La verdadera historia de Juan Evangelista

Biografía de alguien que, por difícil que resulte de creer, vivió más de trescientos años y recorrió el planeta Tierra en casi toda su extensión.

Marzo, 2008

Sábado, 15 Marzo 2008 13:12:05 GMT

Viaje a Valdepeñas

Traigo hoy un trozo del primer libro, la " Edad de las tinieblas ", que se supone sucedido hacia 1740 en las tierras que median entre Úbeda y Valdepeñas, cuando Juan Evangelista vivía en el convento al que su protectora, la marquesa de los ojos violetas, le dirigió.


Mil y una tareas hube de desempeñar durante aquellos años, sí, y la menor no fue, sin duda, la de catador de vino, pues por los años pasados en ambientes lujosos era conocedor y experto en tales materias, y como tal reconocido en la comunidad, resultando que el prior me envió, junto a dos de mis cofrades, a la delicada misión de la compra y traslado del vino que durante un año se consumía en nuestra institución.

–Juan Evangelista... ¿Oyó vuestra merced hablar de vinos pobres y vinos ricos, vinos de gran alcurnia y vinos sin bautizar...? –y ante semejantes y tan familiares palabras de nuestro superior, pronunciadas a mis espaldas en la biblioteca, no pude sino volverme y responder,

–Algo conozco de ello, pero no confíe Su Eminencia en mis escasos saberes al respecto.

El padre prior, que me contemplaba con cierta sorna y una no menos cierta indulgencia, dijo,

–Enorme modestia la suya, hermano, pero creo que, como perito en tales materias, es la persona más indicada de la congregación para llevar a cabo esta necesaria tarea.

El viaje hasta la gran llanura en donde se asienta la populosa ciudad de Valdepeñas, que a tal lugar nos dirigimos, lo hice acompañado de otros dos monjes y siguiendo las pautas de mendicidad de los anteriores, y si bien durante el trayecto no sucedió hecho alguno de mención, una vez llegados allí los acontecimientos se precipitaron. Nos dirigimos a la lonja con objeto de tantear el mercado, y a modo de prueba nos dieron tal cantidad de caldo que salimos sumamente reconfortados en la soleada tarde, animosos y con el mayor de los optimismos pintado en la cara, y, habida cuenta del buen cariz que parecía que tomaban los acontecimientos –y de que nadie supervisaba nuestros actos–, nos obsequiamos con la suculenta cena que merecíamos, y lo que comenzó siendo una pequeña rapiña a los haberes comunitarios terminó con su agotamiento.

Ante tal despojo puse al principio el grito en el cielo y me negué en redondo a secundar las ideas de mis compañeros, pero conforme fueron cayendo jarras de vino en el mejor mesón que encontramos en el pueblo, pues debíamos obligatoriamente digerir el enorme asado del que habíamos dado cuenta a modo de cena, aquello empezó a parecerme menos sin sentido, y aunque intenté borrar la sacrílega idea del ánimo de mis interlocutores, mis admoniciones no dieron resultado alguno. El hermano Silesio, con la bolsa en la mano y fuera de mi alcance, tambaleándose entre los soportales de la plaza mayor y desternillándose ante mi escrupulosa expresión, voceaba,

–¡Dios proveerá, hermano, Dios proveerá...! –jocosas expresiones en las que era auxiliado por el hermano Serafín.

–¡Hombre de poca fe!, que no confiáis en la Providencia...

Toda aquella noche la empleamos asistiendo a saraos y celebraciones bodeguiles sin fin, y la rematamos durmiendo entre sábanas de hilo y acompañados de un montón de extrañas mujeres, alguna joven pero en su mayoría maduras, que si bien nos trasladaron efímeramente al Paraíso, también dieron un buen pellizco a nuestros caudales, y llegada la luminosa mañana, una vez almorzados y recompuestos y habiendo hecho ciertas gestiones para encaminar con bien el negocio que hasta allí nos había llevado..., conseguimos producir idéntico resultado al de la tarde anterior. Nos regalamos con una copiosa comida compuesta por todos los alimentos prohibidos, entre ellos deliciosas perdices y enormes y sanguinolentas tajadas, y por la tarde, tras la sobremesa y pese a nuestras intenciones, volvieron a darse los mismos sucesos..., y no diré más.

