Juan Evangelista en las Cortes de Cádiz de 1810
El episodio que hoy añado al blog está en la "Era de las máquinas" , tercer libro de las memorias de Juan Evangelista, y en él se narra su paso, como "diputado suplente", por las Cortes de Cádiz de 1810. Sí, porque nuestro protagonista también estuvo en aquel lance, y haciendo de las suyas, como se podrá ver...
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La comarca de la ciudad de Cádiz era la única zona española libre, y en ella y por encargo del gobierno, al que entonces se conocía como Consejo de Regencia, debían reunirse las Cortes para decidir el futuro de la nación. Sus fines no eran otros que la liberación del pueblo español de la opresión de Bonaparte, y ponerla en lo sucesivo a cubierto de toda clase de tiranías; así se dijo. También debería establecer un gobierno que con su actitud, capacidad y energía respondiera a los deseos de los representados y organizara una resistencia que se adivinaba larga.
A tal efecto habían sido convocados los diputados, pero, debido a las circunstancias que atravesábamos, no era segura su llegada sino en muy escaso número. ¿Qué se hizo para remediarlo? Pues el nombramiento de diputados suplentes, que apoyaran con voz y voto cuanto allí se tratara, y a causa de esta circunstancia fui elegido como tal por quienes a ello se dedicaban.
Habiendo sido preguntado sobre mi naturaleza, contesté,
–Yo nací en Ciudad Rodrigo... –recordando el principio de la canción que tanto éxito había tenido meses atrás entre los defensores de esta ciudad, pero quien me interpelaba no parecía tener tiempo para chácharas.
–¿Ciudad Rodrigo? –dijo al tiempo de consultar unos papeles–. Eso está cerca de Salamanca, ¿verdad? –y añadió–. Pues me parece usted persona suficientemente ilustrada, amén de patriótica, por lo que he oído contar... ¿Le gustaría ejercer como diputado hasta que consigan acceder a estos pagos los designados por el Consejo?
... y fue de esta forma que Juan Evangelista, viejo en el mundo, lobo solitario a lo largo de los siglos, durante unos meses desempeñó el papel, con el que nunca había soñado, de representante de sus paisanos en la más alta asamblea española.
El día 24 de septiembre de 1810, fecha que ha pasado a la historia en letras de molde, se inauguraban aquellas extraordinarias Cortes Españolas. A causa de la epidemia de fiebre amarilla que desde Sevilla amenazaba Cádiz se trasladó la cámara a la Isla de León, población cercana a esta ciudad y que en la actualidad lleva el nombre de San Fernando. Fue en el teatro de dicha localidad, edificio que se titulaba como «Teatro cómico» (lo que quizá diga algo acerca del carácter español, casi siempre a medias entre la tragedia y el esperpento ), en donde tuvieron lugar las sesiones preliminares de tan importante suceso.
En carros y carretas, aunque algunos a lomos de lujosamente enjaezadas caballerías, acompañados de enorme algazara y nutrido público –porque aquello fue una fiesta– fuimos trasladados a la iglesia del lugar que he dicho, en donde se ofició una misa y se nos tomó juramento en una ceremonia que contó con la presidencia de un mitrado rodeado de ujieres, monaguillos y otros personajes solemnemente ataviados.
Luego, tan sólo los diputados, aunque acompañados de considerable tumulto y los inacabables vítores y sones de guitarras que se producían ante su fachada, entramos en el vecino teatro y nos acomodamos en las improvisadas tribunas. Tras las obligadas formalidades, por la puerta del fondo accedieron tres personajes que pertenecían, sin duda, a tiempos pasados, ante cuya presencia se hizo el silencio. Era el Consejo de Regencia, es decir, quienes por designación real personificaban el gobierno de la nación. Su presidente nos dirigió un discurso de compromiso y se retiró a continuación, permitiendo de esta manera que la asamblea comenzara sus deliberaciones sin impedimentos de ninguna clase.
Durante los días iniciales nos dimos a nosotros mismos un reglamento y establecimos, por primera vez en la historia de España, la separación de poderes y otras novedades, y no fueron raros los decretos del siguiente tenor: «No conviniendo queden reunidos el poder legislativo, el ejecutivo y el judiciario, declaran las Cortes Generales y Extraordinarias que se reservan el ejercicio del poder legislativo en toda su extensión».
En tales reuniones coexistieron tres corros: el de los conservadores, el de los liberales y el que finalmente consiguió imponer sus tesis, los innovadores, a los que yo, en la medida de mis fuerzas, apoyaba. Las tres facciones estaban de acuerdo en la necesidad de cambiar la estructura jurídica y política del país, es decir, deshacerse del antiguo sistema de estamentos que yo conocí, nobleza, clero y pueblo llano, y dar paso a lo que, en expresión copiada literalmente de los franceses, llamaban «tercer estado». Sin embargo, cada una iba un poco más allá. Por ejemplo, mientras los conservadores defendían el mantenimiento de la monarquía por encima de otras cuestiones, los liberales patrocinaban la división de poderes al modo de Montesquieu, y los innovadores querían acabar con los símbolos del pasado en su totalidad.
