La verdadera historia de Juan Evangelista

Biografía de alguien que, por difícil que resulte de creer, vivió más de trescientos años y recorrió el planeta Tierra en casi toda su extensión.

Novela en español

Miércoles, 3 Diciembre 2008 12:00:24 GMT

Juan Evangelista pasa por Cádiz

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El "Siglo de las luces", segundo libro de los cuatro que Juan Evangelista (que vivió trescientos años) escribió al final de su vida para solaz de sus contemporáneos, se refiere a los años centrales del siglo XVIII y se desarrolla en territorios de las Indias Occidentales, adonde el Destino, siempre imprevisible, quiso enviarle desde el convento de Úbeda, lugar en el que concluyó el libro primero, " Edad de las tinieblas ". Este segundo libro comienza en la ciudad de Cádiz, en donde había de embarcarse para afrontar el viaje mencionado, y dice de la siguiente manera:

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Así, de la forma que describo, acompañado por Juan Everardo y sus frecuentes sermones –compañía que, en los designios de Dios estaba, poco había de durarme–, di comienzo a mis viajes de juventud, etapa que por formativa no debe faltar en la vida de ninguna persona, y que en el tiempo al que me refiero se había puesto muy de moda con los grand tour europeos de la juventud aristócrata.

El primero de ellos, de los viajes que llevé a cabo en mi época juvenil, comenzó un mediodía de verano de uno de los años que mediaron el Siglo de las luces –esto es, cuando yo acababa de cumplir alrededor de quince de mis artificiales años–, y comenzó en el populoso puerto de la gran ciudad de Cádiz, ciudad ultramarina y abierta al oeste que en aquel tiempo empezaba a desplazar a su vecina Sevilla como punto de partida del monopolio en el comercio con las Indias, lugar en el que descubrí algo para mí hasta entonces desconocido. ¿Saben a qué me refiero...? Pues me refiero a ese mundo misterioso y opaco para los seres humanos que es el mar, el mar infinito, todos los mares y océanos que reposan sobre la superficie de nuestro planeta, entidad sobre la que poseía muy vagas noticias anteriores extraidas de los libros y las antiguas y casi borradas por la niebla de los tiempos enseñanzas de mi padre. ¡El mar...!, que siempre es el mismo en todas partes...

Sucedió que, cuando llegamos, al coronar una de las últimas cuestas del camino que estábamos a punto de concluir, divisamos una lejana e incendiada por la luz del ocaso ciudad blanca, ciudad populosa, ciudad también fortificada y rodeada de resplandecientes superficies, augurio de lugares marítimos y gran palmeral ilimitado, y al fondo, más allá de las difusas construcciones blancas y las poderosas murallas..., ¡aquella extensión azul y cambiante rodeándola...!, ¡la imaginada ciudad de mis sueños al borde del agua!

Descendimos la última cuesta, yo a la carrera y Juan Everardo voceando por mis urgencias y porque su mula y Candela se negaban a seguirme, y durante horas olvidé su existencia y la de los animales que nos acompañaron. Me interné en aquel mundo poblado y multicolor, y sin prestar atención a nada ni a nadie –y eso que el lugar al que llegué era un abigarrado laberinto de habitantes que me contemplaron pasar con sorpresa–, corrí hasta las pantanosas orillas de las riberas, bajo las murallas de sillares, en donde permanecí larguísimo tiempo recorriéndolas arriba y abajo. Luego deambulé sobre las partes más altas de las mismas murallas y acabé por descubrir los muelles de la bahía, y me quedé tanto tiempo que sólo el hambre y la sed que veinticuatro horas después sentí pudieron distraerme de aquel elemento ingente, aquella brillante superficie sobre la que tantas veces había de navegar en años venideros.

Las olas, por ejemplo, que rompían con estruendo en peñas y malecones y de las que nunca hubiera podido imaginar su forma..., ¿qué decir de ellas?, y los infinitos arenales, las gaviotas que en formidables bandadas se desplazaban de lado a lado de las rías y la multitud de embarcaciones de todos los aspectos y tamaños, desde las diminutas lanchas que cruzaban una y otra vez la bahía ocupadas en sus insospechados quehaceres, a las carracas, los bergantines y goletas, las fragatas y los majestuosos galeones que dejaban flamear sus gallardetes... Todo ello me abstrajo de tal manera que no fue sino cuando atardeció al día siguiente, tras sentir en mi conciencia una repentina carga, que busqué y encontré la posada en la que nos hospedábamos, Juan Everardo en una de las habitaciones, y yo, ¡modestos fueron mis principios!, en cierta dependencia aneja a la cuadra y cuyo olor a desinfectante la definía con precisión, y en donde descubrí que la burra, Candela, sostén de nuestras desgracias y que tanto nos había ayudado en nuestra reciente aventura, había desaparecido misteriosamente. Juan Everardo, interrogado por mí a la mañana siguiente, acabó por confesar que se había desecho del animal a causa de su inutilidad.

–¡Juan Evangelista...! ¿Pensaba acaso vuestra merced cruzar el Atlántico sobre sus lomos, cual mitológico personaje que cabalgara sobre el vendaval...? Esa burra era un estorbo para nosotros, y el dinero que por ella me dieron lo he empleado en más provechosos negocios, que en tal devino la cena de anoche, compuesta, en honor de vuestra protegida, por perdices asadas regadas con espesos caldos. Pero, ¡esperad!, que la mitad lo he reservado para vos, puesto que todas las ánimas del Señor precisan de su acompañamiento –y me tendió unas monedas.

Yo no hice ni ademán de ir a cogerlas. Antes bien le miré torcidamente, y tras pensarlo, con el disgusto en la voz y sin mover un solo músculo, dije,

–Su merced, Excelentísimo Señor don Juan Everardo, será un enviado del Papa de los mil anillos, sí, del Protector de la Cristiandad y Matachín de los infieles, pero su codicia no tiene límites, ni su desapego. ¿Cómo, con los servicios y favores que nos prestó la bestia, ha podido su merced llevar a cabo tan grosera transacción?

Aquella parrafada dejó estupefacto a Juan Everardo, quien a partir de entonces empezó a tomarme en consideración y, muy a su pesar, a mirarme con cierto respeto, aunque no perdiera la oportunidad que se le presentaba para hacer alarde de su autoridad y poderes.

–¿Sabéis, don Juan Evangelista, que como predicador no tenéis precio...? Sin embargo, esas alusiones a vuestro Santo Padre... ¡Tened cuidado, don Juan Evangelista, que las paredes oyen y el brazo de la ley es alargado!

Allí quedó la cosa, y mientras Juan Everardo visitaba una y otra vez los figones, barberías y tabernuchos a que tan aficionado era, que antes que inquisidor parecía rufián, yo, rumiando el consiguiente enfado por lo sucedido, desaparecí durante varios días y aproveché para prolongar los paseos y exploraciones y familiarizarme con la nueva y luminosa ciudad. Me harté de respirar el aire marino y vagar sin rumbo por aquellas desconocidas callejuelas atestadas de gentes de todos los colores, índoles y nacionalidades, soldados que recorrían en tumulto las tabernas, paisanos contemplativos, graves y paseantes eclesiásticos, grupos de comadres atareadas y habladoras, y hasta cuadrillas de niños que gritaban y corrían y en una ocasión me apedrearon con escasa puntería antes de salir huyendo.

Una tarde, tras sentir la sed propia de quien camina sin pausa, entré en una tahona en que anunciaban caldos fortificantes, y al tiempo de reponer fuerzas ante una helada sopa de verduras –en la que predominaba mi amado tomate– me fue dado hojear una sobada gaceta llena de exóticas noticias que en su mayoría correspondían a seis y más meses atrás. Las gacetas eran los periódicos de la época y pocas veces se podía conseguir una, por lo que la leí de pe a pa. En ella, entre otros asuntos de mayor relieve, se anunciaban milagrosos remedios contra las tercianas y ungüentos mágicos para la calvicie, se proclamaban bodas de rango celebradas en Sevilla y se hablaba de la próxima reforma de la Academia Española, institución entonces en ciernes. Asimismo se informaba de las dialécticas maniobras de Mayans en pro de los empiristas británicos, conceptos para mí muy confusos, pero cuyo razonamiento venía a concluir diciendo algo como lo que sigue: "Observa el poeta que, según un célebre axioma peripatético, el conocimiento de las cosas nos viene por los sentidos" . ¡En graves cuestiones andaba metida la intelectualidad de la patria!

Después de bostezar, acabar la lectura y dar principio a la digestión de tan saludable bebida, como quiera que empecé a encontrarme incómodo en aquel oscuro antro, y que la a ratos incontinente cháchara de la propietaria no me detuviese, tras hacerle partícipe de mis bendiciones volví a la calle, las siempre luminosas calles de la ciudad que me daba asilo, y no las volví a abandonar, pues durante las restantes jornadas, quizá vivificado por el aire marino que por vez primera respiraba, u ofuscado por calamitosas premoniciones acerca del sinuoso viaje que me aprestaba a hacer, vagué y vagué por muelles y marismas hasta que llegó el día de embarcar.



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Domingo, 16 Noviembre 2008 05:55:09 GMT

Autorretrato de Juan Evangelista

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Como es sabido, Juan Evangelista fue un buen dibujante. Hizo sus pinitos en la pintura mediado el siglo XVIII, con ocasión de su sonado romance con Marián, la soprano sevillana que pasó por Lima como integrante de una compañía musical (aventura narrada en el segundo de sus libros, “Siglo de las luces”), y luego nunca abandonó su afición por los pinceles. Mucho más tarde, hacia 1850, mientras construía el Union Pacific, ferrocarril que había de atravesar las llanuras norteamericanas, inmerso como estuvo en las largas noches de ocio que le deparó la guerra de Nube Roja, tuvo ocasión de ejercitarse en tal arte, y de aquella época (utilizando pergamino cheyenne, tintas vegetales y carbón de las hogueras) data el autorretrato que traigo hoy a esta página. A la sazón tenía alrededor de cuarenta años.

