La verdadera historia de Juan Evangelista

Biografía de alguien que, por difícil que resulte de creer, vivió más de trescientos años y recorrió el planeta Tierra en casi toda su extensión.

Diciembre, 2008

Martes, 16 Diciembre 2008 12:20:41 GMT

ATAQUE A LA CARAVANA

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En la "Era de las máquinas", tercer libro de las memorias de Juan Evangelista –personaje que, como ustedes recordarán, vivió más de trescientos años–, no podía faltar el tránsito por el «lejano oeste», el legendario Far West del más prolífico género del Séptimo Arte y que a todos nos resulta tan familiar.

Sí, Juan Evangelista estuvo allí durante la Primera Guerra India, la guerra de Nube Roja (que tuvo lugar alrededor de 1850), pues como ingeniero de aquellos tiempos se encontraba contribuyendo a la construcción del Union Pacific, el primer ferrocarril que atravesó el continente norteamericano de costa a costa, y en tales pagos, amén de otras muchas aventuras que en el libro se detallan, le sucedió lo que se dice a continuación.

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ATAQUE A LA CARAVANA

En uno de aquellos viajes me fue dado presenciar ese episodio que después tantas veces se ha relatado en las películas, ¡y qué digo presenciar!, sino vivir en mi propia persona el asalto a la larga caravana de carros de transporte que, vigilada de forma permanente por exploradores del país, serpenteaba por la herbosa y amarillenta llanura infinita. Aquellas agrupaciones de carros remolcados por bueyes y en ocasiones por mulas, que me recordaban las antiguas galeras de mi país, se desplazaban lentamente por la llanura en busca del siguiente puesto del ejército, fortificaciones de madera dispersas aquí y allá y que en ocasiones eran asoladas por ejércitos de indígenas. Durante su tránsito por las tierras deshabitadas pasaban por uno y mil peligros, enfermedades como el cólera, frecuentes y terribles tormentas y la constante presencia de indios, pues bandas de salvajes se presentaban continuamente ante los ojos de sus ocupantes y los hostigaban en busca de botín, por lo general, caballos. Las escaramuzas solían saldarse con unos cuantos disparos, pero en ocasiones aparecían desde detrás de cualquier colina grupos muy numerosos, y después de seguir a los carros durante horas desencadenaban uno de sus ataques, que consistían en una carga al galope. Para repelerlos se agrupaban los vehículos formando un círculo en lugares elevados que estuvieran defendidos por árboles y peñas, si se podía llegar hasta ellos, y en uno de aquellos círculos viví yo mi bautismo de fuego en la llanura americana.

Ellos eran trescientos o cuatrocientos, un verdadero ejército, y nosotros sólo cuarenta, y si se lo hubieran propuesto podrían haber pasado con facilidad por encima del lugar que ocupábamos, pero los grupos de jinetes indios se limitaban a dar vueltas alrededor de los carros disparando flechas y viejos fusiles desde sus caballos, y a retirarse tras las descargas. Una oleada seguía a la anterior, y acertarles desde nuestro resguardo era cosa fácil. Aquello era como tirar al blanco sobre seres desarrapados y poco menos que indefensos, y no me gustó hacerlo, pero habida cuenta de las historias que había oído contar, cuando muchedumbres de salvajes pintarrajeados atacaban a sangre y fuego a grupos reducidos –grupos que, por supuesto, eran aniquilados en su totalidad, no importando si entre ellos había mujeres o niños–, olvidaba mis escrúpulos y procuraba disparar con acierto.

