Cuando Juan Evangelista huyó de la casa de la viuda
Juan Evangelista , nacido en 1680 en el término de Ciudad Rodrigo –hoy en la provincia de Salamanca, aunque siempre frontero al reino de Portugal– corrió mundo durante trescientos años, larguísima vida, y transitó durante ellos a lo largo y ancho del planeta Tierra. Vivió los siglos XVIII, XIX y XX, y, como es lógico, le sucedió de todo.
Hoy traigo una de sus aventuras en la ingente cordillera de los Andes, que tuvo lugar cuando, hacia 1750, por la fuerza de las circunstancias se vio obligado a huir de casa de la viuda que le acogió en las tierras altas peruanas... (El que quiera enterarse en profundidad de sus avatares lo tiene muy fácil; puede leer el Siglo de las luces , novela a que pertenece este fragmento, o la Edad de las tinieblas , primer libro de la serie).
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Mientras sucedía cuanto conté, durante todos aquellos años, había mantenido correspondencia con el convento de origen de Juan Everardo, sito en una lejana provincia española que nunca había visitado y a la que llamaban Rioxa, y de ella me llegaban puntualmente misivas hablándome de cuestiones que en ocasiones no comprendía, pero dada la lejanía de tal lugar hice caso omiso de sus requerimientos y me dediqué a informarles con todo lujo de detalles sobre mis actividades, para lo que hube de inventar un nuevo personaje, el escribiente de aquella casa, al que, imitando el rufianesco estilo que recordaba de nuestras conversaciones y aquellos escritos que guardaba en sus baúles, llamaba amado, ¡mi amado Domingo, licenciado supuesto, escribiente de calidad y auxiliar en mis escabrosos autos de fe, compinche de interrogatorios y camarada en las sesiones de tortura, que no exististe más que en la mente de los Inquisidores...!, pues como mi letra era perfecta dije que había sufrido un accidente en las tortuosas sendas por las que, en el servicio de Dios y la Iglesia, me veía obligado a transitar, y utilizaba un pendolista como auxiliar.
Durante mucho tiempo me pregunté cuánto tardaría en descubrirse la superchería, y viendo ya cerca el término de mis días en aquella casa comencé a pensar en la mejor forma de evadirme cuando llegara el momento, para lo que tracé varios planes. Al fin, tal y como había previsto, nueve años después de mi llegada a aquellas tierras y habiendo cubierto las sucesivas etapas que me llevaron a graduarme como doctor en leyes, al tiempo que llegábamos al ecuador del siglo, el que luego sería conocido como Siglo de las luces, recibí un buen día una confidencial misiva que, por las trazas, no había sido abierta por mano humana ni contemplada por otros ojos que no fueran los míos. «Nuestro Señor Prepósito don Juan Everardo...», que con estos o similares términos comenzaba, a los que seguían toda suerte de clarines y anuncios de futuros acontecimientos, los acontecimientos, precisamente, que yo desde siempre supe que acabarían sucediendo.
Es hora de partir, me dije, sí, es hora de partir. Gran labor desarrollaste, la propia de los maestros y sabios preceptores aun sin serlo, y de tu vida no te puedes quejar, Juan Evangelista, no Juan Everardo, que pasaste a la historia y tu persona se convertirá en humo y tu recuerdo será grato y ameno para quienes te conocieron y durante un tiempo te recordarán. ¿Juan Everardo...? Sí, excelente persona, y aquí está mi hijo que dará fe de ello si Su Eminencia lo demanda ... Es hora de cambiar de ámbito pues demasiado tentaste al Destino, Juan Evangelista, aunque lo dejaste todo bien dispuesto, tus riquezas amontonadas en casas de crédito y manos de amigos fieles y tu espíritu adornado por nuevas y provechosas sabidurías, ¿n'est-ce pas? Es hora de mudanza, hora de cambio y fin de mi tránsito por el mundo de los místicos y educadores por cuenta ajena. Adiós a todos, señora de la casa que tan bien me trataste, Pedro de Meneses, paisano de mis Españas y fiel amigo, y tu ingente familia que sin duda serán en el futuro personas de provecho para sus semejantes. Adiós, Rolando, que no serás capaz de explicarte mi abrupta desaparición, tú que tantas cosas me enseñaste, pero sobre todo, adiós, Andrés, que a tus quince años ya no tendrás necesidad de mí y deberás desenvolverte solo, como todos hemos tenido que hacer, por los infinitos caminos de la vida. Aprendiste los secretos de la aritmética, de la botánica, de la quebrada geología de estos lares, los tuyos; de la gramática y la horticultura y tantas otras disciplinas en las que pude iniciarte, pero sobre todo aprendiste a cantar, habilidad que sin duda te será de provecho en el futuro. ¡Adiós, Andresilllo, y no me eches en falta, porque quizás un día nos encontremos en donde ni tú ni yo sospechamos!
