La cueva
En la "Edad de las tinieblas", el primero de los cuatro libros en los que Juan Evangelista describe su dilatada vida, está este texto que se refiere a cuando el protagonista tenía diez o doce años, esto es, hacia 1720, y por circunstancias allí se detallan, tuvieron que huir de Castilla y refugiarse en el vecino país de Portugal.
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Un antiguo soldado de Flandes, amigo de faramallas y filaterías, capigorrón por más señas, y rufián de alquiler y embeleco, al que mi padre en sus años mozos había dado seguramente revesa en alguna casa de conversación, fue quien por despecho movió el negocio, tan mal negocio para nuestros intereses que acabamos huyendo una vez más a campo traviesa y lejos de nuestro habitual lugar de residencia, la ciudad amurallada que me viera nacer.
La Inquisición, la Audiencia, el Santo Oficio, los parientes y sus ayudantes, hombres de negro, común color de la época, con las rojas cruces de sus Órdenes sobre los hábitos y desde sus lejanos aposentos compusieron la orden y la firmaron. La orden, en nombre del Rey, era seguramente falsa y amañada, y mi presencia física celosamente vigilada por mis padres, que nunca consintieron en que se me viera de puertas afuera, en la vega, la gran finca en el campo y lugares adyacentes, parajes adonde sólo viajaba en carromato cubierto cuando ya tenía el saludable aspecto de un infante de siete años, pero era tal la cantidad de historias que corrían sobre el niño diablo de la casa del antiguo Ordenador –por entonces músico y hacendado, novator y labriego, guardián y encargado de los caballos del Rey– que los acontecimientos se precipitaron, y lo que a la larga había de suceder se presentó de improviso y cuando menos lo esperábamos.
Pues, como dije, la Inquisición, la Audiencia, quién sabe quién, inducida a ello por la envidia, la avaricia, la codicia, las malas lenguas, la ignorancia o las oscuras razones de quien posee insospechados poderes, tomó cartas en el asunto y una mañana tuvimos una inesperada visita en la persona de don Juan, con el resultado de que mi padre matara a un alguacil o inquisidor, ¿qué más da?, que había ido a nuestra casa sin ser invitado y con el exclusivo fin de prenderme. Hace muchísimo de esto, y constituyó un lance más de los muchos que, de aquella traza, sucedían cotidianamente en los tiempos que narro.
Era don Juan un conocido entonces, aunque antiguo amigo de correrías de mi padre, es decir, alguien que nos resultaba familiar, pero que por ambición, mérito o mala intención, se avino a llevar a cabo el trabajo que nadie quería hacer. Vino de otra comarca, leguas allende, y se presentó como amigo, aunque embozado. Conferenció breves instantes con mi padre en su despacho, y a partir de ahí se desencadenó uno de los mayores zafarranchos que me haya sido dado contemplar. Primero fueron voces altisonantes, luego ruidos de pesados muebles derrumbarse, y al fin todo se volvió boca abajo, más para los ojos de un niño que nunca había visto correr la sangre sino en los mataderos o los periódicos sanmartines. Las estocadas recorrieron el pasillo, y la fuerza y habilidad de los músculos se pusieron de manifiesto, ¡torpeza la de mi homónimo don Juan en presentarse allí solo aquella mañana! Él había dicho, orden del Rey, el Rey lejano no sabía nada pero él dijo, ¡orden del Rey!, mientras, de pie y observado por mi aterrada madre, enarbolaba un grueso papel al que se adivinaban las letras negras. Luego mi padre desenvainó la daga, se acometieron, y don Juan, el confiado, el torpe, el ciego y engreído de sus propias fuerzas, acabó traspasado por el acero, degollado en el suelo, boqueando y pidiendo a gritos confesión, tan negra estaba seguramente su conciencia, de resultas del cual suceso mi padre ordenó inmediatamente enjaezar las mulas, engancharlas a un carruaje entoldado y hacer desaparecer el acusador cuerpo en el monumental horno de la cocina, al que nunca me habían dejado acercarme.
Las cosas, como decía, se pusieron tan mal, más después de lo que acababa de suceder, que nos cambiamos de casa de nuevo. En aquella ocasión, tras muchas vueltas y revueltas por sombríos caminos carreteros, algunos días ocultos en ruinosas construcciones en lo más profundo de los montes y otros agasajados por ilustres conocidos de mi padre que nos recibieron en sus posesiones con los brazos abiertos, acabamos instalándonos, tras cruzar la raya fronteriza e innumerables y peladas sierras, en un poblado sito en lo que llamaban el Vale del Lobo, en el extremo norte del Alentejo, un lugar a resguardo y alejado de las más frecuentes rutas de comunicación.
