La verdadera historia de Juan Evangelista

Biografía de alguien que, por difícil que resulte de creer, vivió más de trescientos años y recorrió el planeta Tierra en casi toda su extensión.

Noviembre, 2007

Viernes, 23 Noviembre 2007 17:05:40 GMT

Nuevas aventuras de Juan Evangelista

Pongo hoy una página, descarnada y de reciente producción, que pertenece a 1880, sobre poco más o menos; es decir, cuando Juan Evangelista tenía alrededor de cincuenta años. Lo que se cuenta sucede en los mares de Insulindia.


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... entre los soldados y lejos de sus captores, y gracias a ello y a la intervención del capitán, que ordenó enviarlos al barco, no fueron rematados allí mismo, pero otros, aún vivos aunque agonizantes, sufrieron peor suerte.
El capitán y el médico de nuestro barco mantuvieron una breve conversación, y tras ella observé que a los moribundos se les administraba una pócima que les provocaba no pocas convulsiones; luego, escasos segundos después, expiraban.
Yo me adelanté hacia quien se decía doctor, e indignado le tomé por el brazo.
–¿Qué están haciendo ustedes...? ¿Qué es esto? –y el médico, que era un hombretón irlandés, me miró con evidente fastidio y cara de pocos amigos.
–Esto es cianuro potásico –repuso sosegadamente, y añadió–. Ahora, apártese, si no quiere probarlo... –y ante la amenaza y las hoscas miradas de los soldados desistí de mi intento y, con verdadera rabia, ayudé a abrir la fosa en la que fueron arrojados algunos de aquellos cuerpos, que encontraron revuelta sepultura debajo de los árboles.
Algunos de aquellos cuerpos, sí, porque otros fueron llevados hasta el extremo de la playa y quemados entre gran estrépito y aclamaciones, y aun otros amarrados en las más estrambóticas posturas pendientes de los árboles..., y cuando algunos malayos se aprestaban a colgar de los cocoteros los últimos cuerpos caídos en la batalla, con la ayuda de los soldados que estaban con nosotros quise impedirlo, pero el capitán, que lucía sus ropas destrozadas por efecto de la contienda, me impidió de nuevo intervenir. Ante mi más que justificada indignación, dijo,
–Por supuesto que voy a permitir que cuelguen esos cuerpos. Es su costumbre y no hacen mal a nadie..., puesto que están muertos. Hoy ha sido un día muy agitado y no quiero más problemas, y menos con gentes de nuestro propio bando. Al contrario, debería dar usted gracias a Dios por estar vivo, pues sepa que yo he estado en refriegas de las que libramos con bien por pura casualidad.
Luego me contempló con cachaza y añadió,
–¡Vaya, vaya allí y diviértase...!, que correrá el alcohol en abundancia. ¡Una victoria es siempre una victoria!, y todos hemos contribuido a ella.
... y a pesar de mi repugnancia, en compañía de algunos de nuestros hombres, que no mostraban tantos escrúpulos como quien les habla, me acerqué hasta las grandes hogueras que en el otro extremo de la playa habían encendido los naturales del lugar y nos unimos a su desbordada alegría, que fue subrayada por ininteligibles y guturales gritos y sones de tambor malayo.
Cada pueblo tiene sus músicas, y la música de los mercenarios malayos, ¿saben ustedes cuál es? Pues yo se lo diré: es la de las esquilas que colocan en el cuello de los ahorcados en los cocoteros de sus playas. Cuando los ahorcados son cuarenta o más, el concierto es polifónico, y en ocasiones, tocadas por el viento, he creído oír melodías que me resultaban familiares...
Los aborígenes malayos de taparrabos y mirada oscura colocaban esquilas y cencerros y cascabeles en el cuello a los que iban a ahorcar, y a veces también en los pies, y cuando el cocotero, tras ser cortada de un hachazo la cuerda que lo sujetaba, recuperaba su forma, merced al viento el cuerpo se balanceaba sin fin produciendo la consiguiente sinfonía...