Por medio de Meneses me informé sobre los preparativos de alguna expedición que me llevara lejos, de las que a menudo se hablaba y cada pocos meses ocupaban lugar en las gacetas, y habiendo tenido noticias de una que parecía convenirme, debí inexcusablemente aprestarme para el inicio de lo que parecía ser una nueva etapa en mi vida, por lo que hice mis preparativos.
Me procuré ropas seculares, ropas de excelente calidad pues eran el disimulado embalaje de mis riquezas, y entre sus costuras, como antaño, oculté varias de aquellas piedras preciosas que la marquesa me diera y creía que podrían serme útiles llegado el caso, y las restantes las encerré, cuidadosamente envueltas, en una caja metálica que sepulté profundamente en un apartado lugar que juzgué a propósito, una llana meseta lejos de los caminos y señalada de inconfundible manera por un cruce de alineaciones de peñas lejanas que creía poder recordar en el futuro, un lugar que me pareció adecuado, alejado de cumbres y peñascales y a cubierto en cierta medida de los aludes, terremotos y otros cataclismos que allí son tan habituales.
–¿Os encontraré cuando algún día vuelva, mundanas riquezas, o habrán sucedido las catástrofes que ahora no puedo prever...? Juan Evangelista, ¿volverás algún día de tu aventura expedicionaria..., o por el contrario los Hados se cruzarán en tu camino y estas preocupaciones presentes resultarán infructuosas, como tantas?
Contemplé durante largo rato mis escarpados y abruptos alrededores mientras el sol se ocultaba tras las montañas, y aún hube de concluir lapidariamente y a modo de sentencia.
–Juan Evangelista..., ¿quién puede saberlo? Lo que importa ahora es tu desaparición sin dejar huella, pero eso no parece difícil de llevar a cabo en tan áspero lugar...
En aquella última etapa solía salir a cazar solo por las tardes, lejos de Rolando, que no era amigo de tal actividad, y del tumulto propio de la casa, y aunque casi nunca conseguía cobrar ninguna pieza, la reiteración de paseos vespertinos me sugirió una inmejorable forma de escapatoria sin dejar rastro alguno.
Una tarde salí como tantas otras, y llegado al punto que me convenía, el borde de un precipicio que discurría sobre un tumultuoso e inaccesible torrente, bajé de la montura, desgarré mi hábito, algunos de cuyos jirones arrojé sobre las zarzas de la empinada ladera, y tiré la carabina y las bolsas de cuero al suelo, pisoteándolas para que se confundieran con el polvo.
Luego, vestido con las duras ropas que bajo el hábito portaba y habiendo observado cómo mi montura, que era sumamente dócil, triscaba las escasas hierbas del borde del estrecho sendero y permanecía en el lugar sin alejarse, inicié aquella andadura que había de llevarme lejos, mucho más lejos de lo que entonces era capaz de imaginar, y cuando sobrepasé la última curva, antes de perder para siempre de vista el lugar, lo pensé una vez más: ¡Juan Everardo, nuestro apreciado capellán, orgullo de esta casa e inestimable preceptor de mi hijo, se accidentó en el torrente y su cuerpo nunca fue encontrado...!