Aquel lugar era un poblado perdido en lo más hondo de una serranía quebrada, un lugar dejado de la mano de Dios y muy a propósito para lo que eran los planes de mis progenitores, es decir, desaparecer de la pública y notoria vida que llevábamos en nuestro lugar de origen de la Corona de Castilla. Mi padre lo había comprado a la familia de un antiguo conocido portugués que un día se embarcó rumbo a los mares de la China y había sido declarado muerto, y se parecía a lo que luego, con el tiempo, había de llamarse rancho en otras latitudes. Se componía de una gran casa, rodeada de árboles, y dos docenas de cabañas que no osarían ocupar ni los porqueros de Ciudad Rodrigo. Las personas que lo habitaban eran humildes campesinos, porque aquella parte del mundo vivía al margen de la civilización que lo circundaba, un lugar entre sierras al que nunca llegaban noticias ni viajeros, como no fueran los extraviados.
Nosotros, claro es, nos instalamos en la casa grande, que hubo que arreglar, y durante un par de años vivimos rodeados de criados, regalo del que tan escasos estuvimos en nuestra última etapa en la llanura castellana. Mi padre, durante los años que cuento, se dedicó a mejorar las habitaciones de aquellos seres y los campos circundantes, para lo que, aplicando sus conocimientos, que eran muchos, y ayudado por los pobladores de aquel yermo, construyó un viaducto que traía la necesaria agua desde las fuentes de los vecinos montes.
–¡El agua...! Juan Evangelista, ¿no oíste decir que sólo hay agua donde la Tierra se derrumbó y quedaron las montañas?
Yo, que nunca antes había podido hacer una vida normal, es decir, rodeado de seres de mi edad, procuré expansionarme entre aquel cúmulo de desharrapados y trabar amistad con quienes me rodeaban, no sólo las personas sino también los animales, los conejos, perros, gallinas, cerdos y vacas que, entre enormes montones de basura, desarrollaban su vida diaria. A los animales los conocía de sobra, pues ellos fueron mis únicos amigos durante toda la etapa anterior, si exceptuamos a la niña de los ojos violetas y los que luego conocí en la hacienda de ignoto nombre en donde estuvimos algunos años.
–¡Al niño diablo...!
Nosotros nos las prometíamos muy felices, y durante los primeros años, servidos por criados, como digo, y aprovisionados de cuanto pudiéramos desear, lo fuimos, pero una vez hubo una guerra y pasó por allí un ejército, o alguna unidad de un ejército, seres tristes y desorientados, pobremente vestidos y peor armados que no hicieron ninguna tropelía pero se llevaron los pocos artículos comestibles que encontraron y casi todos los caballos, y mi padre, que lo tenía todo previsto, en previsión de insospechados peligros nos escondió en un lugar especial, una gran cueva cercana a nuestra aldea y que él había mandado acondicionar, en donde vivimos mientras duró el conflicto.
Les describiré ahora la cueva.
Estaba en un paraje de aquella comarca al que llamaban el valle del Lobo, un lugar descampado en la ladera de una sierra quebrada y pedregosa a escasa distancia de nuestro pueblo. Presentaba abundantes signos de haber estado habitada con anterioridad, y ante la abertura que hacía de puerta había una gran extensión de tierra fértil salteada de árboles, algunos de adorno pero la mayoría útiles, como alcornoques, nogales, olivos, castaños y otros frutales.
La cueva tenía su entrada en una gran concavidad de la roca que hacía las funciones de antesala, en donde estaba el hogar, el fuego, y a continuación, tras una separación compuesta con tablas y un altísimo y sucinto túnel, se tenía acceso a las habitaciones propiamente dichas. Eran tres las salas de que disponíamos. La primera era grande, alta y pétrea como una catedral, y junto al fondo un pequeño manantial manaba incesante; cuando llegamos el suelo estaba encharcado, pero mi padre, con la ayuda de los hombres del pueblo, lo encauzó debidamente con losas de piedra, y a partir de entonces tuvimos un susurrante arroyuelo dentro de casa que nunca dejó de fluir. Las dos habitaciones del fondo, cuevas de paredes de piedra también, las usábamos como dormitorios, y su suelo era de suave y rojiza tierra apisonada por la que se podía caminar descalzo sin ningún temor. Nos alumbrábamos con las velas y candiles que se usaban habitualmente, pero duraban mucho más porque en las cuevas no existen corrientes de aire, fruto de lo cual son sus altas y claras llamas y su larga duración, y además sólo lo hacíamos durante las horas de sombra y el largo invierno, pues la luz solar, aunque tenue, se daba arte para penetrar hasta el último rincón.