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Sin embargo, lo que digo resulta excesivamente prolijo y confuso, en ocasiones espeluznante, y ustedes me agradecerán sin duda que se lo ahorre, lo que haré con gusto.
Tan sólo, como final de esta historia de matuteros sucedida en aguas del océano Índico cercanas al estrecho de la Sonda, contaré que, algún tiempo después, quizá un año ...


(continuará)



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Lunes, 19 Noviembre 2007 10:42:19 GMT

Nueva entrega de la EDAD DE LAS TINIEBLAS

Continuamos con las andanzas de Juan Evangelista, niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario...

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Nobleza, clero y pueblo eran los tres estamentos de la antigüedad. Nosotros, afortunadamente, éramos de la nobleza, no sé si de la más alta aunque creo que no, que éramos de la nobleza intermedia, pero eso, en el maremágnum de aquella sociedad de piojosos y desheredados, ya era suficiente, de forma que yo fui niño de casa alta, y como tal atendido hasta la saciedad, e incluso más allá, en todo momento.

El clero, la clase que venía a continuación, era una privilegiada categoría que campaba a su antojo y ordenaba cuanto había de hacerse. La suerte de las almas quedaba a su providencia, pero la de los cuerpos también, y en virtud de ello emitían decretos, dictaban leyes e imponían preceptos sin fin, de forma que durante la primera parte de mi vida tuvimos a Dios como referente fundamental. Mis padres, tal y como era de rigor en los siglos XVII y XVIII –no digamos los anteriores–, eran religiosos, y yo también lo fui, al menos durante mis primeros tiempos, los primeros cien años. Dios y el Rey lo ocupaban todo y estaban en la cúspide de la pirámide, y el Demonio, que ocuparía el extremo opuesto del ideal poliedro, o su teórica reflexión en un espejo, era otro personaje del que continuamente se hacía mención.

El pueblo llano, por decirlo ya todo, es decir, el aya y las doncellas que me sufrían, los innumerables criados, camareros, lacayos, pajes y servidores de todos los oficios que poblaban mi primera casa –amén de los múltiples asalariados, hortelanos, vinateros, tejedores, mesoneros y otros artesanos que vivían en las calles de la población–, formaban el tercero de los grupos a que me referí, pero de ellos no añadiré nada, que lo diré con desahogo y posterioridad, y sigamos ahora con el recuento de quienes me rodeaban, comenzando, lógicamente, por mis padres.

Mi padre fue un personaje importante caído a la larga en desgracia por mi causa. Mi padre, cuando yo vine al mundo, era Ordenador, alto funcionario de los ejércitos regios, muy ocupados por aquel entonces con los asuntos que llegaban desde la vecina nación de Portugal, asuntos que tenían que ver con el pillaje y el cuatrerismo de bandas organizadas y apoyadas por su monarca, y uno de sus mayores méritos consistió en aparejar una cuadra de cuarenta caballos puestos a disposición del Rey. Sus ratos libres, no obstante, los dividía entre intentar desvelar los entresijos de la entonces jovencísima ciencia y tocar dulcemente al violín, instrumento que le habían traído de Francia, partitas y sonatas, sus melodías de amor..., porque lo tocaba para que lo oyera mi madre, de quien estaba enamorado y por quien era correspondido. Mi madre, literalmente, le correspondía, porque ella tocaba la flauta –además de cantar con su maravillosa voz–, de forma que aquellos conciertos, casi siempre nocturnos, a dos voces y acompañados por el tictac del metrónomo –el siempre presente tictac de mis primeros tiempos–, eran observados por mis sentidos, no sé si mi olfato pero desde luego sí mis manoteantes manitas o los ojos de mi cara, durante lo que entonces llamaban pervigilios y hoy pertinaz insomnio. Luego, cuando la canción llegaba a su fin, se reían y besaban largo rato...

