La verdadera historia de Juan Evangelista

Biografía de alguien que, por difícil que resulte de creer, vivió más de trescientos años y recorrió el planeta Tierra en casi toda su extensión.

Novela en español

Martes, 16 Junio 2009 05:04:54 GMT

Influencia del alcohol sobre la escritura

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Trucos diversos sobre el arte literario. Capítulo primero.

Está demostrado que con la ayuda de un litro de cerveza pueden escribirse, cuando menos, doscientas palabras (1). Una novela normal tiene ochenta mil, es decir, cuatrocientas veces doscientas, de donde se deduce que con cuatro hectolitros de semejante bebida, que son una miseria, se puede escribir una novela, y estas son apreciaciones muy por encima de la media; lo más probable es que se pueda hacer con una cantidad mucho menor.

"La poesía y el alcohol caminan juntos bajo las estrellas".

(Proverbio de ignorada procedencia (2) que conocen muy bien la mayor parte de aquellos que se dedican a semejantes labores).

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1 Con un litro de sangre se puede componer una novela entera.

2 En realidad, debido a la pluma de Camargo Rain, al que de súbita forma vino a la mente mientras leía Ben Ammar de Sevilla, de Claudio Sánchez Albornoz (debe de ser que allí se dice algo muy parecido); hay que tener en cuenta que la prosa no es sino un caso particular de la poesía. A este respecto puede leerse lo que en la Gramática de la lengua española de Emilio Alarcos se dice sobre la curva y contorno de entonación, en la página 49 y siguientes, edición de Espasa promovida por la Real Academia Española en la colección Nebrija y Bello. Puede consultarse en internet.



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Sábado, 30 Mayo 2009 02:52:26 GMT

Paisaje en tierra extraña

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Juan Evangelista, que tanto y tan ancho mundo recorrió durante los trescientos años que duró su larguísima vida, ¿no pudo en mil y mil ocasiones contemplar el espectáculo que encima se muestra?
Pues sí, seguramente así sucedió, y aunque la foto está hecha desde una de las dehesas astellanas que tanto le gustaban, lo mismo podía haber sucedido en los Andes, en el archipiélago malayo o en aquella Italia que conoció cuando en compañía de Harriet fue a visitarla... Pero bueno, que para enterarse de todo es mejor leer los libros:
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Edad de las tinieblas
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Siglo de las luces
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Miércoles, 13 Mayo 2009 15:40:12 GMT

Vídeo clip sobre Juan Evangelista y sus aventuras

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He hecho una peliculita (más bien un vídeo clip) en la que se intenta ilustrar cómo es esto de Juan Evangelista, que vivió trescientos años...
Bueno, como es cortísima no se entiende nada, pero imagino que a más de uno le gustará. El enlace es el siguiente:
http://www.youtube.com/watch?v=LiitjbnFVTY
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Miércoles, 15 Abril 2009 05:16:58 GMT

Sobre los comentarios

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Hoy no pongo ningún texto, sino que hago una pregunta a los que siguen este blog. ¿Por qué nadie ha dejado nunca un comentario? Porque gente que se mete (no sé si a leer, aunque imagino que no, pues poca gente lee) hay bastante, al menos a juzgar por lo que dicen esos contadores que hay al pie de las páginas. Esta es una cuestión que me tiene intrigado, aunque imagino que se deberá a que esto no le interesa a nadie, que es lo más fácil de imaginar.
Bueno, de todas formas, agradecido, y si alguien quiere decir algo, ese es su derecho.
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Como también tengo otros blogs, pongo aquí algunas direcciones:
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El cuento del gnomo vestido de rojo

Yo me llamo Cacho Madera

Alubias con langostinos y mejillones

Desenterrando el tesoro

La fortaleza de Calatrava en el siglo XII



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Miércoles, 1 Abril 2009 05:10:00 GMT

ATAQUE A LA CARAVANA

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En la "Era de las máquinas", tercer libro de las memorias de Juan Evangelista –personaje que, como ustedes recordarán, vivió más de trescientos años–, no podía faltar el tránsito por el «lejano oeste», el legendario Far West del más prolífico género del Séptimo Arte y que a todos nos resulta tan familiar.

Sí, Juan Evangelista estuvo allí durante la Primera Guerra India, la guerra de Nube Roja (que tuvo lugar alrededor de 1850), pues como adelantado ingeniero de aquellos tiempos se encontraba contribuyendo a la construcción del Union Pacific, el primer ferrocarril que atravesó el continente norteamericano de costa a costa, y en tales pagos, amén de otras muchas aventuras que en el libro se detallan, le sucedió lo que se dice a continuación.

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ataque a la caravana

En uno de aquellos viajes me fue dado presenciar ese episodio que después tantas veces se ha relatado en las películas, ¡y qué digo presenciar!, sino vivir en mi propia persona el asalto a la larga caravana de carros de transporte que, vigilada de forma permanente por exploradores del país, serpenteaba por la herbosa y amarillenta llanura infinita. Aquellas agrupaciones de carros remolcados por bueyes y en ocasiones por mulas, que me recordaban las antiguas galeras de mi país, se desplazaban lentamente por la llanura en busca del siguiente puesto del ejército, fortificaciones de madera dispersas aquí y allá y que en ocasiones eran asoladas por ejércitos de indígenas. Durante su tránsito por las tierras deshabitadas pasaban por uno y mil peligros, enfermedades como el cólera, frecuentes y terribles tormentas y la constante presencia de indios, pues bandas de salvajes se presentaban continuamente ante los ojos de sus ocupantes y los hostigaban en busca de botín, por lo general, caballos. Las escaramuzas solían saldarse con unos cuantos disparos, pero en ocasiones aparecían desde detrás de cualquier colina grupos muy numerosos, y después de seguir a los carros durante horas desencadenaban uno de sus ataques, que consistían en una carga al galope. Para repelerlos se agrupaban los vehículos formando un círculo en lugares elevados que estuvieran defendidos por árboles y peñas, si se podía llegar hasta ellos, y en uno de aquellos círculos viví yo mi bautismo de fuego en la llanura americana.

Ellos eran trescientos o cuatrocientos, un verdadero ejército, y nosotros sólo cuarenta, y si se lo hubieran propuesto podrían haber pasado con facilidad por encima del lugar que ocupábamos, pero los grupos de jinetes indios se limitaban a dar vueltas alrededor de los carros disparando flechas y viejos fusiles desde sus caballos, y a retirarse tras las descargas. Una oleada seguía a la anterior, y acertarles desde nuestro resguardo era cosa fácil. Aquello era como tirar al blanco sobre seres desarrapados y poco menos que indefensos, y no me gustó hacerlo, pero habida cuenta de las historias que había oído contar, cuando muchedumbres de salvajes pintarrajeados atacaban a sangre y fuego a grupos reducidos –grupos que, por supuesto, eran aniquilados en su totalidad, no importando si entre ellos había mujeres o niños–, olvidaba mis escrúpulos y procuraba disparar con acierto.

Con la caída de la tarde, cuando ya había una cincuentena de cuerpos sobre la pradera, hubimos de enfrentar el ataque de un grupo más numeroso, algunos de cuyos miembros consiguieron introducirse entre los carros. Ante los gritos miré a mi espalda y observé que uno de aquellos atléticos salvajes pintarrajeados, un individuo joven, y no mentiré si digo que bien parecido, con un cuchillo entre los dientes, un hacha en la mano y expresión feroz, venía a la carrera hacia el lugar que ocupaba. Yo tenía en la mano la pistola, el revólver, y cuando el indio, enarbolando el hacha, se abalanzaba congestionado sobre mi persona, pensé, o tú o yo, y levanté el arma y apreté el gatillo. El indio se detuvo en los gritos y la desenfrenada acometida, se llevó las manos al cuello y se desplomó fulminado. Yo me levanté y, lo más rápido que pude, me arrojé bajo las ruedas del carro al tiempo de ver pasar a mi lado los caballos de varios de aquellos energúmenos que vaciaban sus armas sin el menor tino. Luego, tras un último y cerrado intercambio de disparos, no pocos gritos y el acuchillarse de algunos, los indios se retiraron llevándose a sus muertos y algunos caballos y se perdieron lenta y perezosamente en la distancia, y nosotros reanudamos el camino todo lo deprisa que pudimos, pues los indios no atacaban por la noche.

Aquel lance me dio en qué pensar, pues, ¿no era la vez que digo la primera en que mataba a un hombre cara a cara...? Muy distinta había sido mi presencia en anteriores combates, entre los que destacaban los que tuvieron lugar en Ciudad Rodrigo, pero aquella fue una guerra a distancia en la que nunca veías la cara al enemigo y te limitabas a disparar sobre bultos y sombras que no tenían entidad: eran, simplemente, el infiel. Sin embargo, en la ocasión que narro, antes de abandonar precipitadamente el escenario de la batalla me afané en buscar el cadáver de quien había matado, hombre joven que disponía de una larga vida por delante, alguien que sin duda tendría mujer e hijos esperándole..., para encontrarme con un cuerpo desfigurado al que uno de los sargentos que nos acompañaban había arrancado la cabellera, y con ella, la piel de media cara.

–Así no podrá entrar en su Paraíso. ¿No le parece a usted bien? Ellos harían lo mismo con usted. ¿Quiere que le cuente una historia...? –y ante mi indecisión, añadió–. ¿Sabe usted lo que sucedió la pasada primavera en el fuerte Kearney? Pues yo se lo diré: el comandante había llegado con cuatrocientos soldados, pero al cabo de unas semanas sólo le quedaban trescientos... ¿Tampoco oyó hablar de Fetterman? Era un capitán peligroso, uno de esos tipos que creen que lo saben todo. Salió con su compañía a perseguir a un grupo de indios que se pavoneaba en los alrededores del fuerte, y se encontró con una fuerza escondida de varios miles de pieles rojas... La acometida duró escasos minutos y todos fueron masacrados. Luego, durante meses en los que no se les enviaron refuerzos, los que quedaban en el fuerte resistieron como pudieron, faltos de toda comida y la imprescindible agua. Con la llegada de la primavera y la amenaza del ejército de Nube Roja, el comandante, en previsión de un inminente asalto, dio orden de encerrar a las mujeres y los niños en uno de los polvorines, y a un soldado negro el encargo de volar el reducto si los indios se adueñaban del fuerte. Al fin, debido a que los indios se retiraron, no se llevó a cabo semejante estrago, pero todas aquellas personas estuvieron a un paso de la muerte. Otros, sin embargo, no han tenido tanta suerte, y nosotros tampoco la tendremos si no nos vamos pronto de aquí. Apresúrese.



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Lunes, 16 Marzo 2009 11:46:25 GMT

ÚLTIMOS PASEOS EN TRANSATLÁNTICO

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En la canal del Maine, en las Antípodas occidentales, durante el legendario año de 2009, cuando todo hacía presagiar una época de bonanza pero los augures se empeñaron en echar abajo el systema. (Por mucho menos cortaron la cabeza a unos cuantos en Babilonia).

Por la radio se oye:
"Hemos acabado por agotamiento (¡cómprese un BMW y una moto!, y ahora un adosado, y ahora un mármol para la cocina, y ahora un mentiroso plan de pensiones que le sostenga en la vejez...) con esa cacareada era de bienestar, pero qué importa. Una era da siempre paso a otra, y la anterior estaba agotada, para comprobar lo cual no hay más que contemplar la televisión o escuchar (de lejos, con mucho cuidado y sólo durante unos segundos) los cuarenta criminales. Se impone inventar algo nuevo, porque en lo de volver a la edad del mamoneo, que cándidamente prometen los políticos, no hay ni que pensar".

Sí, paseando en transatlántico por la canal del Maine mientras los pardillos de este planeta trabajan... Bajo tenues luces estos ricos toman un té y aquellos bienpensantes un café, ¡qué plano y apagado es todo!, porque el mundo de las personas que creen en el systema está muerto, y sin embargo también aparece el carguero tripulado por chinos y senegaleses que sale de puerto en el momento justo porque es su ruta, y el cielo pintado de rosa y azul..., que no es el verde de la esperanza pero queda más o menos entonado. (Continuará).

(Nota: ¿Qué hubiera pensado Juan Evangelista, que vivió en primera persona trescientos años de devenir humano, de esta nueva e inesperada mutación económica si la vida le hubiera llevado a contemplarla? Suceden cosas muy extrañas últimamente, pero qué vamos a decir, sino que es ley de vida...).


Acopio aquí las últimas entradas en mis blogs, por si a alguien le entra la curiosidad:

El ataque de los demonios

Viaje a Marte

Últimos paseos en transatlántico

Foto de ballet

La negra sale del fondo

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

Patatas a lo pobre

A mí no me desvirgó mi padre...




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Martes, 3 Marzo 2009 09:26:25 GMT

Aventura en la República española

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Traigo hoy a colación un fragmento de " Perpétuum móbile ", el cuarto y último de los libros de memorias de Juan Evangelista, que se desarrolla durante el siglo XX. El texto que va más abajo cuenta una de las muchas aventuras que sucedieron al protagonista en el transcurso de la alborotada Segunda República Española, que él vivió en Madrid como delegado de la Cruz Roja. Por aquellos entonces debía de tener el aspecto de una persona de sesenta años, sobre poco más o menos.

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Como dije, yo tenía amigos en todas partes (en la Cruz Roja, en los sindicatos, en los bancos ingleses...), y durante aquellos años tuve ocasión de conocer y tratar a personajes variopintos. Por ejemplo, el negro Chevique. El negro Chevique, al que luego ahorcaron en un calabozo de la Modelo (quién, no se supo), era el que con suma añoranza decía, aquí los que tendrían que venir son Satalín y Molotouve, porque él, como sólo leía las revistas de los sindicatos, era un admirador de determinados personajes. El negro Chevique quería hacer las cosas bien, mil veces se lo oí decir acodado en la barra de un bar de la calle del Bronce, pero cómo se van a hacer las cosas bien cuando los que nos rodean tienen aficiones de salvajes y se dedican a voltear sillas por encima de su cabeza cogiéndolas con los dientes por la barra superior del respaldo..., porque aquello era lo que hacía el Matamares, que había venido de un pueblo costero de la Andalucía oriental. El matamares era el que decía,

–Dura e incierta es la vida del marinero...