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Viernes, 31 Octubre 2008 06:48:55 GMT

Correrías por el bosque con la galga

La aventura que aquí abajo se cuenta pertenece al primer libro de esta serie, el denominado " Edad de las tinieblas ", y en ella se describe lo que, cuando tenía alrededor de doce años, le sucedió a Juan Evangelista en el curso de una de sus habituales correrías por los bosques cercanos a la cueva, aquella paradisíaca cueva en la que vivió tantos años.
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Yo había vivido siempre al aire libre, incluso en la gran casa de mis padres de la antigua Miróbriga, y creía conocer la mayor parte de los resortes de la naturaleza, las blancas nubes que tan escasamente nos enviaban el agua vivificadora, las madrigueras de los topos, el girar de la noria del pozo, los gritos de las rapaces..., pero cuando ante mis ojos de aprendiz transcurrieron varias de aquellas estaciones de apacible, continuada y completa vida silvestre, me di cuenta de que todo lo anterior no había sido sino una ilusión. ¿Qué sabía yo de la diversidad de los vientos de la montaña, de los extremados ciclos de calor y frío –que entonces se manifestaban rudamente–, de los modernos métodos de explotación agrícola que cité o de las huellas de los diferentes animales salvajes? Porque allí aprendí a distinguir las del lobo de las del zorro, las del corzo de las del ciervo y hasta las del tejón de las de la nutria, y trabé consecuente conocimiento con la multitud de animales que poblaban los bosques de mi país, animales tan diversos como las cigüeñas negras que anidaban en los árboles más altos, los alimoches que se cernían en las corrientes ascendentes y los que con total impunidad se paseaban por nuestras posesiones y comían cuanto podían de ellas, cuales eran ardillas y zorros, lirones y jabalíes, tejones y liebres y conejos, ciervos, corzos y gamos, nutrias y tritones, estos últimos instalados a sus anchas en el gran estanque que, aguas arriba, delimitaba el dique del que nos surtíamos. También, como resulta de rigor en las granjas, vivieron en nuestra compañía varios perros y gatos, celosos guardianes de las puertas y despositarios de nuestra confianza, y con uno de aquellos animales, que era una perra y atendía por su raza, me sucedió una notable aventura que por su interés consignaré.

–Galga, vámonos al bosque.

La galga, que disfrutaba como nadie persiguiendo a todo bicho viviente, aunque aquel no fuera su terreno natural, salió corriendo y me esperó anhelante en el linde. Nos internamos en el laberinto vegetal dirigiéndonos a mi lugar preferido, unos peñascos que a cosa de media legua afloraban entre la espesura y desde los que con nítida perfección se divisaba el desvanecimiento del sol sobre la arboleda infinita y las montañas lejanas. Aquella tarde, además, correspondía a fase de luna llena, y yo había observado que su rojiza y fantasmal aparición por el este coincidía en los plenilunios con la puesta del sol por el oeste, estupenda y doble función que no quería perder.

Llegamos a ellos tras muchas carreras y ladridos y escalé su cumbre, en donde permanecí largo rato contemplando el espectáculo mientras la perra corría sin cesar por los alrededores y ladraba con alborozo cada vez que percibía algún incitante rastro de los muchos que en tan salvaje lugar encontraba.

Luego el sol se ocultó, y tras dar media vuelta y contemplar el orto lunar, deslumbrante espectáculo que sucedió sobre los celajes de oriente, decidí volver, puesto que mi padre estaba de viaje y mi madre en la cueva, y aunque tenía otros perros y armas, y sabía usarlas, yo no quería dejarla sola por mucho tiempo, de forma que comencé a descender por las abruptas e inclinadas rocas, fácil tarea que había llevado a cabo en multitud de ocasiones, pero sucedió que aquella vez... Di un resbalón, me doblé un tobillo, rodé por una durísima losa y caí aparatosamente y de espaldas en el fondo de un agujero que, parecido a un ancho pozo lleno de zarzas, formaba la disposición de las piedras. Las punzantes espinas se me clavaron en todas partes, y aunque me sirvieron de colchón e impidieron que me estrellara contra el suelo, sentí cómo mil agujas me taladraban la piel. De un brinco intenté levantarme, pero las fuerzas no me respondieron y las espinas redoblaron sus aguijonazos. Entre mis gritos oí cómo la perra prorrumpía en sollozos desgarrados y carreras sin ton ni son alrededor del lugar en que me encontraba, para ella impenetrable...

Nos separaban aquellas altísismas piedras, sí, pero ella se las ingenió, tras mucho olisquear y escarbar, febril actividad que deduje de los ruidos, para conseguir acceder hasta el lugar que ocupaba por un delgado resquicio que encontró, aunque como aquella hendidura estaba obstruida por las zarzas, el aspecto que presentaba era lastimoso. ¡Pobre Galga, que llena de tierra y sangrando por todas partes llegó a mi lado y me llenó de lametones!

–Galga, no, estáte quieta... –susurré, y ella aulló lastimeramente.

–Sí, tienes razón, me he hecho daño... ¡Espera...!

Intenté enderezarme y descubrí que no podía hacerlo, pues uno de mis pies aparecía doblado en un ángulo inverosímil.

–¡Ayyy...! ¡Galga...!, no me puedo mover...

La perra me miró con alarma y volvió a lamerme con ansiedad. Luego me cogió con los dientes por la ropa, y pensando quizá que yo cabía por donde ella había entrado, intentó tirar de mí hacia la abertura, pero como al moverme me clavaba aún más aquellas lacerantes espinas, volví a gritar.

–¡Galga, no, quieta, quieta!

La oscuridad se cernía sobre mi fosa, y mi estado, tras la caída, tampoco me permitía pensar con rectitud. El tobillo empezaba a dar dolorosas muestras de su extraño estado y torcedura, y las espinas se me clavaban más a cada momento. A mi alrededor sentía las desordenadas carreras de la perra, tan descompuesta como yo, y en el cenit el cambiante tono del crepúsculo. Luego, con el pausado discurrir de los minutos, fue tal el tormento que me llegó que acabé desvanecido. Los objetos comenzaron a girar, todo se borró con mansedumbre, y al final sólo oía los desesperados ladridos de la galga que se iban alejando lentamente...

Cuando me desperté en aquel pozo, iluminado por la luna llena, la noche había caído por completo y el silencio era total. ¡Un pájaro nocturno ululó por las cercanías y un batir de alas se alejó...! ¿Dónde estoy...?, me pregunté, pero las mil y una espinas sobre las que yacía, amén del descoyuntado tobillo, me lo indicaron de inmediato.

–¡Ayyy...! –gemí, y de nuevo me lamenté sin acertar a moverme–. ¡Horrible suerte la tuya, Juan Evangelista, que sólo querías observar las maravillas de la naturaleza y te ves reducido a la parálisis en este lugar inaccesible...!

A punto estuve de echarme a llorar, tal era mi angustia y desolación, pero recordando las enseñanzas de mi padre luché por encauzar los pensamientos.

–Juan Evangelista, no es el momento de huecas palabras, sino el de averiguar lo que se puede hacer en situación semejante...

Escuché con atención, pero ni de la galga, mi única compañía y en quien cifraba las escasas esperanzas que tenía de escapar de aquel agujero, se percibía el menor rumor. Por un momento temí que me hubiera abandonado, aunque de inmediato rechacé tal idea, pues, ¿cómo me iba a dejar allí a mi suerte? Ella era incapaz de tal acto de ingratitud, y lo más probable es que anduviera por los alrededores o hubiese ido a buscar auxilio, aunque, de ser así, ¿conseguiría volver...?, porque la cueva estaba lejos... Pero sí, me dije al instante, porque los perros son listos, como de sobra sabía, además de fieles y abnegados.

Aquel pensamiento me tranquilizó, y disponiéndome a esperar me pregunté, ¿qué hacer en el entretanto? La pierna entera me ardía, y la multitud de espinas, que casi no sentía, me impedían moverme.

–No, Juan Evangelista, permanece quieto y veremos qué sucede –y con fugaces e imperceptibles movimientos que me hacían ver las estrellas intenté colocarme de una forma algo más cómoda, cosa que, aunque pueda sonar raro, al final conseguí.

La luna, allá arriba, me miraba burlona, y el sepulcral silencio del bosque pesaba sobre mi ánimo como una losa. Las escasas estrellas que no eran eclipsadas por la luz lunar me guiñaban sus ojos, y con su única compañía poco a poco fui quedándome de nuevo adormecido, aunque despertado bruscamente a intervalos por los ruidos de la selva...

Más tarde, cuando en sueños me preguntaba dónde estaban mis semejantes, ¿dónde estás, galga, y por qué tardas tanto?, fui de manera imprevista despabilado por un lejano y familiar sonido. ¿No eran aquellos los ladridos de la perra, que seguramente volvía con el anhelado auxilio? Repentinamente excitado y despierto presté oído atento y los ladridos fueron haciéndose más claros y cercanos, e instantes después, antes de que pudiera pensarlo, la galga, como un meteoro y a través del resquicio por el que consiguió entrar la vez anterior, llegaba a mi lado ladrando estrepitosamente de alegría y llenándome de saliva, y entre el coro de ladridos oí una voz conocida.

–¡Juan Evangelista!, ¡Juan Evangelista...! –y mi madre, que se había encaramado a las peñas, asomó la cabeza allá arriba.

–¡Hijo mío...! –exclamó estupefacta, pues aunque era de noche, la luna derramaba su claridad iluminándolo todo.

–¡Madre...! –grité, y el solo movimiento de la boca llegó hasta el tobillo y me hizo soltar un aullido.

