La verdadera historia de Juan Evangelista

Biografía de alguien que, por difícil que resulte de creer, vivió más de trescientos años y recorrió el planeta Tierra en casi toda su extensión.

Febrero, 2009

Domingo, 15 Febrero 2009 07:18:59 GMT

Desenterrando el tesoro

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Pongo hoy un trozo de la "Era de las máquinas", el tercero de los libros que Juan Evangelista escribió a guisa de memorias durante los años finales de su larga vida. En él habla de algo que le sucedió a finales del siglo XVIII en la región de Champagne, es decir, en plena Revolución francesa, acontecimiento al que también (como a tantos otros) asistió. Él sabía dónde estaba enterrado un tesoro, y como no iba a dejárselo a los franceses, que habían matado a Isabelle, su amada de entonces...

El que quiera enterarse de todo lo que le sucedió..., en fin, que no le va a quedar más remedio que leer el libro entero.

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Mi único acompañante de los meses que cuento fue un viejo asno que hizo la mayor parte del trabajo, pues era él quien a duras penas arrastraba el mugriento carro en que me desplazaba y en cuyo interior se agolpaban baratijas sin fin que, para mayor disimulo, yo vendía en las alhóndigas y plazas de los lugares que atravesaba durante los largos días de camino. La caridad de las gentes del campo me dio cuartel en aquellas tierras extrañas que mediaban entre la ciudad de París y la renombrada región de Champagne, puesto que durante los viajes me permitían guarecerme de las inclemencias y dormir en cuadras y portalones. Con el correr de las mañanas y de pueblo en pueblo me dejaba caer por los lugares de reunión, y luego, una vez finalizado el mercado y cuando los labriegos recogían sus pertenencias, acudía a las tabernas y daba en ellas nuevas muestras de mis habilidades, mientras los parroquianos, ignorantes de lo que acontecía, me arrojaban monedas de cobre que yo recogía dando muestras de agradecimiento... Al fin, llegado con los días a mi meta, los bosques que rodeaban la casa de Champagne, simulando seguir el camino me internaba en lo más profundo de los bosques, y tras una noche de trabajo apartando piedras y volviéndolas a colocar, habiendo provisto mi oculta bolsa daba media vuelta y emprendía el camino de regreso.

El nombre de guerra que adopté para tal lance fue el de Pascual Bailón, como en anterior asiento me conocieron los monjes en el convento de Úbeda, y ocasiones sobradas tuve para demostrarlo, pues uno de mis fuertes eran los embustes, las leyendas medievales y los cuentos chinos, los pretendidos malabarismos, los trampantojos y los groseros juegos de magia que había almacenado en el magín durante más de cien años. Cuando en ello era rechazado y grupos de desenvueltos mozos pretendían tomarme a chacota o apedrearme, que de todo hubo, me convertía en santón, en humilde anacoreta, en dulce e inofensivo ere-mita venido de la lejana Bohemia, que bien a las claras lo mostraba en la luenga barba que me dejaba crecer y en mi desmesurado hábito, y no se extrañen por ello, pues hubiera llevado hasta el gorro frigio si necesario hubiera sido, pero entonces ya no era moda entre los paisanos y me contenté con lucir ostentosamente la tricolor, que era algo que respetaban todas las facciones. Mis discursos, por otra parte..., había que escucharlos. Acompañado de una campanilla, la flauta en la diestra, la mirada punzante, el atabal cruzado en la espalda..., clamaba cuando me convenía y con chillona voz acerca de la hora Prima, de la hora Sexta, de los sagrados árboles de la libertad de época anterior, del sistema métrico decimal –entonces en ciernes, pero del que tenía ciertas nociones por mis abundantes lecturas–, y hasta de los cuatro jinetes del Apocalipsis, por lo que con el tiempo llegaron a conocerme en la mayor parte de los establecimientos del camino y mi presencia celebrada en plazas y mercados cuando en ellas hacía aparición.

Realicé de esta guisa dos o tres viajes haciendo acopio de lo que allí me llevaba, el oro escondido, excursiones nocturnas entre bosques que nunca me depararon ninguna sorpresa, pero durante la que juzgaba que iba a ser la última tuve un inopinado encuentro que no acabó mal por pura casualidad.

Un atardecer, al llegar al lugar en que estaban enterradas las monedas, descubrí con sorpresa en el barro huellas recientes de lo que me pareció un perro, y no me confundí, pues aquella misma noche, cuando tras varias horas de trabajo me disponía a cerrar el túmulo, oí detrás de mí un sonido inconfundible. ¡Era el familiar gruñido de Sansón!, que, quién sabe cómo, había dado conmigo.

Me volví como un rayo y vi que sus llameantes ojos me observaban desde la linde de los árboles; la lengua le colgaba de la boca agitada. Le silbé amigablemente, pero el perro gruñó de nuevo y levantó tierra con las patas como si se dispusiera a atacarme. Yo, con movimientos lentos y sin perderle de vista, tomé del suelo la espuerta de grueso cuero que utilizaba para cargar las monedas y me la enrollé en el brazo como pude. Luego tenté el arma que llevaba en la cintura...

El perro dudaba sobre qué hacer, pues seguramente no confiaba en sus fuerzas, de forma que le azucé simulando emprender la huida, y en cuanto le di la espalda noté que corría en mi dirección. Me volví, y cuando tras un par de brincos saltó sobre mí rugiendo sordamente, dejé que clavara los dientes en el brazo en el que me había enrollado el cuero, y cuando él creía que me tenía preso y comenzaba a revolverse, enarbolando un afilado cuchillo de cocina que solía portar por lo que pudiera suceder..., con la mano que me quedaba libre se lo clavé en el vientre. El mordisco se aflojó al instante, y el perro, herido hasta lo más profundo, exhaló un hondo gruñido y rodó entre las hierbas agitando las patas al aire; al fin, tras un último y sonoro estertor, se derrumbó inmóvil, aparentemente muerto.

