojos y los groseros juegos de magia que había almacenado en el magín durante más de cien años. Cuando en ello era rechazado y grupos de desenvueltos mozos pretendían tomarme a chacota o apedrearme, que de todo hubo, me convertía en santón, en humilde anacoreta, en dulce e inofensivo ere-mita venido de la lejana Bohemia, que bien a las claras lo mostraba en la luenga barba que me dejaba crecer y en mi desmesurado hábito, y no se extrañen por ello, pues hubiera llevado hasta el gorro frigio si necesario hubiera sido, pero entonces ya no era moda entre los paisanos y me contenté con lucir ostentosamente la tricolor, que era algo que respetaban todas las facciones. Mis discursos, por otra parte..., había que escucharlos. Acompañado de una campanilla, la flauta en la diestra, la mirada punzante, el atabal cruzado en la espalda..., clamaba cuando me convenía y con chillona voz acerca de la hora Prima, de la hora Sexta, de los sagrados árboles de la libertad de época anterior, del sistema métrico decimal –entonces en ciernes, pero del que tenía ciertas nociones por mis abundantes lecturas–, y hasta de los cuatro jinetes del Apocalipsis, por lo que con el tiempo llegaron a conocerme en la mayor parte de los establecimientos del camino y mi presencia celebrada en plazas y mercados cuando en ellas hacía aparición.

Realicé de esta guisa dos o tres viajes haciendo acopio de lo que allí me llevaba, el oro escondido, excursiones nocturnas entre bosques que nunca me depararon ninguna sorpresa, pero durante la que juzgaba que iba a ser la última tuve un inopinado encuentro que no acabó mal por pura casualidad.

Un atardecer, al llegar al lugar en que estaban enterradas las monedas, descubrí con sorpresa en el barro huellas recientes de lo que me pareció un perro, y no me confundí, pues aquella misma noche, cuando tras varias horas de trabajo me disponía a cerrar el túmulo, oí detrás de mí un sonido inconfundible. ¡Era el familiar gruñido de Sansón!, que, quién sabe cómo, había dado conmigo.

Me volví como un rayo y vi que sus llameantes ojos me observaban desde la linde de los árboles; la lengua le colgaba de la boca agitada. Le silbé amigablemente, pero el perro gruñó de nuevo y levantó tierra con las patas como si se dispusiera a atacarme. Yo, con movimientos lentos y sin perderle de vista, tomé del suelo la espuerta de grueso cuero que utilizaba para cargar las monedas y me la enrollé en el brazo como pude. Luego tenté el arma que llevaba en la cintura...

El perro dudaba sobre qué hacer, pues seguramente no confiaba en sus fuerzas, de forma que le azucé simulando emprender la huida, y en cuanto le di la espalda noté que corría en mi dirección. Me volví, y cuando tras un par de brincos saltó sobre mí rugiendo sordamente, dejé que clavara los dientes en el brazo en el que me había enrollado el cuero, y cuando él creía que me tenía preso y comenzaba a revolverse, enarbolando un afilado cuchillo de cocina que solía portar por lo que pudiera suceder..., con la mano que me quedaba libre se lo clavé en el vientre. El mordisco se aflojó al instante, y el perro, herido hasta lo más profundo, exhaló un hondo gruñido y rodó entre las hierbas agitando las patas al aire; al fin, tras un último y sonoro estertor, se derrumbó inmóvil, aparentemente muerto.

A continuación me vi en la necesidad de esconderle, pues su cadáver resultaba muy acusador en aquel lugar, de forma que lo arrastré lejos, y como el cuerpo era pesado y yo no podía perder el tiempo porque pronto iba a amanecer, con una gran piedra atada precariamente al cuello acabé tirándolo al río en un lugar que me pareció adecuado, una poza que parecía ser de cierta profundidad y se enseñaba aguas arriba, en la que confiaba que los peces llevaran pronto a cabo su cometido.