–¡No te muevas! –gritó ella–. ¡Ahora bajo yo! –y, en efecto, agarrándose a las piedras de precaria manera comenzó a descender hacia mí, y cuando estaba a punto de conseguirlo, resbaló, tal y como me había sucedido a mí, y con gran estrépito se vino abajo y cayó a mi lado, también sobre la zarza.

–¡Ayyyyy...! –gimió, pero al instante y sin reparar en las espinas, se dio media vuelta y me abrazó.

–¡Juan Evangelista...!, ¿estás bien?

El aspecto de mi cara debía de ser aterrador, porque me contempló con espanto.

–¡Mi pie...!

Mi madre, haciendo caso omiso de los pinchazos que sin duda debía de sentir, se inclinó a mirarlo, y acto seguido entró en frenética actividad. Se quitó el jubón que sobre todos los vestidos llevaba, que era de fuerte tela, y extendiéndolo sobre el mar de zarzas y haciendo un soberano esfuerzo trasladó mi cuerpo a su superficie. Al instante..., ¡qué alivio! Los mil pinchazos cesaron en su totalidad y pude por fin desentumecerme...

Ella, que de rodillas sobre el espinoso arbusto a duras penas podía moverse, se inclinó de nuevo sobre mi pie, me miró con muchísima preocupación y musitó dos palabras.

–¡Dios mío!

¡Henos aquí a mi madre y a mí sobre la superficie de un zarzal que ocupaba el fondo de un empinado embudo, ella con el vestido hecho jirones y yo con un tobillo roto! ¡Envidiable situación...!, pero mi madre, con inconfundibles ademanes, aleccionó de inmediato a la perra para que fuera a buscar ayuda al pueblo, difícil encargo, puesto que estaba lejos y en él pocos la conocían.

–¡Galga, corre al pueblo, corre y trae a alguien, venga, ve, ve...! –y la galga, mirándonos descompuesta y gimoteando como sólo saben hacer los perros, dio media vuelta, se introdujo por la estrechísima ranura por la que entraba y salía, reptó por ella y desapareció.

Nosotros nos quedamos allí, en aquella escondida sima, tristísimos y desamparados y componiendo una especie de descendimiento, pues yo estaba acostado sobre las zarzas y entre sus brazos, y mi madre arrodillada y procurando sostenerme..., y ella, que tras aquel ¡Dios mío! no quería alarmarme más de lo que estaba, se dio en distraerme y comenzó a hablar de lo único que nos era posible observar, el cielo estrellado.

–Juan Evangelista, ¿ves esas tres estrellas que nos miran desde lo alto?

Yo, entre brumas y dolores, procuré verlas.

–¿Cuáles? ¿Las que brillan más...?

–Sí, son las estrellas del verano. El triángulo del verano, como se las conoce desde antiguo. ¡Vega, Deneb y Altair..., pregoneras del buen tiempo! Ahora llegarán los largos días del verano y podremos ir a bañarnos a nuestra poza, aguas arriba de casa. Cuando regrese tu padre tenemos que decirle que repare el dique, que en tan mal estado se encuentra...

La conversación continuó de este tenor, y luego, tras un rato en que contemplamos el cielo en silencio, un gran búho comenzó a chuchear escandalosamente y rompió a volar, aleteando furioso desde los árboles cercanos, tras lo que le oímos alejarse...

La quietud volvió en seguida a hacerse dueña del lugar, callada calma que persistió durante un cierto tiempo..., y cuando no esperábamos oír nada más y yo comenzaba a entrar en un dulce sopor, se percibieron unos imperceptibles y cautelosos pasos y rasquidos...

Nos miramos sorprendidos, y luego mi madre, a media voz, dijo,

–¿Galga...?

... y un instante después un fragor infernal, como el que originarían mil demonios enfurecidos, llenó el aire circundante. Pareció que fueran a desplomarse las rocas, pero al fin, en medio del más indescriptible estrépito de rugidos y arañazos, un extraño animal penetró en el pozo por el mismo lugar que lo había hecho la perra y se mostró ante nosotros iluminado por la luna.

–¿Qué es eso...?

Lo que veíamos era un enorme gato ronroneante, del tamaño de un perro grande y que lucía una ridícula barbita blanca, que con la dificultad que le procuraba el cúmulo de zarzas comenzó a caminar apuradamente alrededor de nosotros como si flotara y no tocara el suelo, y cuyos ojos nos contemplaban asombrados y centelleaban con luz propia...

–¡Un tigre..! –balbuceé con espanto, pues yo conocía tan feroz animal de los libros de zoología de mi padre, aunque nunca hubiera podido imaginar que existieran en nuestras latitudes.

–¡No, el lubicán..., calla! –susurró mi madre, y alzando lentamente una pistola que llevaba al cinto y yo aún no había visto, colocó al animal en su punto de mira.

El gigantesco gato se paseó durante un buen rato sin quitarnos ojo, bufando a intervalos y preguntándose seguramente si constituiríamos presas de agradable sabor, pero luego, quizá porque aquella noche ya había comido suficiente, porque las zarzas le molestaran en demasía o porque dos seres humanos le parecieran excesivo enemigo, tras contemplarnos inmóvil e inquisitivo, como si estuviera pensándolo, de un prodigioso salto dio media vuelta y se introdujo de nuevo, con mucho agitarse de ramas, por la abertura por la que había conseguido entrar, en donde desapareció.

Mi madre y yo, tras aquellos instantes de absoluta tensión, respiramos hondamente y con alivio y ella bajó la pistola.

–Seguramente no volverá... –dijo al fin–. Duerme, hijo, que en seguida será de día y regresará la galga con las gentes del pueblo.

Yo, entre sus brazos, me quedé al fin amodorrado, y no sé cuanto duró aquel estado, aunque debió de ser largo porque cuando desperté comenzaba a clarear. Mi madre estaba muy intranquila y pronto descubrí la razón.

–No te inquietes, hijo. Ahora que ha amanecido iré a buscar ayuda al pueblo y volveré en seguida. Quédate con la pistola. ¿Sabes usarla? –pero cuando, tras darme innumerables besos y hacerme muchísimas otras recomendaciones, se aprestaba a escalar la pared de piedra, que no parecía tarea pequeña, oímos bulliciosos ladridos lejanos.

–¡Espera...! ¿Oyes...?

Yo presté oído y, ¡sí!, sin duda era la galga la que ladraba desaforadamente, aunque aún lejos.

–¿Habrá encontrado a alguien? –se preguntó mi madre, mirando ansiosamente hacia lo alto de las piedras.

Un instante después, en medio de los innumerables aullidos que le hicieron dar las espinas, como un torbellino entró la perra en nuestro reducto, en donde nos colmó de caricias y lametones, y luego, desde lo alto de las piedras, a nuestras espaldas, una voz se oyó.

–¡Señora...! ¡Por todos los diablos...! –y allí terminaron nuestros infortunios.

Quienes nos rescataron eran dos hombres del pueblo, que molestos por los continuos ladridos de la perra y sorprendidos por su actitud, pues aullaba lastimera e intentaba arrastrarlos tirándoles de las ropas, decidieron investigar lo sucedido, y siguiéndola apresuradamente...

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Miércoles, 15 Octubre 2008 07:52:37 GMT

Perpétuum móbile

"La verdadera historia de Juan Evangelista", enorme narración que consta de cuatro libros, cuenta la vida del personaje que le da nombre, alguien que nació en la Ciudad Rodrigo de 1680 y murió en estos tiempos que corren, rondando el comienzo del tercer milenio. El cuarto libro, llamado "Perpétuum móbile", está dedicado a la descripción de lo que fueron sus hazañas durante el siglo XX, y comienza de la manera que puede leerse a continuación.

Si alguien quiere curiosear en el aspecto de uno de estos libros, puede hacerlo aquí:

"Edad de las tinieblas"

Juan Evangelista, quien ante ustedes se presenta, nació de padres ricos en la fortificada plaza de Ciudad Rodrigo durante los lejanísimos años que rodearon al de 1680, tiempos que fueron del cometa caudato, la peste bubónica y el último y fatal declinar del poderío español en el Orbis Terrárum .

Juan Evangelista, tocado de inexplicable melancolía, recorrió los primeros veinte años de su infancia de la mano de sus padres, maravillados ante el prodigio. También acompañado de la única compañera de juegos que tuvo a tan temprana edad, la niña de los ojos azules, que crecía, y él no... Luego llegaron los tiempos de las continuas huidas, la guerra con Portugal, la escondida casa nueva de las montañas y al fin la cueva, el paraíso en el valle del Lobo del vecino país, que seguramente se enclavaba en tierras del Alentejo.

Más tarde aún, cuando ya podía comprender lo que le rodeaba, amaneció el Siglo de las luces, la Ilustración y sus encendidas luminarias que alumbraron el terreno, la naciente ciencia que todo lo quiso medir a pesar de los obstáculos que los poderes establecidos pusieron en su camino. Allí conoció la manzana del amor, el sistema de los tres campos, las melodías de los maestros europeos y el perpétuum móbile, juguete de las clases ilustradas que pronto iba a revelarse ineficaz. También los caballos, único medio de locomoción de la época, y el despertar de la burguesía; l'eau heröique , que no es decir cualquier cosa; las aguas y tempestades del océano Atlántico, el amor desbocado, los insalubres pantanos de la región del Darién, los guardianes de los harenes de la costa de África y las abruptas y pedregosas montañas de la enorme cordillera de los Andes, y luego, cuando las luces de que hemos hecho mención se extinguieron y arribaron las guerras y revoluciones del siglo XIX –entre las que no fue la menor la de Nube Roja–, de igual manera las majestuosas locomotoras de vapor, en cuyo manejo fue doctorado por la práctica y las instituciones de la época. Al fin, el fabuloso y lejano archipiélago que se conoce como Indias Orientales apareció asimismo ante sus ojos, tierras y aguas de otro hemisferio en donde durante muchos años actuó como encargado y agente de las instituciones comerciales que componían los imperios marítimos de aquellos tiempos..., y aunque en el tintero nos restan la mayor parte de los hitos de que podríamos hacer mención, cesemos en esta copiosa relación y digámosolo de otra manera.