A continuación me vi en la necesidad de esconderle, pues su cadáver resultaba muy acusador en aquel lugar, de forma que lo arrastré lejos, y como el cuerpo era pesado y yo no podía perder el tiempo porque pronto iba a amanecer, con una gran piedra atada precariamente al cuello acabé tirándolo al río en un lugar que me pareció adecuado, una poza que parecía ser de cierta profundidad y se enseñaba aguas arriba, en la que confiaba que los peces llevaran pronto a cabo su cometido.

¡Pobre Sansón, y en qué mala hora apareció en donde no debía!, pero él era ya un perro viejo y artrítico y poco pudo hacer ante mi cruel engaño, que sin duda no esperaba. Yo no hubiera querido hacerle mal, pero no me quedó más remedio que llevar a cabo lo que relaté, pues sus ladridos y correrías por el lugar podían haber puesto a sus amos sobre la pista de lo sucedido.

La mañana me cogió en el camino, saliendo de los últimos bosques, y en la entrada del pueblo detuve mi alocada huida y simulé estar durmiendo debajo del carro. Los niños que me descubrieron me despertaron con gritos alusivos a mi nueva circunstancia, ¡Pascual Bailón!, ¡ha venido San Pascual Bailón!, y aquel día no lo dediqué a recorrer el mercado y las tabernas, como había hecho en viajes anteriores, sino a huir avizorando con los dos ojos las personas que encontraba a mi paso, pues quién podía saber si alguien me iba a reconocer...

Nada de ello sucedió, y con mi preciada carga escondida bajo las desbaratadas tablas del carro procuré alejarme cuanto antes de aquella región, a la que esperaba no tener que volver jamás. Al fin, al caer la noche, cuando me vi lejos, entre las personas absolutamente desconocidas de la posada en que me alojaron, con un vaso de vino en las manos respiré con un alivio como pocas veces recordaba haber sentido.

¡Ay, los franceses! ¡Si ellos supieran a quién habían socorrido y lo que ante sus narices había tenido lugar!, porque, como he contado, durante casi un año mi presencia fue harto conocida y celebrada en la región de que procedía Isabelle, ¡aquí llega Pascual Bailón!, bohemio arrojado de su país por el opresor absolutismo que lo gobierna y camina junto al destartalado carro en el que porta sus pretendidas riquezas de papel rizado, hilos de colores y cacharrería diversa, hacedor de largas y frecuentes caminatas a lomos de su borrico, entendido en juegos malabares y virtuoso en las difíciles artes de los sacamuelas y tañedores de caramillo...

Aquella bien pudo haber sido una exacta definición de mi persona entre los paisanos de la Champagne, y muchos así lo creyeron, pues las apariencias resultan a veces incuestionables y pocos poseen el discernimiento para desenmascararlas..., pero había que ver también a Juan Evangelista en París, ocupante de una de las mejores y más soleadas boardillas que al Sena se asomaban, lobo solitario que en los atardeceres entra pulcramente vestido en los cafés, aquellos cafés que antaño –aunque tampoco muchos años atrás– fueron nido de revolucionarios jacobinos y hoy apacibles salones en donde se discute sin alzar la voz sobre la conveniencia del Directorio o del Imperio... Sí, Juan Evangelista, perulero renombrado, quizás agente enmascarado de alguna sociedad del casi extinto imperio español o foráneo que trabaja para los odiados ingleses, pues tales son sus opiniones; rico atildado, desde luego, y amigo de sus amigos, como siempre lo fue, aunque pertenezcan al país de los franceses... Juan Evangelista, además, que se disfraza para entrar en las instituciones crediticias, pues sus artes de disimulo no se restringen a las correrías campestres sino que se extienden a las respetables casas de cambios que a pocos aceptan, tocado de levitón, sombrero y bigote postizo, él, que nunca fue amigo de faramallas pero ahora convertido a los nuevos usos por mor del correr de los tiempos y las circunstancias, de las que tantas y tan diferentes pudo ver...

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Los dos primeros libros de esta serie se pueden ver (y conseguir) en los siguientes enlaces: " Edad de las tinieblas " y " Siglo de las luces ".

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Domingo, 1 Febrero 2009 06:31:56 GMT

Nuevas explicaciones sobre lo inexplicable

Hoy, en vez de texto, pongo un enlace a una página nueva en la que se explica una vez más cómo es esta historia de Juan Evangelista, personaje que, inexplicablemente, vivió más de trescientos años y recorrió la faz del planeta Tierra en casi toda su extensión. Claro, pues en trescientos años hay tiempo para eso y para mucho más.

El enlace es "Tetralogía de Juan Evangelista, niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario" , que con sus solas fuerzas se las apañó para… (y bla, bla, bla).

De paso, en esa misma página podéis tener noticias de otras cosas que he escrito, leer trozos de ellas e ilustraros sobre algunas de las recetas de cocina que más me gustan, que de todo hay y a todo hay que atender.



En: Novela en español
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Camargo Rain

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Mi agradecimiento a los lectores que se encuentran interesados en la narración de las aventuras que conformaron mi larguísima vida. En la próxima entrega (que seguramente tendrá lugar la semana que viene) seguiré contando cosas.