En la Europa de 1930
“La verdadera historia de Juan Evangelista”, como ya se ha dicho en otros lugares de este blog, consta de cuatro libros. Del cuarto, que se llama “Perpétuum móbile”, aún no he puesto nada aquí, y para remediar tal carencia ahí van estas seis páginas, que cuentan algunos de los sucesos que acontecieron al protagonista durante un viaje que, como delegado de la Cruz Roja, hizo por la Europa de 1930.
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Permanecí en Rusia el término de un mes, y habiéndome despedido de mis anfitriones invitándoles a ir a España, emprendí el regreso por camino diferente pues deseaba visitar Alemania, nación en la que entonces tenían lugar los más desaforados sucesos, y fue en Bielorrusia, o quizá en Galitza, una boscosa región de Polonia, en donde una tarde, cuando viajaba en un convoy de la Cruz Roja en el que hice varias jornadas, fui espectador de un bombardeo aéreo, quizá la única escaramuza de guerra moderna a la que haya asistido en persona.
Nuestra columna se componía de muchos automóviles y camiones, y se desplazaba con dificultad por caminos casi intransitables. Los vehículos, además, se averiaban continuamente, y nos veíamos obligados a pernoctar en las más extrañas localidades, lo que tomábamos con buen humor y siempre acompañados por el alcohol que en cada lugar hubiera disponible.
La tarde que digo avanzábamos penosamente, a no más de cuarenta kilómetros por hora, y contábamos con alcanzar el lugar al que nos dirigíamos antes de que se hiciera de noche. Estábamos cerca de alguna frontera, y en aquellos revueltos pagos no eran raros los enfrentamientos entre unas y otras facciones, lo que se evidenciaba en los continuos controles militares que por todas partes había. Uno de los coches de cabeza volvió apresuradamente, y aunque no pude entender lo que desde él se decía, observé que los conductores miraban ansiosamente al cielo.
Al instante, en efecto, nos sobrevoló un avión y se oyeron gritos urgentes que nos ordenaban dejar los vehículos y apartarnos de la carretera; nosotros llevábamos cruces rojas pintadas sobre los techos, pero aquella divisa no era una salvaguarda, pues los guerrilleros la utilizaban como bandera en sus incursiones. Luego, sin que pudiera precisar de dónde, aparecieron más aviones, algunos en vuelo rasante. Se oyeron tableteos de ametralladoras, y desde los trigales en donde nos habíamos refugiado reparé en que la carretera era barrida por balas que levantaban tierra del suelo. Un camión comenzó a arder y varias personas corrieron para ponerse a salvo. Nuevas voces avisaron de una segunda oleada, y aquella vez fueron dos los aviones que sobre nuestras cabezas pasaron rugiendo… y arrojando bombas. Las explosiones retumbaron peligrosamente cerca de donde estábamos y todos hundimos la cabeza entre los hombros, y luego, cuando pareció que se habían alejado, pudieron escucharse unos silbatos y, comandados por algunos soldados que viajaban con nosotros, tuvimos que colaborar para apagar los incendios, lo que nos llevó lo que restaba de tarde. Al fin pudimos reanudar el viaje en los vehículos que no habían sido dañados, y caída la noche llegamos a una aldea cercana, en donde había una guarnición y nos hospedaron los naturales, quienes nos proveyeron de comida y bebida que hubimos de pagar a precios astronómicos, aunque nos felicitamos por haber salido con bien del lance.
Días después, sin haber tenido otros encuentros dignos de mención, atravesamos la frontera alemana y llegamos a lugar civilizado, pues lo que a todos llamó la atención, tras tantos días por países dejados de la mano de Dios, fue lo limpio que estaba todo, las calles, las casas, y lo bien arreglado; podría haber parecido un país en paz, una Arcadia feliz, si no hubiera sido por las alarmantes noticias que habían llegado a mis oídos, pero al fin, tras varias jornadas más llegamos a nuestro destino, una ciudad en donde debíamos dejar los vehículos.
Yo viajaba, como ya he dicho, con varios ingleses y franceses que pertenecían a la Cruz Roja, y al llegar nos encontramos con que, dispuesto por las autoridades, teníamos alojamiento reservado en el mejor hotel de la población, lo que agradecimos tras un viaje tan aventurado. Sin embargo, aquella misma tarde, uno de los ingleses nos advirtió sobre la presencia de micrófonos ocultos en las habitaciones.
–¡Pensarán que somos espías! –dijo alguien con chanza, pero no era aquel –en donde en seguida se iba a hablar del dominio de la niebla y de la noche, expresión alimentada desde la más alta burocracia y que aludía a la suerte que tenían reservada a los disidentes– lugar a propósito para las bromas, y allí, al igual que me había sucedido en Rusia, también se nos largó una buena ración de propaganda sobre los méritos de la reconstrucción nacional.