¡Qué ingente profusión de hechos diversos me condujeron hasta el lugar en que me encuentro, y cuán enorme es el caudal de nebulosos recuerdos que a mi mente vienen! Paso y repaso las páginas anteriores y me digo, Juan Evangelista, ¡qué exagerado eres!, pero mi vida no es la de una persona corriente y de ninguna manera podría contarla como tal. ¿Quién ha podido viajar en uno de los últimos convoyes de Indias que desde el puerto de Cádiz salieron, y al propio tiempo luchar entre los partisanos de la española guerra de la Independencia? ¿Quién ha recorrido las pampas, escalado los Andes y buscado mujer en las abigarradas poblaciones de Rio Grande do Sul o los harenes de los factores que escondidamente habitan en los puertos de la costa del África central? ¿Quién pudo discernir con los ojos de la cara las habilidades de mi lejana Inés, que subida en el tejado de nuestra casa y gracias a su violín hizo amistad con los pajarillos recién nacidos?

Sí, c ontemplo los libros anteriores y lo que en ellos se dice, y no puedo por menos de pensar, Juan Evangelista, ¡cómo han cambiado las cosas! Antiguamente todo se transportaba a mano o sobre los lomos de las caballerías. Del sudor de la frente hemos pasado a la caldera alimentada por carbón, y de las profecías de augures y heteromantes a la expansión universal de Hubble, uno de los mas renombrados sabios del siglo XX, y a todo ello asistí, pero es que mi vida fue una continua huida, pues estaba obligado a ocultar mis anomalías a quienes me rodeaban, fruto de lo cual fueron los constantes viajes y las familias que contribuí a formar y entre las que encontré cobijo.

Aquellos fueron tiempos antiguos, algunos muy antiguos, pero los siglos se cumplen y el aspecto de lo que nos rodea se transforma . Atrás quedaron los inmensos bosques y las silenciosas ciudades de piedra tallada, aunque también el hambre, las enfermedades infecciosas y la ignorancia de gentes que sólo podían agachar la cabeza ante los poderosos, reyes y prelados, nobles y usureros, nacidos con fortuna que ordenaban lo que había de hacerse.

Cuanto he dicho, sin embargo, no forma parte de una crónica mágica al uso, sino que es la auténtica narración de alguien a quien, por razones que se nos resisten, cayó en suerte vivir una existencia inusual, creciendo a un ritmo varias veces menor del que se supone común a las personas.

Sí, han leído bien, y es que nos las habemos con un personaje que nada tiene de habitual, Juan Evangelista, hijo del cometa y niño diablo al principio –eso dijeron en los tiempos antiguos–, pero ahora sabio y viejo, muy viejo, habitante al fin del lugar que llamamos mundo civilizado .

Juan Evangelista, lobo solitario que recorrió la faz de la Tierra animado de sus solas fuerzas, ha vivido más de doscientos años, aunque parezca imposible y novelesco, y aborda el último siglo de su existencia rico en sabidurías y billetes de banco de las más sólidas instituciones que en nuestro planeta existen, es decir, libras esterlinas y florines holandeses. Su perpetuo trasladarse le conduce desde la Insulindia, en donde habitó durante los últimos decenios, a las mediterráneas y templadas costas de las islas Baleares, una vez más su nación, y allí, ustedes lo van a ver, continuarán sus innumerables y pausadas aventuras hasta que lleguen el ocaso y la muerte, inevitable destino de todos los seres vivos.



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Martes, 23 Septiembre 2008 08:06:35 GMT

La electricidad y sus movidas

Conocida es la afición que por toda clase de fenómenos sobrenaturales tuvieron los habitantes del siglo XVIII, siglo de las luces que le dijeron, y sucesos como el que se describe no debieron de ser raros por aquel entonces.

La electricidad, energía hoy de uso común, era en aquellos entonces fuente de las más variadas controversias y esperpénticos dislates, y entre el cúmulo de papeles sin sentido que el antiguo dueño de la casa ocultaba –papeles, algunos, que hubieran servido para llevar a más de uno al patíbulo– encontré un sinfín de anotaciones, recortes, avisos y otras varias formas de comunicación, lo que unido a mis confusos conocimientos –adquiridos, como conté, en el convento ubetense– me llevaron a preparar un magno acontecimiento que había de dejar estupefacta a mi –para ciertas cuestiones– crédula patrona y a sus locuaces amigas.

Lo primero que necesité fue el concurso de algún criado, pero ello no me resultó difícil, pues tras mi primer año de estancia en aquella mansión, cuando sucedieron todas las cosas que he narrado, llegué a conocer a sus habitantes y descubrí con sorpresa que uno de ellos, quien nos había ayudado con los caballos y ocultado nuestros manejos ante la viuda, era paisano mío, un joven, poco más que un niño, oriundo de un lugar vecino al nuestro y que me sonaba vagamente, El Maíllo, patria que fue de una de nuestras criadas y del que mi padre se hacía lenguas debido a la extraordinaria calidad de la leña de sus montes.

–¿Vuestra merced procede de cierto de las apacibles dehesas salmantinas...?

Cuando pronuncié aquellas palabras, Meneses, que tal era su nombre, me miró confuso.

–¿De forma –le dije–, mi querido amigo..., que somos coterráneos...? ¡Qué sorpresas nos reserva la vida! Pues no se apure vuestra merced, que en este mundo estamos para ayudarnos los unos a los otros. ¿Convendría Su Excelencia en llevar a cabo conmigo ciertas labores para las que necesito su concurso? –y como fuera que su ayuda había resultado inestimable en los meses anteriores, y yo me había preocupado de recompensarle como se debía, tuve desde entonces un nuevo aliado en aquella casa.

Se trataba de algo en lo que intervenían fluidos misteriosos, alambres, extrañas máquinas rodadoras, tapetes de fieltro y cordones de seda, elementos que debía procurarme. Todo ello lo había leído en antiguos libros y revistas científicas llegadas de más allá del Atlántico, de la Europa Ilustrada de la época, y decidí utilizarlo para mis fines, así que con la ayuda de uno de los herreros me di en construir uno de aquellos platos magnéticos según las instrucciones de que disponía, y luego, tras experimentos preliminares llevados a cabo en la desierta biblioteca y el más riguroso de los secretos, experimentos que al principio no comprendí pero en seguida observé que producían los resultados que se describían en los papeles, decidí preparar el acontecimiento, para lo que contaba con la colaboración de un entusiasmado Andresillo, al que al fin había conseguido inculcar la virtud de la discreción.

La habitación en donde escenificar tal milagro debía ser grande, y a ser posible de piedra, y para ello elegimos la biblioteca, que con sus pétreos arcos y tenebroso aspecto constituía el decorado perfecto, y en cuanto al momento, el más apropiado me pareció ser el de la merienda, cuando la viuda y sus amigas, que solían reunirse una vez por semana, estuvieran entretenidas con sus comentarios y, por qué no decirlo, estimulantes hojas del arbusto al que llamaban cuca, de las que en ocasiones y como indigna panacea –puesto que solían masticarlas acompañada de cal, ¡de pura y simple cal!– solían hacer consumo.

Una vez todo dispuesto nuestro amigo Meneses se dirigió hacia la habitación en donde las señoras llevaban a cabo su reunión, y nosotros, desde nuestro lugar en la biblioteca, comenzamos a oír sus voces, ¡vengan!, ¡vengan corriendo Sus Ilustrísimas, que están sucediendo hechos extraordinarios...!, y allí se nos presentaron en tromba y con gran sonar de frufrúes las damas, encontrándose cerca del techo, dentro de un arnés de cuero y suspendido por invisibles pero fuertes cordones de seda, a Andresillo simulando volar, y al que llegaban desde la vecina habitación unos alambres que le entraban por los zapatos, que tal era la tramoya, y yo, debajo de él y adoptando múltiples posturas, fingía estar atónito ante aquella maravilla, por más que la finalidad de colocarme en tal lugar obedeciera tan sólo al hecho de poder cogerle al vuelo si se desplomaba la instalación entera. No fue, sin embargo, tal el caso, y todo se desarrolló según lo previsto. Meneses desapareció en la habitación contigua, en donde empezó a sonar la máquina infernal, y yo arrojé los montones de plumas que escondía entre las mangas, que se arremolinaron en el aire alrededor de mi protegido y sus alambres...

Las mujeres, como decía, entraron en tropel en la gran sala casi completamente oscura, aunque iluminada por algunos velones que habíamos colocado en las esquinas. Andrés estaba vestido por entero de negro y casi no se le veía, tan sólo su cara y manos que habíamos pintado de blanco, y además aleteaba furiosamente cual si volara, y a su alrededor, y al de los alambres, nubes de plumas, que eran alternativamente atraídas y repelidas por el fluido, danzaban la más fantástica danza que imaginarse quepa, y no bien habían entrado corriendo la viuda y sus amigas, cuando una, la más atrevida sin duda, se le aproximó entusiasmada, y el niño, extendiendo sus brazos hacia ella..., desde las puntas de sus dedos lanzó un destello, un fogonazo de luz azul, un relámpago que atravesó el aire y llegó hasta la aparatosa peluca que ostentaba la dueña, restalló en su cabeza y le obligó a dar un angustiado grito de sorpresa y huir hasta el más lejano rincón de la estancia. Luego fue otra, y luego su madre, quienes recibieron idéntico tratamiento y emitieron parecidos gritos, mientras yo daba innumerables pases magnéticos y Andrés despedía largos y quebrados y azules rayos por los dedos y reía con enormes e histéricas carcajadas...