... para concluir con hondo pesar,

–No hay suerte pa'l hombre honrao .

... y sus amigos sindicalistas atracaban bancos y, en los ratos libres, visitaban domicilios de personas pudientes. No pidas; tómalo, era su consigna.

–Vosotros sois muy valientes con quienes están en casa indefensos, porque la burguesía nunca se atrevió a empuñar las armas, pero ya veremos lo que ocurre el día que os saquen a tiros de algún lado, o cuando nos alcance esa batalla que está a punto de alcanzarnos a todos. No sé cómo no os da vergüenza andar de un lado a otro requisando joyas que luego os metéis en el bolsillo.

El que parecía jefe de aquellos muchachos, pues ninguno llegaba a los treinta, lucía en la gorra un emblema rojo y negro a guisa de galón.

–En realidad no lo hemos requisado, don Juan, no piense usted mal de estos pobres proletarios, que estaba abandonado delante de una casa y ya no era de nadie, ¡fíjese que automóvil tan magnífico! Su dueño ha huido al extranjero cuando se ha enterado de que íbamos a hacerle una visita. Alguien le habrá dado el soplo, porque esto está lleno de infiltrados, pero a nosotros nos ha servido para pasear como esos burgueses que usted dice. Ahora pensábamos ir a un establecimiento, y ya que le hemos encontrado..., ¿quiere acompañarnos?

El Río Club era un cabaret que estaba entre los dos Carabancheles, y aquella noche había actuación. Dejamos el coche en la puerta y ellos entraron en tromba, difícilmente refrenados por los porteros. La actuación había comenzado, y en seguida se alzaron voces reclamando silencio. Mis acompañantes, a los que salía el licor por las orejas, no sin gritos e insultos de muchos de los presentes consiguieron acercarse al escenario e instalarse en una de las primeras filas, detrás de lo que me parecieron unos matrimonios jóvenes, todos muy trajeados.

Luego se hizo la calma y la actuación prosiguió. Una muchacha cantaba una canción de moda acompañada por una orquestina, y mis conocidos, quizás impacientes ante el aire angelical de la música, comenzaron a gritar y aplaudir junto a las orejas de quienes estaban delante. Luego, no contentos con ello, se levantaron todos a una y, de la forma más discordante y puño en alto, comenzaron a entonar la Internacional. ¡Nunca lo hicieran!

Al principio hubo voces de protesta, sí, mientras ellos contemplaban insolente y chulescamente al personal que les abucheaba –pues no en vano llevaban pistolas en el cinto–, pero luego, de repente, aquellos que me habían parecido unos matrimonios se levantaron como rayos de sus asientos, cogieron las sillas y se las estrellaron a mis amigos en la cabeza, y eso que sólo eran tres. ¡Allí fue Troya!, que se suele decir, y pocas veces he visto una cosa tan rápida. Un instante después yacían los sindicalistas en el suelo, debatiéndose desesperadamente y chorreando sangre por doquier..., que ni oportunidad tuvieron de sacar las pistolas, mucho menos de hacer uso de ellas, y si a mí no me tocaron ello se debió a que, siguiendo el ejemplo del numeroso público, me aparté apresuradamente hacia la puerta una vez comenzada la refriega. La batalla concluyó en brevísimo y se oyeron unas voces, ¡la policía, la policía...!, todo el mundo salió corriendo y entraron unos cuantos guardias de asalto que, mientras intentaban levantarles del suelo, les dijeron, camaradas, ¿qué habéis hecho...?, no sabéis con quién os habéis metido, ¡el clan de la Veci!, gitanos de Andalucía, suerte habéis tenido de quedar vivos, a veces trabajan para los fascistas, ¿qué van a decir en la Dirección...?, ¿cómo se os ha ocurrido hacer una cosa así?, a ver, ¿quién es el que manda aquí?, y uno de ellos, que parecía ser el que llevaba la voz cantante, señaló en mi dirección.

–Bueno, pues venga –dijo el guardia–, todos al cuartelillo que vamos a poner esto en claro –y allá fui con los damnificados, que a duras penas podían caminar.

Llegamos y nos encerraron en un calabozo, y al cabo aparecieron unos guardias que dijeron,

–Desnudaros todos, que vienen los fumigadores... La ropa ahí, en un montón.

... y aunque la medida no me pareció inadecuada, porque aquellos mozos no probaban el agua ni en las comidas, dábase la circunstancia de que yo portaba entre las ropas un diamante enorme –una de las joyas de la marquesa–, que desde antiguo y en ocasiones solía llevar encima convenientemente escondido por si se presentara alguna contingencia inesperada.

–¿Qué hacer? –me dije, pero al instante lo supe.

Con el mayor de los disimulos la extraje de su escondite... y me la tragué. Luego pensé, aquí me las den todas, y observé que en el montón que se iba formando habían caído varias pistolas, que fueron de inmediato requisadas por los guardias.

–¡Todos contra la pared! –se oyó, y al instante fuimos rociados abudantemente con alguno de aquellos elixires que se utilizaban para matar los ácaros...

De aquel lance salimos bien –yo con el diamante dentro– porque al fin, tras muchas firmas, papeleos y gritos con el puño en alto, nos echaron de la comisaría. Sólo éramos una pandilla de borrachos que habían cogido por la noche, y eso, ¿a quién podía interesarle, dado lo que estaba sucediendo en las calles...?, y mientras montábamos de nuevo en el coche que nos había traído, lo pensé.

–¡La única vez que me han obligado a desnudarme, y ha tenido que suceder en la afamada Segunda República Española...!

... aunque el diamante lo recuperé durante el transcurso de la mañana, claro es.

Al día siguiente, en un periódico, con gruesos caracteres decía, ¡Carnaval en Río!, y continuaba, unos matrimonios han puesto fuera de combate a varios miembros de un sindicato; una de las señoras estaba embarazada, pero parece que no hay riesgo de aborto; los heridos fueron conducidos al hospital, en donde se les practicó una cura de urgencia... (etc.).

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A este respecto, y en lo que se refiere a estos libros, pueden verse los siguientes enlaces:

Edad de las tinieblas

Siglo de las luces

Tetralogía de Juan Evangelista



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Domingo, 15 Febrero 2009 07:18:59 GMT

Desenterrando el tesoro

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Pongo hoy un trozo de la "Era de las máquinas", el tercero de los libros que Juan Evangelista escribió a guisa de memorias durante los años finales de su larga vida. En él habla de algo que le sucedió a finales del siglo XVIII en la región de Champagne, es decir, en plena Revolución francesa, acontecimiento al que también (como a tantos otros) asistió. Él sabía dónde estaba enterrado un tesoro, y como no iba a dejárselo a los franceses, que habían matado a Isabelle, su amada de entonces...

El que quiera enterarse de todo lo que le sucedió..., en fin, que no le va a quedar más remedio que leer el libro entero.

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Mi único acompañante de los meses que cuento fue un viejo asno que hizo la mayor parte del trabajo, pues era él quien a duras penas arrastraba el mugriento carro en que me desplazaba y en cuyo interior se agolpaban baratijas sin fin que, para mayor disimulo, yo vendía en las alhóndigas y plazas de los lugares que atravesaba durante los largos días de camino. La caridad de las gentes del campo me dio cuartel en aquellas tierras extrañas que mediaban entre la ciudad de París y la renombrada región de Champagne, puesto que durante los viajes me permitían guarecerme de las inclemencias y dormir en cuadras y portalones. Con el correr de las mañanas y de pueblo en pueblo me dejaba caer por los lugares de reunión, y luego, una vez finalizado el mercado y cuando los labriegos recogían sus pertenencias, acudía a las tabernas y daba en ellas nuevas muestras de mis habilidades, mientras los parroquianos, ignorantes de lo que acontecía, me arrojaban monedas de cobre que yo recogía dando muestras de agradecimiento... Al fin, llegado con los días a mi meta, los bosques que rodeaban la casa de Champagne, simulando seguir el camino me internaba en lo más profundo de los bosques, y tras una noche de trabajo apartando piedras y volviéndolas a colocar, habiendo provisto mi oculta bolsa daba media vuelta y emprendía el camino de regreso.

El nombre de guerra que adopté para tal lance fue el de Pascual Bailón, como en anterior asiento me conocieron los monjes en el convento de Úbeda, y ocasiones sobradas tuve para demostrarlo, pues uno de mis fuertes eran los embustes, las leyendas medievales y los cuentos chinos, los pretendidos malabarismos, los trampantojos y los groseros juegos de magia que había almacenado en el magín durante más de cien años. Cuando en ello era rechazado y grupos de desenvueltos mozos pretendían tomarme a chacota o apedrearme, que de todo hubo, me convertía en santón, en humilde anacoreta, en dulce e inofensivo ere-mita venido de la lejana Bohemia, que bien a las claras lo mostraba en la luenga barba que me dejaba crecer y en mi desmesurado hábito, y no se extrañen por ello, pues hubiera llevado hasta el gorro frigio si necesario hubiera sido, pero entonces ya no era moda entre los paisanos y me contenté con lucir ostentosamente la tricolor, que era algo que respetaban todas las facciones. Mis discursos, por otra parte..., había que escucharlos. Acompañado de una campanilla, la flauta en la diestra, la mirada punzante, el atabal cruzado en la espalda..., clamaba cuando me convenía y con chillona voz acerca de la hora Prima, de la hora Sexta, de los sagrados árboles de la libertad de época anterior, del sistema métrico decimal –entonces en ciernes, pero del que tenía ciertas nociones por mis abundantes lecturas–, y hasta de los cuatro jinetes del Apocalipsis, por lo que con el tiempo llegaron a conocerme en la mayor parte de los establecimientos del camino y mi presencia celebrada en plazas y mercados cuando en ellas hacía aparición.

Realicé de esta guisa dos o tres viajes haciendo acopio de lo que allí me llevaba, el oro escondido, excursiones nocturnas entre bosques que nunca me depararon ninguna sorpresa, pero durante la que juzgaba que iba a ser la última tuve un inopinado encuentro que no acabó mal por pura casualidad.

Un atardecer, al llegar al lugar en que estaban enterradas las monedas, descubrí con sorpresa en el barro huellas recientes de lo que me pareció un perro, y no me confundí, pues aquella misma noche, cuando tras varias horas de trabajo me disponía a cerrar el túmulo, oí detrás de mí un sonido inconfundible. ¡Era el familiar gruñido de Sansón!, que, quién sabe cómo, había dado conmigo.

Me volví como un rayo y vi que sus llameantes ojos me observaban desde la linde de los árboles; la lengua le colgaba de la boca agitada. Le silbé amigablemente, pero el perro gruñó de nuevo y levantó tierra con las patas como si se dispusiera a atacarme. Yo, con movimientos lentos y sin perderle de vista, tomé del suelo la espuerta de grueso cuero que utilizaba para cargar las monedas y me la enrollé en el brazo como pude. Luego tenté el arma que llevaba en la cintura...

El perro dudaba sobre qué hacer, pues seguramente no confiaba en sus fuerzas, de forma que le azucé simulando emprender la huida, y en cuanto le di la espalda noté que corría en mi dirección. Me volví, y cuando tras un par de brincos saltó sobre mí rugiendo sordamente, dejé que clavara los dientes en el brazo en el que me había enrollado el cuero, y cuando él creía que me tenía preso y comenzaba a revolverse, enarbolando un afilado cuchillo de cocina que solía portar por lo que pudiera suceder..., con la mano que me quedaba libre se lo clavé en el vientre. El mordisco se aflojó al instante, y el perro, herido hasta lo más profundo, exhaló un hondo gruñido y rodó entre las hierbas agitando las patas al aire; al fin, tras un último y sonoro estertor, se derrumbó inmóvil, aparentemente muerto.

A continuación me vi en la necesidad de esconderle, pues su cadáver resultaba muy acusador en aquel lugar, de forma que lo arrastré lejos, y como el cuerpo era pesado y yo no podía perder el tiempo porque pronto iba a amanecer, con una gran piedra atada precariamente al cuello acabé tirándolo al río en un lugar que me pareció adecuado, una poza que parecía ser de cierta profundidad y se enseñaba aguas arriba, en la que confiaba que los peces llevaran pronto a cabo su cometido.

¡Pobre Sansón, y en qué mala hora apareció en donde no debía!, pero él era ya un perro viejo y artrítico y poco pudo hacer ante mi cruel engaño, que sin duda no esperaba. Yo no hubiera querido hacerle mal, pero no me quedó más remedio que llevar a cabo lo que relaté, pues sus ladridos y correrías por el lugar podían haber puesto a sus amos sobre la pista de lo sucedido.

La mañana me cogió en el camino, saliendo de los últimos bosques, y en la entrada del pueblo detuve mi alocada huida y simulé estar durmiendo debajo del carro. Los niños que me descubrieron me despertaron con gritos alusivos a mi nueva circunstancia, ¡Pascual Bailón!, ¡ha venido San Pascual Bailón!, y aquel día no lo dediqué a recorrer el mercado y las tabernas, como había hecho en viajes anteriores, sino a huir avizorando con los dos ojos las personas que encontraba a mi paso, pues quién podía saber si alguien me iba a reconocer...

Nada de ello sucedió, y con mi preciada carga escondida bajo las desbaratadas tablas del carro procuré alejarme cuanto antes de aquella región, a la que esperaba no tener que volver jamás. Al fin, al caer la noche, cuando me vi lejos, entre las personas absolutamente desconocidas de la posada en que me alojaron, con un vaso de vino en las manos respiré con un alivio como pocas veces recordaba haber sentido.

¡Ay, los franceses! ¡Si ellos supieran a quién habían socorrido y lo que ante sus narices había tenido lugar!, porque, como he contado, durante casi un año mi presencia fue harto conocida y celebrada en la región de que procedía Isabelle, ¡aquí llega Pascual Bailón!, bohemio arrojado de su país por el opresor absolutismo que lo gobierna y camina junto al destartalado carro en el que porta sus pretendidas riquezas de papel rizado, hilos de colores y cacharrería diversa, hacedor de largas y frecuentes caminatas a lomos de su borrico, entendido en juegos malabares y virtuoso en las difíciles artes de los sacamuelas y tañedores de caramillo...