Mi padre, además, utilizaba una de sus expresiones favoritas, producto de largas cavilaciones, para designar a mi madre, pues la llamaba "piedra amante", y yo lo oía desde la cuna. La "piedra amante" –es decir, la piedra imán–, que era como la llamaba mi padre, aficionado desde siempre a los experimentos científicos, fue uno de los conceptos que yo conocí desde muy pequeño.

–Tú, ¡mi piedra imán...!

Y ahora que me refiero a las curiosidades que nos procuraba la entonces naciente ciencia, déjenme que me remita a otro artilugio que conocí de pequeño, cautivó mi imaginación y llenó mis ocios, tal y como fue el calidoscopio. Sucedió que mi padre, tras uno de sus repetidos viajes a la Corte, lugar que frecuentó en los primeros tiempos de mi vida y del que siempre volvía con novedades, trajo un curioso tubo de cartón negro que yo me harté de morder y chupar antes de descubrir su verdadera finalidad, y fue mi doncella preferida –cuyo nombre he olvidado, y por más que rebusco en la memoria no consigo recordar– quien me enseñó a disfrutarlo. Ante mi desasosiego me lo quitó de las manos, lo colocó ante mi cara, aplicó el ocular a uno de mis ojos..., y la nueva música, la de las esferas, apareció ante mi maravillado cerebro. ¡Yo vi la música, desde luego, pero también olfateé con pasión las armoniosas estructuras del Cosmos cambiante y cambiante...! ¿Qué eran todos aquellos polifónicos objetos que se ordenaban siguiendo insospechados patrones? Me aferré a él con ardor, lo olí, y durante una temporada no permití que semejante tesoro se separara de mí, y en las escasas ocasiones en que no lo encontraba a mi alcance, me daba en abrir la boca y emitir los estridentes y desesperantes ruidos que producen los niños descontentos, tras lo que el deseado objeto volvía a mis manos y yo, con harta dificultad, observando a duras penas por el ocular podía girarlo y girarlo sin fin... Yo me reía con aquella mi risa de persona mayor, y era tal el entusiasmo que desplegaba que dejaba aterrorizados a cuantos me rodeaban. Una vez ejecuté tal habilidad ante alguna de las visitas que en ocasiones venían a cumplimentarnos, y la dejé espantada, lo que alimentó mi leyenda.

Mi padre, para rematar esta descripción de sus aptitudes, de las que luego haremos otras muchas menciones, perteneció también a la escuela de microscopistas holandeses de los tiempos en que nací (fines del XVII), y tenía en casa uno de los primeros microscopios que en este país se vieron, quizá construido por el mismísimo Huyghens o el no menos famoso Hooke, y en virtud de ello fueron durante una época constantes las procesiones que de altos personajes pasaron por mi casa para admirar sus "animálculos" y preparaciones, células sin más, aunque en ocasiones llegara a mostrar espermatozoides de perro, que aleteaban desesperadamente impulsados por su flagelo en aquella ceremonia que nunca pudieron imaginar y eran conseguidos por los criados tras sabe Dios qué manejos.

Todos aquellos seres de negras vestimentas, extraños sombreros, barbas terciadas y miradas graves que me contemplaron con parecida sorpresa a la de las preparaciones del microscopio de mi padre, constituían lo que en la época a que me refiero –los años finales del Siglo de Oro, que para España fueron de plomo– eran las escasas sociedades dedicadas al cultivo de la naciente ciencia, sociedades que, como por entonces eran muy aficionados a los títulos mágicos y grandilocuentes, llevaban nombres tales como "colegios invisibles", "sociedades filosóficas", "gabinetes geométricos", "casas de Salomón" y otros igualmente disparatados.

(continuará)




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Camargo Rain

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Mi agradecimiento a los lectores que se encuentran interesados en la narración de las aventuras que conformaron mi larguísima vida. En la próxima entrega (que seguramente tendrá lugar la semana que viene) seguiré contando cosas.