Todas cuantas allí estaban salieron al fin huyendo, y aunque aquella noche, durante la hora de la cena y una vez tranquilizado el niño, Andrés y yo debimos dar a su madre las explicaciones que el caso requería, me ocupé de presentarlas como "altamente científicas" y producto de los nuevos tiempos que corrían, no sin múltiples reticencias por su parte.

–Pero, entiéndame bien, presbítero... ¿Es todo esto inofensivo para el niño, o algún día deberemos lamentar una desgracia?

... y fue de la forma que cuento que la fama de mis poderes aumentó extraordinariamente y las señoras me contemplaron desde entonces como quien ve al Demonio, es decir, a prudente distancia y en el más respetuoso de los silencios.



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Viernes, 29 Agosto 2008 03:57:34 GMT

En la Europa de 1930

“La verdadera historia de Juan Evangelista”, como ya se ha dicho en otros lugares de este blog, consta de cuatro libros. Del cuarto, que se llama “Perpétuum móbile”, aún no he puesto nada aquí, y para remediar tal carencia ahí van estas seis páginas, que cuentan algunos de los sucesos que acontecieron al protagonista durante un viaje que, como delegado de la Cruz Roja, hizo por la Europa de 1930.

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Permanecí en Rusia el término de un mes, y habiéndome despedido de mis anfitriones invitándoles a ir a España, emprendí el regreso por camino diferente pues deseaba visitar Alemania, nación en la que entonces tenían lugar los más desaforados sucesos, y fue en Bielorrusia, o quizá en Galitza, una boscosa región de Polonia, en donde una tarde, cuando viajaba en un convoy de la Cruz Roja en el que hice varias jornadas, fui espectador de un bombardeo aéreo, quizá la única escaramuza de guerra moderna a la que haya asistido en persona.

Nuestra columna se componía de muchos automóviles y camiones, y se desplazaba con dificultad por caminos casi intransitables. Los vehículos, además, se averiaban continuamente, y nos veíamos obligados a pernoctar en las más extrañas localidades, lo que tomábamos con buen humor y siempre acompañados por el alcohol que en cada lugar hubiera disponible.

La tarde que digo avanzábamos penosamente, a no más de cuarenta kilómetros por hora, y contábamos con alcanzar el lugar al que nos dirigíamos antes de que se hiciera de noche. Estábamos cerca de alguna frontera, y en aquellos revueltos pagos no eran raros los enfrentamientos entre unas y otras facciones, lo que se evidenciaba en los continuos controles militares que por todas partes había. Uno de los coches de cabeza volvió apresuradamente, y aunque no pude entender lo que desde él se decía, observé que los conductores miraban ansiosamente al cielo.

Al instante, en efecto, nos sobrevoló un avión y se oyeron gritos urgentes que nos ordenaban dejar los vehículos y apartarnos de la carretera; nosotros llevábamos cruces rojas pintadas sobre los techos, pero aquella divisa no era una salvaguarda, pues los guerrilleros la utilizaban como bandera en sus incursiones. Luego, sin que pudiera precisar de dónde, aparecieron más aviones, algunos en vuelo rasante. Se oyeron tableteos de ametralladoras, y desde los trigales en donde nos habíamos refugiado reparé en que la carretera era barrida por balas que levantaban tierra del suelo. Un camión comenzó a arder y varias personas corrieron para ponerse a salvo. Nuevas voces avisaron de una segunda oleada, y aquella vez fueron dos los aviones que sobre nuestras cabezas pasaron rugiendo… y arrojando bombas. Las explosiones retumbaron peligrosamente cerca de donde estábamos y todos hundimos la cabeza entre los hombros, y luego, cuando pareció que se habían alejado, pudieron escucharse unos silbatos y, comandados por algunos soldados que viajaban con nosotros, tuvimos que colaborar para apagar los incendios, lo que nos llevó lo que restaba de tarde. Al fin pudimos reanudar el viaje en los vehículos que no habían sido dañados, y caída la noche llegamos a una aldea cercana, en donde había una guarnición y nos hospedaron los naturales, quienes nos proveyeron de comida y bebida que hubimos de pagar a precios astronómicos, aunque nos felicitamos por haber salido con bien del lance.

Días después, sin haber tenido otros encuentros dignos de mención, atravesamos la frontera alemana y llegamos a lugar civilizado, pues lo que a todos llamó la atención, tras tantos días por países dejados de la mano de Dios, fue lo limpio que estaba todo, las calles, las casas, y lo bien arreglado; podría haber parecido un país en paz, una Arcadia feliz, si no hubiera sido por las alarmantes noticias que habían llegado a mis oídos, pero al fin, tras varias jornadas más llegamos a nuestro destino, una ciudad en donde debíamos dejar los vehículos.

Yo viajaba, como ya he dicho, con varios ingleses y franceses que pertenecían a la Cruz Roja, y al llegar nos encontramos con que, dispuesto por las autoridades, teníamos alojamiento reservado en el mejor hotel de la población, lo que agradecimos tras un viaje tan aventurado. Sin embargo, aquella misma tarde, uno de los ingleses nos advirtió sobre la presencia de micrófonos ocultos en las habitaciones.

–¡Pensarán que somos espías! –dijo alguien con chanza, pero no era aquel –en donde en seguida se iba a hablar del dominio de la niebla y de la noche, expresión alimentada desde la más alta burocracia y que aludía a la suerte que tenían reservada a los disidentes– lugar a propósito para las bromas, y allí, al igual que me había sucedido en Rusia, también se nos largó una buena ración de propaganda sobre los méritos de la reconstrucción nacional.

Un burócrata, que seguramente era miembro del partido nacionalsocialista –entonces en pleno auge, aunque aún no hubiera llegado al poder–, nos enseñó los lugares más sobresalientes, principalmente fachadas barrocas, museos y grandes plazas adornadas con fuentes, y cuando le preguntamos por la fábrica de armamento, pues en la ciudad se enclavaba una renombrada industria fabril, nos dijo que aquello eran habladurías y cambió de asunto. Él hablaba en inglés, pero cuando se dirigía a mí lo hacía en español, aunque con un acusado acento francés que también tenía algo de sudamericano, y a la hora de las apologías sobre los logros del régimen, lo que fue habitual durante los días que nos acompañó, elevaba el tono y se acompañaba ampliamente con las manos. Parecia inofensivo, pese a los correajes que a veces exhibía, pero una tarde en que me había apartado del grupo para fotografiar una calle lateral que me pareció digna de un cuadro antiguo, interrumpió su inagotable discurso, vino corriendo hasta el lugar en que me encontraba y me colocó apresuradamente la mano delante del objetivo.

–¡ Verboten, verboten …! –casi gritó mientras fruncía el ceño, y mirándome con cara de pocos amigos, añadió–. Pog favog, s eñog, le agradesegué que siga mis indicasione –por lo que desistí de mi intento, aunque, al tiempo de echar una última ojeada al lugar, me pregunté que habría en aquella calle.

Pocas veces más vi a aquel gesticulante individuo porque pretexté haber enfermado, y también porque, habiendo concluido la gestión que allí nos llevó, abandonamos en seguida el país, pero antes de hacerlo me las ingenié para llevar a cabo una visita a un lugar que me indicó un personaje que conocí en el bar del hotel.

Alguna noche me quedé acodado a la barra y con una botella delante hasta horas tardías, pues mis acompañantes llevaban a rajatabla los madrugones. El lugar solía estar desierto, fuera de alguna pareja que lo había adoptado como escenario para sus abrazos, y en él trabé relación con el único cliente asiduo que parecía tener. Era de mediana edad y cara enrojecida por el alcohol, y en alguno de los coloquios hizo mención de un bosque y de los viejos tiempos…

–¿Quizá le gustaría a usted verlo? –me preguntó, y yo, desechando mis temores, pues en aquel país todos tenían algo de espías, le dije que sí, que por supuesto, de forma que durante la tarde del día siguiente dimos un largo paseo por anchas alamedas que bordeaban canales.

–Le gusta, ¿verdad? –dijo mi cicerone–. Alemania es un gran país, patria de Bach y de Hegel y de tantos otros… ¿Sabe usted quiénes fueron?

Yo asentí.

–Sin embargo, hoy tenemos a Hindenburg, y la literatura se nutre de títulos como Mein kampf … ¿Oyó usted hablar de ello?

Yo negué con la cabeza, y él, mientras caminaba y a media voz, masculló,

–Mejor.

Al fin llegamos a un puente que cruzaba un ancho río. Al otro lado se divisaba lo que parecía un selvático bosque, y señalándome la linde de la espesura dijo,

–Bien, ya hemos llegado. Ahí tiene usted lo que era el orgullo de la población, pero el paso ha sido ahora restringido por las autoridades y ni siquiera se han preocupado de explicar los motivos. ¡Dios nos ha abandonado…! Allá lo puede ver, aunque no sea prudente acercarse más –y así debía de ser, pues la carretera estaba obstruida con barreras de cemento, alambradas y lejanos cartelones que prohíbían el paso.

Volvimos al hotel lentamente, y durante el recorrido nos cruzamos con lo que parecía una de aquellas manifestaciones que tenían lugar en Madrid. Sin embargo, qué diferencia, porque si en mi país eran obreros con su característica indumentaria los que gritaban y ocupaban las aceras, allí fueron personas mayores ataviadas de la más estrafalaria manera las que transitaron marcialmente por la calzada. Las banderas con la esvástica marchaban al frente, y todo eran insignias y correajes (de nuevos los correajes) que cuadraban mal con el aspecto (no digamos la edad) de quienes los portaban.

–Así es –dijo quien me acompañaba ante mi expresión–. Nos hemos vuelto locos… Alemania se ha convertido en un lugar en el que todo el mundo pasea por la calle vestido de militar. Todos gritan mucho, marcan el paso y pegan continuos y recios taconazos, y fíjese: ¿observa que la mayoría luce esos llaveros con la imagen de Hitler? Su fabricación es una industria pujante, y deja buenos dividendos al partido. ¡Si hasta los turistas que nos visitan los compran…!

