La verdadera historia de Juan Evangelista

Biografía de alguien que, por difícil que resulte de creer, vivió más de trescientos años y recorrió el planeta Tierra en casi toda su extensión.

Novela en español

Viernes, 17 Junio 2011 02:26:55 GMT

La fortaleza califal de Gormaz



Esto era, probablemente, lo que veían las avanzadas de las huestes castellanas cuando se aproximaban a la fortaleza califal de Gormaz, uno de los castillos más interesantes que hay en España. Y todo lleno de amapolas, además... Seguro que alguna de ellas es una Papáver somniferum, esa especie tan solicitada. Habría que decir que el opio castellano, como dice el protagonista de una de mis novelas (no un yonqui, sino un niño diablo, un hijo de un cometa y un lobo solitario )...

-¿Cómo dice...?
-¡Ah, sí! Pues dice,

(Téngase en cuenta que esto sucede a principios del siglo XIX, alrededor de la cama de un herido y en la recién liberada [de los ocupantes franceses] plaza de Ciudad Rodrigo, texto que está en la "Era de las máquinas", tercer libro de las memorias de Juan Evangelista).
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La voz blanca simuló no hacerme caso y continuó con su letanía.

-Hace trescientos años, cuando los barcos portugueses iban a traficar a Oriente, como moneda de cambio no llevaban dineros de una u otra nación, no, que allí no les interesaba el metal acuñado en lugares tan lejanos, sino una mercancía infinitamente más preciosa, y esta mercancía, ¿sabe Su Ilustrísima cuál era? Pues yo se lo diré, que era opio castellano, la emanación de las majestuosas Papáver somniferum que en sus llanuras crecen, la mejor y más poderosa variedad del planeta.

-¡Opio castellano...! -dijo con admiración Mendoza, el maestro y constructor de vías de comunicación, que sin duda conocía aquel asunto.

-Sí, opio castellano -continuó la voz-, preciosa materia prima de mis experimentos. Yo vivo para rescatar a los soldados de su dolor, ya sean ingleses, españoles, franceses...

-¿Franceses? -dijo Juan Amadeo, el primero de mis hijos peruanos, que de alguna forma había conseguido colarse también en aquella habitación-. La canalla no merece estos cuidados, y son sus ínfulas imperiales quienes les han colocado en tales circunstancias.

-¿Sus ínfulas imperiales? -terció la criada de la princesa, que aún seguía allí-. De ninguna manera se puede hablar de un pueblo que elige su Destino, sino de las decisiones de quien les gobierna. ¡Nadie, excepto los muy locos, van a la guerra con entusiasmo, sino que son arrastrados a ella por los poderosos y la amenaza de sus represalias!

Hubo un hondo silencio, y cuando creí que se había disuelto aquella tertulia que tan inopinadamente se había formado alrededor de mi cama, la voz, la voz cristalina que yo no sabía de quién era, dijo,

-Sí, así es, y aún añadiremos otras cosas, porque parece que Su Señoría cree que la Revolución Francesa fue la más importante de las revoluciones, pero en ello se equivoca, pues, ¿no es preferible para el pueblo, que todo lo paga con sudor y sangre, la Revolución comercial que al compás de los tiempos y merced a sus barcos han puesto a punto los atrasados e incultos ingleses? Piénselo. Esa revolución hará crecer la riqueza de las naciones, no solamente la de las clases privilegiadas, como siempre sucedió hasta ahora, y todos participaremos de ella. Uno de sus frutos es este reciente producto, esta decantación milagrosa de los principios activos de la planta que nos ocupa y que desde los laboratorios de Inglaterra han hecho llegar a mis manos, la panacea con la que siempre hemos soñado quienes batallamos para que decaiga el dolor que asola el Universo..., y a ti te aliviará mejor que los remedios antiguos, la endemoniada Datura stramonium o los inanes cocimientos de cresta de gallo.

Una mano muy fría pasó de nuevo por mi frente.

-Tu cabeza, por otra parte, ni siquiera se rompió del todo; la tienes muy dura .

Hubo una pausa durante la que ella, como buena mujer, fuera la que fuera, arregló los embozos de mis sábanas, y al fin, contemplando su obra, dijo,

-Yo no soy esa Marifló por la que suspiras, sino miss Gold, ayudante de farmacia del ejército inglés, que me admitió por mis méritos..., aunque tú puedes llamarme Alessandra.

Yo abrí los ojos y miré a aquella chica rubia que no era Marifló, aunque quizá fuera una de las criadas de la princesa.

-¿Cómo se llama? -dije débilmente, y ella me contempló con sorpresa.

-¿Como se llama quién?

Yo dudé.

-Esa panacea maravillosa de que hablabas...

-Se llama morfina.

-¡Ah...!

... y volví a mi ya largo sopor, en el que permanecí un cuantioso tiempo que no podría precisar.

Luego, cuando desperté de aquel sueño inacabable y creí que en seguida podría abandonar el lecho, me encontré con que no podía ni tomar la cuchara que me ofrecían, tal era mi debilidad. No podía ni incorporarme, casi ni abrir la boca, de forma que era alimentado con lo que parecían purés y otras preparaciones cremosas. Eran mujeres quienes me atendían, y algunas de ellas fueron quienes me contaron lo que había olvidado.

-¿Dónde estoy? -pregunté en una ocasión a dos muchachas, casi niñas, que barrían mi habitación haciendo muchísimo ruido.

-¡Anda éste..., qué cosas dice! -dijo una de ellas mirándome pasmada, y muertas de risa salieron corriendo de la estancia.

Una señora mayor que vi después, no obstante, accedió a informarme sobre algunos extremos, pero sospecho que ella no sabía mucho más que yo.

-¿Dónde está la chica?

La señora me contempló maternalmente.

-¿Qué chica?

-Esa chica rubia que a veces viene a verme. ¿Es de veras Marifló?

... y ella no contestó a mi pregunta, pero se irguió y dijo,

-Descanse. Descanse y no hable -y salió.


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El que quiera enterarse del conjunto de la historia, que vaya a este enlace:


Uno que vivió trescientos años






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Miércoles, 11 Mayo 2011 02:39:17 GMT

Personajes de mis novelas



Como ya he escrito muchas novelas, el otro día hice un inventario de los personajes. Me salieron muchísimos, en vista de lo cual abrí una página y coloqué en ellos a los más sobresalientes. De algunos he puesto sus retratos, y pese a que cada cual se imagina sus caras de una manera (al leer el libro, me refiero), he dado aquí mi particular punto de vista sobre la cuestión. Muchas de estas fotos las tuve delante mientras escribía, y supongo que algo habrá quedado de tales imágenes en la escritura. Además, son mis hijos, puesto que los he creado casi de la nada; al principio sólo había un papel en blanco, y luego, con el paso del tiempo...

El enlace para ver esta página, "Personajes de mis novelas", es el siguiente:

https://sites.google.com/site/personajesdemisnovelas/

Sobre estas líneas se puede ver a Nastasia y a Crucita, dos hermanas que se llevan veinte años y cuentan su vida con toda clase de pormenores en las novelas llamadas "La efímera vida de Nastasia" y "Crucita y yo".




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Martes, 12 Abril 2011 15:43:02 GMT

Cuando murió la tercera mujer de Juan Evangelista



Este es un trozo del último libro de las memorias de Juan Evangelista , personaje de mis novelas que vivió trescientos años y del que ya he hablado mucho en este y otros blogs. En estas líneas se cuenta algo de lo sucedido a finales del siglo XIX, cuando, casado con una lebaniega, ella contrajo una tuberculosis, enfermedad entonces incurable. Esta página dice así:



Mi mujer de aquellos tiempos, Elvira, la Diosa razón, pese a nuestros esfuerzos no mejoraba de su crónica enfermedad, como no mejoraba nadie que contrajera tan terrible mal, para el que entonces no existía cura. Ella intuía un trágico desenlace, y aunque no solía hablar de ello, se aferró a la idea de contemplar la llegada del nuevo siglo, término que daba por bueno, como así sucedió.

Llegó el año 1901, y con él las celebraciones que son de rigor en nuestra vieja sociedad. Pasamos aquellas fiestas con los abuelos en la casa de Santander, y aunque Elvira precisaba muchos cuidados, ello no nos impidió celebrarlas como en ocasiones anteriores, con la abuela y sus artes delante de los fogones. La noche en que iba a amanecer el nuevo siglo preparamos todo cuidadosamente, y habiendo dejado acostados a los abuelos y al niño, como si estuviéramos haciendo algo prohibido abordamos un coche que nos esperaba en la calle y nos dirigimos a las playas, al otro lado de la ciudad, y desde la ribera, aquellas dunas llenas de juncos que miraban hacia el este, esperamos entre las mantas a que saliera el sol, suceso que hizo llorar silenciosamente a Elvira...

Cuando llegó la primavera y parecía que sus males remitían, aun de forma momentánea, un nuevo empeoramiento nos obligó a volver a la ciudad, y allí sucedió lo inevitable. Nunca he olvidado la primavera de 1901, la primera del siglo, porque durante ella Elvira murió en el hospital, y entre mis brazos. Mientras transcurrían las últimas semanas mantuvimos largas conversaciones, coloquios que de nuevo me dieron indicios sobre cuanto guardaba en la cabeza, que era mucho más de lo que aparentaba, y como yo no solía saber qué añadir a sus palabras, ni qué argumentos emplear para darle ánimos, ella finalizaba con consideraciones que me dejaban absorto.

-No digas nada, porque no me importa morir. Lo que tenía que hacer, lo hice, y creo que bien, y Pedrín y tú os quedáis para recordarme. Yo he conocido el nuevo siglo, y siento que no puedo pasar de este lugar. Los tiempos que vendrán serán mejores, y no habrá mujeres a las que obliguen a casarse contra su voluntad, aunque a mí los Hados me vinieran de cara. Sí, todos habéis sido muy buenos conmigo, y estoy contenta por ello, aunque sé que el fin está cerca...

Elvira, mi Diosa razón de aquellos tiempos, la mujer que me dio asilo como consecuencia de sucesos que nunca hubiera podido imaginar, murió mansamente una noche de abril. Yo estaba sentado en el borde de su cama, contemplándola, y de repente despertó del ensueño que le procuraban las medicinas. Se irguió repentinamente y dijo,

-Ven...

La abracé como si quisiera retenerla en este mundo, pero en seguida me di cuenta de que era tarde. Elvira respiró por última vez y se desmadejó lentamente, y me encontré sosteniendo un cuerpo del que al fin había huido el último vestigio de esa fuerza que llamamos vida. Nada latía en su ser, y su cara iba poco a poco tomando el color de la cera... Luego la coloqué cuidadosamente sobre las almohadas y me puse en pie, y allí, ante su cuerpo transformado, durante largo rato dejé que transcurrieran los minutos sin pensar en nada. Al cabo me senté en el sillón que había enfrente, el sillón desde el que tantas horas había pasado contemplándola, y observé que en su cara comenzaba a pintarse la paz que en los últimos meses la había abandonado, lejos del rictus que la ensombreció durante los tiempos que entonces y de manera abrupta finalizaban. Sin poder dejar de mirarla, con la manos cruzadas y el gesto crispado dije para mí,

-Elvira, Ramona Elvira que me quisiste sin yo merecerlo, novio viejo que te dio el Destino..., te has ido como antes se fueron tantos...

... pero nadie podía contestarme, y sólo el runrún de mi cabeza me respondió con aquellas palabras que innúmeras veces oí y decían,

-Una vez más, Juan Evangelista, que de nuevo lo eres porque aquí se acaba esta comedia, estás solo. Tienes al niño, pero él crecerá y correrá a vivir su vida; a ti te toca continuar la travesía. ¿Cuántos años te quedan y cuánta gente se cruzará desde ahora en tu camino? Sin duda que mucha, como siempre sucedió..., y allá nos veremos.

Enterramos a Elvira en el pueblo, y advertí que la tristeza se había extendido a los vecinos, tal había sido su predicamento en aquella cerrada sociedad. Pedrín fue quien más sintió lo sucedido, y durante meses se encerró en un mutismo del que resultaba difícil sacarle. Don Ambrosio y yo hicimos lo posible por distraerle, llevándole a cuanto lugar se nos ocurrió, y éste, un día, me contó que mi hijo había decidido ingresar en un seminario.

-Créame que yo no he influido en ningún aspecto -me dijo con cierto aire de disculpa-, pero me ha parecido que usted debería saberlo. ¿Qué le parece la idea? Es buena carrera para un chico, y Pedrín seguramente la hará, pues tiene disposiciones para ello. Además, ¡cómo oponerse a una vocación...! Dígale algo, si le parece bien, pues después de lo de su madre se ha quedado muy alicaído.