Aquella bien pudo haber sido una exacta definición de mi persona entre los paisanos de la Champagne, y muchos así lo creyeron, pues las apariencias resultan a veces incuestionables y pocos poseen el discernimiento para desenmascararlas..., pero había que ver también a Juan Evangelista en París, ocupante de una de las mejores y más soleadas boardillas que al Sena se asomaban, lobo solitario que en los atardeceres entra pulcramente vestido en los cafés, aquellos cafés que antaño –aunque tampoco muchos años atrás– fueron nido de revolucionarios jacobinos y hoy apacibles salones en donde se discute sin alzar la voz sobre la conveniencia del Directorio o del Imperio... Sí, Juan Evangelista, perulero renombrado, quizás agente enmascarado de alguna sociedad del casi extinto imperio español o foráneo que trabaja para los odiados ingleses, pues tales son sus opiniones; rico atildado, desde luego, y amigo de sus amigos, como siempre lo fue, aunque pertenezcan al país de los franceses... Juan Evangelista, además, que se disfraza para entrar en las instituciones crediticias, pues sus artes de disimulo no se restringen a las correrías campestres sino que se extienden a las respetables casas de cambios que a pocos aceptan, tocado de levitón, sombrero y bigote postizo, él, que nunca fue amigo de faramallas pero ahora convertido a los nuevos usos por mor del correr de los tiempos y las circunstancias, de las que tantas y tan diferentes pudo ver...

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Los dos primeros libros de esta serie se pueden ver (y conseguir) en los siguientes enlaces: " Edad de las tinieblas " y " Siglo de las luces ".

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Domingo, 1 Febrero 2009 06:31:56 GMT

Nuevas explicaciones sobre lo inexplicable

Hoy, en vez de texto, pongo un enlace a una página nueva en la que se explica una vez más cómo es esta historia de Juan Evangelista, personaje que, inexplicablemente, vivió más de trescientos años y recorrió la faz del planeta Tierra en casi toda su extensión. Claro, pues en trescientos años hay tiempo para eso y para mucho más.

El enlace es "Tetralogía de Juan Evangelista, niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario" , que con sus solas fuerzas se las apañó para… (y bla, bla, bla).

De paso, en esa misma página podéis tener noticias de otras cosas que he escrito, leer trozos de ellas e ilustraros sobre algunas de las recetas de cocina que más me gustan, que de todo hay y a todo hay que atender.



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Lunes, 19 Enero 2009 08:05:35 GMT

La cueva

En la "Edad de las tinieblas", el primero de los cuatro libros en los que Juan Evangelista describe su dilatada vida, está este texto que se refiere a cuando el protagonista tenía diez o doce años, esto es, hacia 1720, y por circunstancias allí se detallan, tuvieron que huir de Castilla y refugiarse en el vecino país de Portugal.

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Un antiguo soldado de Flandes, amigo de faramallas y filaterías, capigorrón por más señas, y rufián de alquiler y embeleco, al que mi padre en sus años mozos había dado seguramente revesa en alguna casa de conversación, fue quien por despecho movió el negocio, tan mal negocio para nuestros intereses que acabamos huyendo una vez más a campo traviesa y lejos de nuestro habitual lugar de residencia, la ciudad amurallada que me viera nacer.

La Inquisición, la Audiencia, el Santo Oficio, los parientes y sus ayudantes, hombres de negro, común color de la época, con las rojas cruces de sus Órdenes sobre los hábitos y desde sus lejanos aposentos compusieron la orden y la firmaron. La orden, en nombre del Rey, era seguramente falsa y amañada, y mi presencia física celosamente vigilada por mis padres, que nunca consintieron en que se me viera de puertas afuera, en la vega, la gran finca en el campo y lugares adyacentes, parajes adonde sólo viajaba en carromato cubierto cuando ya tenía el saludable aspecto de un infante de siete años, pero era tal la cantidad de historias que corrían sobre el niño diablo de la casa del antiguo Ordenador –por entonces músico y hacendado, novator y labriego, guardián y encargado de los caballos del Rey– que los acontecimientos se precipitaron, y lo que a la larga había de suceder se presentó de improviso y cuando menos lo esperábamos.

Pues, como dije, la Inquisición, la Audiencia, quién sabe quién, inducida a ello por la envidia, la avaricia, la codicia, las malas lenguas, la ignorancia o las oscuras razones de quien posee insospechados poderes, tomó cartas en el asunto y una mañana tuvimos una inesperada visita en la persona de don Juan, con el resultado de que mi padre matara a un alguacil o inquisidor, ¿qué más da?, que había ido a nuestra casa sin ser invitado y con el exclusivo fin de prenderme. Hace muchísimo de esto, y constituyó un lance más de los muchos que, de aquella traza, sucedían cotidianamente en los tiempos que narro.

Era don Juan un conocido entonces, aunque antiguo amigo de correrías de mi padre, es decir, alguien que nos resultaba familiar, pero que por ambición, mérito o mala intención, se avino a llevar a cabo el trabajo que nadie quería hacer. Vino de otra comarca, leguas allende, y se presentó como amigo, aunque embozado. Conferenció breves instantes con mi padre en su despacho, y a partir de ahí se desencadenó uno de los mayores zafarranchos que me haya sido dado contemplar. Primero fueron voces altisonantes, luego ruidos de pesados muebles derrumbarse, y al fin todo se volvió boca abajo, más para los ojos de un niño que nunca había visto correr la sangre sino en los mataderos o los periódicos sanmartines. Las estocadas recorrieron el pasillo, y la fuerza y habilidad de los músculos se pusieron de manifiesto, ¡torpeza la de mi homónimo don Juan en presentarse allí solo aquella mañana! Él había dicho, orden del Rey, el Rey lejano no sabía nada pero él dijo, ¡orden del Rey!, mientras, de pie y observado por mi aterrada madre, enarbolaba un grueso papel al que se adivinaban las letras negras. Luego mi padre desenvainó la daga, se acometieron, y don Juan, el confiado, el torpe, el ciego y engreído de sus propias fuerzas, acabó traspasado por el acero, degollado en el suelo, boqueando y pidiendo a gritos confesión, tan negra estaba seguramente su conciencia, de resultas del cual suceso mi padre ordenó inmediatamente enjaezar las mulas, engancharlas a un carruaje entoldado y hacer desaparecer el acusador cuerpo en el monumental horno de la cocina, al que nunca me habían dejado acercarme.

Las cosas, como decía, se pusieron tan mal, más después de lo que acababa de suceder, que nos cambiamos de casa de nuevo. En aquella ocasión, tras muchas vueltas y revueltas por sombríos caminos carreteros, algunos días ocultos en ruinosas construcciones en lo más profundo de los montes y otros agasajados por ilustres conocidos de mi padre que nos recibieron en sus posesiones con los brazos abiertos, acabamos instalándonos, tras cruzar la raya fronteriza e innumerables y peladas sierras, en un poblado sito en lo que llamaban el Vale del Lobo, en el extremo norte del Alentejo, un lugar a resguardo y alejado de las más frecuentes rutas de comunicación.

Aquel lugar era un poblado perdido en lo más hondo de una serranía quebrada, un lugar dejado de la mano de Dios y muy a propósito para lo que eran los planes de mis progenitores, es decir, desaparecer de la pública y notoria vida que llevábamos en nuestro lugar de origen de la Corona de Castilla. Mi padre lo había comprado a la familia de un antiguo conocido portugués que un día se embarcó rumbo a los mares de la China y había sido declarado muerto, y se parecía a lo que luego, con el tiempo, había de llamarse rancho en otras latitudes. Se componía de una gran casa, rodeada de árboles, y dos docenas de cabañas que no osarían ocupar ni los porqueros de Ciudad Rodrigo. Las personas que lo habitaban eran humildes campesinos, porque aquella parte del mundo vivía al margen de la civilización que lo circundaba, un lugar entre sierras al que nunca llegaban noticias ni viajeros, como no fueran los extraviados.

Nosotros, claro es, nos instalamos en la casa grande, que hubo que arreglar, y durante un par de años vivimos rodeados de criados, regalo del que tan escasos estuvimos en nuestra última etapa en la llanura castellana. Mi padre, durante los años que cuento, se dedicó a mejorar las habitaciones de aquellos seres y los campos circundantes, para lo que, aplicando sus conocimientos, que eran muchos, y ayudado por los pobladores de aquel yermo, construyó un viaducto que traía la necesaria agua desde las fuentes de los vecinos montes.

–¡El agua...! Juan Evangelista, ¿no oíste decir que sólo hay agua donde la Tierra se derrumbó y quedaron las montañas?

Yo, que nunca antes había podido hacer una vida normal, es decir, rodeado de seres de mi edad, procuré expansionarme entre aquel cúmulo de desharrapados y trabar amistad con quienes me rodeaban, no sólo las personas sino también los animales, los conejos, perros, gallinas, cerdos y vacas que, entre enormes montones de basura, desarrollaban su vida diaria. A los animales los conocía de sobra, pues ellos fueron mis únicos amigos durante toda la etapa anterior, si exceptuamos a la niña de los ojos violetas y los que luego conocí en la hacienda de ignoto nombre en donde estuvimos algunos años.

–¡Al niño diablo...!

Nosotros nos las prometíamos muy felices, y durante los primeros años, servidos por criados, como digo, y aprovisionados de cuanto pudiéramos desear, lo fuimos, pero una vez hubo una guerra y pasó por allí un ejército, o alguna unidad de un ejército, seres tristes y desorientados, pobremente vestidos y peor armados que no hicieron ninguna tropelía pero se llevaron los pocos artículos comestibles que encontraron y casi todos los caballos, y mi padre, que lo tenía todo previsto, en previsión de insospechados peligros nos escondió en un lugar especial, una gran cueva cercana a nuestra aldea y que él había mandado acondicionar, en donde vivimos mientras duró el conflicto.

Les describiré ahora la cueva.

Estaba en un paraje de aquella comarca al que llamaban el valle del Lobo, un lugar descampado en la ladera de una sierra quebrada y pedregosa a escasa distancia de nuestro pueblo. Presentaba abundantes signos de haber estado habitada con anterioridad, y ante la abertura que hacía de puerta había una gran extensión de tierra fértil salteada de árboles, algunos de adorno pero la mayoría útiles, como alcornoques, nogales, olivos, castaños y otros frutales.

La cueva tenía su entrada en una gran concavidad de la roca que hacía las funciones de antesala, en donde estaba el hogar, el fuego, y a continuación, tras una separación compuesta con tablas y un altísimo y sucinto túnel, se tenía acceso a las habitaciones propiamente dichas. Eran tres las salas de que disponíamos. La primera era grande, alta y pétrea como una catedral, y junto al fondo un pequeño manantial manaba incesante; cuando llegamos el suelo estaba encharcado, pero mi padre, con la ayuda de los hombres del pueblo, lo encauzó debidamente con losas de piedra, y a partir de entonces tuvimos un susurrante arroyuelo dentro de casa que nunca dejó de fluir. Las dos habitaciones del fondo, cuevas de paredes de piedra también, las usábamos como dormitorios, y su suelo era de suave y rojiza tierra apisonada por la que se podía caminar descalzo sin ningún temor. Nos alumbrábamos con las velas y candiles que se usaban habitualmente, pero duraban mucho más porque en las cuevas no existen corrientes de aire, fruto de lo cual son sus altas y claras llamas y su larga duración, y además sólo lo hacíamos durante las horas de sombra y el largo invierno, pues la luz solar, aunque tenue, se daba arte para penetrar hasta el último rincón.

En el interior de la cueva reinaba siempre una temperatura propia del Edén. En invierno, los crudos inviernos de aquel país, no era preciso encender fuego, y en verano, los ardientes veranos que se prolongaban desde San Isidro hasta San Francisco, estar dentro, defendidos por murallas de roca pura, sobre todo en las partes más profundas, constituía una delicia que ni modernamente, con todos los adelantos que nos rodean, he vuelto a experimentar. Mi padre, sin embargo, entarimó buena parte de su sala principal, y bajo ella colocó una gloria que había de ser la calefacción, pero habida cuenta de las favorabilísimas circunstancias de que hablé, no la encendimos casi nunca, y cuando lo hacíamos era para utilizarla como eficaz horno en donde cocer el pan.

Las huertas que cultivaron sus antiguos habitantes se adivinaban, abandonadas y llenas de hierbas, en una vaguada que se extendía entre la cueva y las lindes del bosque, y eran regadas por un arroyo que la recorría. Aguas arriba se observaban los restos de primitivos diques y canalizaciones, amén de los soportes de lo que yo creí noria y resultó ser artificio hidráulico, que mi padre reparó y nos hizo gran servicio, aunque de ello hablaremos llegado el momento.

Los bosques que nos rodeaban eran de robles y castaños, muchos centenarios y retorcidos, pero todos utilísimos pues nos proveían de frutas y madera sin fin, y su suelo un tapiz de helechos y otros arbustos, en algunos lugares impenetrables, a cubierto de los cuales los animales salvajes hacían su vida diaria.

En resumen, ¿era aquello La Arcadia...? Pues sí, algo así, de forma que cuando declinaron los sucesos que nos habían llevado a aquel lugar, fuimos primero posponiendo el regreso, y luego, pasados varios meses, decidimos quedarnos en él. Además, el pueblo había quedado medio vacío por avatares políticos, cual fue la consiguiente leva, y durante un cierto tiempo desaparecieron casi todos los hombres útiles para el trabajo.

Y ahora, permítanme que les hable de nuestros estivales conciertos en la boca de la cueva, porque nosotros, mis padres y yo, a pesar de las iniciales dificultades de nuestra nueva vida, también disfrutamos de muchos y maravillosos momentos, ya que éramos gente de recursos y educación esmerada.