Una vez más, revueltos acontecimientos de todos los signos…

Días después abandonamos aquella ciudad y tomé el rumbo de la ciudad de París, que tenía curiosidad por visitar pues no había vuelto a ella desde más de cien años atrás, cuando en su seno viví en compañía de Isabelle, mi mujer francesa de tales tiempos. Arribé una mañana en un ruidoso expreso nocturno...

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Jueves, 31 Julio 2008 02:27:21 GMT

Cuando Juan Evangelista conoció a miss Gold

( Autorretrato; lápiz, tintas vegetales y pergamino cheyenne . Representa a Juan Evangelista a los cuarenta años, es decir, durante la guerra de Nube Roja. La verdad es que le salió muy hiperrealista).

Lo que sigue es un trozo de la "Era de las máquinas", el tercero de los cuatro libros de Juan Evangelista en los que narra su extensa vida, y sucede en 1812, durante el ataque del ejército angloespañol a Ciudad Rodrigo. Fue en aquel episodio cuando conoció a miss Gold, la que había de llegar a ser su segunda mujer.


La batalla de Fuentes de Oñoro, previa a la ocupación y en la que no intervine, acabó de descalabrar la debilitada fuerza francesa que operaba en la zona, y tras innumerables avances y retrocesos, pues nuestro general en jefe (Wellington) nunca se distinguió por lo arrojado y atrevido, sino antes bien por lo receloso y calculador, nos presentamos a la vista de mi ciudad cuando acababa el año, aunque las avanzadillas llevaban semanas observando los movimientos de sus ocupantes y el estado de las defensas.

Wellington instaló el tren de sitio en las lomas cercanas y durante algunos días se dedicó a bombardear la plaza. Las fuerzas francesas que la defendían eran escasas, y sus pertrechos y espíritu guerrero muy limitados, pues poco parecía importarles quién se hiciera dueño de la fortaleza. Las armas francesas estaban en pleno retroceso, y el rey José, acompañado de algunos generales, huía por La Mancha en dirección a Valencia. Aquellas noticias llegaban de vez en cuando y con jolgorio hasta las filas de nuestro heterogéneo ejército, replegado a cubierto de bosquecillos y elevaciones y ocupado tan sólo en contemplar la progresiva demolición de los muros.

Luego, unos días después, cuando ya se veía que la resistencia era inútil, nuestro general dio la orden de preparar la toma definitiva de la ciudad, hecho que debería llevar a cabo una columna arropada por innumerables maniobras de distracción, y en efecto, una mañana, tras el amanecer, cuando todos los cañones tronaban sin pausa y un diluvio de obuses caían sobre las murallas, precedidos de grupos de cazadores y un regimiento de caballería sobre el que se concentraron los disparos, a cubierto de las trincheras que días antes se habían cavado conseguimos llegar hasta la base de la muralla..., y lo cuento en primera persona porque yo estaba allí, en aquella fila, puesto que me pareció obligado presentarme como voluntario. De cuantos me acompañaban, seguramente ninguno era hijo de Ciudad Rodrigo, y no pude reprimir el romántico sentimiento que me indujo a añadirme a las vanguardias.

Escalamos el primer talud sin dificultades y casi sin oposición, y cuando tras la explosión de varias minas pudimos observar el pasillo que nos iba a permitir la entrada en la ciudad..., una inoportuna bala llegó zumbando desde la lejanía e impactó en algún lugar de mi cabeza.

Durante muchísimo tiempo no supe quién era. Tampoco dónde estaba, aunque creía advertir que era trasladado por el aya, que me llevaba en brazos. ¿Es posible tal suceso? Sin duda, pensé, pues todo es posible en el reino de los sueños, no tan engañoso espejismo de la verdadera existencia .

Asimismo aparecía la niña de los ojos violetas en brazos de mi madre, las serpenteantes tomateras, los volcanes con nieve en sus cumbres y la negra Esmeralda, que lo hacía con los eunucos. La concurrida plaza mayor de aquella ciudad en la que por primera vez me sirvieron el negro brebaje que llamaban l'eau heroïque acudió impensadamente a mi cabeza, y para rematar la función, el macho cabrío que disfrazado de demonio se me apareció en la ermita cercana a Úbeda tras recibir la descarga eléctrica de un monumental cúmulo nimbo, comenzó a bailar ante mis ojos.

Todo ello se reflejó en mi retina durante lo que me pareció demasiado tiempo, y de un lugar me trasladaba sin esfuerzo a otro, unas veces acunado por el aya y otras a lomos de los novedosos y esféricos artefactos que, aunque en la lejanía, había podido contemplar desde mi posición en los parapetos que defendían la ciudad de Cádiz; es decir, los globos aerostáticos.

Lo que más me llamó la atención fue el inconfundible y acre aroma de aquella eau heroïque tan lejana en el tiempo, pero, como en seguida veremos, había motivos para que ello sucediera.

Cuando me desperté, era de noche. Entreabrí los ojos, y a la luz de unos candiles y entre los velos de niebla que advertía en el cerebro vi una chica que se inclinaba sobre mí y al pronto me recordó a Marifló.

–¿Marifló...? –dije aturdido e intentando incorporarme, pero en seguida volví a caer en el sopor.

La segunda vez que desperté era de día, pues por un ventanuco que se adivinaba en lo alto de la pared penetraban los fulgurantes rayos del sol. Yo estaba en una habitación de techo muy alto, y a mi derecha había una puerta. Desde la pared de enfrente me observaba un oscuro e inmóvil personaje, y su extraña mirada me hizo retroceder casi dos siglos.

–¿Familiar de la Inquisición? –le pregunté confuso, pero el grave dignatario no se dignó variar un ápice su semblante.

–Claro –me dije–, porque es una pintura antigua de alguien de cuyo nombre ya nadie se acuerda.

En aquella contemplación estuve embebido durante unos instantes, y luego se abrió la puerta y entró una chica rubia.

–Hola –dijo festivamente–. Ya te has despertado...

... y vino hasta mí y me colocó una gélida mano en la frente.

–¿Marifló...? –dije aún más aturdido, pero ella no contestó.

Se limitó a contemplarme con aguda mirada, y luego la vi desvanecerse entre las nieblas que mencioné. Muy a mi pesar, pues la chica era guapa, la cabeza se me torció sobre la almohada y me encontré al lado de una de las lagunas plagada de caimanes que tuvimos que bordear en el memorable viaje que conté que hicimos a través de las tierras del Darién. Yo, a mis sustantivos dieciséis o diecisiete años, iba disfrazado de dominico y procuraba ocultarme tras mis incipientes barbas de las plantas carnívoras, las sierpes enormes, los amenazantes volcanes y la mayor parte de mis compañeros, tan poca confianza me inspiraba aquella ruidosa gente. Entre la comitiva que afrontó el particular viaje se encontraba una princesa, al decir de las hablillas, y tal debía de ser porque viajaba en litera velada por cortinas. Una de sus servidoras, de las que llevaba un ejército, se acercó hasta el lugar que ocupaba, a la orilla de la laguna, y me dijo,

–De sobra se conoce, señor don Juan Everardo, que es Su Ilustrísima entendido en láudanos y aguas heroicas...

Yo la interrumpí.

–¿Otra vez? Hacía mucho tiempo que no oía citar tales preparaciones, y durante la última jornada ya me han hablado de ellas dos veces. El acre olor de la tintura de opio, sin embargo, no se me olvidará nunca.

Luego miré con furia a quien había interrumpido mis meditaciones y grité,

–¡No...! ¡No quiero escuchar de nuevo los cantos de las sirenas que Matatías me llevó a contemplar a la plaza mayor de aquella ruidosa y gran ciudad de cuyo nombre no puedo acordarme! –y allí moderé el tono–. Fue con ocasión de uno de los viajes de mi señora la marquesa, la marquesa de los ojos violetas, apréndaselo usted bien, y yo viajaba en calidad de paje, pero aquella tarde en que pude solazarme entreví el fantasma de la libertad. ¡Qué tiempos aquellos, tan lejanos...! Luego, por la noche, me crucé con Marifló en un pasillo estrecho y huelga decir lo que aconteció..., pero es que yo acababa de estrenar la adolescencia, y ya conoce usted los arrebatos a que en tal ocasión estamos expuestos los mortales...

La voz blanca simuló no hacerme caso y continuó con su letanía.

–Hace trescientos años, cuando los barcos portugueses iban a traficar a Oriente, como moneda de cambio no llevaban dineros de una u otra nación, no, que allí no les interesaba el metal acuñado en lugares tan lejanos, sino una mercancía infinitamente más preciosa, y esta mercancía, ¿sabes Su Ilustrísima cuál era? Pues yo se lo diré, que era opio castellano, la emanación de las majestuosas Papáver somniferum que en sus llanuras crecen, la mejor y más poderosa variedad del planeta.

–¡Opio castellano...! –dijo con admiración Mendoza, el maestro y constructor de vías de comunicación, que sin duda conocía aquel asunto.

–Sí, opio castellano –continuó la voz–, preciosa materia prima de mis experimentos. Yo vivo para rescatar a los soldados de su dolor, ya sean ingleses, españoles, franceses...

–¿Franceses? –dijo Juan Amadeo, el primero de mis hijos peruanos, que de alguna forma había conseguido colarse también en aquella habitación–. La canalla no merece estos cuidados, y son sus ínfulas imperiales quienes les han colocado en tales circunstancias.

–¿Sus ínfulas imperiales? –terció la criada de la princesa, que aún seguía allí–. De ninguna manera se puede hablar de un pueblo que elige su Destino, sino de las decisiones de quien les gobierna. ¡Nadie, excepto los muy locos, van a la guerra con entusiasmo, sino que son arrastrados a ella por los poderosos y la amenaza de sus represalias!