... y yo hice como decía mi amigo el cura, que amigo fue durante aquellos tiempos, y de los buenos, y aprovechando que llegaba el verano, el primer verano del siglo XX, y que en el pueblo todos nos miraban como a damnificados, en su compañía me trasladé a las playas asturianas que tanto gustaban a su madre, lugar en el que permanecimos dos meses.

Él se mostró taciturno y ensimismado, pese a estar allí, en aquel lugar al que tantas veces habíamos ido, pero observé que encontraba enorme placer en sumergirse en el mar, a lo que le habíamos habituado desde pequeño, y en escuchar mis historias de tiempos anteriores, lugares distantes en los que antaño viví y de los que tanto podía contar, y de verdad que en ocasiones logré interesarle pues por un momento olvidaba sus sombrías evocaciones, e incluso una vez, tras escucharme atentamente, con los ojos brillantes, suma exaltación e insospechado entusiasmo, dijo,

-Sí, yo también viajaré a países lejanos...

... aunque luego, inapelablemente, le volvía la morriña, pues, como yo bien sabía, su preferida era su madre, que ya no estaba...

Una de aquellas tardes, esperando en una terraza de la playa a que regresara, pues aprovechaba para bañarse hasta última hora, me entretuve observando la puesta de sol. El astro rey se ocultaba tras el desusadamente límpido horizonte marino, lo que allí resultaba difícil de observar, porque estos lugares, como es lógico, son húmedos y brumosos y el vapor de agua enturbia la atmósfera... Sin embargo, aquel día, al lado de la botella de vino vi ponerse el sol por el mar, justo por el mar, y el tránsito fue claro y preciso. El espectáculo resultó admirable, tan admirable como cuando de joven me había complacido en observar idéntico cuadro desde las cumbres de los majestuosos Andes..., y allí, sentado en la desierta terraza de madera de aquel establecimiento anónimo y disfrutando del crepúsculo que siguió, caí de repente en la cuenta de que todo había acabado y estaba obligado a comenzar una nueva vida...

Una vez más había descendido el telón...

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Nota final: dada la enorme cantidad de aventuras que se narran en los libros sobre la vida de este personaje (son 1200 páginas), quizá resulte desconcertante leer un trozo suelto, así, sin más, pues todo tiene su antecedente, pero qué le vamos a hacer, pues no puedo poner estas cosas de otra forma. De todas formas, y para mayor información, puede verse el enlace anterior, en donde quizás se aclaren algunos puntos.






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Domingo, 27 Marzo 2011 05:55:42 GMT

Fotos y fotos



Esto, aunque no lo parezca, es una foto -o una imagen derivada de una foto-, y es una de las que salen en una especie de vídeo clip que me he sacado de la manga para que la gente vea las fotos que hago durante los últimos tiempos, algunas (como la de arriba) bastante raras, aunque hay otras más normales. Además, le he puesto una música abracadabrante para que no fuera la cosa tan viuda...

El enlace en cuestión es este:

Fotos fotos (3'46'')

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Y para que se vea que la imagen en origen era una foto, que seguramente alguno no se lo creerá, ahí va la original:




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Lunes, 7 Marzo 2011 03:06:21 GMT

El siglo XX español en fotos



Después de darle muchas vueltas (y lo que queda, pues falta bastante pulido) he colocado una página nueva en internet. Se trata de una recopilación de fotos hechas por mi abuelo, mi padre y yo. Entre los tres cubrimos el siglo entero, y me ha parecido que a alguien podría interesarle verlas. A guisa de explicación, copio alguna cosa que allí se dice:

Estas fotos no son nada del otro mundo (no aparecen en ellas personajes famosos, ni las situaciones que pintan han pasado a la historia), sino que más bien se trata de una recopilación de fotografías cotidianas (podríamos decirlo así) que describen unos tiempos en que semejante afición no era tan común como lo es hoy. Me imagino, sin embargo, que pese a su fragmentario estado y enormes lagunas, constituyen un mínimo retrato de cómo, en líneas generales, fueron las cosas durante los años que digo, algunos ya muy lejanos (etc.).

El enlace para verlo es:

El siglo XX español en fotos
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Jueves, 13 Enero 2011 06:34:29 GMT

La chica en la que continuamente estamos pensando



Hoy tampoco pongo nada de Juan Evangelista, que suficientes aventuras se cuentan en entradas anteriores de este personaje, y en vez de ello traigo una fábula que dice así:

Esta es la chica (o la situación) en la que continuamente estamos todos pensando. A ello ayuda bastante el paisaje, claro es, y el ambientillo que se adivina bajo las sales de plata, porque, al igual que sucede con las novelas que molan (en general las antiguas, puesto que las modernas no participan de tales habilidades), es bastante más transparente y descriptivo lo que se insinúa que lo que se dice. A menudo sucede, en esto de los retratos, que no es preciso enseñar la cara de nadie para que todo el mundo entienda lo que tiene que entender.

La foto está hecha en Mojácar, provincia de Almería, durante un mes de abril, en una de esas excursiones que a veces se llevan a cabo y en las que todo parece salir redondo.





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Domingo, 5 Diciembre 2010 06:32:37 GMT

Episodio en el medievo




Como sabe alguno de los que leen, resulta que un servidor ha escrito varias novelas (yo diría que voy por la decimocuarta, aunque esto sea difícil de explicar...), y de una de ellas, que transcurre a caballo de los siglos XII y XIII, traigo hoy un fragmento escogido: es cuando la chica liga con el protagonista, es decir, el principio de sus relaciones, que suele ser lo mejor. Además, no todo iban a ser páginas de ese Juan Evangelista que vivió trescientos años y del que tantas cosas he dicho...Bueno, pues semejante trozo dice así:



Nosotros continuamos con nuestra cómoda vida en aquel lugar apartado en el que tan pocos sucesos ocurrían, dedicados a las obras de reconstrucción de antiguas paredes y saliendo algunos días a cazar, ejercicio que nos divertía a Lope y a mí, pero yo permanecí en todo momento absorto por la cercana presencia de tantos y tan importantes recuerdos, y mientras me preguntaba cuáles iban a ser las consecuencias y de qué forma iban a desarrollarse los acontecimientos futuros, llegué a concluir que, de inexplicable manera, pocas cosas me importaban... excepto ella, a la que sólo había visto durante escasos días y con la que únicamente tuve ocasión de mantener una escueta conversación, tan extraños son los senderos que la vida nos lleva a recorrer, y aunque durante meses no supe nada de su paradero, recibí algunos mensajes, el primero de los cuales me lo trajo una mañana la señora Mayor, quien me dijo,

-Leonor dejó esto para ti antes de marcharse, y me encargó que te lo diera pasados unos días. Escóndelo donde mejor puedas, o quizá sea preferible que lo quemes.

-Sí, señora Mayor, haré como usted dice. Y le agradezco mucho que se interese por mí.

La señora Mayor, que se movía con viveza pese a su edad y aspecto, me hizo una caricia en la cara que al pronto me sobresaltó, aunque en seguida se encaminó hacia su lugar de procedencia a través de los campos, en donde la vi desaparecer.

A mí me faltó tiempo para encerrarme en el cuchitril que tenía en el mismo taller y abrir aquel mensaje que me llegaba desde un momento anterior en el tiempo, y en él, con una caligrafía que me recordó a la de Ermentrude, entre otras muchas cosas pude leer,

«¡Pobre encuentro ha sido el nuestro, que sólo duró un momento, y ni siquiera sé si fui capaz de expresar lo que acometí, así que me digo, Leonor, que crees en fantasmas del pasado..., ¡estás loca!, como siempre lo estuviste y tantas veces te dijeron cuando eras pequeña. Sin embargo, aún te diré lo que quiero contarte.

Mientras fui pequeña mi vida discurrió regalada, pero ahora, cuando en redondo me he negado a acatar las órdenes de mi padre, que por codicia pretende unirme a ese mentecato que conoces, mis familiares me envían una embajada tras otra para rogarme, incluso suplicarme, que ceda a las razones paternas, como si no supiera cuáles son los títulos que se ocultan tras el venturoso paisaje que me muestran...»

Escondí como mejor pude aquel acusador documento, que leí y releí en días posteriores, y al final, inquieto ante la idea de que pudiera llegar a manos de alguien, lo quemé con harto dolor de corazón, puesto que era lo único que de ella tenía. Sin embargo me dije, «te lo sabes de memoria, y las letras comienzan a desgastarse de tanto recorrer la vista sobre el papel. ¿No es esto una imprudencia que quizá dé al traste con sus ilusiones...?», y en lo más profundo de uno de los encinares que nos rodeaban, una tarde soleada le arrimé fuego y lo vi consumirse en mi mano. Luego lo recité una vez más, y estuve seguro de que nunca lo iba a olvidar.

-¿Qué saldrá de todo esto -me pregunté mientras regresaba-, y por qué ella se ha confiado a mí, en vez de hacerlo, por ejemplo, a su hermano...?

... pero tras considerarlo tuve que convenir en que quizá sus manejos fueran acertados, pues Lope, pese a ser mi amigo, dejaba mucho que desear en los puntos que tocaban a la discreción. Otras circunstancias adornaban a Yúsuf, y, por lo que parecía, a la señora Mayor, por lo que, al fin y al cabo, parecía que podía contar con algunos aliados en tan difícil trance.

Se sucedieron los días y las semanas sin que hubiera novedades, y al fin, un atardecer, cuando los braceros y peones de la obra se habían retirado a las alquerías, recibí la visita de la señora Mayor, quien me traía un nuevo mensaje. Aquel rezaba,

«Estoy en Toledo y voy a ir a Yebel. Haz lo que te indique quien tú sabes y encomendémonos a los Cielos.

Si los sellos de este mensaje están rotos, ello significa que mi padre está al tanto de lo sucedido, por lo que es preciso que te guardes.»

Yo interrogué con la mirada a la señora Mayor, y ella me dijo,

-No te preocupes. Nadie sabe nada y ella vendrá mañana. Yúsuf se llevará a cazar a Lope, y tú deberás estar en el gran claro del encinar por la tarde.

La señora Mayor me contempló con parsimonia.

-¿Entiendes lo que digo? ¿Conoces el lugar?

Yo me apresuré a asentir, y ella añadió,

-Vete sin que nadie te vea y llévate a Jacobo contigo. Él te avisará de los peligros.

Jacobo era uno de los alanos que teníamos con nosotros, del que Lope me había contado que había sido criado por Leonor, por lo que la indicación no carecía de sentido.

Yo me despedí de la señora Mayor, y al día siguiente por la tarde, nublada tarde, acompañado por el perro, armado hasta los dientes y procurando evitar los lugares descubiertos me acerqué caminando hasta el lugar que me había dicho.

El encinar era un extenso bosque que se levantaba dentro de la hacienda y no lejos de las casas, y el claro al que se refería, una despejada zona entre los árboles, pues de ella se extraían en otoño grandes cantidades de leña. Era asimismo un lugar agradable y a resguardo de quien por las cercanías pudiera encontrarse, pero al propio tiempo escenario perfecto para capturar a un incauto, que no otro papel me parecía a veces representar, pues aunque mis ganas de verla eran enormes, ello no conseguía apagar del todo mis recelos.

Oculto entre los árboles de la linde avizoré el lugar, que se mostraba tan desierto como lo estaban todos aquellos andurriales lejos de las tierras habitadas, que raramente veían transitar a alguien, y no percibí nada que despertara mis sospechas. El perro husmeaba las cuatro direcciones de los vientos, pero su interés no estaba en las personas sino en los animales salvajes.

Allí permanecimos, y un buen rato llevábamos cuando observé que el animal levantaba las orejas.

-¿Qué sucede, Jacobo?

El perro, lejos de adoptar una actitud agresiva, comenzó a gemir y a mover el rabo.

-¡Ah, la has olido...!

Jacobo aulló lastimero y luego corrió silencioso siguiendo el sendero que nos había traído. Se escucharon ladridos de alegría, y un momento después, Leonor, sobre un hermoso caballo, apareció en el claro mirando a su alrededor.

Yo salí de mi escondrijo y ella vino a mi encuentro, descabalgó, contempló mi pertrechado aspecto y sonrió.

-¿Creías que era una trampa? Pero sí, que más vale estar prevenido...

El perro hacía toda clase de fiestas a Leonor, y ella se volvió hacia él.

-Jacobo, corre a vigilar... ¡Corre, corre! -y el perro, que en apariencia comprendía a la perfección lo que de él se esperaba, correteó por el claro y luego se internó silencioso en la espesura.

-Estamos solos -dijo ella-, y si alguien se acerca lo sabremos en seguida. Ven, vamos a sentarnos y escúchame, que te voy a contar qué es lo que me ha traído hasta este lugar.