Por cierto, que nunca supe que sucedió con aquellas pistas ni si mi ardid resultó, porque nunca volví a ver a ninguna de las personas que poblaban tan abigarrada mansión.
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Periplo del mundo salvaje
No hacía falta, en realidad, una nueva filiación para transitar por los agrestes paisajes, frondosos bosques y ásperas y múltiples quebradas de la parte sur del Nuevo Continente, así que cuando me preguntaron cómo me llamaba, y yo dudara, con zumba me dijeron, qué, ¿no sabe vuesa merced cómo se llama?, ¿de dónde procede su ilustrísima?, y yo dije, de Salamanca, momento a partir del cual me llamaron Salamanca.
Me enrolé en una suerte de expedición que partía hacia la costa atlántica atravesando lo más duro del continente, la cordillera de los Andes y la selva más virgen e inexplorada, y pretendía reconocer el terreno con vistas a establecer caminos practicables entre nuestro virreinato y las regiones orientales. El tremendo viaje que se avecinaba corría por cuenta de una sociedad sobre la que yo no tenía la menor noticia, una sociedad de españoles radicados en una ciudad que se asentaba en la lejana región del Río de la Plata, y juzgué que la distancia me proporcionaría un mejor disimulo de mi vida anterior. Los jefes de la correría, que prometía ser larga, eran españoles, como dije, o descendientes de españoles, y entre sus nombres descollaban recios y antiguos apellidos de abolengo, como el de un tal Mendoza, de quien se contaban cosas admirables y nos aguardaba en algún lugar de la lejana costa.
El tremendo viaje que se avecinaba, como decía, se iba a prolongar a lo largo de no menos de setecientas leguas, cantidad sobrecogedora, más para aquellos tiempos en que todo se llevaba a cabo con la sola ayuda de las piernas, pues los únicos medios de transporte en regiones tan deshabitadas como las que digo eran las caballerías, mulos y caballos mal preparados para transitar por terrenos que no eran los suyos, y las almadías que pudiéramos construir en los cursos de agua navegable que sin duda íbamos a encontrar, pero la realidad, como pronto iba a comprobar, fue aún mucho más dura de lo que imaginaba.
Allí se dio el primer caso en que precisé del concurso de todas las fuerzas de mi cuerpo. Antes nunca me había resultado necesario, pues mi vida anterior, si no regalada, había resultado cómoda, y durante las primeras semanas lo extrañé en grado sumo, sobre todo si se tiene en cuenta que debí acostumbrarme a seguir a la tropa a su ritmo, y con ello quiero decir que mis erráticos ciclos de vigilia y sueño se trastornaron, viéndome obligado a intentar dormir unas horas todas las noches, pero como semejante viaje fue muy desigual, y jornadas hubo en que no pudimos hacerlo de ninguna manera, entretenidos como estábamos en ímprobos trabajos y huidas sin fin ante las acometidas de las innumerables tribus que en tales territorios se asientan, saqué ventaja de todo ello sobre mis compañeros pues no lo necesitaba, y en no pocas ocasiones me constituí en insustituible vigilante de la caravana, y cuando los demás flaqueaban era yo el que tenía que dar ánimos a los demás y tirar de ellos con garganta y lengua, produciendo innumerables gritos que despertaban ecos sin fin y bandadas de pájaros que nos sobrevolaban alarmados. También sucedió lo contrario, y cuando me llegaban los sopores eran mis compañeros quienes de ninguna manera querían detenerse a esperarme, pero la presencia en aquella caravana de blancos, indios y negros libertos de un ser como Cornejo, personaje de mediana edad y que dirigía la tropa más como una incursión de estudio de la naturaleza que como una simple expedición guerrera, en lo que a la postre se convirtió, me alivió y consiguió que no me quedara atrás sumergido en aquel nuevo y fascinante, aunque peligrosísimo e intransitable, término.
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En: Novela en español
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