Hubo un hondo silencio, y cuando creí que se había disuelto aquella tertulia que tan inopinadamente se había formado alrededor de mi cama, la voz, la voz cristalina que yo no sabía de quién era, dijo,

–Sí, así es, y aún añadiremos otras cosas, porque parece que Su Señoría cree que la Revolución Francesa fue la más importante de las revoluciones, pero en ello se equivoca, pues, ¿no es preferible para el pueblo, que todo lo paga con sudor y sangre, la Revolución comercial que al compás de los tiempos y merced a sus barcos han puesto a punto los atrasados e incultos ingleses? Piénselo. Esa revolución hará crecer la riqueza de las naciones, no solamente la de las clases privilegiadas, como siempre sucedió hasta ahora, y todos participaremos de ella. Uno de sus frutos es este reciente producto, esta decantación milagrosa de los principios activos de la planta que nos ocupa y que desde los laboratorios de Inglaterra han hecho llegar a mis manos, la panacea con la que siempre hemos soñado quienes batallamos para que decaiga el dolor que asola el Universo..., y a ti te aliviará mejor que los remedios antiguos, la endemoniada Datura stramonium o los inanes cocimientos de cresta de gallo.

Una mano muy fría volvió a pasar por mi frente.

–Tu cabeza, por otra parte, ni siquiera se rompió del todo; la tienes muy dura.

Hubo una pausa durante la que ella, como buena mujer, fuera la que fuera, arregló los embozos de mis sábanas, y al fin, contemplando su obra, dijo,

–Yo no soy esa Marifló por la que suspiras, sino miss Gold, ayudante de farmacia del ejército inglés, que me admitió por mis méritos..., aunque tú puedes llamarme Alessandra.



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Domingo, 8 Junio 2008 06:10:08 GMT

JUAN EVANGELISTA el día del milagro

Resulta que Juan Evangelista, al final de su vida, cuando ya vivía en el Caribe, viajaba bastante. Un día que, en compañía de un amigo, contemplaba la Ciudad de las Ciencias y las Artes, sucedió un extraño fenómeno del que no podemos dar razón; suficiente razón da la imagen.

Los dos se quedaron estupefactos, claro es, porque el casco del Cid (sí, el Cid Campeador a modo de terremoto) surgió de las aguas para asombro de los presentes, lo que tampoco es tan raro si se piensa que todo ello tuvo lugar en Valencia.

(Juan Evangelista, por si a alguien le interesa, es el que está a la izquierda de la imagen).



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Miércoles, 14 Mayo 2008 14:32:58 GMT

Las tapas de los libros de Juan Evangelista

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Estas son las tapas de los cuatro libros que Juan Evangelista escribió durante el final de su vida, cuyos títulos van a continuación:

Libro primero: Edad de las tinieblas

Libro segundo: Siglo de las luces

Libro tercero: Era de las máquinas

Libro cuarto: Perpétuum móbile



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Sábado, 3 Mayo 2008 11:08:19 GMT

Juan Evangelista cuenta un detalle desconocido hasta ahora

... un detalle con mucha enjundia, además. Véase.

Una vez, hace más de doscientos años, cuando yo era un joven inexperto, me comisionaron para hacer una de mis fotos, fotos muy peculiares, según se decía en círculos, pero que tenían gran éxito. Se trataba de retratar a la querida del rey, ni más ni menos, que estaba apartada en un convento en espera de la ocasión propicia. Pocos la habían visto, y aquello debía ser llevado a cabo con el mayor sigilo. Hice mis preparativos (las emulsiones, claro es, y ya pueden imaginar ustedes cómo eran las emulsiones del siglo XVIII...) y una buena mañana, escoltado por un edecán, me dirigí a tal lugar. Los escenarios que me propusieron me parecieron a propósito, y tras mucho pensarlo y repetidas mediciones fotométricas elegí la alberca, la alberca del convento. Luego hubimos de esperar a que atardeciera, pues eso de la luz... Al fin apareció ella y pude tomar aquellas fotos, de las que elegí una como definitiva... ¿Le gustaría a usted verla? Pues nada más sencillo: vaya a este enlace .



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Lunes, 14 Abril 2008 01:22:52 GMT

Episodio en una venta cercana a la cueva de Portugal

Traigo hoy una página del primer libro (" Edad de las tinieblas ") de los cuatro que Juan Evangelista escribió al final de su vida (en los últimos años del siglo XX). Aquí se refiere a algo que le sucedió siendo niño (hacia 1740) en una venta cercana al lugar en que entonces vivía, la sin par cueva de Portugal .


Comer huevos con patatas no es tan fácil, hay que saber hacerlo sin pan. Los huevos con patatas asadas en la brasa..., sí, los huevos con patatas de las tabernas de los caminos que recorren las cercanías del campo de Argañán, llevan pimiento verde y son el complemento perfecto a la mansa tarde, casi al crepúsculo, y al camino de tierra que se pierde en la lejanía. Yo estoy en la puerta del ventorrillo bajo el porche de cañizo, ante una mesa, al otro lado de la frontera, callado y sentado en una silla, y allá, a lo lejos, el sol se hurta tras el horizonte. Sin embargo, cerca, ante mí, hay un humeante plato de loza con huevos y patatas y pimientos asados que la ventera acaba de colocar cuidadosamente. Ahora me trae el pan porque yo se lo he pedido, hoy quiero pan, hoy me apetece, pan negro y blanco, pan de avena y morcajo, y agua, y por el distante camino, más allá de la primera loma, viene un personaje oscuro. Es mi padre, que llega lentamente en un mulo y cansado por mi culpa. Viene solo y triste porque no está mi madre, mi madre se quedó allá atrás, y el niño del bosque también, hace mucho tiempo de esto, y mi padre, el novator, el cuidadoso músico, el titiritero o el buhonero, no lo sé, el fullero o el mago, depende..., llega desde la lejanía envuelto en un capote. Seguramente acaba de desvalijar al siete a algún incauto traficante, ¿quién sabe?, y lo ha hecho en el vecino establecimiento, la venta al otro lado de la raya fronteriza adonde nunca quiere llevarme. No, tú quédate aquí y espérame a que vuelva. El Consejo de Castilla y el Santo Oficio te la tienen jurada, no te olvides de ello. Busca lagartijas para María Asunción, la ventera, nuestra amiga por mor de las circunstancias.

–María Asunción, dime, ¿a ti también te echaron de Castilla?

–No, a mí no. Me fui yo porque me dio la gana, pero este lugar es mejor. El cielo y los caminantes son los mismos pero aquí no nos conoce nadie, ni a ti ni a mí, y los dos tenemos motivos para escondernos. Sin embargo, ¿quién iba a buscarnos en un lugar perdido del Alentejo, tan cerca y tan lejos? Ni aun la Santa Hermandad se atreve a aventurarse por estos pagos dejados de la mano de Dios. Oye, Juan Evangelista, ¿por qué comes tan despacio...? Oye, escúchame, ¿y por qué siempre te lavas?

–María Asunción..., ¿no quieres lagartijas?

–¿Lagartijas...? Sí, pero ahora es tarde y tenemos una comida mejor. Los pimientos asados en las brasas no pueden esperar. ¡Come, Juan Evangelista!

Yo empecé a comer, y mientras lo hacía con cautela y observaba el luminoso atardecer que tanto le gustaba a mi madre, una suerte de agradecimiento hacia quienes me rodeaban me embargó de arriba abajo.

–¡Yo os convidaré a ti y a mi padre a almorzar algún día! ¿Quieres, María Asunción?

–Por supuesto que sí, niño de la cueva, pero ahora..., ¡come y no te preocupes de más!

Cuando llegó el verano y las graníticas peñas que nos aposentaban se llenaron de aquellos pequeños saurios, dediqué una mañana entera a intentar atrapar cuanto animal transitó por las cercanías, y tras haber conseguido llenar un gran zurrón nos dirigimos a la posada. Cuando ella observó el producto de mi cacería, dijo,

–¡Por todos los santos, Juan Evangelista, que despoblarás los contornos de estos animales de Dios!

–No, María Asunción, que las lagartijas se multiplican como los granos de las espigas de nuestros campos. ¡Yo cojo muchas, y todos los años hay más!

–Bueno. ¿Tendremos un perol tan grande en que nos quepan todas?

–Sí, seguro, María Asunción. ¿Te ayudo a pelarlas? –y tras múltiples manipulaciones en que nos acompañaron cebollas y ajos, zanahorias, pimientos y nabos y castañas, productos todos de nuestra huerta, las esencias del aceite y el vino blanco y un enorme caldero de cobre, en la luminosa tarde hicimos una cena con mi caza en cuyo guiso era ella experta, y la comimos con enorme satisfacción y regada de oscuro vino.

Al fin, tras una larga sobremesa iluminada por la luz del ocaso y la de los candiles y hachones de aquella venta, infantilmente sentí saldada una antigua e indefinible deuda con mis antepasados y semejantes.



En: Novela en español
Permaenlace: Episodio en una venta cercana a la cueva de Portugal
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Sábado, 15 Marzo 2008 13:12:05 GMT

Viaje a Valdepeñas

Traigo hoy un trozo del primer libro, la " Edad de las tinieblas ", que se supone sucedido hacia 1740 en las tierras que median entre Úbeda y Valdepeñas, cuando Juan Evangelista vivía en el convento al que su protectora, la marquesa de los ojos violetas, le dirigió.


Mil y una tareas hube de desempeñar durante aquellos años, sí, y la menor no fue, sin duda, la de catador de vino, pues por los años pasados en ambientes lujosos era conocedor y experto en tales materias, y como tal reconocido en la comunidad, resultando que el prior me envió, junto a dos de mis cofrades, a la delicada misión de la compra y traslado del vino que durante un año se consumía en nuestra institución.