Nos acercamos a donde surgían los primeros árboles y ella se sentó sobre un tronco caído. Durante un instante nos contemplamos, pero luego, tras pensarlo y mirando al infinito, comenzó a hablar.

-Nuestros antepasados -dijo cautelosa- vinieron de las lejanísimas llanuras de Asia, ese enorme lugar en donde nació la vida. Eran seres primitivos que, oleada tras oleada, subidos en sus rucios cochambrosos y persiguiendo el sol que se pone, poblaron la Tierra... Sólo les guiaba un afán, y éste es el de ir siempre más allá de los lugares que habían descubierto. Generación tras generación se desplazaron persiguiendo al Astro Rey, conquistando lo que encontraban y poblando los campos baldíos..., y yo, como ellos, quiero ir al más allá... No me satisface que me impongan lo que debo hacer, y se equivocan quienes piensan que voy a transigir con lo que ordene mi padre. En el convento me enseñaron a leer y a escribir, pero también que siempre hay que correr hacia el horizonte. Mi convento está en el Poitou, tierra de trovadores, y allí es costumbre cantar las hazañas imposibles...

Leonor se irguió y durante un momento me miró inquisitiva.

-Y ahora dime, ¿no seré yo capaz de escapar a esa pasión que mis familiares pretenden que escriba con mi sangre?

Leonor, como dije, se había sentado en un tronco caído, y yo, de pie ante ella, la contemplaba atónito. Mis recelos anteriores se habían desvanecido, porque lo que escuchaba... ¿Quién era capaz de hablar de aquella precisa manera...?, pues ni aun mis hermanitas, a las que yo tenía por impares..., y en ello estaba, cuando una inoportuna gota interrumpió mis admiraciones. La tarde aparecía nubosa e insegura, y de allí a un momento comenzó a llover y luego a diluviar. Gruesos goterones caían del cielo y producían ruido en la vegetación. Leonor se levantó presto y gritó,

-¡Llueve, llueve...! ¡Corre, ven...! -y tomándome de la mano me arrastró hacia la espesura.

A cubierto de grandes y frondosas encinas y mientras escuchábamos el fragor de la lluvia derramándose sobre las copas de los árboles encontramos un lugar en el que refugiarnos, y yo, caballerosamente, me despojé del capote que me cubría y protegí a aquella muchacha que de tan desusada forma se descubría ante mí. Leonor, sin embargo, me obligó a guarecerme a su lado, y de tal forma me encontré de repente casi abrazado a ella en la penumbra del bosque...

Pero no cesaron allí los memorables prodigios que aquel día me tenía reservados, pues cuando en tal actitud estábamos, no atreviéndome ni a respirar y con el corazón latiéndome desbocado, un enorme arco iris, que se mostraba entre nubes tormentosas que iban y venían y descubrían retazos del azul del cielo, apareció en lo más alto. Aquella magnífica y luminosa curva se extendía de horizonte a horizonte, y los lugares en que tocaba a la tierra, ¿señalaban la presencia de tesoros escondidos...? Así lo había oído decir, y el repentino espectáculo no tuvo otro efecto que el de confirmar tales presunciones.

Embebidos en la contemplación de la maravilla que nos regalaban los cielos transcurrieron los momentos. Yo la sentía a mi lado y no quería que concluyese el chubasco que de tal manera nos había hermanado, pero al fin, cuando el fenómeno cesó y el jarrear del agua disminuyó hasta convertirse en simple llovizna, las palabras acudieron a mi boca.

-¿Tu padre...? -acerté a decir.

-No te preocupes -dijo Leonor apretándose contra mí-, pues nadie sabe esto, y si acaso se enterara le diré que fui a visitar a la señora Mayor, que posee eficaces remedios que nadie conoce... Hasta aquí me han acompañado dos escuderos, pero son de mi confianza, pues con el dinero que les he dado están emborrachándose a sus anchas... mientras yo visito a la señora Mayor. ¡Por nada del mundo se atreverían a investigar lo que está sucediendo en ese chamizo...! Y mi padre está convencido de que mi salud no anda muy cabal, pues llevo casi un mes sin salir de mis aposentos y le he hablado de sangrías y otros sucesos para él catastróficos, lo que le tiene en vilo. Esta ha sido mi excusa para ir a Toledo, en donde están los mejores cirujanos del reino... ¡Qué estarán haciendo mis dueñas, que me creen en la consulta de un judío que no admite más que pacientes incurables!, pero le he comprado con buenos dineros y no abrirá la boca, pues aún me resta pagar lo convenido.

Ella se rió.

-Este viaje me ha salido caro, pero ¿qué importa? Es dinero de mi padre, y me ha servido para venir a verte...

Leonor me miró con chanza y añadió,

-Y para besarte -y uniendo la acción a la palabra se apoyó en mí y, en efecto, me besó suavemente.

Yo no pude decir una palabra, pues nada deseaba más y todo parecía suceder al compás de mis anhelos, aunque aún me pregunté si no habría un ballestero espiándonos en la sombra y con su arma a punto...

-Tenía enormes ganas de hacerlo -dijo ella tras rehacerse-. Ha sido la primera vez, y de esta forma te he dicho lo que deseaba.

Hubo un pausa obligada por el pasmo que sentía, y ella añadió,

-¿Me entiendes? Nuestros antepasados, aquellos que tras muchos esfuerzos llegaron desde las lejanas estepas de Asia, tropezaron con esa barrera infranqueable que es el océano, pero nosotros no tropezaremos con ella...

Yo, obligado por los impulsos del amor y la juventud, la apreté contra mí y la besé a mi vez. Luego Leonor dijo,

-Sí, te he dicho lo que quería decirte, y de la más expresiva manera posible. Ahora eres tú quien deberá ser cortés con las damas hablándoles de amor ...

El amor cortés, el amor de los trovadores de las cortes europeas, por lo que yo sabía de mis lecturas en la academia y las antiquísimas indicaciones que sobre el asunto me había dado Ermentrude, era un amor a distancia en el que el amante nunca traspasaba los límites que impuso Platón, reduciéndose todo a un mero intercambio de palabras nacidas del ingenio y quedando a salvo las formas, que no de otra forma podía ser, pues solía establecerse entre las más altas damas y algunos criados, cual eran los trovadores. A Leonor, con todo, no parecía importarle aquello mucho, y se me ocurrió que, escondidos como estábamos en lo más profundo de un bosque, las formas eran lo de menos, puesto que sólo la naturaleza nos contemplaba. Sin embargo, no podía echar en saco roto aquellas palabras, pues inmediatamente después de que ella habló apareció un enorme arco iris, y me pregunté si una cosa tenía relación con la otra...

Luego las nubes que habían producido la tormenta se alejaron en dirección al horizonte y nosotros abandonamos nuestro refugio y volvimos al claro, en donde el caballo de Leonor triscaba con paciencia las hierbas que encontraba. Olía a tierra mojada, a musgo y a agua salada, y en el cielo distante las aves de presa dejaban oír sus gritos de alegría. El arco iris había desaparecido, pero entre las nubes que corrían por el cielo aparecieron rayos de sol que iluminaban la escena aquí y allá.

Yo no sabía qué decir, pues continuaba absorto ante lo acontecido, pero tampoco podía apartar la vista de aquella muchacha que los Hados habían puesto en mi camino de tan azarosa manera. Leonor era guapa, y me atraía como si dentro de su cuerpo contuviera la piedra imán de los antiguos, pero mi desconcierto era aún mayor y me impedía hablar e incluso pensar.

Durante un rato nos contemplamos en silencio, y al fin ella dijo,

-Tengo que irme. Vine a decirte algo que no podía callar, y ya lo hice; misión cumplida. Lo que suceda desde ahora, ¿quién podrá asegurarlo?, aunque tú seguramente me ayudarás... ¿Verdad que me ayudarás?

Yo asentí mudamente, aunque luego dije,

-Señorita Leonor... Haré lo que usted me diga, pero no veo cómo puedo ayudarla. Una sola palabra de su padre..., y si se enterara de lo que aquí ha sucedido...

-Sí, tienes razón, pero no se enterará. Ya he decidido cómo va a ser mi vida y poco me importa lo que he dejado atrás. Me iría contigo ahora mismo a descubrir qué es lo que hay más allá del océano, pero aún no ha llegado el momento.

Leonor bajó la voz.
-Antes de irnos, dime que harás lo que te diga.
Yo así se lo aseguré, y luego ella subió al caballo.

-Adiós. Guárdate y permanece prevenido. Yúsuf está de mi parte, pues sabe lo que sucede y ha asegurado que me va a ayudar. Tendréis noticias mías -y dando media vuelta y levantando la mano espoleó su montura hacia el lejano extremo del claro.

Jacobo apareció entre la vegetación, ladró persiguiendo al caballo y ella refrenó su recién iniciada carrera y le gritó,

-¡Vuelve, vuelve con él...! -y luego miró hacia donde yo permanecía, agitó la mano y se perdió entre la arboleda.

El perro, cuando llegó a mi lado, me contempló expectante.

-Jacobo, ¡en bonito lío nos hemos metido...!
Él ladró y me interrogó con la mirada.

-Vámonos, vámonos a casa y que sea lo que Dios quiera.






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Lunes, 6 Septiembre 2010 12:36:40 GMT

Juan Evangelista, fotógrafo de bodas




El personaje (ficticio, por supuesto) de Camargo Rain, aporreador de teclados (el del piano y este del ordenador), así como escritor de novelas y cuentos chinos y cuyas habilidades literarias han quedado -para bien o para mal- de sobra evidenciadas en este y otros blogs, no es baraja de un solo palo, sino que al modo del doctor Jekyll y míster Hyde presenta alguna otra vertiente. Por ejemplo, la de fotógrafo.


Pues sí, que ese ha sido uno de sus principales oficios y para el cual utiliza el nombre (asimismo ficticio) de Ramón López-Alonso. Y como Camargo Rain, o sea, Ramón López-Alonso, tiene galería fotográfica en internet y muestras sin fin, os dejo aquí el enlace, que es seguro que interesará a aquellos a los que les gusta la fotografía, que son abundantes en este planeta nuestro. La dirección de marras es:


Ramón López-Alonso, fotógrafo





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Lunes, 16 Agosto 2010 08:29:49 GMT

Nueva página de cocina

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Como no todo van a ser historias acerca de las aventuras de Juan Evangelista, personaje que vivió trescientos años (yo creo que esto ya lo sabe todo el mundo), pongo hoy el enlace a una página de cocina que he metido en la red para ilustración de hambrientos con pocas ideas; viendo las fotos a lo mejor se os ocurre algo, aunque no cabe duda de que es mejor leer lo que allí se dice, y aún mucho mejor ponerlo en práctica. El enlace en cuestión es el siguiente:


La cocina española de siempre



Otros enlaces (ahora que lo pienso), que a lo mejor os interesan igualmente, son los que van a continuación:


Fotos de España

Mis novelas en cinemascope y technicolor

HISTORIA DEL CINE PARA IGNORANTES





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Martes, 13 Julio 2010 07:29:05 GMT

Aclaración sobre Juan Evangelista

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Escribo esta nota porque no sé si alguien se está confundiendo con este blog y las cosas que en él se dicen...

Aquí se habla de un señor que se llama Juan Evangelista, sí, pero no es san Juan Evangelista (uno de los cuatro evangelistas, como es sabido), ni mucho menos, aunque este que me he inventado, personaje de ficción, también es un ser bastante peculiar.

Nació a finales del siglo XVII (en 1680, concretamente) en Ciudad Rodrigo, maravillosa plaza de la provincia de Salamanca que recomiendo a todo el mundo que visite, y murió en la estación de ferrocarril de Balaguer (lugar en el que se encontraba de manera casual y cuando ya era muy mayor) a principios del XXI, es decir, ahora, aunque el momento exacto no se detalla, y ni falta que hace.

Lo anterior significa que este señor vivió alguno más de trescientos años (las explicaciones pertinentes a tan desusado fenómeno, dentro de lo que cabe, se dan en el texto) durante los cuales le dio tiempo a recorrer nuestro planeta casi por completo, de las tierras españolas de fines del Siglo de oro al continente americano, y de este a Europa (Francia, Inglaterra, Italia, de nuevo España, Rusia y otros lugares aparecen abundantemente), pasando por la construcción de los ferrocarriles decimonónicos y las factorías de las Indias Orientales...

Resulta imposible detallar en cuatro líneas todo cuanto transcurrió a su lado, pero de muchas de sus aventuras hace mención en los cuatro libros que en el término de su vida escribió, los cuales llevan por títulos:


1/ Edad de las tinieblas , que llega hasta 1740, más o menos, y en el que habla de su infancia y parte de su juventud.