Mi madre, como conté, tocaba la flauta, y durante los tiempos anteriores había procurado enseñarme sus rudimentos, pero una vez instalados en aquel paradisíaco lugar, tan bucólico y silencioso, me sentí impelido a perfeccionar mis competencias sobre tales artes, y con su inestimable y paciente ayuda me interné por caminos que al principio me parecieron sencillos, y luego, con los años, se revelaron inagotables. Ella, sin embargo, no se limitó a enseñarme lo que se refería a la cabal correlación de los dedos sobre la madera, sino también a lo que significaban las particellas y sus diversos signos –teóricas labores en las que a solas con el metrónomo me las hube de ver muchas noches–, así como los fundamentos de la fabricación de tan pastoriles instrumentos, que con sumo cuidado y dedicación se podía abordar tras conseguir el material adecuado, simples cañas que debían secarse y horadarse de la manera apropiada .

El repertorio de mis padres era amplio pues llevaban muchos años haciendo música juntos, y yo procuré ponerme al día con la mayor rapidez posible, pero ello no me resultó difícil porque a mi repentina afición habría que sumarle la facilidad con que de joven se aprende todo. Mi padre, además, era un virtuoso, pues se atrevía hasta con las difíciles piezas de los maestros, de los que tenía muchísimos libros, y de mi madre, ¿qué voy a decir...?, más en aquel escenario suntuoso, y es que el sonido de las cuevas, sonido uniforme y consonante, desde luego, y eufónico y melodioso, clamor que sube y baja y con sus inaudibles ecos envuelve en su seno a cuanto comprende y no permite que la cabeza humana se olvide de tan señalado encantamiento...



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Viernes, 2 Enero 2009 12:39:36 GMT

Aquí comienza el 2009

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Camargo Rain, fotógrafo, autor de numerosos cuentos chinos y otras narraciones, ala-pívot en los ratos libres, correcaminos, cocinero por obligación y músico por afición, aficionado a la cerveza y otras hierbas, defensor de la gramática y observador de los cielos estrellados... –amén de otros títulos que me callo–, aprovecha la ocasión para desear a todo el personal que lo pase lo mejor posible en este 2009 que nos ha llegado de manera tan discreta, y ya que estamos de recomendaciones, para enviaros estos enlaces (son los de mis blogs) que a lo mejor os divierten.

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Martes, 16 Diciembre 2008 12:20:41 GMT

ATAQUE A LA CARAVANA

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En la "Era de las máquinas", tercer libro de las memorias de Juan Evangelista –personaje que, como ustedes recordarán, vivió más de trescientos años–, no podía faltar el tránsito por el «lejano oeste», el legendario Far West del más prolífico género del Séptimo Arte y que a todos nos resulta tan familiar.

Sí, Juan Evangelista estuvo allí durante la Primera Guerra India, la guerra de Nube Roja (que tuvo lugar alrededor de 1850), pues como ingeniero de aquellos tiempos se encontraba contribuyendo a la construcción del Union Pacific, el primer ferrocarril que atravesó el continente norteamericano de costa a costa, y en tales pagos, amén de otras muchas aventuras que en el libro se detallan, le sucedió lo que se dice a continuación.

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ATAQUE A LA CARAVANA

En uno de aquellos viajes me fue dado presenciar ese episodio que después tantas veces se ha relatado en las películas, ¡y qué digo presenciar!, sino vivir en mi propia persona el asalto a la larga caravana de carros de transporte que, vigilada de forma permanente por exploradores del país, serpenteaba por la herbosa y amarillenta llanura infinita. Aquellas agrupaciones de carros remolcados por bueyes y en ocasiones por mulas, que me recordaban las antiguas galeras de mi país, se desplazaban lentamente por la llanura en busca del siguiente puesto del ejército, fortificaciones de madera dispersas aquí y allá y que en ocasiones eran asoladas por ejércitos de indígenas. Durante su tránsito por las tierras deshabitadas pasaban por uno y mil peligros, enfermedades como el cólera, frecuentes y terribles tormentas y la constante presencia de indios, pues bandas de salvajes se presentaban continuamente ante los ojos de sus ocupantes y los hostigaban en busca de botín, por lo general, caballos. Las escaramuzas solían saldarse con unos cuantos disparos, pero en ocasiones aparecían desde detrás de cualquier colina grupos muy numerosos, y después de seguir a los carros durante horas desencadenaban uno de sus ataques, que consistían en una carga al galope. Para repelerlos se agrupaban los vehículos formando un círculo en lugares elevados que estuvieran defendidos por árboles y peñas, si se podía llegar hasta ellos, y en uno de aquellos círculos viví yo mi bautismo de fuego en la llanura americana.

Ellos eran trescientos o cuatrocientos, un verdadero ejército, y nosotros sólo cuarenta, y si se lo hubieran propuesto podrían haber pasado con facilidad por encima del lugar que ocupábamos, pero los grupos de jinetes indios se limitaban a dar vueltas alrededor de los carros disparando flechas y viejos fusiles desde sus caballos, y a retirarse tras las descargas. Una oleada seguía a la anterior, y acertarles desde nuestro resguardo era cosa fácil. Aquello era como tirar al blanco sobre seres desarrapados y poco menos que indefensos, y no me gustó hacerlo, pero habida cuenta de las historias que había oído contar, cuando muchedumbres de salvajes pintarrajeados atacaban a sangre y fuego a grupos reducidos –grupos que, por supuesto, eran aniquilados en su totalidad, no importando si entre ellos había mujeres o niños–, olvidaba mis escrúpulos y procuraba disparar con acierto.

Con la caída de la tarde, cuando ya había una cincuentena de cuerpos sobre la pradera, hubimos de enfrentar el ataque de un grupo más numeroso, algunos de cuyos miembros consiguieron introducirse entre los carros. Ante los gritos miré a mi espalda y observé que uno de aquellos atléticos salvajes pintarrajeados, un individuo joven, y no mentiré si digo que bien parecido, con un cuchillo entre los dientes, un hacha en la mano y expresión feroz, venía a la carrera hacia el lugar que ocupaba. Yo tenía en la mano la pistola, el revólver, y cuando el indio, enarbolando el hacha, se abalanzaba congestionado sobre mi persona, pensé, o tú o yo, y levanté el arma y apreté el gatillo. El indio se detuvo en los gritos y la desenfrenada acometida, se llevó las manos al cuello y se desplomó fulminado. Yo me levanté y, lo más rápido que pude, me arrojé bajo las ruedas del carro al tiempo de ver pasar a mi lado los caballos de varios de aquellos energúmenos que vaciaban sus armas sin el menor tino. Luego, tras un último y cerrado intercambio de disparos, no pocos gritos y el acuchillarse de algunos, los indios se retiraron llevándose a sus muertos y algunos caballos y se perdieron lenta y perezosamente en la distancia, y nosotros reanudamos el camino todo lo deprisa que pudimos, pues los indios no atacaban por la noche.

Aquel lance me dio en qué pensar, pues, ¿no era la vez que digo la primera en que mataba a un hombre cara a cara...? Muy distinta había sido mi presencia en anteriores combates, entre los que destacaban los que tuvieron lugar en Ciudad Rodrigo, pero aquella fue una guerra a distancia en la que nunca veías la cara al enemigo y te limitabas a disparar sobre bultos y sombras que no tenían entidad: eran, simplemente, el infiel. Sin embargo, en la ocasión que narro, antes de abandonar precipitadamente el escenario de la batalla me afané en buscar el cadáver de quien había matado, hombre joven que disponía de una larga vida por delante, alguien que sin duda tendría mujer e hijos esperándole..., para encontrarme con un cuerpo desfigurado al que uno de los sargentos que nos acompañaban había arrancado la cabellera, y con ella, la piel de media cara.

–Así no podrá entrar en su Paraíso. ¿No le parece a usted bien? Ellos harían lo mismo con usted. ¿Quiere que le cuente una historia...? –y ante mi indecisión, añadió–. ¿Sabe usted lo que sucedió la pasada primavera en el fuerte Kearney? Pues yo se lo diré: el comandante había llegado con cuatrocientos soldados, pero al cabo de unas semanas sólo le quedaban trescientos... ¿Tampoco oyó hablar de Fetterman? Era un capitán peligroso, uno de esos tipos que creen que lo saben todo. Salió con su compañía a perseguir a un grupo de indios que se pavoneaba en los alrededores del fuerte, y se encontró con una fuerza escondida de varios miles de pieles rojas... La acometida duró escasos minutos y todos fueron masacrados. Luego, durante meses en los que no se les enviaron refuerzos, los que quedaban en el fuerte resistieron como pudieron, faltos de toda comida y la imprescindible agua. Con la llegada de la primavera y la amenaza del ejército de Nube Roja, el comandante, en previsión de un inminente asalto, dio orden de encerrar a las mujeres y los niños en uno de los polvorines, y a un soldado negro el encargo de volar el reducto si los indios se adueñaban del fuerte. Al fin, debido a que los indios se retiraron, no se llevó a cabo semejante estrago, pero todas aquellas personas estuvieron a un paso de la muerte. Otros, sin embargo, no han tenido tanta suerte, y nosotros tampoco la tendremos si no nos vamos pronto de aquí. Apresúrese.

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Miércoles, 3 Diciembre 2008 12:00:24 GMT

Juan Evangelista pasa por Cádiz

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El "Siglo de las luces", segundo libro de los cuatro que Juan Evangelista (que vivió trescientos años) escribió al final de su vida para solaz de sus contemporáneos, se refiere a los años centrales del siglo XVIII y se desarrolla en territorios de las Indias Occidentales, adonde el Destino, siempre imprevisible, quiso enviarle desde el convento de Úbeda, lugar en el que concluyó el libro primero, " Edad de las tinieblas ". Este segundo libro comienza en la ciudad de Cádiz, en donde había de embarcarse para afrontar el viaje mencionado, y dice de la siguiente manera:

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Así, de la forma que describo, acompañado por Juan Everardo y sus frecuentes sermones –compañía que, en los designios de Dios estaba, poco había de durarme–, di comienzo a mis viajes de juventud, etapa que por formativa no debe faltar en la vida de ninguna persona, y que en el tiempo al que me refiero se había puesto muy de moda con los grand tour europeos de la juventud aristócrata.

El primero de ellos, de los viajes que llevé a cabo en mi época juvenil, comenzó un mediodía de verano de uno de los años que mediaron el Siglo de las luces –esto es, cuando yo acababa de cumplir alrededor de quince de mis artificiales años–, y comenzó en el populoso puerto de la gran ciudad de Cádiz, ciudad ultramarina y abierta al oeste que en aquel tiempo empezaba a desplazar a su vecina Sevilla como punto de partida del monopolio en el comercio con las Indias, lugar en el que descubrí algo para mí hasta entonces desconocido. ¿Saben a qué me refiero...? Pues me refiero a ese mundo misterioso y opaco para los seres humanos que es el mar, el mar infinito, todos los mares y océanos que reposan sobre la superficie de nuestro planeta, entidad sobre la que poseía muy vagas noticias anteriores extraidas de los libros y las antiguas y casi borradas por la niebla de los tiempos enseñanzas de mi padre. ¡El mar...!, que siempre es el mismo en todas partes...

Sucedió que, cuando llegamos, al coronar una de las últimas cuestas del camino que estábamos a punto de concluir, divisamos una lejana e incendiada por la luz del ocaso ciudad blanca, ciudad populosa, ciudad también fortificada y rodeada de resplandecientes superficies, augurio de lugares marítimos y gran palmeral ilimitado, y al fondo, más allá de las difusas construcciones blancas y las poderosas murallas..., ¡aquella extensión azul y cambiante rodeándola...!, ¡la imaginada ciudad de mis sueños al borde del agua!

Descendimos la última cuesta, yo a la carrera y Juan Everardo voceando por mis urgencias y porque su mula y Candela se negaban a seguirme, y durante horas olvidé su existencia y la de los animales que nos acompañaron. Me interné en aquel mundo poblado y multicolor, y sin prestar atención a nada ni a nadie –y eso que el lugar al que llegué era un abigarrado laberinto de habitantes que me contemplaron pasar con sorpresa–, corrí hasta las pantanosas orillas de las riberas, bajo las murallas de sillares, en donde permanecí larguísimo tiempo recorriéndolas arriba y abajo. Luego deambulé sobre las partes más altas de las mismas murallas y acabé por descubrir los muelles de la bahía, y me quedé tanto tiempo que sólo el hambre y la sed que veinticuatro horas después sentí pudieron distraerme de aquel elemento ingente, aquella brillante superficie sobre la que tantas veces había de navegar en años venideros.

Las olas, por ejemplo, que rompían con estruendo en peñas y malecones y de las que nunca hubiera podido imaginar su forma..., ¿qué decir de ellas?, y los infinitos arenales, las gaviotas que en formidables bandadas se desplazaban de lado a lado de las rías y la multitud de embarcaciones de todos los aspectos y tamaños, desde las diminutas lanchas que cruzaban una y otra vez la bahía ocupadas en sus insospechados quehaceres, a las carracas, los bergantines y goletas, las fragatas y los majestuosos galeones que dejaban flamear sus gallardetes... Todo ello me abstrajo de tal manera que no fue sino cuando atardeció al día siguiente, tras sentir en mi conciencia una repentina carga, que busqué y encontré la posada en la que nos hospedábamos, Juan Everardo en una de las habitaciones, y yo, ¡modestos fueron mis principios!, en cierta dependencia aneja a la cuadra y cuyo olor a desinfectante la definía con precisión, y en donde descubrí que la burra, Candela, sostén de nuestras desgracias y que tanto nos había ayudado en nuestra reciente aventura, había desaparecido misteriosamente. Juan Everardo, interrogado por mí a la mañana siguiente, acabó por confesar que se había desecho del animal a causa de su inutilidad.

