Concierto de violín en una taberna de la Bahía Negra, c. 1780
La Bahía Negra, ciudadela fortificada de los ingleses en el Pacífico sur, es el escenario del presente texto. En la taberna del puerto entra una noche cualquiera nuestro protagonista acompañado de Inés, que a la sazón es su novia, aunque en realidad sea su cuñada...
Lo que se cuenta figura en "Siglo de las luces", el segundo libro de sus andanzas, y se puede fechar hacia 1780, sobre poco más o menos, es decir, cuando Juan Evangelista tenía veinticinco de sus particulares años.
Pero no se redujo a los baños en las olas del mar nuestra actividad en aquel lugar que de tan excelente manera acogió la improvisada luna de miel, pues una de aquellas noches –noche de luna–, tras el suculento lunch con que nos había recibido la patrona, inglesa de origen pero dicharachera y sonriente con sus huéspedes como española, tuvo Inés la ocurrencia de salir a tañer su violín en la más alta cúspide de las murallas. La noche era clara y cálida, y desde nuestra encumbrada situación, allá abajo, cerca del agua y junto a los muelles, vimos el resplandor de unas luces mortecinas, de forma que hacia ellas, tan lenta y enamoradamente como cabría esperar, dirigimos nuestros musicales pasos. Entre bienolientes redes y algas y embarcaciones quebrantadas llegamos a aquellas arcadas de madera y piedra que ocultaban la fuente de luz. A través de vidrios mugrientos escrutamos el interior, ruinoso recinto en donde algunos personajes de otros tiempos, viejos y tullidos y rodeados de cubas polvorientas, jugaban a las cartas con gritos apagados, juramentos y carcajadas. A su lado, sobre las mesas, las botellas y vasos iluminados por velones delataban el borrascoso rumbo de la partida, y nosotros, tras un instante de vacilación y con la sonrisa en la cara, empujamos la chirriante puerta y accedimos al lugar. Su sorpresa fue grande, claro es, y el silencio que la visión de Inés con sus mejores galas produjo, profundo. Uno de los contendientes, haraposo, atónito y renqueante, se levantó apresuradamente de su taburete, se colocó tras lo que hacía las veces de mostrador y nos contempló en silencio.
–Buenas noches, señores –cantó la voz de Inés dirigiéndose a la parroquia, y tras una risueña pausa exclamó–. ¿Serían ustedes tan amables de servir de beber a estos nocturnos caminantes...? –y una carcajada opaca que provenía del rincón más oscuro se dejó sentir.
–¡Pardiez con las señoritas...! –dijo una voz en el idioma castellano–. ¿Qué lleva vuesa merced ahí, tan agarrado?
... ante lo que Inés enarboló el violín, lo mostró a la paralizada concurrencia, se lo colocó en el hombro y, como si de un juego se tratase, comenzó a desgranar una de las antiguas melodías de amor que, a petición de nuestras protectoras, las viejas y negras criadas que en casa teníamos, solía entonar.
El silencio con que tal derroche fue acogido resultó significativo, y cuando tras modular los breves y complicados compases y trinos con que nos obsequió, concluyó con un prolongadísimo diminuendo, los unánimes vítores y aclamaciones de los escasos personajes atronaron la empolvada bodega, tal fue la sorpresa que aquellos sonidos causaron.
El establecimiento en que tan intempestivamente nos habíamos introducido constituía la única taberna portuaria que el puerto albergaba, vieja hasta el extremo y sucia y empolvada por el hacer de siglos, pues las telarañas y la capa de polvo lo cubrían todo. Velones de sebo iluminaban la estancia, plena de vigas carcomidas y toneles desfondados, y al fondo, en aquella, la más impenetrable de las oscuridades, ¿qué ocultos alijos no guardarían...?
–¿Aprobarían vuestras mercedes saborear el madeira ? –sugirió el tabernero, a quien le debimos de parecer personas de importancia, y con estas palabras comenzó tan elevada audiencia, que había en verdad de prolongarse hasta que las luces del alba comenzaron a iluminar las murallas y caserío de la Bahía Negra.
Bajo las fantasmales y palpitantes luces dimos cuenta del madeira, por supuesto, extraordinario vino en el que todos nos acompañaron, y luego del apreciado ron y otros licores que llegaban desde el mar de los caribes y el tabernero se encargaba de escanciar, y durante las abundantes libaciones, que se vieron entretenidas por frecuentes tientos a unos apocalípticos puches de los que no pude desentrañar su esencia, fue Inés la que se encargó de embellecer el entorno, y no sólo con su presencia sino también con su música y risas, que reverberaron allí dentro con una cadencia como pocas veces oí. Fueron copiosos los comentarios de los presentes, y no menores los parabienes y elogios que tan distinguido público dedicó a la violinista, y al fin, con la amanecida, nos despedimos no sin pesar de quienes de tan atinada manera nos habían hecho compañía en aquella noche sin igual, y encaminamos, por las empinadas y desiertas callejas, nuestros divertidos y sinuosos pasos hacia el lugar que nos cobijaba.
En: Novela en español
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