¡Pobre Sansón, y en qué mala hora apareció en donde no debía!, pero él era ya un perro viejo y artrítico y poco pudo hacer ante mi cruel engaño, que sin duda no esperaba. Yo no hubiera querido hacerle mal, pero no me quedó más remedio que llevar a cabo lo que relaté, pues sus ladridos y correrías por el lugar podían haber puesto a sus amos sobre la pista de lo sucedido.

La mañana me cogió en el camino, saliendo de los últimos bosques, y en la entrada del pueblo detuve mi alocada huida y simulé estar durmiendo debajo del carro. Los niños que me descubrieron me despertaron con gritos alusivos a mi nueva circunstancia, ¡Pascual Bailón!, ¡ha venido San Pascual Bailón!, y aquel día no lo dediqué a recorrer el mercado y las tabernas, como había hecho en viajes anteriores, sino a huir avizorando con los dos ojos las personas que encontraba a mi paso, pues quién podía saber si alguien me iba a reconocer...

Nada de ello sucedió, y con mi preciada carga escondida bajo las desbaratadas tablas del carro procuré alejarme cuanto antes de aquella región, a la que esperaba no tener que volver jamás. Al fin, al caer la noche, cuando me vi lejos, entre las personas absolutamente desconocidas de la posada en que me alojaron, con un vaso de vino en las manos respiré con un alivio como pocas veces recordaba haber sentido.

¡Ay, los franceses! ¡Si ellos supieran a quién habían socorrido y lo que ante sus narices había tenido lugar!, porque, como he contado, durante casi un año mi presencia fue harto conocida y celebrada en la región de que procedía Isabelle, ¡aquí llega Pascual Bailón!, bohemio arrojado de su país por el opresor absolutismo que lo gobierna y camina junto al destartalado carro en el que porta sus pretendidas riquezas de papel rizado, hilos de colores y cacharrería diversa, hacedor de largas y frecuentes caminatas a lomos de su borrico, entendido en juegos malabares y virtuoso en las difíciles artes de los sacamuelas y tañedores de caramillo...

Aquella bien pudo haber sido una exacta definición de mi persona entre los paisanos de la Champagne, y muchos así lo creyeron, pues las apariencias resultan a veces incuestionables y pocos poseen el discernimiento para desenmascararlas..., pero había que ver también a Juan Evangelista en París, ocupante de una de las mejores y más soleadas boardillas que al Sena se asomaban, lobo solitario que en los atardeceres entra pulcramente vestido en los cafés, aquellos cafés que antaño –aunque tampoco muchos años atrás– fueron nido de revolucionarios jacobinos y hoy apacibles salones en donde se discute sin alzar la voz sobre la conveniencia del Directorio o del Imperio... Sí, Juan Evangelista, perulero renombrado, quizás agente enmascarado de alguna sociedad del casi extinto imperio español o foráneo que trabaja para los odiados ingleses, pues tales son sus opiniones; rico atildado, desde luego, y amigo de sus amigos, como siempre lo fue, aunque pertenezcan al país de los franceses... Juan Evangelista, además, que se disfraza para entrar en las instituciones crediticias, pues sus artes de disimulo no se restringen a las correrías campestres sino que se extienden a las respetables casas de cambios que a pocos aceptan, tocado de levitón, sombrero y bigote postizo, él, que nunca fue amigo de faramallas pero ahora convertido a los nuevos usos por mor del correr de los tiempos y las circunstancias, de las que tantas y tan diferentes pudo ver...

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Los dos primeros libros de esta serie se pueden ver (y conseguir) en los siguientes enlaces: " Edad de las tinieblas " y " Siglo de las luces ".

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En: Novela en español
Permaenlace: Desenterrando el tesoro
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Mi agradecimiento a los lectores que se encuentran interesados en la narración de las aventuras que conformaron mi larguísima vida. En la próxima entrega (que seguramente tendrá lugar la semana que viene) seguiré contando cosas.