2/ Siglo de las luces , que cuenta lo que resta del siglo XVIII, que pasó en tierras sudamericanas.

3/ Era de las máquinas , en donde se narra el siglo XIX y sus mil y mil viajes y peripecias a lo ancho y largo del planeta Tierra,

y 4/ Perpétuum móbile , que se refiere al siglo XX y a todo cuanto le sucedió en aquellos tiempos, que tampoco fue parco.


Todo esto constituye una novela, claro es, una tetralogía editada en «lulu.com» como libros de bolsillo, y no tiene nada que ver con el personaje evangélico. Eso sí, el sinfín de aventuras es inacabable y propio de alguien de vida muy larga y agitada, este Juan Evangelista que no fue santo sino niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario...


Nota final : en este blog hay bastantes trozos de estos libros, por si a alguien le entra la curiosidad.





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Miércoles, 9 Junio 2010 04:29:43 GMT

Escalera al cielo





ESCALERA AL CIELO

Joshua I, de apellido Sagan, sobrino del legendario exobotánico que nunca supo si era hombre o mujer, estaba montado en un globo de aluminio cuando se le ocurrió la idea: mirando hacia abajo las cosas se ven mejor. "¿Y por qué no...?", se dijo. Luego miró hacia arriba, y lo que pudo contemplar hubiera bastado para desanimar a cualquiera: miles y miles de estrellas centelleaban por todas partes. Joshua I no tenía ni idea de astronomía recreativa (ni de la otra), pero como a tantos que le precedieron, no le hubiera importado subir al cielo. Cosa curiosa, por otra parte, en un intermediario, como era él.

Aquella noche se lo comentó a su compañera sentimental, porque Joshua I tenía compañera sentimental. Él no sabía que eso de la compañera sentimental es una horterada de tomo y lomo, pero hay usos y costumbres que se extienden como la mala hierba. Le dijo,

–Me parece que sé cómo se puede hacer una escalera al cielo. ¡Menuda obra...!

Su compañera sentimental ni le contestó. Lo primero, que no estaba el horno para bollos, con tanto viaje en globo y tanta historia, y lo segundo, que estaba mucho más interesada en una cosa que se veía en la televisión, una cosa toda llena de floripondios y lentejuelas como las de los viejos tiempos. Dio un suspiro y se recostó en el sofá del otro lado. ¡Qué tonterías había que oír! Una escalera al cielo... Para acabar de arreglarlo, recordó que ahora andaban diciendo por ahí que las máquinas iban a sustituir a las personas, ¡por Dios!

La compañera sentimental de Joshua I lo había comentado una vez con una amiga.

–¿Tú crees que eso de que las máquinas van a sustituirnos puede ser verdad?

La amiga de la compañera sentimental de Joshua I era medio boba.

–¿Cómo dices...?

La amiga de la compañera sentimental de Joshua I estaba mucho más interesada en la boda del príncipe Ruperto.

–No, que si tú crees que eso de que las máquinas van a sustituirnos puede ser verdad...

–¡Ay, Jesús, qué barbaridad!

Joshua I, desde que tuvo la idea, no paraba. Él tenía, por oscuras razones de las que nunca hablaba a nadie, mucha mano en el gobierno regional. Se dedicaba a las contratas, y a veces, cuando escaseaba el trabajo, hacía de intermediario. Los jueves por la noche solía acudir a unas reuniones medio secretas que se celebraban en una casa de lenocinio electrónico que había en las afueras, justo al lado del nudo que comunicaba las autopistas, y a las que también solían acudir algunos subsecretarios. Una vez le habían presentado a un ministro, pero a él le gustaban más los subsecretarios. Eran, ¿cómo diría...?, más dúctiles.

–Don Carlos..., qué..., ¡vaya moza que llevaba usted el otro día!

Don Carlos, que llegaba directamente del Congreso Regional, le dedicó una amplia sonrisa al pasar. Era simpático aquel Joshua I, se fijaba en todo, pensó, habría que darle algo este semestre... Sí, tendría que hablar con su secretario.

Joshua I, en realidad, estaba haciendo méritos, que era lo suyo. Pagaba cuentas de botellas que ascendían a cantidades astronómicas, y si la cosa se terciaba, también algún polvo electrónico extra; todo servía. Eso sí, cuando aparecía por el ministerio se prodigaban las sonrisas y apretones de mano; hasta los ujieres habían oído hablar de él. Aquella mañana se animó a entrarle al ayudante del subsecretario, un zascandil con ojos de mochuelo que le había chuleado una historia con una rubia más bien basta dos semanas antes.

–Eso que usted me cuenta... –le había contestado mirándole fijamente–, nos interesa, sí, nos interesa. ¿Y cuánto ha dicho usted que...?

–Unos trescientos millones, don Ferrari. Los estudios preliminares, unos trescientos millones.

Aquello de don Ferrari no era ningún apodo despectivo, como pudiera parecer; Joshua I no era tan tonto como para tener una metedura de pata de semejante calibre. La especie había sido alimentada por el propio don Ferrari, quien, en el cenit de sus borracheras, solía recordar a quien quisiera oírle que él, cuando joven, había tenido un Ferrari. (Y dos Porsches, añadía, uno rojo y otro azul). Luego los más cercanos comenzaron a conocerle por aquel nombre, y el apodo tomó carta de naturaleza pública. Aunque sólo dejaba usarlo a los allegados, Joshua I lo era, ¡vaya si lo era!, y por el cariz que estaba tomando el asunto, interesaba que siguiera siéndolo.

Al ayudante del subsecretario le entró una cierta aprensión. Como no tenía ni la más remota idea de lo que era un ascensor espacial, preguntó cautelosamente,

–¿Puedo hablar de esto con el ministro?

A Joshua I se le abrieron las puertas del cielo.

–Por Dios, don Ferrari... ¡Usted mismo!

La siguiente vez que se vieron fue en el reflexólogo. El ayudante del subsecretario estaba radiante.

–¡Muy bien, don Joshua, muy bien! ¡El ministro está muy contento! Ha dicho que cree que esto puede llevarnos lejos...

A continuación los acontecimientos se precipitaron, no era para menos. Primero fue una comisión de servicios la que se encargó de todo, y luego los periódicos, sobre todo los de casa, empezaron a hablar del tema. Por fin el Gobierno Mundial tomó cartas en el asunto, pero para entonces el ministro, el subsecretario, el ayudante del subsecretario y Joshua I habían creado una sociedad fantasma que construía chalets de dos plantas y operaba desde las Malabares. Joshua I había soñado a veces con dirigir la faraónica obra, que para algo era aparejador, pero bueno, se conformaba. En el intermedio hubo una época difícil porque un escandalillo político creado por la oposición (¡aquellos hijos de perra!) amenazó con hacer saltar al gobierno, pero el ministro, que después de tantos años se las sabía todas, contrató los servicios de una agencia de publicidad que puso las cosas en su sitio. El colíder de la oposición salió escaldado de aquella, vaya si salió... Tardaría años en olvidarlo, y eso si su carrera política no se arruinaba definitivamente.

–Ahora... ¡a vivir! –le dijo el ayudante del subsecretario una vez que se lo encontró en "La gata muónica", la casa de lenocinio electrónico donde Joshua I volvió a pagar aquella noche, aunque entonces ya no le importaba como antes.

–Bueno –pensó–. Todo sea por San Dieciséis por ciento.

La compañera sentimental de Joshua I, al final, estaba hasta interesada.

–Y ¿tú crees que esto nos llevará lejos?

Joshua I, ya lo dijimos, seguía sin tener ni idea de astronomía recreativa, ni de la otra; lo suyo eran las comisiones. ¡Quién se lo iba a haber dicho a él! ¡Tantos años de intermediario y sin haberse dado cuenta de lo de las comisiones...!

El Gobierno Mundial era extremadamente activo. Lo primero que hizo fue preparar a lo que desde antiguo se conocía como "opinión pública". El "Hollywood del siglo XXI", ahora sito en algún lugar de Extremo Oriente, se encargó de ello. Lo que se acabó conociendo como "Saga de los planetas" fue una serie de seis películas en 3D que, durante lustros, ostentaron el récord de recaudación. Además, Mariquilla S., aquella actriz mexicana, comenzó allí su meteórica carrera... Luego derogó unas leyes que le impedían tomar unas patentes como propias –sí, aquel hilo de diamante era el material adecuado...– por lo que el descubridor puso el grito en el cielo, pero un país africano, que casualmente era el mayor productor de diamantes, se encargó de hacerle entrar en razón, y por último hubo que buscar el lugar adecuado. No podía estar en el ecuador debido al efecto coriolis, ni en cualquiera de los polos por razones obvias, pero al final se encontró una solución a gusto de casi todos: lo instalarían en la línea de cambio de fecha, a unos veintisiete grados de latitud sur, cerca de las islas Samoa. Aquello quedaba en mitad del Pacífico, y así, si había un accidente... Joshua I fue una vez a ver las obras y se llevó con él a su compañera sentimental, que por aquel entonces había criado unos muslos que parecían jamones.

–Papá, papá –decía entusiasmado el hijo que habían tenido unos años antes–, ¿y tú crees que eso aguantará?

Joshua I miró a su hijo. No se podía negar que hablaba igual que su madre, pero, en cuanto a lo suyo, Joshua I no se hacía muchas ilusiones. Las mujeres, ¡eran tan falsas...!

De todas formas, el niño tenía razón. A Joshua I, que depositaba una confianza ilimitada –como buen técnico que era– en las obras de ingeniería, se le humedecieron un poco los ojos cuando lo pensó. Sí, aquella línea azul que subía hacia las estrellas y se perdía a lo lejos era realmente impresionante... ¡Y pensar que él había sido el descubridor...! Joshua I durmió aquella noche a pierna suelta en el Gran Holiday Hilton de Samoa y soñó que le ponían una condecoración con una cinta azul y muchos dorados y piedras de colorines.

El Presidente del Gobierno Mundial, un chino medio calvo que se echaba el único mechón de atrás hacia adelante, lo inauguró unos años después. Aunque escasamente llegaba a la media centena parecía un viejecillo, pero es que aquello del poder, ¡quemaba tanto...!

–... este gran paso de la Humanidad... (y bla bla bla) –dijo con su voz ligeramente cascada, y durante algunos meses la Humanidad se dedicó a celebrarlo.

¡Qué otra cosa iban a hacer, cuando el trabajo, el inmemorial castigo bíblico, estaba casi desapareciendo...! Luego el ascensor espacial se convirtió en un objeto de uso cotidiano, y con el transcurrir del tiempo la gente llegó a olvidar que durante muchos siglos aquel había sido uno de sus sueños más perseguidos.




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Lunes, 24 Mayo 2010 12:06:53 GMT

Influencia de la música sobre la escritura

Trucos diversos sobre el arte literario. Capítulo segundo.

Resulta frecuente sentarse ante la mesa dispuesto a escribir algo maravilloso..., y quedarse en blanco. Pues bien, para combatir tan estéril y frustrante situación propongo una receta que a mí me ha dado un resultado cuando menos sorprendente: se trata de escuchar música, de dejarse acompañar por la música (la más bella de las Bellas Artes, como es sabido) al modo en que lo hacía el antiguo hilo musical . No se trata de escucharla conscientemente, sino antes bien de permitir que la mente se sumerja en su acariciador arrullo (por decirlo de una manera historiada) y, bajo su influjo, las neuronas que todos tenemos en el cerebro se vayan acoplando adecuadamente, que no otro es el fenómeno físico al que llamamos inspiración . Por extraño que pueda resultar (a muchos les sonará a cuento chino ), es un truco que da resultado, y llega un momento en que las ideas afluyen a la cabeza como surgidas de un lugar que estuviera fuera por completo de los límites de nuestro limitado universo cotidiano, que no es poco. Eso sí, hay que perseverar en el empeño, y añadiré que nadie debe esperar resultados tangibles tras un par de sesiones, pero esto es lo de menos, pues para escribir cosas que valgan la pena hay que aplicarse en la labor durante un número de horas que habría que describir con guarismos más propios de la astronomía.

Y en cuanto a qué música, también desvelaré mi personal punto de vista: yo conseguí tan peculiar estado de ánimo (y advierto que no me ha abandonado y sospecho que ya nunca lo hará, pues en momentos de sequía sigo utilizando este recurso) escuchando una tras otra las famosísismas y abracadabrantes (y digo poco) cantatas de Juan Sebastián Bach, el más influyente y armónico músico que nunca vivió sobre este planeta nuestro. Tienen la ventaja añadida de que son muchísimas (unas 230), y cada una dura del orden de 25 minutos (por término medio), por lo que tras meses y meses de veladas audiciones vuelves a empezar y no te acuerdas de nada, siempre te parece música nueva, que es lo que menos distrae a nuestros propios pensamientos, pues son ellos, precisamente, los que tienen que fluir de la más espontánea de las maneras.