–¡Juan Evangelista...! ¿Pensaba acaso vuestra merced cruzar el Atlántico sobre sus lomos, cual mitológico personaje que cabalgara sobre el vendaval...? Esa burra era un estorbo para nosotros, y el dinero que por ella me dieron lo he empleado en más provechosos negocios, que en tal devino la cena de anoche, compuesta, en honor de vuestra protegida, por perdices asadas regadas con espesos caldos. Pero, ¡esperad!, que la mitad lo he reservado para vos, puesto que todas las ánimas del Señor precisan de su acompañamiento –y me tendió unas monedas.

Yo no hice ni ademán de ir a cogerlas. Antes bien le miré torcidamente, y tras pensarlo, con el disgusto en la voz y sin mover un solo músculo, dije,

–Su merced, Excelentísimo Señor don Juan Everardo, será un enviado del Papa de los mil anillos, sí, del Protector de la Cristiandad y Matachín de los infieles, pero su codicia no tiene límites, ni su desapego. ¿Cómo, con los servicios y favores que nos prestó la bestia, ha podido su merced llevar a cabo tan grosera transacción?

Aquella parrafada dejó estupefacto a Juan Everardo, quien a partir de entonces empezó a tomarme en consideración y, muy a su pesar, a mirarme con cierto respeto, aunque no perdiera la oportunidad que se le presentaba para hacer alarde de su autoridad y poderes.

–¿Sabéis, don Juan Evangelista, que como predicador no tenéis precio...? Sin embargo, esas alusiones a vuestro Santo Padre... ¡Tened cuidado, don Juan Evangelista, que las paredes oyen y el brazo de la ley es alargado!

Allí quedó la cosa, y mientras Juan Everardo visitaba una y otra vez los figones, barberías y tabernuchos a que tan aficionado era, que antes que inquisidor parecía rufián, yo, rumiando el consiguiente enfado por lo sucedido, desaparecí durante varios días y aproveché para prolongar los paseos y exploraciones y familiarizarme con la nueva y luminosa ciudad. Me harté de respirar el aire marino y vagar sin rumbo por aquellas desconocidas callejuelas atestadas de gentes de todos los colores, índoles y nacionalidades, soldados que recorrían en tumulto las tabernas, paisanos contemplativos, graves y paseantes eclesiásticos, grupos de comadres atareadas y habladoras, y hasta cuadrillas de niños que gritaban y corrían y en una ocasión me apedrearon con escasa puntería antes de salir huyendo.

Una tarde, tras sentir la sed propia de quien camina sin pausa, entré en una tahona en que anunciaban caldos fortificantes, y al tiempo de reponer fuerzas ante una helada sopa de verduras –en la que predominaba mi amado tomate– me fue dado hojear una sobada gaceta llena de exóticas noticias que en su mayoría correspondían a seis y más meses atrás. Las gacetas eran los periódicos de la época y pocas veces se podía conseguir una, por lo que la leí de pe a pa. En ella, entre otros asuntos de mayor relieve, se anunciaban milagrosos remedios contra las tercianas y ungüentos mágicos para la calvicie, se proclamaban bodas de rango celebradas en Sevilla y se hablaba de la próxima reforma de la Academia Española, institución entonces en ciernes. Asimismo se informaba de las dialécticas maniobras de Mayans en pro de los empiristas británicos, conceptos para mí muy confusos, pero cuyo razonamiento venía a concluir diciendo algo como lo que sigue: "Observa el poeta que, según un célebre axioma peripatético, el conocimiento de las cosas nos viene por los sentidos" . ¡En graves cuestiones andaba metida la intelectualidad de la patria!

Después de bostezar, acabar la lectura y dar principio a la digestión de tan saludable bebida, como quiera que empecé a encontrarme incómodo en aquel oscuro antro, y que la a ratos incontinente cháchara de la propietaria no me detuviese, tras hacerle partícipe de mis bendiciones volví a la calle, las siempre luminosas calles de la ciudad que me daba asilo, y no las volví a abandonar, pues durante las restantes jornadas, quizá vivificado por el aire marino que por vez primera respiraba, u ofuscado por calamitosas premoniciones acerca del sinuoso viaje que me aprestaba a hacer, vagué y vagué por muelles y marismas hasta que llegó el día de embarcar.



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Domingo, 16 Noviembre 2008 05:55:09 GMT

Autorretrato de Juan Evangelista

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Como es sabido, Juan Evangelista fue un buen dibujante. Hizo sus pinitos en la pintura mediado el siglo XVIII, con ocasión de su sonado romance con Marián, la soprano sevillana que pasó por Lima como integrante de una compañía musical (aventura narrada en el segundo de sus libros, “Siglo de las luces”), y luego nunca abandonó su afición por los pinceles. Mucho más tarde, hacia 1850, mientras construía el Union Pacific, ferrocarril que había de atravesar las llanuras norteamericanas, inmerso como estuvo en las largas noches de ocio que le deparó la guerra de Nube Roja, tuvo ocasión de ejercitarse en tal arte, y de aquella época (utilizando pergamino cheyenne, tintas vegetales y carbón de las hogueras) data el autorretrato que traigo hoy a esta página. A la sazón tenía alrededor de cuarenta años.

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Viernes, 31 Octubre 2008 06:48:55 GMT

Correrías por el bosque con la galga

La aventura que aquí abajo se cuenta pertenece al primer libro de esta serie, el denominado " Edad de las tinieblas ", y en ella se describe lo que, cuando tenía alrededor de doce años, le sucedió a Juan Evangelista en el curso de una de sus habituales correrías por los bosques cercanos a la cueva, aquella paradisíaca cueva en la que vivió tantos años.
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Yo había vivido siempre al aire libre, incluso en la gran casa de mis padres de la antigua Miróbriga, y creía conocer la mayor parte de los resortes de la naturaleza, las blancas nubes que tan escasamente nos enviaban el agua vivificadora, las madrigueras de los topos, el girar de la noria del pozo, los gritos de las rapaces..., pero cuando ante mis ojos de aprendiz transcurrieron varias de aquellas estaciones de apacible, continuada y completa vida silvestre, me di cuenta de que todo lo anterior no había sido sino una ilusión. ¿Qué sabía yo de la diversidad de los vientos de la montaña, de los extremados ciclos de calor y frío –que entonces se manifestaban rudamente–, de los modernos métodos de explotación agrícola que cité o de las huellas de los diferentes animales salvajes? Porque allí aprendí a distinguir las del lobo de las del zorro, las del corzo de las del ciervo y hasta las del tejón de las de la nutria, y trabé consecuente conocimiento con la multitud de animales que poblaban los bosques de mi país, animales tan diversos como las cigüeñas negras que anidaban en los árboles más altos, los alimoches que se cernían en las corrientes ascendentes y los que con total impunidad se paseaban por nuestras posesiones y comían cuanto podían de ellas, cuales eran ardillas y zorros, lirones y jabalíes, tejones y liebres y conejos, ciervos, corzos y gamos, nutrias y tritones, estos últimos instalados a sus anchas en el gran estanque que, aguas arriba, delimitaba el dique del que nos surtíamos. También, como resulta de rigor en las granjas, vivieron en nuestra compañía varios perros y gatos, celosos guardianes de las puertas y despositarios de nuestra confianza, y con uno de aquellos animales, que era una perra y atendía por su raza, me sucedió una notable aventura que por su interés consignaré.

–Galga, vámonos al bosque.

La galga, que disfrutaba como nadie persiguiendo a todo bicho viviente, aunque aquel no fuera su terreno natural, salió corriendo y me esperó anhelante en el linde. Nos internamos en el laberinto vegetal dirigiéndonos a mi lugar preferido, unos peñascos que a cosa de media legua afloraban entre la espesura y desde los que con nítida perfección se divisaba el desvanecimiento del sol sobre la arboleda infinita y las montañas lejanas. Aquella tarde, además, correspondía a fase de luna llena, y yo había observado que su rojiza y fantasmal aparición por el este coincidía en los plenilunios con la puesta del sol por el oeste, estupenda y doble función que no quería perder.

Llegamos a ellos tras muchas carreras y ladridos y escalé su cumbre, en donde permanecí largo rato contemplando el espectáculo mientras la perra corría sin cesar por los alrededores y ladraba con alborozo cada vez que percibía algún incitante rastro de los muchos que en tan salvaje lugar encontraba.

Luego el sol se ocultó, y tras dar media vuelta y contemplar el orto lunar, deslumbrante espectáculo que sucedió sobre los celajes de oriente, decidí volver, puesto que mi padre estaba de viaje y mi madre en la cueva, y aunque tenía otros perros y armas, y sabía usarlas, yo no quería dejarla sola por mucho tiempo, de forma que comencé a descender por las abruptas e inclinadas rocas, fácil tarea que había llevado a cabo en multitud de ocasiones, pero sucedió que aquella vez... Di un resbalón, me doblé un tobillo, rodé por una durísima losa y caí aparatosamente y de espaldas en el fondo de un agujero que, parecido a un ancho pozo lleno de zarzas, formaba la disposición de las piedras. Las punzantes espinas se me clavaron en todas partes, y aunque me sirvieron de colchón e impidieron que me estrellara contra el suelo, sentí cómo mil agujas me taladraban la piel. De un brinco intenté levantarme, pero las fuerzas no me respondieron y las espinas redoblaron sus aguijonazos. Entre mis gritos oí cómo la perra prorrumpía en sollozos desgarrados y carreras sin ton ni son alrededor del lugar en que me encontraba, para ella impenetrable...

Nos separaban aquellas altísismas piedras, sí, pero ella se las ingenió, tras mucho olisquear y escarbar, febril actividad que deduje de los ruidos, para conseguir acceder hasta el lugar que ocupaba por un delgado resquicio que encontró, aunque como aquella hendidura estaba obstruida por las zarzas, el aspecto que presentaba era lastimoso. ¡Pobre Galga, que llena de tierra y sangrando por todas partes llegó a mi lado y me llenó de lametones!

–Galga, no, estáte quieta... –susurré, y ella aulló lastimeramente.

–Sí, tienes razón, me he hecho daño... ¡Espera...!

Intenté enderezarme y descubrí que no podía hacerlo, pues uno de mis pies aparecía doblado en un ángulo inverosímil.

–¡Ayyy...! ¡Galga...!, no me puedo mover...

La perra me miró con alarma y volvió a lamerme con ansiedad. Luego me cogió con los dientes por la ropa, y pensando quizá que yo cabía por donde ella había entrado, intentó tirar de mí hacia la abertura, pero como al moverme me clavaba aún más aquellas lacerantes espinas, volví a gritar.

–¡Galga, no, quieta, quieta!

La oscuridad se cernía sobre mi fosa, y mi estado, tras la caída, tampoco me permitía pensar con rectitud. El tobillo empezaba a dar dolorosas muestras de su extraño estado y torcedura, y las espinas se me clavaban más a cada momento. A mi alrededor sentía las desordenadas carreras de la perra, tan descompuesta como yo, y en el cenit el cambiante tono del crepúsculo. Luego, con el pausado discurrir de los minutos, fue tal el tormento que me llegó que acabé desvanecido. Los objetos comenzaron a girar, todo se borró con mansedumbre, y al final sólo oía los desesperados ladridos de la galga que se iban alejando lentamente...

Cuando me desperté en aquel pozo, iluminado por la luna llena, la noche había caído por completo y el silencio era total. ¡Un pájaro nocturno ululó por las cercanías y un batir de alas se alejó...! ¿Dónde estoy...?, me pregunté, pero las mil y una espinas sobre las que yacía, amén del descoyuntado tobillo, me lo indicaron de inmediato.

–¡Ayyy...! –gemí, y de nuevo me lamenté sin acertar a moverme–. ¡Horrible suerte la tuya, Juan Evangelista, que sólo querías observar las maravillas de la naturaleza y te ves reducido a la parálisis en este lugar inaccesible...!

A punto estuve de echarme a llorar, tal era mi angustia y desolación, pero recordando las enseñanzas de mi padre luché por encauzar los pensamientos.

–Juan Evangelista, no es el momento de huecas palabras, sino el de averiguar lo que se puede hacer en situación semejante...

Escuché con atención, pero ni de la galga, mi única compañía y en quien cifraba las escasas esperanzas que tenía de escapar de aquel agujero, se percibía el menor rumor. Por un momento temí que me hubiera abandonado, aunque de inmediato rechacé tal idea, pues, ¿cómo me iba a dejar allí a mi suerte? Ella era incapaz de tal acto de ingratitud, y lo más probable es que anduviera por los alrededores o hubiese ido a buscar auxilio, aunque, de ser así, ¿conseguiría volver...?, porque la cueva estaba lejos... Pero sí, me dije al instante, porque los perros son listos, como de sobra sabía, además de fieles y abnegados.

Aquel pensamiento me tranquilizó, y disponiéndome a esperar me pregunté, ¿qué hacer en el entretanto? La pierna entera me ardía, y la multitud de espinas, que casi no sentía, me impedían moverme.

–No, Juan Evangelista, permanece quieto y veremos qué sucede –y con fugaces e imperceptibles movimientos que me hacían ver las estrellas intenté colocarme de una forma algo más cómoda, cosa que, aunque pueda sonar raro, al final conseguí.

La luna, allá arriba, me miraba burlona, y el sepulcral silencio del bosque pesaba sobre mi ánimo como una losa. Las escasas estrellas que no eran eclipsadas por la luz lunar me guiñaban sus ojos, y con su única compañía poco a poco fui quedándome de nuevo adormecido, aunque despertado bruscamente a intervalos por los ruidos de la selva...

Más tarde, cuando en sueños me preguntaba dónde estaban mis semejantes, ¿dónde estás, galga, y por qué tardas tanto?, fui de manera imprevista despabilado por un lejano y familiar sonido. ¿No eran aquellos los ladridos de la perra, que seguramente volvía con el anhelado auxilio? Repentinamente excitado y despierto presté oído atento y los ladridos fueron haciéndose más claros y cercanos, e instantes después, antes de que pudiera pensarlo, la galga, como un meteoro y a través del resquicio por el que consiguió entrar la vez anterior, llegaba a mi lado ladrando estrepitosamente de alegría y llenándome de saliva, y entre el coro de ladridos oí una voz conocida.

–¡Juan Evangelista!, ¡Juan Evangelista...! –y mi madre, que se había encaramado a las peñas, asomó la cabeza allá arriba.