Con la caída de la tarde, cuando ya había una cincuentena de cuerpos sobre la pradera, hubimos de enfrentar el ataque de un grupo más numeroso, algunos de cuyos miembros consiguieron introducirse entre los carros. Ante los gritos miré a mi espalda y observé que uno de aquellos atléticos salvajes pintarrajeados, un individuo joven, y no mentiré si digo que bien parecido, con un cuchillo entre los dientes, un hacha en la mano y expresión feroz, venía a la carrera hacia el lugar que ocupaba. Yo tenía en la mano la pistola, el revólver, y cuando el indio, enarbolando el hacha, se abalanzaba congestionado sobre mi persona, pensé, o tú o yo, y levanté el arma y apreté el gatillo. El indio se detuvo en los gritos y la desenfrenada acometida, se llevó las manos al cuello y se desplomó fulminado. Yo me levanté y, lo más rápido que pude, me arrojé bajo las ruedas del carro al tiempo de ver pasar a mi lado los caballos de varios de aquellos energúmenos que vaciaban sus armas sin el menor tino. Luego, tras un último y cerrado intercambio de disparos, no pocos gritos y el acuchillarse de algunos, los indios se retiraron llevándose a sus muertos y algunos caballos y se perdieron lenta y perezosamente en la distancia, y nosotros reanudamos el camino todo lo deprisa que pudimos, pues los indios no atacaban por la noche.

Aquel lance me dio en qué pensar, pues, ¿no era la vez que digo la primera en que mataba a un hombre cara a cara...? Muy distinta había sido mi presencia en anteriores combates, entre los que destacaban los que tuvieron lugar en Ciudad Rodrigo, pero aquella fue una guerra a distancia en la que nunca veías la cara al enemigo y te limitabas a disparar sobre bultos y sombras que no tenían entidad: eran, simplemente, el infiel. Sin embargo, en la ocasión que narro, antes de abandonar precipitadamente el escenario de la batalla me afané en buscar el cadáver de quien había matado, hombre joven que disponía de una larga vida por delante, alguien que sin duda tendría mujer e hijos esperándole..., para encontrarme con un cuerpo desfigurado al que uno de los sargentos que nos acompañaban había arrancado la cabellera, y con ella, la piel de media cara.

–Así no podrá entrar en su Paraíso. ¿No le parece a usted bien? Ellos harían lo mismo con usted. ¿Quiere que le cuente una historia...? –y ante mi indecisión, añadió–. ¿Sabe usted lo que sucedió la pasada primavera en el fuerte Kearney? Pues yo se lo diré: el comandante había llegado con cuatrocientos soldados, pero al cabo de unas semanas sólo le quedaban trescientos... ¿Tampoco oyó hablar de Fetterman? Era un capitán peligroso, uno de esos tipos que creen que lo saben todo. Salió con su compañía a perseguir a un grupo de indios que se pavoneaba en los alrededores del fuerte, y se encontró con una fuerza escondida de varios miles de pieles rojas... La acometida duró escasos minutos y todos fueron masacrados. Luego, durante meses en los que no se les enviaron refuerzos, los que quedaban en el fuerte resistieron como pudieron, faltos de toda comida y la imprescindible agua. Con la llegada de la primavera y la amenaza del ejército de Nube Roja, el comandante, en previsión de un inminente asalto, dio orden de encerrar a las mujeres y los niños en uno de los polvorines, y a un soldado negro el encargo de volar el reducto si los indios se adueñaban del fuerte. Al fin, debido a que los indios se retiraron, no se llevó a cabo semejante estrago, pero todas aquellas personas estuvieron a un paso de la muerte. Otros, sin embargo, no han tenido tanta suerte, y nosotros tampoco la tendremos si no nos vamos pronto de aquí. Apresúrese.

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Miércoles, 3 Diciembre 2008 12:00:24 GMT

Juan Evangelista pasa por Cádiz

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El "Siglo de las luces", segundo libro de los cuatro que Juan Evangelista (que vivió trescientos años) escribió al final de su vida para solaz de sus contemporáneos, se refiere a los años centrales del siglo XVIII y se desarrolla en territorios de las Indias Occidentales, adonde el Destino, siempre imprevisible, quiso enviarle desde el convento de Úbeda, lugar en el que concluyó el libro primero, " Edad de las tinieblas ". Este segundo libro comienza en la ciudad de Cádiz, en donde había de embarcarse para afrontar el viaje mencionado, y dice de la siguiente manera:

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Así, de la forma que describo, acompañado por Juan Everardo y sus frecuentes sermones –compañía que, en los designios de Dios estaba, poco había de durarme–, di comienzo a mis viajes de juventud, etapa que por formativa no debe faltar en la vida de ninguna persona, y que en el tiempo al que me refiero se había puesto muy de moda con los grand tour europeos de la juventud aristócrata.