Un burócrata, que seguramente era miembro del partido nacionalsocialista –entonces en pleno auge, aunque aún no hubiera llegado al poder–, nos enseñó los lugares más sobresalientes, principalmente fachadas barrocas, museos y grandes plazas adornadas con fuentes, y cuando le preguntamos por la fábrica de armamento, pues en la ciudad se enclavaba una renombrada industria fabril, nos dijo que aquello eran habladurías y cambió de asunto. Él hablaba en inglés, pero cuando se dirigía a mí lo hacía en español, aunque con un acusado acento francés que también tenía algo de sudamericano, y a la hora de las apologías sobre los logros del régimen, lo que fue habitual durante los días que nos acompañó, elevaba el tono y se acompañaba ampliamente con las manos. Parecia inofensivo, pese a los correajes que a veces exhibía, pero una tarde en que me había apartado del grupo para fotografiar una calle lateral que me pareció digna de un cuadro antiguo, interrumpió su inagotable discurso, vino corriendo hasta el lugar en que me encontraba y me colocó apresuradamente la mano delante del objetivo.
–¡ Verboten, verboten …! –casi gritó mientras fruncía el ceño, y mirándome con cara de pocos amigos, añadió–. Pog favog, s eñog, le agradesegué que siga mis indicasione –por lo que desistí de mi intento, aunque, al tiempo de echar una última ojeada al lugar, me pregunté que habría en aquella calle.
Pocas veces más vi a aquel gesticulante individuo porque pretexté haber enfermado, y también porque, habiendo concluido la gestión que allí nos llevó, abandonamos en seguida el país, pero antes de hacerlo me las ingenié para llevar a cabo una visita a un lugar que me indicó un personaje que conocí en el bar del hotel.
Alguna noche me quedé acodado a la barra y con una botella delante hasta horas tardías, pues mis acompañantes llevaban a rajatabla los madrugones. El lugar solía estar desierto, fuera de alguna pareja que lo había adoptado como escenario para sus abrazos, y en él trabé relación con el único cliente asiduo que parecía tener. Era de mediana edad y cara enrojecida por el alcohol, y en alguno de los coloquios hizo mención de un bosque y de los viejos tiempos…
–¿Quizá le gustaría a usted verlo? –me preguntó, y yo, desechando mis temores, pues en aquel país todos tenían algo de espías, le dije que sí, que por supuesto, de forma que durante la tarde del día siguiente dimos un largo paseo por anchas alamedas que bordeaban canales.
–Le gusta, ¿verdad? –dijo mi cicerone–. Alemania es un gran país, patria de Bach y de Hegel y de tantos otros… ¿Sabe usted quiénes fueron?
Yo asentí.
–Sin embargo, hoy tenemos a Hindenburg, y la literatura se nutre de títulos como Mein kampf … ¿Oyó usted hablar de ello?
Yo negué con la cabeza, y él, mientras caminaba y a media voz, masculló,
–Mejor.
Al fin llegamos a un puente que cruzaba un ancho río. Al otro lado se divisaba lo que parecía un selvático bosque, y señalándome la linde de la espesura dijo,
–Bien, ya hemos llegado. Ahí tiene usted lo que era el orgullo de la población, pero el paso ha sido ahora restringido por las autoridades y ni siquiera se han preocupado de explicar los motivos. ¡Dios nos ha abandonado…! Allá lo puede ver, aunque no sea prudente acercarse más –y así debía de ser, pues la carretera estaba obstruida con barreras de cemento, alambradas y lejanos cartelones que prohíbían el paso.
Volvimos al hotel lentamente, y durante el recorrido nos cruzamos con lo que parecía una de aquellas manifestaciones que tenían lugar en Madrid. Sin embargo, qué diferencia, porque si en mi país eran obreros con su característica indumentaria los que gritaban y ocupaban las aceras, allí fueron personas mayores ataviadas de la más estrafalaria manera las que transitaron marcialmente por la calzada. Las banderas con la esvástica marchaban al frente, y todo eran insignias y correajes (de nuevos los correajes) que cuadraban mal con el aspecto (no digamos la edad) de quienes los portaban.
–Así es –dijo quien me acompañaba ante mi expresión–. Nos hemos vuelto locos… Alemania se ha convertido en un lugar en el que todo el mundo pasea por la calle vestido de militar. Todos gritan mucho, marcan el paso y pegan continuos y recios taconazos, y fíjese: ¿observa que la mayoría luce esos llaveros con la imagen de Hitler? Su fabricación es una industria pujante, y deja buenos dividendos al partido. ¡Si hasta los turistas que nos visitan los compran…!
Una vez más, revueltos acontecimientos de todos los signos…
Días después abandonamos aquella ciudad y tomé el rumbo de la ciudad de París, que tenía curiosidad por visitar pues no había vuelto a ella desde más de cien años atrás, cuando en su seno viví en compañía de Isabelle, mi mujer francesa de tales tiempos. Arribé una mañana en un ruidoso expreso nocturno...
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