Lumbreras de los tiempos que digo, españoles como Jovellanos, Argüelles, Toreno, Larrazábal y otros, brillaron allí haciendo continua gala de su singular oratoria, en unos casos señorial, en otros ceremoniosa y en otros incluso campanuda, pues ¿no nos acompañaba también el célebre e insigne canónigo Blas de Ostolaza? Era aquel personaje pintoresco donde los haya, y que no debió la fama que le acompañaba tan sólo a su vocabulario, sorprendentemente desahogado y barriobajero para un ministro del Señor, sino también a su irrefrenable tendencia al estupro y la sodomía –como se afirmaba en mentideros y, según he leído recientemente, recogen sentencias de la época–, particularidades de su enorme ser que ya se adivinaban en los exagerados ademanes y continente de que solía hacer gala.
Allí, entre aquellos personajes de toda laya, desde los ranciamente ennoblecidos hasta los procedentes del humilde pueblo, pasando por miembros de la Inquisición, la milicia y el alto clero, se redactaron párrafos que decían, «las personas de los diputados son inviolables, y no se puede intentar por ninguna autoridad ni persona particular cosa alguna contra ellos, sino en los términos que se establezcan en el Reglamento General que va a formarse»; se abolieron los antiguos privilegios señoriales, la Inquisición y la tortura, y se aprobaron decretos proclamando la libertad de imprenta, impensable aspiración hasta entonces de los españoles ilustrados.
Yo también tuve la satisfacción de poner mi granito de arena ante aquellas preclaras mentes, y habiendo presentado una propuesta sobre un asunto determinado, fui invitado, cuando me llegó el turno, a exponerla. Mi desbordante facundia, que ya conocen ustedes de anteriores episodios, me resultó de poca utilidad en tal ocasión, porque ¿de qué hubiera podido hablar a aquellos graves y sesudos padres de la Patria que fuera de su interés?, de forma que, tratando de no perder de vista mis limitaciones, comencé,
–Muchos y muy importantes negocios se han tratado en esta sala, no siendo los menos los que amplían las libertades públicas, lo que constituye una auténtica revolución a la española, de la que, al parecer, tan necesitados estamos. Quizá no todos los españoles comprendamos el alcance de lo que aquí se dilucida, pues las cuestiones que se han tratado, por lo abstracto de su naturaleza y el lenguaje utilizado son complejas e intrincadas, pero confío en que al menos la clase ilustrada sea capaz de asimilar tanto concepto nuevo y llevar hasta sus últimos extremos las medidas que se han propuesto para facilitar la vida de los menos favorecidos, y no lo digo por lo que a mi atañe, pues aunque siempre fui un simple agricultor poco versado en leyes..., no crean ustedes, que ante sí tienen a un agricultor enterado del novedoso sistema de los tres campos, precursor del sistema Norfolk y del método Balfour, de los que Sus Señorías sin duda tienen noticias –y aquí hice una pausa–. Sin embargo, pues veo que los asuntos trascendentes ya han sido discutidos, vaya desde aquí mi modesta proposición, que quizá contribuya a remediar algunos de los desarreglos que, desde el punto de vista de la armonía, padece este país –y ante el estupor de los presentes, añadí–. En España, señores, hay pocas escuelas de música, la más bella de las Bellas Artes...
La moción, quizá por su brevedad, fue atentamente escuchada por quienes me contemplaban, discretamente aplaudida y luego admitida a trámite, lo que quizá suene a poco, pero ¿de qué iba a hablar a aquella asamblea que se regodeaba dando vueltas sin fin a conceptos del tono de la soberanía nacional, y otros tan fundamentales como la música había dejado en el olvido?
Creo que hice lo conveniente, y aunque la nación española, por lo que ahora sé, no me ha hecho mucho caso ni tomado en verdadera consideración mi propuesta, yo me siento feliz por lo conseguido en aquellas históricas jornadas.
Todo lo que cuento ocurría durante las que podríamos llamar «pacíficas reuniones», pues si hacemos salvedad de los gritos y silbidos que continuamente se prodigaban en tan desmesurado foro, la sangre no llegó en ningún momento al río y todo se redujo a las incontables advertencias, bravatas y amenazas que intercambiaban los ocupantes de cada una de las tribunas con los de los grupos que se situaban enfrente. Meses de acalorados debates constituyeron lo que, paralelamente a la francesa, podríamos llamar Revolución Española (como yo había tenido buen cuidado de decir en la Asamblea), y cuyo desarrollo llevamos a cabo en el escenario de un teatro y sin verter una sola gota de sangre, al contrario que nuestros vecinos del norte, de cuyos manejos y excesos tenía noticias de primera mano.
Cuando remitió la epidemia que había confinado a las Cortes en el Teatro Cómico, éstas se trasladaron a la iglesia de San Felipe Neri, en Cádiz, monumental templo mucho más acorde y capaz para aquellas tareas, en donde continuaron su labor, pero poco puedo contar de esta nueva etapa, puesto que, recuperada mi plaza de diputado por su legítimo titular, que un buen día apareció, me despedí de quienes había conocido y me uní al ejército español que se trasladaba al vecino país de Portugal, lugar en el que se estaban agrupando las fuerzas que acabarían por expulsar de suelo español a los soldados de Napoleón.
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