El primero de ellos, de los viajes que llevé a cabo en mi época juvenil, comenzó un mediodía de verano de uno de los años que mediaron el Siglo de las luces –esto es, cuando yo acababa de cumplir alrededor de quince de mis artificiales años–, y comenzó en el populoso puerto de la gran ciudad de Cádiz, ciudad ultramarina y abierta al oeste que en aquel tiempo empezaba a desplazar a su vecina Sevilla como punto de partida del monopolio en el comercio con las Indias, lugar en el que descubrí algo para mí hasta entonces desconocido. ¿Saben a qué me refiero...? Pues me refiero a ese mundo misterioso y opaco para los seres humanos que es el mar, el mar infinito, todos los mares y océanos que reposan sobre la superficie de nuestro planeta, entidad sobre la que poseía muy vagas noticias anteriores extraidas de los libros y las antiguas y casi borradas por la niebla de los tiempos enseñanzas de mi padre. ¡El mar...!, que siempre es el mismo en todas partes...

Sucedió que, cuando llegamos, al coronar una de las últimas cuestas del camino que estábamos a punto de concluir, divisamos una lejana e incendiada por la luz del ocaso ciudad blanca, ciudad populosa, ciudad también fortificada y rodeada de resplandecientes superficies, augurio de lugares marítimos y gran palmeral ilimitado, y al fondo, más allá de las difusas construcciones blancas y las poderosas murallas..., ¡aquella extensión azul y cambiante rodeándola...!, ¡la imaginada ciudad de mis sueños al borde del agua!

Descendimos la última cuesta, yo a la carrera y Juan Everardo voceando por mis urgencias y porque su mula y Candela se negaban a seguirme, y durante horas olvidé su existencia y la de los animales que nos acompañaron. Me interné en aquel mundo poblado y multicolor, y sin prestar atención a nada ni a nadie –y eso que el lugar al que llegué era un abigarrado laberinto de habitantes que me contemplaron pasar con sorpresa–, corrí hasta las pantanosas orillas de las riberas, bajo las murallas de sillares, en donde permanecí larguísimo tiempo recorriéndolas arriba y abajo. Luego deambulé sobre las partes más altas de las mismas murallas y acabé por descubrir los muelles de la bahía, y me quedé tanto tiempo que sólo el hambre y la sed que veinticuatro horas después sentí pudieron distraerme de aquel elemento ingente, aquella brillante superficie sobre la que tantas veces había de navegar en años venideros.

Las olas, por ejemplo, que rompían con estruendo en peñas y malecones y de las que nunca hubiera podido imaginar su forma..., ¿qué decir de ellas?, y los infinitos arenales, las gaviotas que en formidables bandadas se desplazaban de lado a lado de las rías y la multitud de embarcaciones de todos los aspectos y tamaños, desde las diminutas lanchas que cruzaban una y otra vez la bahía ocupadas en sus insospechados quehaceres, a las carracas, los bergantines y goletas, las fragatas y los majestuosos galeones que dejaban flamear sus gallardetes... Todo ello me abstrajo de tal manera que no fue sino cuando atardeció al día siguiente, tras sentir en mi conciencia una repentina carga, que busqué y encontré la posada en la que nos hospedábamos, Juan Everardo en una de las habitaciones, y yo, ¡modestos fueron mis principios!, en cierta dependencia aneja a la cuadra y cuyo olor a desinfectante la definía con precisión, y en donde descubrí que la burra, Candela, sostén de nuestras desgracias y que tanto nos había ayudado en nuestra reciente aventura, había desaparecido misteriosamente. Juan Everardo, interrogado por mí a la mañana siguiente, acabó por confesar que se había desecho del animal a causa de su inutilidad.

–¡Juan Evangelista...! ¿Pensaba acaso vuestra merced cruzar el Atlántico sobre sus lomos, cual mitológico personaje que cabalgara sobre el vendaval...? Esa burra era un estorbo para nosotros, y el dinero que por ella me dieron lo he empleado en más provechosos negocios, que en tal devino la cena de anoche, compuesta, en honor de vuestra protegida, por perdices asadas regadas con espesos caldos. Pero, ¡esperad!, que la mitad lo he reservado para vos, puesto que todas las ánimas del Señor precisan de su acompañamiento –y me tendió unas monedas.