Nota final:

Lo que he escrito, contra el parecer de muchos (seguramente la mayoría en esta sociedad en la que predomina el fútbol, el cotilleo, la pornografía y todo aquello que nos dicta la televisión), es la pura verdad, aunque resulte raro, y desde aquí recomiendo encarecidamente el uso de esta técnica que da magníficos resultados, como he aprendido por propia experiencia, aunque tampoco desecho la posibilidad de que otras personas consigan lo mismo escuchando otras clases de músicas. Ya me contaréis, si es el caso y alguien está de humor para hacer el experimento.



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Miércoles, 28 Abril 2010 07:15:11 GMT

Una botella en el océano

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Todo el mundo ha oído hablar de botellas en el océano. Unos las arrojan y otros las encuentran. Es lo mismo, o tan improbable una cosa como la otra, porque hoy en día poca gente tira botellas al mar, y no digo nada de los que casualmente se topan con ellas, que se pueden contar con los dedos de la mano... Esto serviría como metáfora de lo que sucede en internet con las cosas que escribe la gente (los pocos que ponemos algo aquí, que los demás se limitan a chupar rueda), y es que navegan en un océano tan enorme que encontrarlas es parecido a lo de la aguja en el pajar.

Bueno, pues el caso es que yo he escrito de ambas situaciones, las dos en la misma novela ( "Europa barroca" ), y para que se vea que no me tiro faroles, ahí van los trozos a que me refiero:

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Cuando alguien las arroja (página 363 de Europa barroca):

Sandy y yo tuvimos una temporada, una temporada cortita, de rollo macabeo, de rollo patatero, ¿qué íbamos a tener?, yo le llevaba casi veinte años... Sandy vivía en su casa de siempre, con Claudia y Pedro, pero tenía otra alquilada, un ático viejo en un tejado que daba a un patio, y fuimos allí a veces. Tal y como quería le hice un montón de fotos, fotos caminando por la calle, fotos en las mesas de los bares, fotos al lado del mar una vez que hicimos una excursión hasta un lugar desde el que, aunque lejos, se veía África, una excursión que duró varios días y en la que lanzamos al mar un mensaje en una botella. Esto era algo de lo que habíamos hablado cuando era pequeña pero nunca habíamos llevado a cabo.

–¿Quieres que lo hagamos ahora?

–¡Huy, sí!

–Bueno, pero ¿cuál va a ser el mensaje?, ¿qué vamos a escribir...? Escribe tú algo, que ya eres mayor.

Sandy lo estuvo pensando durante una mañana tumbada en una playa de piedras, y luego, tras buscar un papel marrón que parecía antiguo, con un pincel y su fantástica letra, toda llena de adornos y jeribeques, escribió,

¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,

reputándolo yo por desvarío,

vi mi mal entre sueños, desdichado!

Soñaba que en el tiempo del estío

llevaba, por pasar allí la siesta,

a beber en el Tajo mi ganado;

y después de llegado,

sin saber de cuál arte,

por desusada parte

y por nuevo camino el agua se iba;

ardiendo yo con la calor de estiva,

el curso, enajenado, iba siguiendo

del agua fugitiva.

Sandy me miraba ávidamente.

–¿Te gusta? ¿Tú crees que sirve...?

Yo me quedé por completo ensimismado. Cuando lo leí estaba sentado en una terraza mirando al mar solitario, y de repente me encontré totalmente distendido, como si me hubiera enchufado al bálsamo de las huríes... Siempre he tenido mucho miedo a la magia propia de las mujeres, de forma que la miré, me reí y le dije,

–Tú me quieres liar.

Sandy me miró también; mejor dicho, se me arrimó.

–¿Sabes de quién es?

Yo contesté,

–Sí... Bueno, de alguien del Siglo de Oro.

A Sandy no le costó nada decirlo, y lo dijo como hay que decir estas cosas.

–En realidad lo he escrito para ti. ¡Tú eres el del agua fugitiva! ¡Y el que ve su mal entre sueños, desdichado!

A mí me dio la risa. Sandy era una verdadera artista, todas sus manifestaciones lo eran.

–Hija mía, haz algo mal, que no quiero enamorarme de ti.

Sandy se apoyó aún más.

–¿Ah, no? ¿Y yo qué...? Cuando era pequeña estaba enamorada de ti, y no me hiciste ningún caso.

–Ja, ja... ¡Pero tú eras una niña!, y las niñas...

Sandy me agarró de un brazo.

–¿Quieres saber quién eras tú? Cuando yo era pequeña, tú eras el demonio. Tú eras un tío que, cuando te cortaban el pelo, a los pocos días ya volvías a tenerlo todo disparado; te salían rabos por todas partes, igual que a los demonios en los cuadros del Bosco... ¡Esa era una facultad tuya diabólica!

Allí, en la hamaca, al final, medio agarrados, le dije,

–Oye, vamos a portarnos bien, ¿verdad?

Conseguimos una botella vieja, una botella buenísima y de cristal gordo, encerramos dentro aquel poético pergamino que glosaba las asechanzas del maligno, la cerramos con un corcho que casi no cabía y nos costó mucho meter, y la lanzamos al mar desde la orilla de la playa.

–¿Qué pensará el que la encuentre?

–¿Tú crees que la encontrará alguien?

–A lo mejor... O a lo mejor un pez martillo rompe el cristal y el papel es recogido por una sirena...

Todo esto sucedió al atardecer, sentados en una duna, mirándonos de reojo y cogidos de la mano, mirándonos incluso demasiado...

Al fin, ¿quieren saber ustedes cómo se resolvió aquella azarosa y volandera relación? Muy sencillo: Sandy, que era muy lista, tenía una amiga en California, y resultó que se casó de repente, o sea, que desapareció de la noche a la mañana; Sandy, fue Sandy la que desapareció de mi vida, y su amiga la que se casó. Tardó cerca de un mes en volver –un mes en el que me sorprendí comiéndome ligeramente los puños y mirando por la ventana, buscándola...–, y cuando volvió, un día en que me la encontré en su casa, la de Claudia, sonriente como ella era me dijo, oye, ¿sabes que mañana me voy?, ¿adónde, mujer?, a Noruega; ¡fíjate!, ¡vamos a hacer cabañas de troncos!, y de aquel viaje tardó tres meses en volver. Bueno, yo la entendí perfectamente, y lo de los puños se me pasó en seguida. Sandy siempre fue un modelo de discreción y buen hacer, siempre fue una niña buenísima.

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Cuando alguien las encuentra (pagina 591):

María, mimada por sus padres, creció como crecen todos los seres vivos, y una tarde en que habíamos ido a dar nuestro vespertino paseo, una tarde cualquiera en que, haciendo tiempo para contemplar la imaginable puesta de sol transitábamos por la interminable playa que había frente a nuestra casa, encontramos una botella tirada en la arena. La botella era verde y oscura, pequeña y gruesa, vieja y pulida, y tenía un tapón de corcho, un tapón muy bueno, porque seguramente había resistido tempestades y turbonadas. La botella había llegado conducida por las olas, y tras rodar por la playa se había quedado milagrosamente frenada en el lugar más visible por la presencia de una piedra oportuna. María, que más que pasear, correteaba, fue hasta ella y se agachó a mirarla. Yo llegué a su lado, me agaché a mi vez y allí permanecimos los dos un rato, contemplándola sin saber qué decir.

–Tiene dentro un papel... ¿Tú crees que estará escrito? ¡Mira que si es un papel en blanco!

María me miraba ansiosamente sin atreverse a tocarla, pero yo la cogí y dije,

–Ven, vamos a abrirla –y fuimos hasta la duna y nos sentamos en su falda.

Me costó sacar el corcho, para lo que tuve que utilizar una herramienta que llevaba en el bolsillo, pero al final la destripamos sin romperla.

–¿Y ahora qué?

En su interior, doblada y húmeda, había una inconfundible hoja de amarillento papel.

–Sácala –y María, con los nervios a flor de piel, la sacó y me la dio.

Con toda la prosopopeya de que fui capaz, y muchísimo cuidado de no romperla, la desplegué y la miramos. Desde el ángulo superior izquierdo, una nereida dibujada por algún artista, una nereida burbujeante y muy finamente trazada con tinta que seguramente era china, nos contó un cuento de nereidas redactado en un idioma muy sencillo, tan fácil que hasta yo pude leerlo de corrido.

«A quien pueda interesar este mensaje escrito en papel de algas por una nereida del Mar de India. Aquí estoy con mis compañeras. Nuestro atolón no viene en las cartas, pero eso no importa; es un arrecife carmesí rodeado por lobos marinos que son nuestros amigos, que nadie tema nada. El Firmamento nos observa y atentamente escucha nuestros cantos, los cantos de las nereidas del Mar de India. A vosotros que me habéis encontrado, os pregunto: ¿tenéis vosotros también un sátrapa? El sátrapa es a quien hay que temer. Es un patricio gordo, sí, un patricio entrado en años, de escaso pelo blanco y túnica palmada. Estos eran personajes muy importantes durante el Imperio Romano; quienes fabricaban las armas, todo el armamento que utilizaban las legiones romanas, que eran muchas y nutridas. El patricio está recostado en un triclinio, y a su alrededor varias diminutas cortesanas le rendimos pleitesía. El patricio, que es gigantesco comparado con su entorno, y gordo y calvo, está a punto de comerse un bocadito. El bocadito es un ser humano convenientemente churruscado del tamaño de las cortesanas, del tamaño de nosotras mismas: este es nuestro sátrapa, y sólo come bocados escogidos. A veces se siente magnánimo y se nutre a base de cabras y niños diminutos, pero cuando se le va quedando caducada la munición, se molesta y suele llevarse a la boca el cadáver, convenientemente preparado, de una de nosotras; para eso es quien fabrica las armas...»

Llegado a este punto miré al horizonte marino, en donde con gran derroche de colores se ocultaba el sol, y tras dudarlo, dije,

–Una vez hice algo de esto con Sandy. ¿Alguien lo encontraría...? Nuestro mensaje era aún más raro que este. Sucedió hace mucho tiempo y también estábamos en una playa, y se ponía el sol. Fuimos hasta la orilla con otro enigmático papel metido dentro de una botella parecida a la que hemos encontrado –lo escribió ella con su fantástica letra–, y lo lanzamos al mar abierto lo más lejos que pudimos. Luego se perdió en lontananza y nos estuvimos mirando a los ojos. ¡Hija, qué tiempos aquellos...! ¿Tú no sabes quién era Sandy? Pues Sandy no era, que es tu seudoprima y anda por ahí con sus estudios a cuestas. Sandy la etimóloga y Sandy la polígrafa...

»Sí, en esta familia, que es la tuya, a las mujeres les ha dado por estudiar y a lo mejor a ti te sucede lo mismo. Por si acaso ya sabes leer, y dentro de poco aprenderás a escribir, que no conviene dejar pasar el tiempo en balde. La negra, tu madre, me dice que no te maree, ¿no crees que es muy pequeña?, y yo le digo, no, no lo creo, para la ilustración nunca es temprano, y más valdría que, paralelamente, tú le enseñaras a leer en inglés; los niños tienen ansia de aprender, y si tienen alguien que los contemple, les haga caso y les enseñe... Eso fue lo que Claudia y el jefe hicieron conmigo, y no es difícil; basta con adornarse y disfrazarlo de cuento de hadas.

Además, yo, al propio tiempo, le he enseñado a leer música, lo que tampoco es difícil porque la música es un lenguaje más, otro lenguaje con sus reglas y signos. Con el mismo esfuerzo que se aprenden las letras, y para un niño esto no es un esfuerzo insuperable, se pueden aprender las notas musicales. A, e, i, o, u ó do, re, mi, fa, sol, ¿qué más da...? Si lo hubieran hecho conmigo no me hubiera costado tanto aprenderlo de mayor. Además, estos idiomas son intercambiables y se puede jugar a las traducciones.

–¿Be a ce hache? Pues... –y María me miraba asombrada.

–¿Qué es hache?

–La siguiente a la ge.

–¡Ah, sí! ¿Es esta? –y golpeaba con saña el si de la octava superior; lo hacía en el piano, entendámonos, y sentada encima de mí, y yo le decía,

–Sí, esa es. Toca be a ce hache –y María, con la envidiable soltura de quien ha aprendido de muy pequeña, tocaba be a ce hache, be a ce hache, be a ce hache...

–¿Te suena a algo?

María volvía a tocarlo y decía,

–No... Bueno, sí... ¿A la música de las estrellas? –porque yo le había compuesto, naturalmente fusilándolas de los maestros, una serie de piezas a su alcance.