En el interior de la cueva reinaba siempre una temperatura propia del Edén. En invierno, los crudos inviernos de aquel país, no era preciso encender fuego, y en verano, los ardientes veranos que se prolongaban desde San Isidro hasta San Francisco, estar dentro, defendidos por murallas de roca pura, sobre todo en las partes más profundas, constituía una delicia que ni modernamente, con todos los adelantos que nos rodean, he vuelto a experimentar. Mi padre, sin embargo, entarimó buena parte de su sala principal, y bajo ella colocó una gloria que había de ser la calefacción, pero habida cuenta de las favorabilísimas circunstancias de que hablé, no la encendimos casi nunca, y cuando lo hacíamos era para utilizarla como eficaz horno en donde cocer el pan.
Las huertas que cultivaron sus antiguos habitantes se adivinaban, abandonadas y llenas de hierbas, en una vaguada que se extendía entre la cueva y las lindes del bosque, y eran regadas por un arroyo que la recorría. Aguas arriba se observaban los restos de primitivos diques y canalizaciones, amén de los soportes de lo que yo creí noria y resultó ser artificio hidráulico, que mi padre reparó y nos hizo gran servicio, aunque de ello hablaremos llegado el momento.
Los bosques que nos rodeaban eran de robles y castaños, muchos centenarios y retorcidos, pero todos utilísimos pues nos proveían de frutas y madera sin fin, y su suelo un tapiz de helechos y otros arbustos, en algunos lugares impenetrables, a cubierto de los cuales los animales salvajes hacían su vida diaria.
En resumen, ¿era aquello La Arcadia...? Pues sí, algo así, de forma que cuando declinaron los sucesos que nos habían llevado a aquel lugar, fuimos primero posponiendo el regreso, y luego, pasados varios meses, decidimos quedarnos en él. Además, el pueblo había quedado medio vacío por avatares políticos, cual fue la consiguiente leva, y durante un cierto tiempo desaparecieron casi todos los hombres útiles para el trabajo.
Y ahora, permítanme que les hable de nuestros estivales conciertos en la boca de la cueva, porque nosotros, mis padres y yo, a pesar de las iniciales dificultades de nuestra nueva vida, también disfrutamos de muchos y maravillosos momentos, ya que éramos gente de recursos y educación esmerada.
Mi madre, como conté, tocaba la flauta, y durante los tiempos anteriores había procurado enseñarme sus rudimentos, pero una vez instalados en aquel paradisíaco lugar, tan bucólico y silencioso, me sentí impelido a perfeccionar mis competencias sobre tales artes, y con su inestimable y paciente ayuda me interné por caminos que al principio me parecieron sencillos, y luego, con los años, se revelaron inagotables. Ella, sin embargo, no se limitó a enseñarme lo que se refería a la cabal correlación de los dedos sobre la madera, sino también a lo que significaban las particellas y sus diversos signos –teóricas labores en las que a solas con el metrónomo me las hube de ver muchas noches–, así como los fundamentos de la fabricación de tan pastoriles instrumentos, que con sumo cuidado y dedicación se podía abordar tras conseguir el material adecuado, simples cañas que debían secarse y horadarse de la manera apropiada .
El repertorio de mis padres era amplio pues llevaban muchos años haciendo música juntos, y yo procuré ponerme al día con la mayor rapidez posible, pero ello no me resultó difícil porque a mi repentina afición habría que sumarle la facilidad con que de joven se aprende todo. Mi padre, además, era un virtuoso, pues se atrevía hasta con las difíciles piezas de los maestros, de los que tenía muchísimos libros, y de mi madre, ¿qué voy a decir...?, más en aquel escenario suntuoso, y es que el sonido de las cuevas, sonido uniforme y consonante, desde luego, y eufónico y melodioso, clamor que sube y baja y con sus inaudibles ecos envuelve en su seno a cuanto comprende y no permite que la cabeza humana se olvide de tan señalado encantamiento...
En: Novela en español
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