–¡Hijo mío...! –exclamó estupefacta, pues aunque era de noche, la luna derramaba su claridad iluminándolo todo.

–¡Madre...! –grité, y el solo movimiento de la boca llegó hasta el tobillo y me hizo soltar un aullido.

–¡No te muevas! –gritó ella–. ¡Ahora bajo yo! –y, en efecto, agarrándose a las piedras de precaria manera comenzó a descender hacia mí, y cuando estaba a punto de conseguirlo, resbaló, tal y como me había sucedido a mí, y con gran estrépito se vino abajo y cayó a mi lado, también sobre la zarza.

–¡Ayyyyy...! –gimió, pero al instante y sin reparar en las espinas, se dio media vuelta y me abrazó.

–¡Juan Evangelista...!, ¿estás bien?

El aspecto de mi cara debía de ser aterrador, porque me contempló con espanto.

–¡Mi pie...!

Mi madre, haciendo caso omiso de los pinchazos que sin duda debía de sentir, se inclinó a mirarlo, y acto seguido entró en frenética actividad. Se quitó el jubón que sobre todos los vestidos llevaba, que era de fuerte tela, y extendiéndolo sobre el mar de zarzas y haciendo un soberano esfuerzo trasladó mi cuerpo a su superficie. Al instante..., ¡qué alivio! Los mil pinchazos cesaron en su totalidad y pude por fin desentumecerme...

Ella, que de rodillas sobre el espinoso arbusto a duras penas podía moverse, se inclinó de nuevo sobre mi pie, me miró con muchísima preocupación y musitó dos palabras.

–¡Dios mío!

¡Henos aquí a mi madre y a mí sobre la superficie de un zarzal que ocupaba el fondo de un empinado embudo, ella con el vestido hecho jirones y yo con un tobillo roto! ¡Envidiable situación...!, pero mi madre, con inconfundibles ademanes, aleccionó de inmediato a la perra para que fuera a buscar ayuda al pueblo, difícil encargo, puesto que estaba lejos y en él pocos la conocían.

–¡Galga, corre al pueblo, corre y trae a alguien, venga, ve, ve...! –y la galga, mirándonos descompuesta y gimoteando como sólo saben hacer los perros, dio media vuelta, se introdujo por la estrechísima ranura por la que entraba y salía, reptó por ella y desapareció.

Nosotros nos quedamos allí, en aquella escondida sima, tristísimos y desamparados y componiendo una especie de descendimiento, pues yo estaba acostado sobre las zarzas y entre sus brazos, y mi madre arrodillada y procurando sostenerme..., y ella, que tras aquel ¡Dios mío! no quería alarmarme más de lo que estaba, se dio en distraerme y comenzó a hablar de lo único que nos era posible observar, el cielo estrellado.

–Juan Evangelista, ¿ves esas tres estrellas que nos miran desde lo alto?

Yo, entre brumas y dolores, procuré verlas.

–¿Cuáles? ¿Las que brillan más...?

–Sí, son las estrellas del verano. El triángulo del verano, como se las conoce desde antiguo. ¡Vega, Deneb y Altair..., pregoneras del buen tiempo! Ahora llegarán los largos días del verano y podremos ir a bañarnos a nuestra poza, aguas arriba de casa. Cuando regrese tu padre tenemos que decirle que repare el dique, que en tan mal estado se encuentra...

La conversación continuó de este tenor, y luego, tras un rato en que contemplamos el cielo en silencio, un gran búho comenzó a chuchear escandalosamente y rompió a volar, aleteando furioso desde los árboles cercanos, tras lo que le oímos alejarse...

La quietud volvió en seguida a hacerse dueña del lugar, callada calma que persistió durante un cierto tiempo..., y cuando no esperábamos oír nada más y yo comenzaba a entrar en un dulce sopor, se percibieron unos imperceptibles y cautelosos pasos y rasquidos...

Nos miramos sorprendidos, y luego mi madre, a media voz, dijo,

–¿Galga...?

... y un instante después un fragor infernal, como el que originarían mil demonios enfurecidos, llenó el aire circundante. Pareció que fueran a desplomarse las rocas, pero al fin, en medio del más indescriptible estrépito de rugidos y arañazos, un extraño animal penetró en el pozo por el mismo lugar que lo había hecho la perra y se mostró ante nosotros iluminado por la luna.

–¿Qué es eso...?

Lo que veíamos era un enorme gato ronroneante, del tamaño de un perro grande y que lucía una ridícula barbita blanca, que con la dificultad que le procuraba el cúmulo de zarzas comenzó a caminar apuradamente alrededor de nosotros como si flotara y no tocara el suelo, y cuyos ojos nos contemplaban asombrados y centelleaban con luz propia...

–¡Un tigre..! –balbuceé con espanto, pues yo conocía tan feroz animal de los libros de zoología de mi padre, aunque nunca hubiera podido imaginar que existieran en nuestras latitudes.

–¡No, el lubicán..., calla! –susurró mi madre, y alzando lentamente una pistola que llevaba al cinto y yo aún no había visto, colocó al animal en su punto de mira.

El gigantesco gato se paseó durante un buen rato sin quitarnos ojo, bufando a intervalos y preguntándose seguramente si constituiríamos presas de agradable sabor, pero luego, quizá porque aquella noche ya había comido suficiente, porque las zarzas le molestaran en demasía o porque dos seres humanos le parecieran excesivo enemigo, tras contemplarnos inmóvil e inquisitivo, como si estuviera pensándolo, de un prodigioso salto dio media vuelta y se introdujo de nuevo, con mucho agitarse de ramas, por la abertura por la que había conseguido entrar, en donde desapareció.

Mi madre y yo, tras aquellos instantes de absoluta tensión, respiramos hondamente y con alivio y ella bajó la pistola.

–Seguramente no volverá... –dijo al fin–. Duerme, hijo, que en seguida será de día y regresará la galga con las gentes del pueblo.

Yo, entre sus brazos, me quedé al fin amodorrado, y no sé cuanto duró aquel estado, aunque debió de ser largo porque cuando desperté comenzaba a clarear. Mi madre estaba muy intranquila y pronto descubrí la razón.

–No te inquietes, hijo. Ahora que ha amanecido iré a buscar ayuda al pueblo y volveré en seguida. Quédate con la pistola. ¿Sabes usarla? –pero cuando, tras darme innumerables besos y hacerme muchísimas otras recomendaciones, se aprestaba a escalar la pared de piedra, que no parecía tarea pequeña, oímos bulliciosos ladridos lejanos.

–¡Espera...! ¿Oyes...?

Yo presté oído y, ¡sí!, sin duda era la galga la que ladraba desaforadamente, aunque aún lejos.

–¿Habrá encontrado a alguien? –se preguntó mi madre, mirando ansiosamente hacia lo alto de las piedras.

Un instante después, en medio de los innumerables aullidos que le hicieron dar las espinas, como un torbellino entró la perra en nuestro reducto, en donde nos colmó de caricias y lametones, y luego, desde lo alto de las piedras, a nuestras espaldas, una voz se oyó.

–¡Señora...! ¡Por todos los diablos...! –y allí terminaron nuestros infortunios.

Quienes nos rescataron eran dos hombres del pueblo, que molestos por los continuos ladridos de la perra y sorprendidos por su actitud, pues aullaba lastimera e intentaba arrastrarlos tirándoles de las ropas, decidieron investigar lo sucedido, y siguiéndola apresuradamente...

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Miércoles, 15 Octubre 2008 07:52:37 GMT

Perpétuum móbile

"La verdadera historia de Juan Evangelista", enorme narración que consta de cuatro libros, cuenta la vida del personaje que le da nombre, alguien que nació en la Ciudad Rodrigo de 1680 y murió en estos tiempos que corren, rondando el comienzo del tercer milenio. El cuarto libro, llamado "Perpétuum móbile", está dedicado a la descripción de lo que fueron sus hazañas durante el siglo XX, y comienza de la manera que puede leerse a continuación.

Si alguien quiere curiosear en el aspecto de uno de estos libros, puede hacerlo aquí:

"Edad de las tinieblas"

Juan Evangelista, quien ante ustedes se presenta, nació de padres ricos en la fortificada plaza de Ciudad Rodrigo durante los lejanísimos años que rodearon al de 1680, tiempos que fueron del cometa caudato, la peste bubónica y el último y fatal declinar del poderío español en el Orbis Terrárum .

Juan Evangelista, tocado de inexplicable melancolía, recorrió los primeros veinte años de su infancia de la mano de sus padres, maravillados ante el prodigio. También acompañado de la única compañera de juegos que tuvo a tan temprana edad, la niña de los ojos azules, que crecía, y él no... Luego llegaron los tiempos de las continuas huidas, la guerra con Portugal, la escondida casa nueva de las montañas y al fin la cueva, el paraíso en el valle del Lobo del vecino país, que seguramente se enclavaba en tierras del Alentejo.

Más tarde aún, cuando ya podía comprender lo que le rodeaba, amaneció el Siglo de las luces, la Ilustración y sus encendidas luminarias que alumbraron el terreno, la naciente ciencia que todo lo quiso medir a pesar de los obstáculos que los poderes establecidos pusieron en su camino. Allí conoció la manzana del amor, el sistema de los tres campos, las melodías de los maestros europeos y el perpétuum móbile, juguete de las clases ilustradas que pronto iba a revelarse ineficaz. También los caballos, único medio de locomoción de la época, y el despertar de la burguesía; l'eau heröique , que no es decir cualquier cosa; las aguas y tempestades del océano Atlántico, el amor desbocado, los insalubres pantanos de la región del Darién, los guardianes de los harenes de la costa de África y las abruptas y pedregosas montañas de la enorme cordillera de los Andes, y luego, cuando las luces de que hemos hecho mención se extinguieron y arribaron las guerras y revoluciones del siglo XIX –entre las que no fue la menor la de Nube Roja–, de igual manera las majestuosas locomotoras de vapor, en cuyo manejo fue doctorado por la práctica y las instituciones de la época. Al fin, el fabuloso y lejano archipiélago que se conoce como Indias Orientales apareció asimismo ante sus ojos, tierras y aguas de otro hemisferio en donde durante muchos años actuó como encargado y agente de las instituciones comerciales que componían los imperios marítimos de aquellos tiempos..., y aunque en el tintero nos restan la mayor parte de los hitos de que podríamos hacer mención, cesemos en esta copiosa relación y digámosolo de otra manera.

¡Qué ingente profusión de hechos diversos me condujeron hasta el lugar en que me encuentro, y cuán enorme es el caudal de nebulosos recuerdos que a mi mente vienen! Paso y repaso las páginas anteriores y me digo, Juan Evangelista, ¡qué exagerado eres!, pero mi vida no es la de una persona corriente y de ninguna manera podría contarla como tal. ¿Quién ha podido viajar en uno de los últimos convoyes de Indias que desde el puerto de Cádiz salieron, y al propio tiempo luchar entre los partisanos de la española guerra de la Independencia? ¿Quién ha recorrido las pampas, escalado los Andes y buscado mujer en las abigarradas poblaciones de Rio Grande do Sul o los harenes de los factores que escondidamente habitan en los puertos de la costa del África central? ¿Quién pudo discernir con los ojos de la cara las habilidades de mi lejana Inés, que subida en el tejado de nuestra casa y gracias a su violín hizo amistad con los pajarillos recién nacidos?

Sí, c ontemplo los libros anteriores y lo que en ellos se dice, y no puedo por menos de pensar, Juan Evangelista, ¡cómo han cambiado las cosas! Antiguamente todo se transportaba a mano o sobre los lomos de las caballerías. Del sudor de la frente hemos pasado a la caldera alimentada por carbón, y de las profecías de augures y heteromantes a la expansión universal de Hubble, uno de los mas renombrados sabios del siglo XX, y a todo ello asistí, pero es que mi vida fue una continua huida, pues estaba obligado a ocultar mis anomalías a quienes me rodeaban, fruto de lo cual fueron los constantes viajes y las familias que contribuí a formar y entre las que encontré cobijo.

Aquellos fueron tiempos antiguos, algunos muy antiguos, pero los siglos se cumplen y el aspecto de lo que nos rodea se transforma . Atrás quedaron los inmensos bosques y las silenciosas ciudades de piedra tallada, aunque también el hambre, las enfermedades infecciosas y la ignorancia de gentes que sólo podían agachar la cabeza ante los poderosos, reyes y prelados, nobles y usureros, nacidos con fortuna que ordenaban lo que había de hacerse.

Cuanto he dicho, sin embargo, no forma parte de una crónica mágica al uso, sino que es la auténtica narración de alguien a quien, por razones que se nos resisten, cayó en suerte vivir una existencia inusual, creciendo a un ritmo varias veces menor del que se supone común a las personas.

Sí, han leído bien, y es que nos las habemos con un personaje que nada tiene de habitual, Juan Evangelista, hijo del cometa y niño diablo al principio –eso dijeron en los tiempos antiguos–, pero ahora sabio y viejo, muy viejo, habitante al fin del lugar que llamamos mundo civilizado .

Juan Evangelista, lobo solitario que recorrió la faz de la Tierra animado de sus solas fuerzas, ha vivido más de doscientos años, aunque parezca imposible y novelesco, y aborda el último siglo de su existencia rico en sabidurías y billetes de banco de las más sólidas instituciones que en nuestro planeta existen, es decir, libras esterlinas y florines holandeses. Su perpetuo trasladarse le conduce desde la Insulindia, en donde habitó durante los últimos decenios, a las mediterráneas y templadas costas de las islas Baleares, una vez más su nación, y allí, ustedes lo van a ver, continuarán sus innumerables y pausadas aventuras hasta que lleguen el ocaso y la muerte, inevitable destino de todos los seres vivos.



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Martes, 23 Septiembre 2008 08:06:35 GMT

La electricidad y sus movidas

Conocida es la afición que por toda clase de fenómenos sobrenaturales tuvieron los habitantes del siglo XVIII, siglo de las luces que le dijeron, y sucesos como el que se describe no debieron de ser raros por aquel entonces.