Las escribimos en un auténtico cuaderno de papel pautado, en la tapa caligrafiamos, «Música del cielo estrellado», y ella lo iluminó, según su recto entender, con lápices de colores. Allí se hablaba de la música de Orión, de la música del Centauro, de la música de Casiopea, de la música de los Planetas y de la de los Cúmulos Estelares... ¿Quieren ustedes oír más? Pues también estaba la Música de la Galaxia del Remolino, que era mi preferida y estaba basada, lógicamente, en un coral de Bach endiabladamente difícil. Ella, mi niña, aun antes de aprender a escribir, juntaba las manos y tocaba el acompañamiento tan pronto con la izquierda como con la derecha. Yo me quedaba embobado, pero ya se sabe que las niñas...

Cuando miré, por ver el efecto que todas aquellas solemnes palabras le habían causado, me encontré con que se había quedado dormida apoyada en la pared de la duna y el dedo gordo metido en la boca, su embetunado aspecto, su incipiente coleta, sus gafas y su parche de pirata, y tal era su expresión de placidez que no me atreví a interrumpir mi arenga. Antes bien añadí,

–Además, ya lo dice la canción: una voz bella quién la tuviera para cantarte toda la vida, pero mi estrella me dio este acento y así te canto, niña querida ... – y acto seguido, procurando que no se despertara, la levanté en vilo, y con ella en brazos y nuestro fabuloso tesoro en el bolsillo, la botella verde conteniendo la fábula del sátrapa armamentista de las nereidas, tomé el camino de casa.

Sí, mucha gente lanza mensajes a la inmensidad marina, y otra mucha acaba encontrándolos en una playa desnuda y se vuelve a casa pensándolo. Yo, por si acaso, por si aquel fuera alguna suerte de mensaje cósmico, coloqué la botella, con el mensaje en su interior, en una vitrina en la que conservaba algunos fetiches: dos antiguas máquinas de fotos que me habían hecho harta compañía, una maqueta de nuestro barco, una navaja que tenía cuatrocientos años y varios objetos más de este jaez. Aquella fue una tarde enriquecedora, porque estas no son cosas que sucedan todos los días.



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Martes, 2 Marzo 2010 12:54:30 GMT

Juan Evangelista en las Cortes de Cádiz de 1810

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El episodio que hoy añado al blog está en la "Era de las máquinas" , tercer libro de las memorias de Juan Evangelista, y en él se narra su paso, como "diputado suplente", por las Cortes de Cádiz de 1810. Sí, porque nuestro protagonista también estuvo en aquel lance, y haciendo de las suyas, como se podrá ver...

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La comarca de la ciudad de Cádiz era la única zona española libre, y en ella y por encargo del gobierno, al que entonces se conocía como Consejo de Regencia, debían reunirse las Cortes para decidir el futuro de la nación. Sus fines no eran otros que la liberación del pueblo español de la opresión de Bonaparte, y ponerla en lo sucesivo a cubierto de toda clase de tiranías; así se dijo. También debería establecer un gobierno que con su actitud, capacidad y energía respondiera a los deseos de los representados y organizara una resistencia que se adivinaba larga.

A tal efecto habían sido convocados los diputados, pero, debido a las circunstancias que atravesábamos, no era segura su llegada sino en muy escaso número. ¿Qué se hizo para remediarlo? Pues el nombramiento de diputados suplentes, que apoyaran con voz y voto cuanto allí se tratara, y a causa de esta circunstancia fui elegido como tal por quienes a ello se dedicaban.

Habiendo sido preguntado sobre mi naturaleza, contesté,

–Yo nací en Ciudad Rodrigo... –recordando el principio de la canción que tanto éxito había tenido meses atrás entre los defensores de esta ciudad, pero quien me interpelaba no parecía tener tiempo para chácharas.

–¿Ciudad Rodrigo? –dijo al tiempo de consultar unos papeles–. Eso está cerca de Salamanca, ¿verdad? –y añadió–. Pues me parece usted persona suficientemente ilustrada, amén de patriótica, por lo que he oído contar... ¿Le gustaría ejercer como diputado hasta que consigan acceder a estos pagos los designados por el Consejo?

... y fue de esta forma que Juan Evangelista, viejo en el mundo, lobo solitario a lo largo de los siglos, durante unos meses desempeñó el papel, con el que nunca había soñado, de representante de sus paisanos en la más alta asamblea española.

El día 24 de septiembre de 1810, fecha que ha pasado a la historia en letras de molde, se inauguraban aquellas extraordinarias Cortes Españolas. A causa de la epidemia de fiebre amarilla que desde Sevilla amenazaba Cádiz se trasladó la cámara a la Isla de León, población cercana a esta ciudad y que en la actualidad lleva el nombre de San Fernando. Fue en el teatro de dicha localidad, edificio que se titulaba como «Teatro cómico» (lo que quizá diga algo acerca del carácter español, casi siempre a medias entre la tragedia y el esperpento ), en donde tuvieron lugar las sesiones preliminares de tan importante suceso.

En carros y carretas, aunque algunos a lomos de lujosamente enjaezadas caballerías, acompañados de enorme algazara y nutrido público –porque aquello fue una fiesta– fuimos trasladados a la iglesia del lugar que he dicho, en donde se ofició una misa y se nos tomó juramento en una ceremonia que contó con la presidencia de un mitrado rodeado de ujieres, monaguillos y otros personajes solemnemente ataviados.

Luego, tan sólo los diputados, aunque acompañados de considerable tumulto y los inacabables vítores y sones de guitarras que se producían ante su fachada, entramos en el vecino teatro y nos acomodamos en las improvisadas tribunas. Tras las obligadas formalidades, por la puerta del fondo accedieron tres personajes que pertenecían, sin duda, a tiempos pasados, ante cuya presencia se hizo el silencio. Era el Consejo de Regencia, es decir, quienes por designación real personificaban el gobierno de la nación. Su presidente nos dirigió un discurso de compromiso y se retiró a continuación, permitiendo de esta manera que la asamblea comenzara sus deliberaciones sin impedimentos de ninguna clase.

Durante los días iniciales nos dimos a nosotros mismos un reglamento y establecimos, por primera vez en la historia de España, la separación de poderes y otras novedades, y no fueron raros los decretos del siguiente tenor: «No conviniendo queden reunidos el poder legislativo, el ejecutivo y el judiciario, declaran las Cortes Generales y Extraordinarias que se reservan el ejercicio del poder legislativo en toda su extensión».

En tales reuniones coexistieron tres corros: el de los conservadores, el de los liberales y el que finalmente consiguió imponer sus tesis, los innovadores, a los que yo, en la medida de mis fuerzas, apoyaba. Las tres facciones estaban de acuerdo en la necesidad de cambiar la estructura jurídica y política del país, es decir, deshacerse del antiguo sistema de estamentos que yo conocí, nobleza, clero y pueblo llano, y dar paso a lo que, en expresión copiada literalmente de los franceses, llamaban «tercer estado». Sin embargo, cada una iba un poco más allá. Por ejemplo, mientras los conservadores defendían el mantenimiento de la monarquía por encima de otras cuestiones, los liberales patrocinaban la división de poderes al modo de Montesquieu, y los innovadores querían acabar con los símbolos del pasado en su totalidad.

Lumbreras de los tiempos que digo, españoles como Jovellanos, Argüelles, Toreno, Larrazábal y otros, brillaron allí haciendo continua gala de su singular oratoria, en unos casos señorial, en otros ceremoniosa y en otros incluso campanuda, pues ¿no nos acompañaba también el célebre e insigne canónigo Blas de Ostolaza? Era aquel personaje pintoresco donde los haya, y que no debió la fama que le acompañaba tan sólo a su vocabulario, sorprendentemente desahogado y barriobajero para un ministro del Señor, sino también a su irrefrenable tendencia al estupro y la sodomía –como se afirmaba en mentideros y, según he leído recientemente, recogen sentencias de la época–, particularidades de su enorme ser que ya se adivinaban en los exagerados ademanes y continente de que solía hacer gala.

Allí, entre aquellos personajes de toda laya, desde los ranciamente ennoblecidos hasta los procedentes del humilde pueblo, pasando por miembros de la Inquisición, la milicia y el alto clero, se redactaron párrafos que decían, «las personas de los diputados son inviolables, y no se puede intentar por ninguna autoridad ni persona particular cosa alguna contra ellos, sino en los términos que se establezcan en el Reglamento General que va a formarse»; se abolieron los antiguos privilegios señoriales, la Inquisición y la tortura, y se aprobaron decretos proclamando la libertad de imprenta, impensable aspiración hasta entonces de los españoles ilustrados.

Yo también tuve la satisfacción de poner mi granito de arena ante aquellas preclaras mentes, y habiendo presentado una propuesta sobre un asunto determinado, fui invitado, cuando me llegó el turno, a exponerla. Mi desbordante facundia, que ya conocen ustedes de anteriores episodios, me resultó de poca utilidad en tal ocasión, porque ¿de qué hubiera podido hablar a aquellos graves y sesudos padres de la Patria que fuera de su interés?, de forma que, tratando de no perder de vista mis limitaciones, comencé,

–Muchos y muy importantes negocios se han tratado en esta sala, no siendo los menos los que amplían las libertades públicas, lo que constituye una auténtica revolución a la española, de la que, al parecer, tan necesitados estamos. Quizá no todos los españoles comprendamos el alcance de lo que aquí se dilucida, pues las cuestiones que se han tratado, por lo abstracto de su naturaleza y el lenguaje utilizado son complejas e intrincadas, pero confío en que al menos la clase ilustrada sea capaz de asimilar tanto concepto nuevo y llevar hasta sus últimos extremos las medidas que se han propuesto para facilitar la vida de los menos favorecidos, y no lo digo por lo que a mi atañe, pues aunque siempre fui un simple agricultor poco versado en leyes..., no crean ustedes, que ante sí tienen a un agricultor enterado del novedoso sistema de los tres campos, precursor del sistema Norfolk y del método Balfour, de los que Sus Señorías sin duda tienen noticias –y aquí hice una pausa–. Sin embargo, pues veo que los asuntos trascendentes ya han sido discutidos, vaya desde aquí mi modesta proposición, que quizá contribuya a remediar algunos de los desarreglos que, desde el punto de vista de la armonía, padece este país –y ante el estupor de los presentes, añadí–. En España, señores, hay pocas escuelas de música, la más bella de las Bellas Artes...

La moción, quizá por su brevedad, fue atentamente escuchada por quienes me contemplaban, discretamente aplaudida y luego admitida a trámite, lo que quizá suene a poco, pero ¿de qué iba a hablar a aquella asamblea que se regodeaba dando vueltas sin fin a conceptos del tono de la soberanía nacional, y otros tan fundamentales como la música había dejado en el olvido?

Creo que hice lo conveniente, y aunque la nación española, por lo que ahora sé, no me ha hecho mucho caso ni tomado en verdadera consideración mi propuesta, yo me siento feliz por lo conseguido en aquellas históricas jornadas.

Todo lo que cuento ocurría durante las que podríamos llamar «pacíficas reuniones», pues si hacemos salvedad de los gritos y silbidos que continuamente se prodigaban en tan desmesurado foro, la sangre no llegó en ningún momento al río y todo se redujo a las incontables advertencias, bravatas y amenazas que intercambiaban los ocupantes de cada una de las tribunas con los de los grupos que se situaban enfrente. Meses de acalorados debates constituyeron lo que, paralelamente a la francesa, podríamos llamar Revolución Española (como yo había tenido buen cuidado de decir en la Asamblea), y cuyo desarrollo llevamos a cabo en el escenario de un teatro y sin verter una sola gota de sangre, al contrario que nuestros vecinos del norte, de cuyos manejos y excesos tenía noticias de primera mano.

Cuando remitió la epidemia que había confinado a las Cortes en el Teatro Cómico, éstas se trasladaron a la iglesia de San Felipe Neri, en Cádiz, monumental templo mucho más acorde y capaz para aquellas tareas, en donde continuaron su labor, pero poco puedo contar de esta nueva etapa, puesto que, recuperada mi plaza de diputado por su legítimo titular, que un buen día apareció, me despedí de quienes había conocido y me uní al ejército español que se trasladaba al vecino país de Portugal, lugar en el que se estaban agrupando las fuerzas que acabarían por expulsar de suelo español a los soldados de Napoleón.