–Juan Evangelista... ¿Oyó vuestra merced hablar de vinos pobres y vinos ricos, vinos de gran alcurnia y vinos sin bautizar...? –y ante semejantes y tan familiares palabras de nuestro superior, pronunciadas a mis espaldas en la biblioteca, no pude sino volverme y responder,

–Algo conozco de ello, pero no confíe Su Eminencia en mis escasos saberes al respecto.

El padre prior, que me contemplaba con cierta sorna y una no menos cierta indulgencia, dijo,

–Enorme modestia la suya, hermano, pero creo que, como perito en tales materias, es la persona más indicada de la congregación para llevar a cabo esta necesaria tarea.

El viaje hasta la gran llanura en donde se asienta la populosa ciudad de Valdepeñas, que a tal lugar nos dirigimos, lo hice acompañado de otros dos monjes y siguiendo las pautas de mendicidad de los anteriores, y si bien durante el trayecto no sucedió hecho alguno de mención, una vez llegados allí los acontecimientos se precipitaron. Nos dirigimos a la lonja con objeto de tantear el mercado, y a modo de prueba nos dieron tal cantidad de caldo que salimos sumamente reconfortados en la soleada tarde, animosos y con el mayor de los optimismos pintado en la cara, y, habida cuenta del buen cariz que parecía que tomaban los acontecimientos –y de que nadie supervisaba nuestros actos–, nos obsequiamos con la suculenta cena que merecíamos, y lo que comenzó siendo una pequeña rapiña a los haberes comunitarios terminó con su agotamiento.

Ante tal despojo puse al principio el grito en el cielo y me negué en redondo a secundar las ideas de mis compañeros, pero conforme fueron cayendo jarras de vino en el mejor mesón que encontramos en el pueblo, pues debíamos obligatoriamente digerir el enorme asado del que habíamos dado cuenta a modo de cena, aquello empezó a parecerme menos sin sentido, y aunque intenté borrar la sacrílega idea del ánimo de mis interlocutores, mis admoniciones no dieron resultado alguno. El hermano Silesio, con la bolsa en la mano y fuera de mi alcance, tambaleándose entre los soportales de la plaza mayor y desternillándose ante mi escrupulosa expresión, voceaba,

–¡Dios proveerá, hermano, Dios proveerá...! –jocosas expresiones en las que era auxiliado por el hermano Serafín.

–¡Hombre de poca fe!, que no confiáis en la Providencia...

Toda aquella noche la empleamos asistiendo a saraos y celebraciones bodeguiles sin fin, y la rematamos durmiendo entre sábanas de hilo y acompañados de un montón de extrañas mujeres, alguna joven pero en su mayoría maduras, que si bien nos trasladaron efímeramente al Paraíso, también dieron un buen pellizco a nuestros caudales, y llegada la luminosa mañana, una vez almorzados y recompuestos y habiendo hecho ciertas gestiones para encaminar con bien el negocio que hasta allí nos había llevado..., conseguimos producir idéntico resultado al de la tarde anterior. Nos regalamos con una copiosa comida compuesta por todos los alimentos prohibidos, entre ellos deliciosas perdices y enormes y sanguinolentas tajadas, y por la tarde, tras la sobremesa y pese a nuestras intenciones, volvieron a darse los mismos sucesos..., y no diré más.

De tal manera nos comportamos durante una semana, y cuando desmayadamente y apoyados en una tapia observábamos el ocaso del séptimo día, comenzábamos a estar cansados y nuestra bolsa agotada, dimos en discutir violentamente sobre lo acontecido y las consecuencias de nuestros actos, pero habiendo llevado cabo el acto de contrición convinimos en invertir el resto de los haberes en una opípara cena y una no menos reconfortante noche entre las sábanas del parador, y a la mañana siguiente, con las huellas de aquellos días en los andares y el rostro y harto dolor en el corazón, emprendimos el incierto regreso, que además de incierto había de ser azaroso, pues desde el convento, dada nuestra tardanza, habían despachado una comitiva en busca de noticias.

Una mañana, caminando a buen paso e intentando ponernos de acuerdo sobre las explicaciones que íbamos a dar, alcanzamos a ver una caravana de nobles como aquellas de las que antaño había formado parte. Sucedió que al fondo de la inmensa llanura salteada de viñas, desmedrados trigales y también algunos caseríos que se pintaban en el horizonte, comenzó a divisarse una lejana nube de polvo. Una nube de polvo sólo puede ser causada por un gran número de caballos, y como de nuestra mente no se despegaban las pasadas, a más de luctuosas, aventuras, por las que sentíamos gran aflicción y arrepentimiento, prestamos atención a lo que entraba dentro de lo posible que sucediera, así que cuando alcanzamos a divisar las banderolas y pendones que el cortejo llevaba y al punto reconocimos...

Existía en Úbeda una señora de origen noble y acrecentados caudales que siempre se distinguió por su amistad con el prior, interés por los estudios y trato de favor hacia nuestro convento, y si bien tal dama no hizo sino favorecernos con sus donaciones, no podría decirse lo mismo de su consorte, que era de temer, pues el barón, ruidoso y juerguista personaje, y sumamente grosero con los criados y aun los eclesiásticos, era muy aficionado a la caza, el billar –para lo que disponía de una gran sala provista de todos los aditamentos que tal deporte requería– y las más pesadas bromas, que gastaba a quien tuviera a su alcance, incluida su santa mujer. Con razón o sin ella se había erigido en defensor de nuestra institución, y aunque en ocasiones nos había sacado de algún apuro, las más de las veces sus actos no nos habían proporcionado más que disgustos y complicaciones, como las que, desde que vimos los gallardetes, supimos que iba a suceder.

Con la mayor urgencia nos ocultamos entre los árboles y peñas de aquel lugar, pero el hermano Silesio, al que faltaba un pulmón, no pudo hacerlo con la rapidez que el caso hubiera requerido y fue descubierto, reconocido, perseguido y alcanzado por la vanguardia del temible cortejo. La comitiva se detuvo al borde del camino, las puertas de la carroza se abrieron para dejar paso a la sumamente gruesa figura de su dueño, los caballeros descendieron de sus monturas con chulescos y amenazantes ademanes... Qué dijeron no lo sé, pues la distancia era mucha y nosotros nos preocupamos sobre todo de mantenernos a cubierto y tan sólo asomar los ojos entre el follaje para observar lo que ocurriera, pero entre la nube de polvo que los encerraba aún conseguimos atisbar muchos y groseros gritos, al hermano Silesio arrodillado en el polvo, luego azotado entre carcajadas por la fusta de algunos de aquellos gañanes, y obligado al fin a subir a la galera que escoltaba a la carroza...

Por último, entre innumerables órdenes enmascaradas por la distancia y nuevas y densas polvaredas, la caravana dio media vuelta y retomó la dirección que había traído. ¡Allá fue el escuadrón de gente montada y los carruajes que se bamboleaban sin freno por efecto del malísimo camino...!, y al fin todo se perdió en la lontananza entre nubes de polvo y nosotros dos pudimos salir de nuestro escondrijo y sacudirnos las briznas de los hábitos.

–Hermano Juan Evangelista... ¡Ya podemos irnos preparando para el recibimiento que vamos a tener en casa de nuestros mayores! –lo que fue exacto y cabal y sucedió dos días después, pero de ello no añadiré nada pues constituyó uno más de los sucesos que durante aquellos años viví.



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Viernes, 15 Febrero 2008 13:28:51 GMT

El mensajero de los Dioses

Hacia 1760.

La escena que se describe más abajo pertenece al segundo de los libros en los que se cuenta la vida de Juan Evangelista, el llamado "Siglo de las luces", y sucede en el ingente escenario de los Andes, cuando, actuando de secretario para Mendoza, un ingeniero de la época, dedicaban sus esfuerzos a realizar mediciones topográficas en aquellos parajes.


Una mañana arribamos a una aldea perdida en la fragosidad de las montañas, y Mendoza, tras hablar con los lugareños, me dijo,

–Prepare usted sus entendederas, sí, y abra bien los ojos y los oídos, que va a observar algo que se presencia escasas veces. ¡Acompáñeme, hombre, póngase en marcha!

Nos sumamos a un grupo de indios, y tras una larga caminata que nos llevó a una enorme hondonada entre picachos, nos escondimos entre las peñas y pasamos la mayor parte del día al acecho.

–¿Al acecho de qué?

–Del mensajero de los Dioses, ya que quiere usted que le destripe el cuento. Pero no atienda a las palabras sino a los acontecimientos. ¡Fíjese...!, ahí viene –y una enorme sombra surgida de los aires nos sobrevoló dirigiéndose hacia el señuelo.

Aquel formidable animal –mensajero de los Dioses– tocó la tierra al lado del cordero despeñado y observó sus alrededores con desconfianza. Luego, cuando parecía ir a hacer ademán de hincar su monstruoso pico en la carne de la presa, los indios salieron de sus escondites y con toda confianza se dirigieron hacia él. El cóndor, que no otro era nuestro botín, intentó de inmediato alzar el vuelo, pero, ¡ay!, las paredes del embudo pedrero a que había sido conducido eran demasiado altas para él, y sus desesperados aleteos no le sirvieron para remontar el vuelo sino tan sólo para desplazarse de un lugar a otro, preso en la encerrona que no había imaginado. Los indios lo persiguieron con risas y cánticos por todo aquel fondo rocoso y se hartaron de tirarle piedras que no consiguieron sino enfurecerlo, pero luego, cuando el animal daba muestras de cansancio, se aproximaron a él y, con un capuz, le taparon la cabeza. A continuación, y usando de una caña hueca, le dieron a probar un licor cuyo nombre desconozco...

Nuestra llegada al pueblo con la enorme ave supuso el comienzo de la fiesta que durante el día siguiente iba a