La verdadera historia de Juan Evangelista

Biografía de alguien que, por difícil que resulte de creer, vivió más de trescientos años y recorrió el planeta Tierra en casi toda su extensión.

Viernes, 8 Enero 2010 08:07:58 GMT

El niño salvaje

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Juan Evangelista, personaje que nació en la Ciudad Rodrigo de 1680 y murió con la llegada del tercer milenio, y personaje, además, cuya vida constituye el núcleo de este blog, tuvo un encuentro de niño con un fauno. La historia es larga y está en el primero de los libros de sus memorias, Edad de las tinieblas , pero aquí voy a poner sólo un trozo. Lo que se narra podría datarse hacia 1725, cuando con sus padres vivía en una cueva del vecino reino de Portugal.

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Contaré ahora uno más de los episodios de mi vida, pródiga en ellos, que resultó harto instructivo, amén de luctuoso, y ocurrió por las fechas que narro, cual fue mi primer encuentro con un fauno.

Yo, como dije, tuve escasísimos compañeros de juegos y parientes de mi edad, y aunque en el poblado vecino a la cueva había hecho algunas amistades, cuando éste se despobló me quedé sin ellas. Estaba, por tanto, acostumbrado a la soledad, pero una primaveral tarde del cualquier año, cuando efectuaba una más de las correrías que me llevaban a introducirme en los montes y bosques que nos rodeaban, excursiones que tan poco gustaban a mis padres y que procuraba hacer a escondidas, tuve un encuentro propio de ser narrado con mejor estilo.

Sucedió que, al borde de un arroyo que estaba a escasa distancia de nuestra cueva y yo frecuentaba por lo extraordinario del lugar, mientras agachado contemplaba en el agua lo harapiento de mi aspecto y los árboles que me rodeaban, algo se movió fugaz y sigilosamente a mis espaldas. Me di la vuelta alarmado, pero no vi nada. Detrás de mí sólo había inmóvil vegetación en aquella tarde tranquila, y fuera del débil murmullo del viento y las hojas no se percibía ni un ruido, aunque yo estaba seguro de haber visto...

Estaba pensando en ello cuando un bulto surgió de la maleza. En donde sólo parecía haber amarillentas y pajizas zarzas algo se alzó lentamente, algunas de aquellas hierbas se movieron y asomó lo que parecía una cabeza, luego una revuelta y enlodada frente, más tarde unos ojos encendidos..., y me encontré frente a un ser indescriptible. Al pronto creí estar ante algún animal salvaje, tal era su traza, pero las pupilas que me contemplaban, que sólo podía adivinar entre aquella maraña, no me parecieron las de un ser irracional sino que las relacioné con las de las personas. ¿Era aquel ser un extraño y peludo lobo acechante o una criatura nueva para mis escasos conocimientos? ¿Era quizás un fauno, un individuo de la mitológica especie que con anterioridad había oído citar..., o un simple niño, como yo?

La sorpresa me dejó inmóvil y la boca se me abrió de manera involuntaria. Nos contemplamos durante unos instantes, y luego, lo más lentamente que pude, alargué la mano hacia él. Torció la cabeza, como si quisiera observarme mejor, y también abrió la boca, pero cuando di un paso retrocedió alarmado y endureció la expresión. Di un nuevo paso y volvió a retroceder, saliendo de los matojos que hasta entonces le habían ocultado..., y entonces pude verle por entero. Iba desnudo, pero la endurecida capa de barro que le cubría semejaba un astroso traje que protegiera su piel. Además, estaba en cuclillas, que parecía ser su postura natural, y para moverse se apoyaba continuamente en las manos.

A mi vez me agaché, procurando imitar aquella actitud, y tan despacio como pude fui hasta él, que me observaba con desasosiego y recelo. Varias veces estuvo a punto de escapar, aunque su curiosidad se lo impidió, y cuando estuve a su lado, con movimientos cada vez más lentos levanté la mano y le acaricié la cara, mientras él, resoplando leve y desconfiadamente, me observaba presto a salir huyendo. Luego, tras producirse el roce, dejó escapar un suspiro, levantó repentinamente la mirada, hizo una mueca, lanzó un aullido propio de lobo y, dando media vuelta y como un rayo, rompió a correr desenfrenadamente. Yo, cogido por sorpresa, corrí como pude detrás de él y lo llamé con las únicas voces que se me ocurrieron.

–¡Eeehhh, ven...! –gritaba mientras corría–. ¡No corras, ven...!

... pero aquel niño, pues pese a su extraña forma de moverse y esquelético aspecto nunca dudé de que lo fuera, era mucho más rápido que yo. Con muy ágiles movimientos y piruetas pronto se puso fuera de mi alcance, y lo último que alcancé a escuchar fueron los precipitados y lejanos pasos de alguien que aplasta las hojas y se pierde sin remedio en las entrañas de la selva... Luego, nada.

Corrí un poco más tras aquella fantasmal aparición, pero al fin, en un claro, hice alto y me declaré vencido. Mientras miraba a mi alrededor, con las manos como bocina grité,

–¡Eeeh..., vuelve...!

... pero sólo los ecos del bosque y algún pájaro que no pude ver me contestaron.

Más tarde, mientras volvía a casa agitado por el raro suceso, intenté caminar como lo hacía él. ¿Cómo era...? Desplazarse como un animal, apoyando las cuatro extremidades en el suelo, era difícil, y aún más correr a aquella endiablada velocidad a que le había visto hacer..., por lo que tras infructuosos ensayos recobré mi postura original, aunque no sin echar sorprendido de nuevo la vista atrás.

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(Esta historia, como es lógico, continúa durante muchas páginas).



En: Novela en español
Permaenlace: El niño salvaje
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Mi agradecimiento a los lectores que se encuentran interesados en la narración de las aventuras que conformaron mi larguísima vida. En la próxima entrega (que seguramente tendrá lugar la semana que viene) seguiré contando cosas.