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Miércoles, 20 Enero 2010 04:33:35 GMT

La música de Juan Evangelista (2)

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Juan Evangelista habla en sus libros de música, puesto que él, educado en ello por sus padres durante la infancia (principios del siglo XVIII), fue un buen flautista. Y cuenta que la pieza que se le quedó grabada para siempre, puesto que la oyó desde muy pequeño, es la celebérrima "Folía de España", anónimo español que algunos remontan hasta el siglo XIV y que luego, con el correr de los tiempos, iba a ser objeto de glosas sin fin, entre las que destacan el concerto grosso que escribió Arcángelo Corelli y el trío sonata de Antonio Vivaldi, el RV 63.

Su padre era un señor que tocaba el violín, y su madre cantaba y tocaba la flauta. Los amigos de sus padres eran también muy aficionados a la más bella de las Bellas Artes, y entre todos componían una orquesta con violas y violones, dulzainas, cítaras, castañuelas y tambores, que él tuvo ocasión de escuchar harto durante la infancia.


Por cierto, su padre se parecía (a juzgar por lo que se dice en el primer libro, " Edad de las tinieblas " ), a quien aparece al principio de este comunicado, que no es otro que el mejor violagambista de este planeta, el archiconocido Jordi Savall.


De esta forma, hoy os traigo el enlace de un sitio de youtube en donde se puede contemplar al grupo del señor que cito (Jordi Savall), tocando precisamente la Folía de España, y tocándola tal y como se debía de tocar en aquellos tiempos, los primeros años del siglo XVIII. Vale la pena verlo, pues la música es maravillosa, y los intérpretes, gente muy seria, maestros donde los haya, y es que el que sabe, sabe, y los demás a Alemania, a aprender, que estamos hartos de aficionados.

Jordi Savall y su grupo tocando la Folía de España


(Lo que puede escucharse no es exactamente la "Folía de España", sino una de las muchísimas versiones que sobre este anónimo se han escrito: las "Diferencias sobre las folías" de Antonio Martín y Coll, fechada hacia 1706 y música como para caerte de espaldas).





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Viernes, 8 Enero 2010 08:07:58 GMT

El niño salvaje

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Juan Evangelista, personaje que nació en la Ciudad Rodrigo de 1680 y murió con la llegada del tercer milenio, y personaje, además, cuya vida constituye el núcleo de este blog, tuvo un encuentro de niño con un fauno. La historia es larga y está en el primero de los libros de sus memorias, Edad de las tinieblas , pero aquí voy a poner sólo un trozo. Lo que se narra podría datarse hacia 1725, cuando con sus padres vivía en una cueva del vecino reino de Portugal.

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Contaré ahora uno más de los episodios de mi vida, pródiga en ellos, que resultó harto instructivo, amén de luctuoso, y ocurrió por las fechas que narro, cual fue mi primer encuentro con un fauno.

Yo, como dije, tuve escasísimos compañeros de juegos y parientes de mi edad, y aunque en el poblado vecino a la cueva había hecho algunas amistades, cuando éste se despobló me quedé sin ellas. Estaba, por tanto, acostumbrado a la soledad, pero una primaveral tarde del cualquier año, cuando efectuaba una más de las correrías que me llevaban a introducirme en los montes y bosques que nos rodeaban, excursiones que tan poco gustaban a mis padres y que procuraba hacer a escondidas, tuve un encuentro propio de ser narrado con mejor estilo.

Sucedió que, al borde de un arroyo que estaba a escasa distancia de nuestra cueva y yo frecuentaba por lo extraordinario del lugar, mientras agachado contemplaba en el agua lo harapiento de mi aspecto y los árboles que me rodeaban, algo se movió fugaz y sigilosamente a mis espaldas. Me di la vuelta alarmado, pero no vi nada. Detrás de mí sólo había inmóvil vegetación en aquella tarde tranquila, y fuera del débil murmullo del viento y las hojas no se percibía ni un ruido, aunque yo estaba seguro de haber visto...

Estaba pensando en ello cuando un bulto surgió de la maleza. En donde sólo parecía haber amarillentas y pajizas zarzas algo se alzó lentamente, algunas de aquellas hierbas se movieron y asomó lo que parecía una cabeza, luego una revuelta y enlodada frente, más tarde unos ojos encendidos..., y me encontré frente a un ser indescriptible. Al pronto creí estar ante algún animal salvaje, tal era su traza, pero las pupilas que me contemplaban, que sólo podía adivinar entre aquella maraña, no me parecieron las de un ser irracional sino que las relacioné con las de las personas. ¿Era aquel ser un extraño y peludo lobo acechante o una criatura nueva para mis escasos conocimientos? ¿Era quizás un fauno, un individuo de la mitológica especie que con anterioridad había oído citar..., o un simple niño, como yo?

La sorpresa me dejó inmóvil y la boca se me abrió de manera involuntaria. Nos contemplamos durante unos instantes, y luego, lo más lentamente que pude, alargué la mano hacia él. Torció la cabeza, como si quisiera observarme mejor, y también abrió la boca, pero cuando di un paso retrocedió alarmado y endureció la expresión. Di un nuevo paso y volvió a retroceder, saliendo de los matojos que hasta entonces le habían ocultado..., y entonces pude verle por entero. Iba desnudo, pero la endurecida capa de barro que le cubría semejaba un astroso traje que protegiera su piel. Además, estaba en cuclillas, que parecía ser su postura natural, y para moverse se apoyaba continuamente en las manos.

A mi vez me agaché, procurando imitar aquella actitud, y tan despacio como pude fui hasta él, que me observaba con desasosiego y recelo. Varias veces estuvo a punto de escapar, aunque su curiosidad se lo impidió, y cuando estuve a su lado, con movimientos cada vez más lentos levanté la mano y le acaricié la cara, mientras él, resoplando leve y desconfiadamente, me observaba presto a salir huyendo. Luego, tras producirse el roce, dejó escapar un suspiro, levantó repentinamente la mirada, hizo una mueca, lanzó un aullido propio de lobo y, dando media vuelta y como un rayo, rompió a correr desenfrenadamente. Yo, cogido por sorpresa, corrí como pude detrás de él y lo llamé con las únicas voces que se me ocurrieron.

–¡Eeehhh, ven...! –gritaba mientras corría–. ¡No corras, ven...!

... pero aquel niño, pues pese a su extraña forma de moverse y esquelético aspecto nunca dudé de que lo fuera, era mucho más rápido que yo. Con muy ágiles movimientos y piruetas pronto se puso fuera de mi alcance, y lo último que alcancé a escuchar fueron los precipitados y lejanos pasos de alguien que aplasta las hojas y se pierde sin remedio en las entrañas de la selva... Luego, nada.

Corrí un poco más tras aquella fantasmal aparición, pero al fin, en un claro, hice alto y me declaré vencido. Mientras miraba a mi alrededor, con las manos como bocina grité,

–¡Eeeh..., vuelve...!

... pero sólo los ecos del bosque y algún pájaro que no pude ver me contestaron.

Más tarde, mientras volvía a casa agitado por el raro suceso, intenté caminar como lo hacía él. ¿Cómo era...? Desplazarse como un animal, apoyando las cuatro extremidades en el suelo, era difícil, y aún más correr a aquella endiablada velocidad a que le había visto hacer..., por lo que tras infructuosos ensayos recobré mi postura original, aunque no sin echar sorprendido de nuevo la vista atrás.

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(Esta historia, como es lógico, continúa durante muchas páginas).



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Jueves, 24 Diciembre 2009 16:10:40 GMT

La ciudad y las estrellas

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Hay quien piensa que el planeta Tierra fue creado por Dios para solaz y entretenimiento de los humanos (de hecho, lo piensa casi todo el mundo), y esta idea no puede ser más equivocada. El planeta Tierra es uno de los trillones de planetas que sin duda tienen que existir por ahí arriba, pues el principio de mediocridad (importante principio en física) dice que en este Universo que podemos observar no existen los fenómenos únicos, sino que lo que sucede en un lugar, sucede en todas partes.

Por supuesto que no serán todos iguales, sino que habrá una infinidad de formas, la mayor parte de las cuales no reconoceríamos (si pudiéramos verlas), pero eso no cambia las cosas. Esos planetas existen y la Tierra es uno de ellos, y, como cualquier otro, su existencia es efímera. En el presente disfrutamos de un amable intervalo en el que es posible la vida –inexplicable fenómeno–, pero esto acabará algún día y entonces todo será olvidado, hasta las Pirámides y las cuevas prehistóricas.

La ciudad está construida bajo las estrellas, y sus luces intentan ocultarlas (y en muchos casos lo consiguen), y aunque a nosotros, hormigas que nos arrastramos sobre la superficie de la Tierra durante un tiempo increíblemente corto, nos parece que la ciudad (y nosotros) es lo importante, en eso estamos también equivocados: son mucho más importante las estrellas.

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Lo que sigue es para los interesados en el asunto:

En el enlace que os pongo a continuación se puede descargar (totalmente gratis y sin compromiso ni tener que apuntarse a nada) un planisferio para el ordenador. Un planisferio es un mapa del cielo en el que puede observarse su aspecto desde cualquier punto de la Tierra y en el momento que se desee (en este programa, entre los años 1750 y 2250). Esto da pie para preguntarse muchas cosas, una de las cuales podría ser la siguiente (por poner un ejemplo): ¿cómo se verá el cielo desde aquel lugar en que estuve de vacaciones hace cinco años...?, o ¿cómo se veía entonces? Y así sucesivamente. El enlace es:

www.hnsky.org

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Viernes, 27 Noviembre 2009 12:29:57 GMT

Hoy, chicas guapísimas

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Esto no tiene mucho que ver con Juan Evangelista y sus mil y mil historias, excepto si tenemos en cuenta lo que pensaba nuestro personaje de las mujeres, por las que debía de tener admiración, puesto que harto habla de ellas en sus libros. ¿Qué hubiera opinado él de lo que se puede ver en el enlace que a continuación os pongo? Algo dice de ello en el último de los libros ("Perpétuum móbile", que se desarrolla durante el siglo XX), e incluso se refiere al cine que (enorme novedad entonces) veía en las salas de la recién construida Gran Vía madrileña, sesiones a las que asistió. ¡Ah!, y al final de ese libro hace ciertas menciones a chicas de su subconsciente, Ingrid Bergman, Lauren Bacall..., y creo recordar que es la negra Rebeca quien un día y con bastante cachondeo, cuando él anda a vueltas con sus elucubraciones, le dice,

-No..., espere... ¡Se le ha olvidado a usted Nastasia Kinski!

Bueno, pues ahora tenéis la oportunidad de contemplar esas caras que dieron vida y forma al gran cine, que él pudo contemplar en directo.

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ACTRICES GUAPÍSIMAS

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Sábado, 7 Noviembre 2009 09:20:08 GMT

Lamentación como del miserere

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¿Qué podría contar de Juan Evangelista, personaje que nació en 1680 y vivió tres siglos, que no haya dicho en estos blogs? Porque semejante fenómeno tiene dedicados a su persona dos de estos engendros informáticos que nadie lee, y si lo hace es por ver si sale algo pornográfico...

(Este es otro de esos blogs: Blog de Juan Evangelista en Wordpress.com)

La verdad es que resulta harto ingrato observar el estado actual de la humanidad, ayuna de estímulos y propósitos y sólo dedicada a desentrañar los secretos del poder, el sexo, el dinero (y el golf)... Codicia, lujuria, soberbia..., pecados capitales todos ellos y que únicamente conducen a la imbecilidad. Comprar objetos que no necesitamos con dinero que no tenemos para agradar a gentes que nos disgustan... Tal es el entretenimiento de la mayor parte de las personas que conforman la sociedad de consumo, eso que los cursis conocen como estado del bienestar ...

Sí, nuestra sociedad es una de las más estúpidas que ha engendrado el planeta Tierra, lo digo sin el menor recato, y cosas peores hubiera dicho nuestro protagonista, que vivió a sus anchas durante los siglos XVIII, XIX y XX y de todo supo sacar partido. Por eso, lo dejo aquí. A lo mejor el mes que viene, o el trimestre que viene, vayan ustedes a saber, se me pasa el malhumor y sigo contando las aventuras que me llevaron a abrir estos blogs, aventuras de alguien muy especial pero que en nada interesan a quienes tienen como único guía el don dinero que todo lo puede. ¡Bueno, no!, que mejor voy a añadir un párrafo del "Siglo de las luces" , segundo libro de las memorias de quien se hace mención, y que, en boca de uno de sus amigos ingleses, quien lee de un libro de la época en una discusión sobre constituciones (no se olvide que esto sucede hacia 1770 y en las costas del Perú español de entonces), dice lo siguiente:

«Hablando de esa confusa ciencia que es la política, hay que decir que las idílicas ideas que el pueblo llano posee sobre las virtudes que se atribuyen a los poderosos, todo cuanto atañe a la justicia, la igualdad, la continencia, la confianza mutua y demás zarandajas con que intentan enredarnos, son falsas. Todo, absolutamente todo, se reduce a la fuerza».