De tal manera nos comportamos durante una semana, y cuando desmayadamente y apoyados en una tapia observábamos el ocaso del séptimo día, comenzábamos a estar cansados y nuestra bolsa agotada, dimos en discutir violentamente sobre lo acontecido y las consecuencias de nuestros actos, pero habiendo llevado cabo el acto de contrición convinimos en invertir el resto de los haberes en una opípara cena y una no menos reconfortante noche entre las sábanas del parador, y a la mañana siguiente, con las huellas de aquellos días en los andares y el rostro y harto dolor en el corazón, emprendimos el incierto regreso, que además de incierto había de ser azaroso, pues desde el convento, dada nuestra tardanza, habían despachado una comitiva en busca de noticias.

Una mañana, caminando a buen paso e intentando ponernos de acuerdo sobre las explicaciones que íbamos a dar, alcanzamos a ver una caravana de nobles como aquellas de las que antaño había formado parte. Sucedió que al fondo de la inmensa llanura salteada de viñas, desmedrados trigales y también algunos caseríos que se pintaban en el horizonte, comenzó a divisarse una lejana nube de polvo. Una nube de polvo sólo puede ser causada por un gran número de caballos, y como de nuestra mente no se despegaban las pasadas, a más de luctuosas, aventuras, por las que sentíamos gran aflicción y arrepentimiento, prestamos atención a lo que entraba dentro de lo posible que sucediera, así que cuando alcanzamos a divisar las banderolas y pendones que el cortejo llevaba y al punto reconocimos...

Existía en Úbeda una señora de origen noble y acrecentados caudales que siempre se distinguió por su amistad con el prior, interés por los estudios y trato de favor hacia nuestro convento, y si bien tal dama no hizo sino favorecernos con sus donaciones, no podría decirse lo mismo de su consorte, que era de temer, pues el barón, ruidoso y juerguista personaje, y sumamente grosero con los criados y aun los eclesiásticos, era muy aficionado a la caza, el billar –para lo que disponía de una gran sala provista de todos los aditamentos que tal deporte requería– y las más pesadas bromas, que gastaba a quien tuviera a su alcance, incluida su santa mujer. Con razón o sin ella se había erigido en defensor de nuestra institución, y aunque en ocasiones nos había sacado de algún apuro, las más de las veces sus actos no nos habían proporcionado más que disgustos y complicaciones, como las que, desde que vimos los gallardetes, supimos que iba a suceder.

Con la mayor urgencia nos ocultamos entre los árboles y peñas de aquel lugar, pero el hermano Silesio, al que faltaba un pulmón, no pudo hacerlo con la rapidez que el caso hubiera requerido y fue descubierto, reconocido, perseguido y alcanzado por la vanguardia del temible cortejo. La comitiva se detuvo al borde del camino, las puertas de la carroza se abrieron para dejar paso a la sumamente gruesa figura de su dueño, los caballeros descendieron de sus monturas con chulescos y amenazantes ademanes... Qué dijeron no lo sé, pues la distancia era mucha y nosotros nos preocupamos sobre todo de mantenernos a cubierto y tan sólo asomar los ojos entre el follaje para observar lo que ocurriera, pero entre la nube de polvo que los encerraba aún conseguimos atisbar muchos y groseros gritos, al hermano Silesio arrodillado en el polvo, luego azotado entre carcajadas por la fusta de algunos de aquellos gañanes, y obligado al fin a subir a la galera que escoltaba a la carroza...

Por último, entre innumerables órdenes enmascaradas por la distancia y nuevas y densas polvaredas, la caravana dio media vuelta y retomó la dirección que había traído. ¡Allá fue el escuadrón de gente montada y los carruajes que se bamboleaban sin freno por efecto del malísimo camino...!, y al fin todo se perdió en la lontananza entre nubes de polvo y nosotros dos pudimos salir de nuestro escondrijo y sacudirnos las briznas de los hábitos.

–Hermano Juan Evangelista... ¡Ya podemos irnos preparando para el recibimiento que vamos a tener en casa de nuestros mayores! –lo que fue exacto y cabal y sucedió dos días después, pero de ello no añadiré nada pues constituyó uno más de los sucesos que durante aquellos años viví.



En: Novela en español
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Mi agradecimiento a los lectores que se encuentran interesados en la narración de las aventuras que conformaron mi larguísima vida. En la próxima entrega (que seguramente tendrá lugar la semana que viene) seguiré contando cosas.