Yo no hice ni ademán de ir a cogerlas. Antes bien le miré torcidamente, y tras pensarlo, con el disgusto en la voz y sin mover un solo músculo, dije,

–Su merced, Excelentísimo Señor don Juan Everardo, será un enviado del Papa de los mil anillos, sí, del Protector de la Cristiandad y Matachín de los infieles, pero su codicia no tiene límites, ni su desapego. ¿Cómo, con los servicios y favores que nos prestó la bestia, ha podido su merced llevar a cabo tan grosera transacción?

Aquella parrafada dejó estupefacto a Juan Everardo, quien a partir de entonces empezó a tomarme en consideración y, muy a su pesar, a mirarme con cierto respeto, aunque no perdiera la oportunidad que se le presentaba para hacer alarde de su autoridad y poderes.

–¿Sabéis, don Juan Evangelista, que como predicador no tenéis precio...? Sin embargo, esas alusiones a vuestro Santo Padre... ¡Tened cuidado, don Juan Evangelista, que las paredes oyen y el brazo de la ley es alargado!

Allí quedó la cosa, y mientras Juan Everardo visitaba una y otra vez los figones, barberías y tabernuchos a que tan aficionado era, que antes que inquisidor parecía rufián, yo, rumiando el consiguiente enfado por lo sucedido, desaparecí durante varios días y aproveché para prolongar los paseos y exploraciones y familiarizarme con la nueva y luminosa ciudad. Me harté de respirar el aire marino y vagar sin rumbo por aquellas desconocidas callejuelas atestadas de gentes de todos los colores, índoles y nacionalidades, soldados que recorrían en tumulto las tabernas, paisanos contemplativos, graves y paseantes eclesiásticos, grupos de comadres atareadas y habladoras, y hasta cuadrillas de niños que gritaban y corrían y en una ocasión me apedrearon con escasa puntería antes de salir huyendo.

Una tarde, tras sentir la sed propia de quien camina sin pausa, entré en una tahona en que anunciaban caldos fortificantes, y al tiempo de reponer fuerzas ante una helada sopa de verduras –en la que predominaba mi amado tomate– me fue dado hojear una sobada gaceta llena de exóticas noticias que en su mayoría correspondían a seis y más meses atrás. Las gacetas eran los periódicos de la época y pocas veces se podía conseguir una, por lo que la leí de pe a pa. En ella, entre otros asuntos de mayor relieve, se anunciaban milagrosos remedios contra las tercianas y ungüentos mágicos para la calvicie, se proclamaban bodas de rango celebradas en Sevilla y se hablaba de la próxima reforma de la Academia Española, institución entonces en ciernes. Asimismo se informaba de las dialécticas maniobras de Mayans en pro de los empiristas británicos, conceptos para mí muy confusos, pero cuyo razonamiento venía a concluir diciendo algo como lo que sigue: "Observa el poeta que, según un célebre axioma peripatético, el conocimiento de las cosas nos viene por los sentidos" . ¡En graves cuestiones andaba metida la intelectualidad de la patria!

Después de bostezar, acabar la lectura y dar principio a la digestión de tan saludable bebida, como quiera que empecé a encontrarme incómodo en aquel oscuro antro, y que la a ratos incontinente cháchara de la propietaria no me detuviese, tras hacerle partícipe de mis bendiciones volví a la calle, las siempre luminosas calles de la ciudad que me daba asilo, y no las volví a abandonar, pues durante las restantes jornadas, quizá vivificado por el aire marino que por vez primera respiraba, u ofuscado por calamitosas premoniciones acerca del sinuoso viaje que me aprestaba a hacer, vagué y vagué por muelles y marismas hasta que llegó el día de embarcar.



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Mi agradecimiento a los lectores que se encuentran interesados en la narración de las aventuras que conformaron mi larguísima vida. En la próxima entrega (que seguramente tendrá lugar la semana que viene) seguiré contando cosas.