Los impetuosos vientos del otoño, que a tantos desagradan, contribuyen a arrancar de los árboles la hojas secas, y de esta forma consiguen que las plantas (las que sobreviven a la tempestad) se fortalezcan con vistas al próximo ejercicio. ¿Será esto lo que tiene que suceder con las personas? Quizá sea un otoño lo que necesitamos, pero la naturaleza es sabia, y si nos tiene en este intermedia etapa entre dos revoluciones, por algo será.

(Nota final: en la imagen que antecede al texto, don Juan Evangelista cuando tenía alrededor de sesenta años y vivía en los mares del sur, andanzas que se relatan en el tercer libro, o sea, la "Era de las máquinas").



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Sábado, 17 Octubre 2009 15:06:38 GMT

Cuando Juan Evangelista huyó de la casa de la viuda

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Juan Evangelista , nacido en 1680 en el término de Ciudad Rodrigo –hoy en la provincia de Salamanca, aunque siempre frontero al reino de Portugal– corrió mundo durante trescientos años, larguísima vida, y transitó durante ellos a lo largo y ancho del planeta Tierra. Vivió los siglos XVIII, XIX y XX, y, como es lógico, le sucedió de todo.

Hoy traigo una de sus aventuras en la ingente cordillera de los Andes, que tuvo lugar cuando, hacia 1750, por la fuerza de las circunstancias se vio obligado a huir de casa de la viuda que le acogió en las tierras altas peruanas... (El que quiera enterarse en profundidad de sus avatares lo tiene muy fácil; puede leer el Siglo de las luces , novela a que pertenece este fragmento, o la Edad de las tinieblas , primer libro de la serie).

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Mientras sucedía cuanto conté, durante todos aquellos años, había mantenido correspondencia con el convento de origen de Juan Everardo, sito en una lejana provincia española que nunca había visitado y a la que llamaban Rioxa, y de ella me llegaban puntualmente misivas hablándome de cuestiones que en ocasiones no comprendía, pero dada la lejanía de tal lugar hice caso omiso de sus requerimientos y me dediqué a informarles con todo lujo de detalles sobre mis actividades, para lo que hube de inventar un nuevo personaje, el escribiente de aquella casa, al que, imitando el rufianesco estilo que recordaba de nuestras conversaciones y aquellos escritos que guardaba en sus baúles, llamaba amado, ¡mi amado Domingo, licenciado supuesto, escribiente de calidad y auxiliar en mis escabrosos autos de fe, compinche de interrogatorios y camarada en las sesiones de tortura, que no exististe más que en la mente de los Inquisidores...!, pues como mi letra era perfecta dije que había sufrido un accidente en las tortuosas sendas por las que, en el servicio de Dios y la Iglesia, me veía obligado a transitar, y utilizaba un pendolista como auxiliar.

Durante mucho tiempo me pregunté cuánto tardaría en descubrirse la superchería, y viendo ya cerca el término de mis días en aquella casa comencé a pensar en la mejor forma de evadirme cuando llegara el momento, para lo que tracé varios planes. Al fin, tal y como había previsto, nueve años después de mi llegada a aquellas tierras y habiendo cubierto las sucesivas etapas que me llevaron a graduarme como doctor en leyes, al tiempo que llegábamos al ecuador del siglo, el que luego sería conocido como Siglo de las luces, recibí un buen día una confidencial misiva que, por las trazas, no había sido abierta por mano humana ni contemplada por otros ojos que no fueran los míos. «Nuestro Señor Prepósito don Juan Everardo...», que con estos o similares términos comenzaba, a los que seguían toda suerte de clarines y anuncios de futuros acontecimientos, los acontecimientos, precisamente, que yo desde siempre supe que acabarían sucediendo.

Es hora de partir, me dije, sí, es hora de partir. Gran labor desarrollaste, la propia de los maestros y sabios preceptores aun sin serlo, y de tu vida no te puedes quejar, Juan Evangelista, no Juan Everardo, que pasaste a la historia y tu persona se convertirá en humo y tu recuerdo será grato y ameno para quienes te conocieron y durante un tiempo te recordarán. ¿Juan Everardo...? Sí, excelente persona, y aquí está mi hijo que dará fe de ello si Su Eminencia lo demanda ... Es hora de cambiar de ámbito pues demasiado tentaste al Destino, Juan Evangelista, aunque lo dejaste todo bien dispuesto, tus riquezas amontonadas en casas de crédito y manos de amigos fieles y tu espíritu adornado por nuevas y provechosas sabidurías, ¿n'est-ce pas? Es hora de mudanza, hora de cambio y fin de mi tránsito por el mundo de los místicos y educadores por cuenta ajena. Adiós a todos, señora de la casa que tan bien me trataste, Pedro de Meneses, paisano de mis Españas y fiel amigo, y tu ingente familia que sin duda serán en el futuro personas de provecho para sus semejantes. Adiós, Rolando, que no serás capaz de explicarte mi abrupta desaparición, tú que tantas cosas me enseñaste, pero sobre todo, adiós, Andrés, que a tus quince años ya no tendrás necesidad de mí y deberás desenvolverte solo, como todos hemos tenido que hacer, por los infinitos caminos de la vida. Aprendiste los secretos de la aritmética, de la botánica, de la quebrada geología de estos lares, los tuyos; de la gramática y la horticultura y tantas otras disciplinas en las que pude iniciarte, pero sobre todo aprendiste a cantar, habilidad que sin duda te será de provecho en el futuro. ¡Adiós, Andresilllo, y no me eches en falta, porque quizás un día nos encontremos en donde ni tú ni yo sospechamos!

Por medio de Meneses me informé sobre los preparativos de alguna expedición que me llevara lejos, de las que a menudo se hablaba y cada pocos meses ocupaban lugar en las gacetas, y habiendo tenido noticias de una que parecía convenirme, debí inexcusablemente aprestarme para el inicio de lo que parecía ser una nueva etapa en mi vida, por lo que hice mis preparativos.

Me procuré ropas seculares, ropas de excelente calidad pues eran el disimulado embalaje de mis riquezas, y entre sus costuras, como antaño, oculté varias de aquellas piedras preciosas que la marquesa me diera y creía que podrían serme útiles llegado el caso, y las restantes las encerré, cuidadosamente envueltas, en una caja metálica que sepulté profundamente en un apartado lugar que juzgué a propósito, una llana meseta lejos de los caminos y señalada de inconfundible manera por un cruce de alineaciones de peñas lejanas que creía poder recordar en el futuro, un lugar que me pareció adecuado, alejado de cumbres y peñascales y a cubierto en cierta medida de los aludes, terremotos y otros cataclismos que allí son tan habituales.

–¿Os encontraré cuando algún día vuelva, mundanas riquezas, o habrán sucedido las catástrofes que ahora no puedo prever...? Juan Evangelista, ¿volverás algún día de tu aventura expedicionaria..., o por el contrario los Hados se cruzarán en tu camino y estas preocupaciones presentes resultarán infructuosas, como tantas?

Contemplé durante largo rato mis escarpados y abruptos alrededores mientras el sol se ocultaba tras las montañas, y aún hube de concluir lapidariamente y a modo de sentencia.

–Juan Evangelista..., ¿quién puede saberlo? Lo que importa ahora es tu desaparición sin dejar huella, pero eso no parece difícil de llevar a cabo en tan áspero lugar...

En aquella última etapa solía salir a cazar solo por las tardes, lejos de Rolando, que no era amigo de tal actividad, y del tumulto propio de la casa, y aunque casi nunca conseguía cobrar ninguna pieza, la reiteración de paseos vespertinos me sugirió una inmejorable forma de escapatoria sin dejar rastro alguno.

Una tarde salí como tantas otras, y llegado al punto que me convenía, el borde de un precipicio que discurría sobre un tumultuoso e inaccesible torrente, bajé de la montura, desgarré mi hábito, algunos de cuyos jirones arrojé sobre las zarzas de la empinada ladera, y tiré la carabina y las bolsas de cuero al suelo, pisoteándolas para que se confundieran con el polvo.

Luego, vestido con las duras ropas que bajo el hábito portaba y habiendo observado cómo mi montura, que era sumamente dócil, triscaba las escasas hierbas del borde del estrecho sendero y permanecía en el lugar sin alejarse, inicié aquella andadura que había de llevarme lejos, mucho más lejos de lo que entonces era capaz de imaginar, y cuando sobrepasé la última curva, antes de perder para siempre de vista el lugar, lo pensé una vez más: ¡Juan Everardo, nuestro apreciado capellán, orgullo de esta casa e inestimable preceptor de mi hijo, se accidentó en el torrente y su cuerpo nunca fue encontrado...!

Por cierto, que nunca supe que sucedió con aquellas pistas ni si mi ardid resultó, porque nunca volví a ver a ninguna de las personas que poblaban tan abigarrada mansión.

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Periplo del mundo salvaje

No hacía falta, en realidad, una nueva filiación para transitar por los agrestes paisajes, frondosos bosques y ásperas y múltiples quebradas de la parte sur del Nuevo Continente, así que cuando me preguntaron cómo me llamaba, y yo dudara, con zumba me dijeron, qué, ¿no sabe vuesa merced cómo se llama?, ¿de dónde procede su ilustrísima?, y yo dije, de Salamanca, momento a partir del cual me llamaron Salamanca.

Me enrolé en una suerte de expedición que partía hacia la costa atlántica atravesando lo más duro del continente, la cordillera de los Andes y la selva más virgen e inexplorada, y pretendía reconocer el terreno con vistas a establecer caminos practicables entre nuestro virreinato y las regiones orientales. El tremendo viaje que se avecinaba corría por cuenta de una sociedad sobre la que yo no tenía la menor noticia, una sociedad de españoles radicados en una ciudad que se asentaba en la lejana región del Río de la Plata, y juzgué que la distancia me proporcionaría un mejor disimulo de mi vida anterior. Los jefes de la correría, que prometía ser larga, eran españoles, como dije, o descendientes de españoles, y entre sus nombres descollaban recios y antiguos apellidos de abolengo, como el de un tal Mendoza, de quien se contaban cosas admirables y nos aguardaba en algún lugar de la lejana costa.

El tremendo viaje que se avecinaba, como decía, se iba a prolongar a lo largo de no menos de setecientas leguas, cantidad sobrecogedora, más para aquellos tiempos en que todo se llevaba a cabo con la sola ayuda de las piernas, pues los únicos medios de transporte en regiones tan deshabitadas como las que digo eran las caballerías, mulos y caballos mal preparados para transitar por terrenos que no eran los suyos, y las almadías que pudiéramos construir en los cursos de agua navegable que sin duda íbamos a encontrar, pero la realidad, como pronto iba a comprobar, fue aún mucho más dura de lo que imaginaba.

Allí se dio el primer caso en que precisé del concurso de todas las fuerzas de mi cuerpo. Antes nunca me había resultado necesario, pues mi vida anterior, si no regalada, había resultado cómoda, y durante las primeras semanas lo extrañé en grado sumo, sobre todo si se tiene en cuenta que debí acostumbrarme a seguir a la tropa a su ritmo, y con ello quiero decir que mis erráticos ciclos de vigilia y sueño se trastornaron, viéndome obligado a intentar dormir unas horas todas las noches, pero como semejante viaje fue muy desigual, y jornadas hubo en que no pudimos hacerlo de ninguna manera, entretenidos como estábamos en ímprobos trabajos y huidas sin fin ante las acometidas de las innumerables tribus que en tales territorios se asientan, saqué ventaja de todo ello sobre mis compañeros pues no lo necesitaba, y en no pocas ocasiones me constituí en insustituible vigilante de la caravana, y cuando los demás flaqueaban era yo el que tenía que dar ánimos a los demás y tirar de ellos con garganta y lengua, produciendo innumerables gritos que despertaban ecos sin fin y bandadas de pájaros que nos sobrevolaban alarmados. También sucedió lo contrario, y cuando me llegaban los sopores eran mis compañeros quienes de ninguna manera querían detenerse a esperarme, pero la presencia en aquella caravana de blancos, indios y negros libertos de un ser como Cornejo, personaje de mediana edad y que dirigía la tropa más como una incursión de estudio de la naturaleza que como una simple expedición guerrera, en lo que a la postre se convirtió, me alivió y consiguió que no me quedara atrás sumergido en aquel nuevo y fascinante, aunque peligrosísimo e intransitable, término.

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En: Novela en español
Permaenlace: Cuando Juan Evangelista huyó de la casa de la viuda
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Mi agradecimiento a los lectores que se encuentran interesados en la narración de las aventuras que conformaron mi larguísima vida. En la próxima entrega (que seguramente tendrá lugar la semana que viene) seguiré contando cosas.