La electricidad y sus movidas
Conocida es la afición que por toda clase de fenómenos sobrenaturales tuvieron los habitantes del siglo XVIII, siglo de las luces que le dijeron, y sucesos como el que se describe no debieron de ser raros por aquel entonces.
La electricidad, energía hoy de uso común, era en aquellos entonces fuente de las más variadas controversias y esperpénticos dislates, y entre el cúmulo de papeles sin sentido que el antiguo dueño de la casa ocultaba –papeles, algunos, que hubieran servido para llevar a más de uno al patíbulo– encontré un sinfín de anotaciones, recortes, avisos y otras varias formas de comunicación, lo que unido a mis confusos conocimientos –adquiridos, como conté, en el convento ubetense– me llevaron a preparar un magno acontecimiento que había de dejar estupefacta a mi –para ciertas cuestiones– crédula patrona y a sus locuaces amigas.
Lo primero que necesité fue el concurso de algún criado, pero ello no me resultó difícil, pues tras mi primer año de estancia en aquella mansión, cuando sucedieron todas las cosas que he narrado, llegué a conocer a sus habitantes y descubrí con sorpresa que uno de ellos, quien nos había ayudado con los caballos y ocultado nuestros manejos ante la viuda, era paisano mío, un joven, poco más que un niño, oriundo de un lugar vecino al nuestro y que me sonaba vagamente, El Maíllo, patria que fue de una de nuestras criadas y del que mi padre se hacía lenguas debido a la extraordinaria calidad de la leña de sus montes.
–¿Vuestra merced procede de cierto de las apacibles dehesas salmantinas...?
Cuando pronuncié aquellas palabras, Meneses, que tal era su nombre, me miró confuso.
–¿De forma –le dije–, mi querido amigo..., que somos coterráneos...? ¡Qué sorpresas nos reserva la vida! Pues no se apure vuestra merced, que en este mundo estamos para ayudarnos los unos a los otros. ¿Convendría Su Excelencia en llevar a cabo conmigo ciertas labores para las que necesito su concurso? –y como fuera que su ayuda había resultado inestimable en los meses anteriores, y yo me había preocupado de recompensarle como se debía, tuve desde entonces un nuevo aliado en aquella casa.
Se trataba de algo en lo que intervenían fluidos misteriosos, alambres, extrañas máquinas rodadoras, tapetes de fieltro y cordones de seda, elementos que debía procurarme. Todo ello lo había leído en antiguos libros y revistas científicas llegadas de más allá del Atlántico, de la Europa Ilustrada de la época, y decidí utilizarlo para mis fines, así que con la ayuda de uno de los herreros me di en construir uno de aquellos platos magnéticos según las instrucciones de que disponía, y luego, tras experimentos preliminares llevados a cabo en la desierta biblioteca y el más riguroso de los secretos, experimentos que al principio no comprendí pero en seguida observé que producían los resultados que se describían en los papeles, decidí preparar el acontecimiento, para lo que contaba con la colaboración de un entusiasmado Andresillo, al que al fin había conseguido inculcar la virtud de la discreción.
La habitación en donde escenificar tal milagro debía ser grande, y a ser posible de piedra, y para ello elegimos la biblioteca, que con sus pétreos arcos y tenebroso aspecto constituía el decorado perfecto, y en cuanto al momento, el más apropiado me pareció ser el de la merienda, cuando la viuda y sus amigas, que solían reunirse una vez por semana, estuvieran entretenidas con sus comentarios y, por qué no decirlo, estimulantes hojas del arbusto al que llamaban cuca, de las que en ocasiones y como indigna panacea –puesto que solían masticarlas acompañada de cal, ¡de pura y simple cal!– solían hacer consumo.
Una vez todo dispuesto nuestro amigo Meneses se dirigió hacia la habitación en donde las señoras llevaban a cabo su reunión, y nosotros, desde nuestro lugar en la biblioteca, comenzamos a oír sus voces, ¡vengan!, ¡vengan corriendo Sus Ilustrísimas, que están sucediendo hechos extraordinarios...!, y allí se nos presentaron en tromba y con gran sonar de frufrúes las damas, encontrándose cerca del techo, dentro de un arnés de cuero y suspendido por invisibles pero fuertes cordones de seda, a Andresillo simulando volar, y al que llegaban desde la vecina habitación unos alambres que le entraban por los zapatos, que tal era la tramoya, y yo, debajo de él y adoptando múltiples posturas, fingía estar atónito ante aquella maravilla, por más que la finalidad de colocarme en tal lugar obedeciera tan sólo al hecho de poder cogerle al vuelo si se desplomaba la instalación entera. No fue, sin embargo, tal el caso, y todo se desarrolló según lo previsto. Meneses desapareció en la habitación contigua, en donde empezó a sonar la máquina infernal, y yo arrojé los montones de plumas que escondía entre las mangas, que se arremolinaron en el aire alrededor de mi protegido y sus alambres...
Las mujeres, como decía, entraron en tropel en la gran sala casi completamente oscura, aunque iluminada por algunos velones que habíamos colocado en las esquinas. Andrés estaba vestido por entero de negro y casi no se le veía, tan sólo su cara y manos que habíamos pintado de blanco, y además aleteaba furiosamente cual si volara, y a su alrededor, y al de los alambres, nubes de plumas, que eran alternativamente atraídas y repelidas por el fluido, danzaban la más fantástica danza que imaginarse quepa, y no bien habían entrado corriendo la viuda y sus amigas, cuando una, la más atrevida sin duda, se le aproximó entusiasmada, y el niño, extendiendo sus brazos hacia ella..., desde las puntas de sus dedos lanzó un destello, un fogonazo de luz azul, un relámpago que atravesó el aire y llegó hasta la aparatosa peluca que ostentaba la dueña, restalló en su cabeza y le obligó a dar un angustiado grito de sorpresa y huir hasta el más lejano rincón de la estancia. Luego fue otra, y luego su madre, quienes recibieron idéntico tratamiento y emitieron parecidos gritos, mientras yo daba innumerables pases magnéticos y Andrés despedía largos y quebrados y azules rayos por los dedos y reía con enormes e histéricas carcajadas...
Todas cuantas allí estaban salieron al fin huyendo, y aunque aquella noche, durante la hora de la cena y una vez tranquilizado el niño, Andrés y yo debimos dar a su madre las explicaciones que el caso requería, me ocupé de presentarlas como "altamente científicas" y producto de los nuevos tiempos que corrían, no sin múltiples reticencias por su parte.
–Pero, entiéndame bien, presbítero... ¿Es todo esto inofensivo para el niño, o algún día deberemos lamentar una desgracia?
... y fue de la forma que cuento que la fama de mis poderes aumentó extraordinariamente y las señoras me contemplaron desde entonces como quien ve al Demonio, es decir, a prudente distancia y en el más respetuoso de los silencios.
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