La electricidad, energía hoy de uso común, era en aquellos entonces fuente de las más variadas controversias y esperpénticos dislates, y entre el cúmulo de papeles sin sentido que el antiguo dueño de la casa ocultaba –papeles, algunos, que hubieran servido para llevar a más de uno al patíbulo– encontré un sinfín de anotaciones, recortes, avisos y otras varias formas de comunicación, lo que unido a mis confusos conocimientos –adquiridos, como conté, en el convento ubetense– me llevaron a preparar un magno acontecimiento que había de dejar estupefacta a mi –para ciertas cuestiones– crédula patrona y a sus locuaces amigas.

Lo primero que necesité fue el concurso de algún criado, pero ello no me resultó difícil, pues tras mi primer año de estancia en aquella mansión, cuando sucedieron todas las cosas que he narrado, llegué a conocer a sus habitantes y descubrí con sorpresa que uno de ellos, quien nos había ayudado con los caballos y ocultado nuestros manejos ante la viuda, era paisano mío, un joven, poco más que un niño, oriundo de un lugar vecino al nuestro y que me sonaba vagamente, El Maíllo, patria que fue de una de nuestras criadas y del que mi padre se hacía lenguas debido a la extraordinaria calidad de la leña de sus montes.

–¿Vuestra merced procede de cierto de las apacibles dehesas salmantinas...?

Cuando pronuncié aquellas palabras, Meneses, que tal era su nombre, me miró confuso.

–¿De forma –le dije–, mi querido amigo..., que somos coterráneos...? ¡Qué sorpresas nos reserva la vida! Pues no se apure vuestra merced, que en este mundo estamos para ayudarnos los unos a los otros. ¿Convendría Su Excelencia en llevar a cabo conmigo ciertas labores para las que necesito su concurso? –y como fuera que su ayuda había resultado inestimable en los meses anteriores, y yo me había preocupado de recompensarle como se debía, tuve desde entonces un nuevo aliado en aquella casa.

Se trataba de algo en lo que intervenían fluidos misteriosos, alambres, extrañas máquinas rodadoras, tapetes de fieltro y cordones de seda, elementos que debía procurarme. Todo ello lo había leído en antiguos libros y revistas científicas llegadas de más allá del Atlántico, de la Europa Ilustrada de la época, y decidí utilizarlo para mis fines, así que con la ayuda de uno de los herreros me di en construir uno de aquellos platos magnéticos según las instrucciones de que disponía, y luego, tras experimentos preliminares llevados a cabo en la desierta biblioteca y el más riguroso de los secretos, experimentos que al principio no comprendí pero en seguida observé que producían los resultados que se describían en los papeles, decidí preparar el acontecimiento, para lo que contaba con la colaboración de un entusiasmado Andresillo, al que al fin había conseguido inculcar la virtud de la discreción.

La habitación en donde escenificar tal milagro debía ser grande, y a ser posible de piedra, y para ello elegimos la biblioteca, que con sus pétreos arcos y tenebroso aspecto constituía el decorado perfecto, y en cuanto al momento, el más apropiado me pareció ser el de la merienda, cuando la viuda y sus amigas, que solían reunirse una vez por semana, estuvieran entretenidas con sus comentarios y, por qué no decirlo, estimulantes hojas del arbusto al que llamaban cuca, de las que en ocasiones y como indigna panacea –puesto que solían masticarlas acompañada de cal, ¡de pura y simple cal!– solían hacer consumo.

Una vez todo dispuesto nuestro amigo Meneses se dirigió hacia la habitación en donde las señoras llevaban a cabo su reunión, y nosotros, desde nuestro lugar en la biblioteca, comenzamos a oír sus voces, ¡vengan!, ¡vengan corriendo Sus Ilustrísimas, que están sucediendo hechos extraordinarios...!, y allí se nos presentaron en tromba y con gran sonar de frufrúes las damas, encontrándose cerca del techo, dentro de un arnés de cuero y suspendido por invisibles pero fuertes cordones de seda, a Andresillo simulando volar, y al que llegaban desde la vecina habitación unos alambres que le entraban por los zapatos, que tal era la tramoya, y yo, debajo de él y adoptando múltiples posturas, fingía estar atónito ante aquella maravilla, por más que la finalidad de colocarme en tal lugar obedeciera tan sólo al hecho de poder cogerle al vuelo si se desplomaba la instalación entera. No fue, sin embargo, tal el caso, y todo se desarrolló según lo previsto. Meneses desapareció en la habitación contigua, en donde empezó a sonar la máquina infernal, y yo arrojé los montones de plumas que escondía entre las mangas, que se arremolinaron en el aire alrededor de mi protegido y sus alambres...

Las mujeres, como decía, entraron en tropel en la gran sala casi completamente oscura, aunque iluminada por algunos velones que habíamos colocado en las esquinas. Andrés estaba vestido por entero de negro y casi no se le veía, tan sólo su cara y manos que habíamos pintado de blanco, y además aleteaba furiosamente cual si volara, y a su alrededor, y al de los alambres, nubes de plumas, que eran alternativamente atraídas y repelidas por el fluido, danzaban la más fantástica danza que imaginarse quepa, y no bien habían entrado corriendo la viuda y sus amigas, cuando una, la más atrevida sin duda, se le aproximó entusiasmada, y el niño, extendiendo sus brazos hacia ella..., desde las puntas de sus dedos lanzó un destello, un fogonazo de luz azul, un relámpago que atravesó el aire y llegó hasta la aparatosa peluca que ostentaba la dueña, restalló en su cabeza y le obligó a dar un angustiado grito de sorpresa y huir hasta el más lejano rincón de la estancia. Luego fue otra, y luego su madre, quienes recibieron idéntico tratamiento y emitieron parecidos gritos, mientras yo daba innumerables pases magnéticos y Andrés despedía largos y quebrados y azules rayos por los dedos y reía con enormes e histéricas carcajadas...

Todas cuantas allí estaban salieron al fin huyendo, y aunque aquella noche, durante la hora de la cena y una vez tranquilizado el niño, Andrés y yo debimos dar a su madre las explicaciones que el caso requería, me ocupé de presentarlas como "altamente científicas" y producto de los nuevos tiempos que corrían, no sin múltiples reticencias por su parte.

–Pero, entiéndame bien, presbítero... ¿Es todo esto inofensivo para el niño, o algún día deberemos lamentar una desgracia?

... y fue de la forma que cuento que la fama de mis poderes aumentó extraordinariamente y las señoras me contemplaron desde entonces como quien ve al Demonio, es decir, a prudente distancia y en el más respetuoso de los silencios.



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Viernes, 29 Agosto 2008 03:57:34 GMT

En la Europa de 1930

“La verdadera historia de Juan Evangelista”, como ya se ha dicho en otros lugares de este blog, consta de cuatro libros. Del cuarto, que se llama “Perpétuum móbile”, aún no he puesto nada aquí, y para remediar tal carencia ahí van estas seis páginas, que cuentan algunos de los sucesos que acontecieron al protagonista durante un viaje que, como delegado de la Cruz Roja, hizo por la Europa de 1930.

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Permanecí en Rusia el término de un mes, y habiéndome despedido de mis anfitriones invitándoles a ir a España, emprendí el regreso por camino diferente pues deseaba visitar Alemania, nación en la que entonces tenían lugar los más desaforados sucesos, y fue en Bielorrusia, o quizá en Galitza, una boscosa región de Polonia, en donde una tarde, cuando viajaba en un convoy de la Cruz Roja en el que hice varias jornadas, fui espectador de un bombardeo aéreo, quizá la única escaramuza de guerra moderna a la que haya asistido en persona.

Nuestra columna se componía de muchos automóviles y camiones, y se desplazaba con dificultad por caminos casi intransitables. Los vehículos, además, se averiaban continuamente, y nos veíamos obligados a pernoctar en las más extrañas localidades, lo que tomábamos con buen humor y siempre acompañados por el alcohol que en cada lugar hubiera disponible.

La tarde que digo avanzábamos penosamente, a no más de cuarenta kilómetros por hora, y contábamos con alcanzar el lugar al que nos dirigíamos antes de que se hiciera de noche. Estábamos cerca de alguna frontera, y en aquellos revueltos pagos no eran raros los enfrentamientos entre unas y otras facciones, lo que se evidenciaba en los continuos controles militares que por todas partes había. Uno de los coches de cabeza volvió apresuradamente, y aunque no pude entender lo que desde él se decía, observé que los conductores miraban ansiosamente al cielo.

Al instante, en efecto, nos sobrevoló un avión y se oyeron gritos urgentes que nos ordenaban dejar los vehículos y apartarnos de la carretera; nosotros llevábamos cruces rojas pintadas sobre los techos, pero aquella divisa no era una salvaguarda, pues los guerrilleros la utilizaban como bandera en sus incursiones. Luego, sin que pudiera precisar de dónde, aparecieron más aviones, algunos en vuelo rasante. Se oyeron tableteos de ametralladoras, y desde los trigales en donde nos habíamos refugiado reparé en que la carretera era barrida por balas que levantaban tierra del suelo. Un camión comenzó a arder y varias personas corrieron para ponerse a salvo. Nuevas voces avisaron de una segunda oleada, y aquella vez fueron dos los aviones que sobre nuestras cabezas pasaron rugiendo… y arrojando bombas. Las explosiones retumbaron peligrosamente cerca de donde estábamos y todos hundimos la cabeza entre los hombros, y luego, cuando pareció que se habían alejado, pudieron escucharse unos silbatos y, comandados por algunos soldados que viajaban con nosotros, tuvimos que colaborar para apagar los incendios, lo que nos llevó lo que restaba de tarde. Al fin pudimos reanudar el viaje en los vehículos que no habían sido dañados, y caída la noche llegamos a una aldea cercana, en donde había una guarnición y nos hospedaron los naturales, quienes nos proveyeron de comida y bebida que hubimos de pagar a precios astronómicos, aunque nos felicitamos por haber salido con bien del lance.

Días después, sin haber tenido otros encuentros dignos de mención, atravesamos la frontera alemana y llegamos a lugar civilizado, pues lo que a todos llamó la atención, tras tantos días por países dejados de la mano de Dios, fue lo limpio que estaba todo, las calles, las casas, y lo bien arreglado; podría haber parecido un país en paz, una Arcadia feliz, si no hubiera sido por las alarmantes noticias que habían llegado a mis oídos, pero al fin, tras varias jornadas más llegamos a nuestro destino, una ciudad en donde debíamos dejar los vehículos.

Yo viajaba, como ya he dicho, con varios ingleses y franceses que pertenecían a la Cruz Roja, y al llegar nos encontramos con que, dispuesto por las autoridades, teníamos alojamiento reservado en el mejor hotel de la población, lo que agradecimos tras un viaje tan aventurado. Sin embargo, aquella misma tarde, uno de los ingleses nos advirtió sobre la presencia de micrófonos ocultos en las habitaciones.

–¡Pensarán que somos espías! –dijo alguien con chanza, pero no era aquel –en donde en seguida se iba a hablar del dominio de la niebla y de la noche, expresión alimentada desde la más alta burocracia y que aludía a la suerte que tenían reservada a los disidentes– lugar a propósito para las bromas, y allí, al igual que me había sucedido en Rusia, también se nos largó una buena ración de propaganda sobre los méritos de la reconstrucción nacional.

Un burócrata, que seguramente era miembro del partido nacionalsocialista –entonces en pleno auge, aunque aún no hubiera llegado al poder–, nos enseñó los lugares más sobresalientes, principalmente fachadas barrocas, museos y grandes plazas adornadas con fuentes, y cuando le preguntamos por la fábrica de armamento, pues en la ciudad se enclavaba una renombrada industria fabril, nos dijo que aquello eran habladurías y cambió de asunto. Él hablaba en inglés, pero cuando se dirigía a mí lo hacía en español, aunque con un acusado acento francés que también tenía algo de sudamericano, y a la hora de las apologías sobre los logros del régimen, lo que fue habitual durante los días que nos acompañó, elevaba el tono y se acompañaba ampliamente con las manos. Parecia inofensivo, pese a los correajes que a veces exhibía, pero una tarde en que me había apartado del grupo para fotografiar una calle lateral que me pareció digna de un cuadro antiguo, interrumpió su inagotable discurso, vino corriendo hasta el lugar en que me encontraba y me colocó apresuradamente la mano delante del objetivo.

–¡ Verboten, verboten …! –casi gritó mientras fruncía el ceño, y mirándome con cara de pocos amigos, añadió–. Pog favog, s eñog, le agradesegué que siga mis indicasione –por lo que desistí de mi intento, aunque, al tiempo de echar una última ojeada al lugar, me pregunté que habría en aquella calle.

Pocas veces más vi a aquel gesticulante individuo porque pretexté haber enfermado, y también porque, habiendo concluido la gestión que allí nos llevó, abandonamos en seguida el país, pero antes de hacerlo me las ingenié para llevar a cabo una visita a un lugar que me indicó un personaje que conocí en el bar del hotel.

Alguna noche me quedé acodado a la barra y con una botella delante hasta horas tardías, pues mis acompañantes llevaban a rajatabla los madrugones. El lugar solía estar desierto, fuera de alguna pareja que lo había adoptado como escenario para sus abrazos, y en él trabé relación con el único cliente asiduo que parecía tener. Era de mediana edad y cara enrojecida por el alcohol, y en alguno de los coloquios hizo mención de un bosque y de los viejos tiempos…

–¿Quizá le gustaría a usted verlo? –me preguntó, y yo, desechando mis temores, pues en aquel país todos tenían algo de espías, le dije que sí, que por supuesto, de forma que durante la tarde del día siguiente dimos un largo paseo por anchas alamedas que bordeaban canales.

–Le gusta, ¿verdad? –dijo mi cicerone–. Alemania es un gran país, patria de Bach y de Hegel y de tantos otros… ¿Sabe usted quiénes fueron?

Yo asentí.

–Sin embargo, hoy tenemos a Hindenburg, y la literatura se nutre de títulos como Mein kampf … ¿Oyó usted hablar de ello?

Yo negué con la cabeza, y él, mientras caminaba y a media voz, masculló,

–Mejor.

Al fin llegamos a un puente que cruzaba un ancho río. Al otro lado se divisaba lo que parecía un selvático bosque, y señalándome la linde de la espesura dijo,

–Bien, ya hemos llegado. Ahí tiene usted lo que era el orgullo de la población, pero el paso ha sido ahora restringido por las autoridades y ni siquiera se han preocupado de explicar los motivos. ¡Dios nos ha abandonado…! Allá lo puede ver, aunque no sea prudente acercarse más –y así debía de ser, pues la carretera estaba obstruida con barreras de cemento, alambradas y lejanos cartelones que prohíbían el paso.

Volvimos al hotel lentamente, y durante el recorrido nos cruzamos con lo que parecía una de aquellas manifestaciones que tenían lugar en Madrid. Sin embargo, qué diferencia, porque si en mi país eran obreros con su característica indumentaria los que gritaban y ocupaban las aceras, allí fueron personas mayores ataviadas de la más estrafalaria manera las que transitaron marcialmente por la calzada. Las banderas con la esvástica marchaban al frente, y todo eran insignias y correajes (de nuevos los correajes) que cuadraban mal con el aspecto (no digamos la edad) de quienes los portaban.

–Así es –dijo quien me acompañaba ante mi expresión–. Nos hemos vuelto locos… Alemania se ha convertido en un lugar en el que todo el mundo pasea por la calle vestido de militar. Todos gritan mucho, marcan el paso y pegan continuos y recios taconazos, y fíjese: ¿observa que la mayoría luce esos llaveros con la imagen de Hitler? Su fabricación es una industria pujante, y deja buenos dividendos al partido. ¡Si hasta los turistas que nos visitan los compran…!

Una vez más, revueltos acontecimientos de todos los signos…

Días después abandonamos aquella ciudad y tomé el rumbo de la de París, que tenía curiosidad por visitar pues no había vuelto a ella desde más de cien años atrás, cuando en su seno viví en compañía de Isabelle, mi mujer francesa de tales tiempos. Arribé una mañana en un ruidoso expreso nocturno...

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Jueves, 31 Julio 2008 02:27:21 GMT

Cuando Juan Evangelista conoció a miss Gold

( Autorretrato; lápiz, tintas vegetales y pergamino cheyenne . Representa a Juan Evangelista a los cuarenta años, es decir, durante la guerra de Nube Roja. La verdad es que le salió muy hiperrealista).

Lo que sigue es un trozo de la "Era de las máquinas", el tercero de los cuatro libros de Juan Evangelista en los que narra su extensa vida, y sucede en 1812, durante el ataque del ejército angloespañol a Ciudad Rodrigo. Fue en aquel episodio cuando conoció a miss Gold, la que había de llegar a ser su segunda mujer.


La batalla de Fuentes de Oñoro, previa a la ocupación y en la que no intervine, acabó de descalabrar la debilitada fuerza francesa que operaba en la zona, y tras innumerables avances y retrocesos, pues nuestro general en jefe (Wellington) nunca se distinguió por lo arrojado y atrevido, sino antes bien por lo receloso y calculador, nos presentamos a la vista de mi ciudad cuando acababa el año, aunque las avanzadillas llevaban semanas observando los movimientos de sus ocupantes y el estado de las defensas.

Wellington instaló el tren de sitio en las lomas cercanas y durante algunos días se dedicó a bombardear la plaza. Las fuerzas francesas que la defendían eran escasas, y sus pertrechos y espíritu guerrero muy limitados, pues poco parecía importarles quién se hiciera dueño de la fortaleza. Las armas francesas estaban en pleno retroceso, y el rey José, acompañado de algunos generales, huía por La Mancha en dirección a Valencia. Aquellas noticias llegaban de vez en cuando y con jolgorio hasta las filas de nuestro heterogéneo ejército, replegado a cubierto de bosquecillos y elevaciones y ocupado tan sólo en contemplar la progresiva demolición de los muros.

Luego, unos días después, cuando ya se veía que la resistencia era inútil, nuestro general dio la orden de preparar la toma definitiva de la ciudad, hecho que debería llevar a cabo una columna arropada por innumerables maniobras de distracción, y en efecto, una mañana, tras el amanecer, cuando todos los cañones tronaban sin pausa y un diluvio de obuses caían sobre las murallas, precedidos de grupos de cazadores y un regimiento de caballería sobre el que se concentraron los disparos, a cubierto de las trincheras que días antes se habían cavado conseguimos llegar hasta la base de la muralla..., y lo cuento en primera persona porque yo estaba allí, en aquella fila, puesto que me pareció obligado presentarme como voluntario. De cuantos me acompañaban, seguramente ninguno era hijo de Ciudad Rodrigo, y no pude reprimir el romántico sentimiento que me indujo a añadirme a las vanguardias.

Escalamos el primer talud sin dificultades y casi sin oposición, y cuando tras la explosión de varias minas pudimos observar el pasillo que nos iba a permitir la entrada en la ciudad..., una inoportuna bala llegó zumbando desde la lejanía e impactó en algún lugar de mi cabeza.

Durante muchísimo tiempo no supe quién era. Tampoco dónde estaba, aunque creía advertir que era trasladado por el aya, que me llevaba en brazos. ¿Es posible tal suceso? Sin duda, pensé, pues todo es posible en el reino de los sueños, no tan engañoso espejismo de la verdadera existencia .

Asimismo aparecía la niña de los ojos violetas en brazos de mi madre, las serpenteantes tomateras, los volcanes con nieve en sus cumbres y la negra Esmeralda, que lo hacía con los eunucos. La concurrida plaza mayor de aquella ciudad en la que por primera vez me sirvieron el negro brebaje que llamaban l'eau heroïque acudió impensadamente a mi cabeza, y para rematar la función, el macho cabrío que disfrazado de demonio se me apareció en la ermita cercana a Úbeda tras recibir la descarga eléctrica de un monumental cúmulo nimbo, comenzó a bailar ante mis ojos.

Todo ello se reflejó en mi retina durante lo que me pareció demasiado tiempo, y de un lugar me trasladaba sin esfuerzo a otro, unas veces acunado por el aya y otras a lomos de los novedosos y esféricos artefactos que, aunque en la lejanía, había podido contemplar desde mi posición en los parapetos que defendían la ciudad de Cádiz; es decir, los globos aerostáticos.

Lo que más me llamó la atención fue el inconfundible y acre aroma de aquella eau heroïque tan lejana en el tiempo, pero, como en seguida veremos, había motivos para que ello sucediera.

Cuando me desperté, era de noche. Entreabrí los ojos, y a la luz de unos candiles y entre los velos de niebla que advertía en el cerebro vi una chica que se inclinaba sobre mí y al pronto me recordó a Marifló.

–¿Marifló...? –dije aturdido e intentando incorporarme, pero en seguida volví a caer en el sopor.

La segunda vez que desperté era de día, pues por un ventanuco que se adivinaba en lo alto de la pared penetraban los fulgurantes rayos del sol. Yo estaba en una habitación de techo muy alto, y a mi derecha había una puerta. Desde la pared de enfrente me observaba un oscuro e inmóvil personaje, y su extraña mirada me hizo retroceder casi dos siglos.

–¿Familiar de la Inquisición? –le pregunté confuso, pero el grave dignatario no se dignó variar un ápice su semblante.

–Claro –me dije–, porque es una pintura antigua de alguien de cuyo nombre ya nadie se acuerda.

En aquella contemplación estuve embebido durante unos instantes, y luego se abrió la puerta y entró una chica rubia.

–Hola –dijo festivamente–. Ya te has despertado...

... y vino hasta mí y me colocó una gélida mano en la frente.

–¿Marifló...? –dije aún más aturdido, pero ella no contestó.

Se limitó a contemplarme con aguda mirada, y luego la vi desvanecerse entre las nieblas que mencioné. Muy a mi pesar, pues la chica era guapa, la cabeza se me torció sobre la almohada y me encontré al lado de una de las lagunas plagada de caimanes que tuvimos que bordear en el memorable viaje que conté que hicimos a través de las tierras del Darién. Yo, a mis sustantivos dieciséis o diecisiete años, iba disfrazado de dominico y procuraba ocultarme tras mis incipientes barbas de las plantas carnívoras, las sierpes enormes, los amenazantes volcanes y la mayor parte de mis compañeros, tan poca confianza me inspiraba aquella ruidosa gente. Entre la comitiva que afrontó el particular viaje se encontraba una princesa, al decir de las hablillas, y tal debía de ser porque viajaba en litera velada por cortinas. Una de sus servidoras, de las que llevaba un ejército, se acercó hasta el lugar que ocupaba, a la orilla de la laguna, y me dijo,

–De sobra se conoce, señor don Juan Everardo, que es Su Ilustrísima entendido en láudanos y aguas heroicas...

Yo la interrumpí.

–¿Otra vez? Hacía mucho tiempo que no oía citar tales preparaciones, y durante la última jornada ya me han hablado de ellas dos veces. El acre olor de la tintura de opio, sin embargo, no se me olvidará nunca.

Luego miré con furia a quien había interrumpido mis meditaciones y grité,

–¡No...! ¡No quiero escuchar de nuevo los cantos de las sirenas que Matatías me llevó a contemplar a la plaza mayor de aquella ruidosa y gran ciudad de cuyo nombre no puedo acordarme! –y allí moderé el tono–. Fue con ocasión de uno de los viajes de mi señora la marquesa, la marquesa de los ojos violetas, apréndaselo usted bien, y yo viajaba en calidad de paje, pero aquella tarde en que pude solazarme entreví el fantasma de la libertad. ¡Qué tiempos aquellos, tan lejanos...! Luego, por la noche, me crucé con Marifló en un pasillo estrecho y huelga decir lo que aconteció..., pero es que yo acababa de estrenar la adolescencia, y ya conoce usted los arrebatos a que en tal ocasión estamos expuestos los mortales...

La voz blanca simuló no hacerme caso y continuó con su letanía.

–Hace trescientos años, cuando los barcos portugueses iban a traficar a Oriente, como moneda de cambio no llevaban dineros de una u otra nación, no, que allí no les interesaba el metal acuñado en lugares tan lejanos, sino una mercancía infinitamente más preciosa, y esta mercancía, ¿sabes Su Ilustrísima cuál era? Pues yo se lo diré, que era opio castellano, la emanación de las majestuosas Papáver somniferum que en sus llanuras crecen, la mejor y más poderosa variedad del planeta.

–¡Opio castellano...! –dijo con admiración Mendoza, el maestro y constructor de vías de comunicación, que sin duda conocía aquel asunto.

–Sí, opio castellano –continuó la voz–, preciosa materia prima de mis experimentos. Yo vivo para rescatar a los soldados de su dolor, ya sean ingleses, españoles, franceses...

–¿Franceses? –dijo Juan Amadeo, el primero de mis hijos peruanos, que de alguna forma había conseguido colarse también en aquella habitación–. La canalla no merece estos cuidados, y son sus ínfulas imperiales quienes les han colocado en tales circunstancias.

–¿Sus ínfulas imperiales? –terció la criada de la princesa, que aún seguía allí–. De ninguna manera se puede hablar de un pueblo que elige su Destino, sino de las decisiones de quien les gobierna. ¡Nadie, excepto los muy locos, van a la guerra con entusiasmo, sino que son arrastrados a ella por los poderosos y la amenaza de sus represalias!

Hubo un hondo silencio, y cuando creí que se había disuelto aquella tertulia que tan inopinadamente se había formado alrededor de mi cama, la voz, la voz cristalina que yo no sabía de quién era, dijo,

–Sí, así es, y aún añadiremos otras cosas, porque parece que Su Señoría cree que la Revolución Francesa fue la más importante de las revoluciones, pero en ello se equivoca, pues, ¿no es preferible para el pueblo, que todo lo paga con sudor y sangre, la Revolución comercial que al compás de los tiempos y merced a sus barcos han puesto a punto los atrasados e incultos ingleses? Piénselo. Esa revolución hará crecer la riqueza de las naciones, no solamente la de las clases privilegiadas, como siempre sucedió hasta ahora, y todos participaremos de ella. Uno de sus frutos es este reciente producto, esta decantación milagrosa de los principios activos de la planta que nos ocupa y que desde los laboratorios de Inglaterra han hecho llegar a mis manos, la panacea con la que siempre hemos soñado quienes batallamos para que decaiga el dolor que asola el Universo..., y a ti te aliviará mejor que los remedios antiguos, la endemoniada Datura stramonium o los inanes cocimientos de cresta de gallo.

Una mano muy fría volvió a pasar por mi frente.

–Tu cabeza, por otra parte, ni siquiera se rompió del todo; la tienes muy dura.

Hubo una pausa durante la que ella, como buena mujer, fuera la que fuera, arregló los embozos de mis sábanas, y al fin, contemplando su obra, dijo,

–Yo no soy esa Marifló por la que suspiras, sino miss Gold, ayudante de farmacia del ejército inglés, que me admitió por mis méritos..., aunque tú puedes llamarme Alessandra.



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Domingo, 8 Junio 2008 06:10:08 GMT

JUAN EVANGELISTA el día del milagro

Resulta que Juan Evangelista, al final de su vida, cuando ya vivía en el Caribe, viajaba bastante. Un día que, en compañía de un amigo, contemplaba la Ciudad de las Ciencias y las Artes, sucedió un extraño fenómeno del que no podemos dar razón; suficiente razón da la imagen.

Los dos se quedaron estupefactos, claro es, porque el casco del Cid (sí, el Cid Campeador a modo de terremoto) surgió de las aguas para asombro de los presentes, lo que tampoco es tan raro si se piensa que todo ello tuvo lugar en Valencia.

(Juan Evangelista, por si a alguien le interesa, es el que está a la izquierda de la imagen).



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Mi agradecimiento a los lectores que se encuentran interesados en la narración de las aventuras que conformaron mi larguísima vida. En la próxima entrega (que seguramente tendrá lugar la semana que viene) seguiré contando cosas.